CAPÍTULO 45
Marcus se apoya contra el quicio de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho con una rigidez calculada.
Su aspecto denota el desgaste de las últimas horas, pero, por encima del cansancio físico, lo que impera es el conflicto.
Hay una gravedad en sus ojos que me obliga a contener la respiración.
—¿Por qué me miras de esa manera? —pregunto, forzando una compostura de la que carezco por completo.
—Porque intento descifrar qué diablos pasa por tu cabeza, Nicole —admite con una franqueza descarnada que me desarticula las defensas.
—Exactamente lo mismo que por la tuya —contesto en un tono bajo, aunque él de inmediato suelta una risa corta, seca y amarga.
—Lo dudo profundamente.
El silencio cae sobre nosotros como una losa. La tensión contenida amenaza con reventar los márgenes de la cordura.
—¿Qué demonios te impulsaba a ir a verla a solas? —reprocha, con la voz tensa por una rabia sorda.
—No quería que nadie más terminara pagando el precio...
—¡Joder! —estalla, golpeando con la palma abierta el salpicadero del coche—. ¿Y qué habría pasado si la que hoy no sale de ahí hubieras sido tú? ¿Es que no te detienes a pensar en lo que eso significaría para mí?
Me quedo completamente muda ante la fuerza brutal de su confesión. Un temblor fino recorre mis cuerdas vocales cuando logro articular palabra, exhausta de batallar contra todo.
—Por favor... solo llévame a casa.
—Te llevo —sentencia.
El trayecto de vuelta transcurre dentro de un océano de palabras silenciadas.
A través de la ventanilla, Londres parpadea en una coreografía de luces y sombras indiferentes, totalmente ajenas al cataclismo que se desata en el interior del habitáculo.
Cuando el coche se detiene frente a mi edificio, aguardo a que se limite a despedirse y me deje marchar.
Y, sin embargo, reconozco con aversión que eso no es lo que deseo.
—¿Quieres subir? —suelto antes de que la razón logre frenar el impulso.
Apaga el motor de golpe y se queda inmóvil, escrutándome en la penumbra. No pronuncia palabra, pero la contracción de su mandíbula y la forma en que sus dedos se aferran al volante traicionan su resistencia interna. Al fin, asiente con lentitud.
Minutos más tarde, nos encontramos en el interior de mi departamento. Marcus permanece de pie en el centro de la sala, observando las paredes con una expresión insondable. Yo me mantengo a una distancia prudencial junto a la entrada.
—Pídeme que me marche ahora mismo —susurra con un tono áspero, casi doloroso.
Trago saliva con dificultad. Comprendo el peso exacto de la proposición: si pronuncio esas sílabas, el punto final quedará escrito de manera definitiva. Pero no puedo hacerlo. No quiero.
—No puedo —respondo en un hilo de voz.
Marcus cierra los ojos durante un segundo eterno, librando una batalla titánica contra su propio juicio, antes de acortar la distancia que nos separa con un único paso decidido.
Su mano se desliza con lentitud por mi mejilla, y su pulgar roza el contorno de mi labio inferior con una fricción que quema.
Bajo la rudeza del gesto, percibo su propio temblor.
—Entonces dime qué demonios quieres de mí, Nicole —demanda en un murmullo imperioso, enredando los dedos en mi cabello para tirar con firmeza y obligarme a alzar el rostro hacia su boca.
Lo quiero absolutamente todo. Pero el cuello se me estrangula con un nudo de vértigo al ignorar qué lugar ocupo en su universo.
Así que, renunciando a las preguntas que deberíamos hacernos, me precipito sobre sus labios con una urgencia famélica, con la sed acumulada de meses de represión.
Un suspiro de alivio se escapa de mi pecho cuando él responde con idéntica desesperación, atrapándome entre sus brazos y levantándome del suelo para arrastrarme al centro de esa vorágine largamente contenida.
Ya no hay espacio para los discursos ni las promesas vacías; solo queda esta necesidad visceral de disolvernos en el otro, de borrar, aunque sea durante unas pocas horas, las ruinas que nos rodean.
Porque por debajo del deseo, de los gemidos ahogados y del calor de la piel, persiste un abismo que ninguno de los dos se atreve a nombrar. Y tal vez, en el fondo, jamás lo hagamos.