CAPÍTULO 44
El proyecto avanza a un ritmo trepidante, y la fecha de inauguración de la boutique se cierne sobre nosotros como una cuenta atrás inexorable. Entre reuniones maratónicas, la supervisión milimétrica de la obra y los ajustes de última hora, mi jornada se consume sin un solo respiro.
Sin embargo, cada vez que Marcus cruza mi campo de visión, mi sistema nervioso reacciona con una memoria involuntaria que me irrita profundamente.
Antes de abandonar el local al atardecer, realizo el último chequeo técnico con el equipo de iluminación.
El espacio que hemos levantado juntos es la materialización exacta de la elegancia; la geometría, los materiales y la luz dialogan con una perfección absoluta.
Siento su presencia antes incluso de que escuche su voz.
—Nicole —murmura en un tono bajo, como si intuyera el muro que intento levantar. —Doy por concluida la revisión por hoy. Ya pueden marchar —sentencio, dirigiéndome al equipo para zanjar la situación.
Cuando nos quedamos solos en la penumbra del vestíbulo, me giro despacio, manteniendo mi máscara de impasibilidad intacta.
—¿Qué ocurre, Marcus?
Él me observa en silencio durante una fracción de segundo, sacude la cabeza con un atisbo de asombro y pasea la vista por el perímetro.
—Esto ha quedado impecable —dice finalmente, con una suavidad desacostumbrada en él—. Es exactamente lo que ideaste desde el principio, ¿verdad?
Bajo la mirada hacia los planos enrollados en mis manos. Lo es. Cada centímetro responde a un sueño que costó lágrimas y desvelos, y la perspectiva de ver este espacio habitado me estremece de orgullo.
—Sí —admito en un hilo de voz.
—Entonces lo conseguiste —responde con una leve y genuina sonrisa en los labios.
Algo en la calidez de su tono me obliga a alzar la vista de nuevo, y por un segundo, el blindaje que he construido a prueba de fuego se tambalea. Hay un reconocimiento sincero en sus ojos, pero también un trasfondo denso, un abismo al que me aterra asomarme.
Antes de que pueda articular una respuesta, su teléfono móvil vibra con urgencia y él se aparta unos metros para responder. Me quedo inmóvil, con el eco de sus palabras resonando en las paredes de cemento.
Abordo el coche y me desplomo en el asiento del copiloto. Mientras Marcus continúa hablando con su asistente al otro lado de la ventanilla, fijo la atención en la pantalla de mi móvil… hasta que una notificación corta el aire como un cristal roto.
«Si pretendes que esta pesadilla termine, preséntate sola esta noche en el muelle. Ni se te ocurra involucrar a la policía. Y ni una palabra a Marcus».
El mensaje me paraliza la sangre. Han transcurrido varios días desde el ataque y las autoridades siguen sin dar con su paradero.
—¿Sucede algo? —La voz de Marcus me sobresalta tanto que el teléfono resbala de mis manos y cae al suelo del vehículo.
—No. Nada —respondo con brusquedad, agachándome a tientas para recuperarlo del piso.
Renuncio a buscarlo cuando mis dedos no lo encuentran a la primera y levanto la barbilla con rigidez.
—Creo que debemos frenar con esto. Lo nuestro... tiene que parar —suelto, plenamente consciente del peso devastador de la frase.
—¿De qué demonios hablas? —inquiere Marcus, completamente descolocado.
El vehículo se detiene frente a su edificio. Me alienta a descender con un gesto en la mirada, pero niego con la cabeza, aferrada al borde del asiento. Necesito distancia, aire y procesar el maremágnum que me asfixia.
—Déjalo. Ya hablaremos en otro momento.
Llego a mi departamento arrastrando un cansancio atroz, tras jornadas enteras sin conciliar un sueño reparador y con el cuerpo instalado en una náusea permanente.
Miro el reloj de pared. La medianoche se avecina.
El terror a acudir a esa cita se mezcla con la urgencia de erradicar la amenaza de una vez por todas.
El aire nocturno me recibe en la calle con un bofetón helado.
De manera casi mecánica, tomo el primer taxi que diviso, susurrando la dirección del muelle como si pronunciar el destino en voz baja pudiera preservar el frágil control que me queda.
