CAPÍTULO 43
El zumbido persistente de las sirenas todavía resuena como un eco hueco en mis oídos mientras me quedo inmóvil, convertida en una estatua de sal en la sala de espera del hospital.
El tejido de mi vestido conserva las salpicaduras de sangre; manchas oscuras, secas en algunos bordes, pastosas en otros, mientras mis manos continúan temblando con el espasmo involuntario de quien sigue aferrada al vacío.
Marcus.
Su nombre es lo único capaz de latir con coherencia en el caos de mi mente.
Un reloj analógico colgado en la pared marca la una y trece de la madrugada, pero para mí el tiempo se ha roto, desarticulado en una dimensión donde cada segundo se estira como una tortura infinita.
Veo a los médicos y enfermeras cruzar los pasillos en un trajín fantasmal, escucho pisadas presurosas y murmullos en sordina, pero ninguno de ellos se detiene a pronunciar mi nombre.
Un oficial de policía se aproxima con paso cansado, blandiendo una libreta y un bolígrafo.
—Señorita Keller … necesitamos que nos relate con exactitud lo ocurrido en el aparcamiento.
Trago saliva, intentando forzar una garganta que se siente de lija, pero la voz me nace rota.
—Nos… nos estaban esperando. Jérôme y Sinclair . Venían armados... —la respiración se me estrangula al tropezar con las imágenes que regresan en fogonazos insoportables: el fogonazo, la caída, el calor espeso de la sangre—. Marcus... él se interpuso para salvarme.
El agente asiente con gravedad, anotando cada palabra con trazo firme.
—Jérôme está bajo custodia policial, custodiado en el área penitenciaria de otro centro médico; recibió un impacto de bala en el hombro durante el forcejeo. En cuanto a la mujer... Sinclair , ¿verdad? ¿Considera que representa un riesgo activo para su integridad?
Aprieto los labios hasta descolorerlos, luchando contra un temblor visceral.
—Sí. Está completamente desquiciada. Y ahora conoce exactamente cada uno de mis movimientos.
El policía intercambia una mirada sombría con su compañero y añade una última apostilla al papel.
—Las patrullas ya tienen la consigna de asegurar su domicilio y la sede principal de la firma Beckham. No obstante, requerimos su disponibilidad para rendir declaración formal en cuanto el caso avance.
Asiento en silencio, con los ojos clavados en las puertas dobles del quirófano, esa frontera blanca y aséptica que me mantiene separada de él.
Finalmente, el mecanismo cede y las hojas se abren con un susurro neumático. Un cirujano con el uniforme cubierto de manchas de yodo sale al pasillo con expresión adusta, y siento que el corazón se me desploma al abismo.
—¿Familiares de Marcus Wreen?
Me levanto de un salto, despegándome de la silla con brusquedad.
—Yo... yo estoy aquí. ¿Cómo se encuentra?
El médico exhala un suspiro prolongado antes de emitir su veredicto:
—La bala fracturó la clavícula y atravesó los tejidos blandos del hombro izquierdo; la pérdida hemática fue considerable, pero conseguimos estabilizar sus constantes vitales a tiempo. Se encuentra fuera de peligro inmediato.
Las piernas me fallan por completo, obligándome a buscar refugio contra la pared fría del pasillo.
Fuera de peligro inmediato.
Repito las palabras como un conjuro sagrado, sintiendo cómo, por primera vez en dieciocho horas, la coraza de adrenalina que me sostenía cede y mi cuerpo se desmorona por dentro.
—Podrá pasar a verlo en unos minutos, pero le advierto que necesita reposo absoluto y evitar cualquier alteración —indica el cirujano antes de perderse de nuevo tras las puertas.
Me desplomo en el asiento, con los párpados ardiendo por un llanto contenido que se niega a derramarse. No sé si quiero gritar, destrozar algo o correr a refugiarme en su pecho.
Lo único indudable es que esta noche ha dinamitado los cimientos de mi existencia, demostrándome que, por más que intenté erradicarlo de mi vida, jamás logré dejar de amarlo.
Minutos más tarde, una enfermera compasiva me conduce por el laberinto blanco hasta la habitación privada.
Cada pisada resuena en mi pecho como un tambor de guerra. Al girar el pomo y cruzar el dintel, lo veo.
Marcus yace semirreclinado sobre la cama ortopédica; está pálido como el mármol, con el hombro rígido bajo un vendaje voluminoso y conectado a un goteo intravenoso.
Su respiración es pausada, pero contemplarlo en ese estado de fragilidad me estrangula el alma.