No quiero que nadie más ponga su vida en riesgo por mí; por ello, al notar que la escolta privada que Marcus me asignó comienza a seguirnos a distancia prudencial, le pido al conductor que los despiste por las callejuelas secundarias.
Exhalo un suspiro de alivio cuando el vehículo se aleja, aunque el viento del río me corta la piel en cuanto pongo un pie sobre la madera.
Sé perfectamente que estoy caminando hacia la boca del lobo, que comparecer sin protección es una insensatez. Aun así, sigo avanzando guiada por el parpadeo amarillento de las farolas que titilan sobre los tablones húmedos.
Cuanto más me adentro, más intenso se vuelve el hedor a salitre y madera podrida. El compás de mis pasos suena hueco, amplificado por la soledad de la noche. Entonces la veo: una silueta recortada contra la negrura densa del agua.
—Viniste —su voz se quiebra, bordeando la histeria, pero sus manos no titubean cuando se gira hacia mí. En la diestra, una hoja de metal refleja el brillo enfermizo de la farola.
—Sinclair … —mi tono tiembla, pero me niego a dar un paso atrás—. Esto no tiene sentido. No tienes que hacer algo de lo que no podrás volver.
Ella suelta una carcajada estridente, un sonido metálico que choca contra la humedad del entorno.
—¿Que no? Todo esta ruina es absoluta responsabilidad tuya. Marcus debería estar en Nueva York, yo debería llevar su apellido y tú… tú no serías más que una empleada irrelevante.
Avanza con paso firme y yo retrocedo instintivamente. El muelle cruje bajo nosotras. Su respiración es un silbido acelerado y sus ojos brillan desquiciados en la penumbra.
—Tú tienes que desaparecer para que yo pueda ocupar el sitio que me pertenece a su lado...
—Él jamás te perdonaría esto. Tienes que entrar en razón... —imploro, alzando las manos para frenar el avance del cuchillo.
Se abalanza de nuevo con una furia ciega, apuntando directo a mi rostro.
En una fracción de segundo, esquivo la estocada y me lanzo sobre su muñeca.
La madera empapada resbala bajo nuestras botas.
Perdemos el equilibrio y ambas colisionamos contra el suelo; el cuchillo rueda a un par de metros, clacando sobre los tablones.
Me arrastro con desesperación para alcanzar el arma. Sinclair se precipita sobre mí y logramos aferrar el mango al mismo tiempo, forcejeando en un duelo salvaje por el control.
Un grito rasga el aire. Siento un golpe sordo y seco contra mi hombro cuando su cuerpo se desploma de golpe, acompañado por un aullido de dolor.
Sinclair se encoge, con los ojos abiertos de par en par por la estupefacción, mientras su mano afloja la presión y revela la hoja hundiéndose profundamente en su propio costado.
—No... —susurro con horror, apartándome a gatas de su cuerpo.
—¡Maldita! —grita ella, con un hilo de voz rabiosa, antes de arrancar el cuchillo de su carne con un movimiento espasmódico.
La sangre brota al instante, empapando vorazmente su ropa.
—¡Alto ahí! ¡Manos arriba!
Un haz de luces intensas nos ciega. Pisadas rápidas retumban sobre la madera: la seguridad irrumpe, flanqueada por los hombres de la escolta privada. Sinclair intenta incorporarse blandiendo el arma manchada, pero uno de los guardias se le echa encima, inmovilizándola con una llave implacable.
—¡Suéltame! —chilla, forcejeando con la furia de una fiera herida mientras la hemorragia se extiende por su blusa.
Apenas unos segundos después, Marcus aparece corriendo por la pasarela, con el rostro completamente desencajado por el pánico. Su mirada salta frenéticamente de la mancha de sangre de Sinclair a mi figura, escrutando cada centímetro para comprobar si sigo entera.
A Sinclair la reducen por completo y la despojan del arma, mientras me dedica una última mirada cargada de un odio visceral antes de ser arrastrada hacia los vehículos policiales que ya aguardan en el acceso.
Me quedo allí, inmóvil, con el frío del muelle calándome hasta la médula ósea, mientras el eco de las sirenas comienza a apagarse en la distancia y el silencio vuelve a adueñarse de la oscuridad del río.