Me detengo junto al marco, conteniendo el aliento, consciente del pitido monótono del monitor cardíaco.
—Marcus... —murmuro con un hilo de voz, acercándome a zancadas lentas.
Sus pestañas oscuras se agitan antes de abrirse del todo. Esos ojos verdes, aunque apagados por el agotamiento y los sedantes, me encuentran al instante.
—Nicole... —su voz apenas es un soplo rasposo—. ¿Estás ilesa?
Una risa quebrada, rota por el llanto, escapa de mi garganta.
—¿Que si estoy ilesa? Has recibido un maldito proyectil destinado a mí.
Él esboza una mueca que pretende ser una sonrisa.
—No iba a permitir que te rozara un pelo.
Me hundo en la silla de plástico junto a la cama y cojo su mano con extrema delicadeza, aterrorizada de causarle dolor. Su piel está tibia, firme a pesar de la destrucción que lo rodea.
—Pensé que te perdía para siempre, Marcus...
Sus pupilas se clavan en las mías, absorbiéndome por completo, y el tiempo se detiene en la habitación.
—No voy a permitir que me aparten de ti otra vez —promete en un susurro grave.
Mis labios tiemblan, amenazados por un nudo en la garganta que me bloquea el habla. Antes de que pueda articular una respuesta, la puerta se abre de golpe y dos agentes de policía irrumpen con gesto sombrío.
—Señorita Keller , debemos notificarle que Sinclair sigue en paradero desconocido —informa el oficial al mando—. Su coche fue localizado abandonado a la vera del río, pero no hay indicios de su huida.
Un frío visceral me contrae el estómago.
—¿Significa que... podría regresar a atacarnos? —interroga Marcus, incorporándose con un gruñido sordo de dolor.
El policía asiente con dureza.
—Es altamente probable. Exigimos que extremen las medidas de seguridad y que consideren un protocolo de protección personal permanente.
La enfermera interrumpe con mano firme, pidiendo a los agentes que se retiren para preservar la salud del paciente. La habitación vuelve a sumergirse en un silencio denso. Me quedo observando a Marcus, con los dedos entrelazados firmemente a los suyos.
Afuera, el mundo sigue siendo un lugar hostil e impredecible. Pero aquí dentro, en este reducido espacio de sábanas blancas, la certeza de tenerlo de vuelta es lo único real.
—No voy a consentir que nadie te toque —afirma Marcus con una determinación inquebrantable, sacando fuerzas de donde no las hay—. Ni a ti, ni a nosotros.
Y al escucharle, comprendo que la verdadera tormenta apenas comienza a desatarse.
El zumbido de los fluorescentes del pasillo sigue vibrando en mis terminaciones nerviosas largo tiempo después de que la policía se marchara. Marcus ha vuelto a caer en un sueño profundo, vencido por el agotamiento físico y los analgésicos.
Apenas dispongo de unos minutos para recomponerme en el sofá auxiliar cuando el teléfono vibra con insistencia sobre la mesita auxiliar. El nombre parpadeante de mi madre en la pantalla enciende todas las alarmas de mi culpa.
—Nicole, por el amor de Dios... ¿se puede saber por qué me entero a través de las noticias locales de que ha habido un tiroteo con Jérôme involucrado?
—su voz llega cargada de indignación y de una profunda, agrietada vulnerabilidad—.
¿De verdad crees que soy de cristal y que no puedo soportar la verdad?
Me quedo en silencio, tragando saliva con torpeza. No es temor a su reprimenda; es esa incómoda sensación de seguir siendo tratada como una niña desvalida.
—Mamá, yo no pretendía...
—No querías preocuparme —me interrumpe con la precisión de un bisturí—. Pues has conseguido exactamente lo contrario. Me he enterado por la televisión, lo cual es mil veces peor.
El reproche se filtra bajo mi piel, y aunque intento articular una defensa, reconozco que su enfado no es más que la careta del miedo que la carcome.
Le prometo que estoy a salvo, que Marcus se recupera bajo supervisión médica, y solo entonces su tono de voz cede un poco, aunque no lo suficiente como para dejarme marchar sin una advertencia final.
Apenas corto la llamada, un susurro de pasos apresurados interrumpe la quietud del pasillo.
Reconozco de inmediato a Alice —el maletín apretado bajo el brazo, el rostro tenso por la preocupación— y, flanqueándola, al joven asistente personal de Marcus, impecablemente vestido a pesar de las horas. La dinámica de la crisis cambia de forma, pero la presión sigue intacta.
—Nicole... —Alice apenas me concede un respiro antes de inundar la habitación con su voz urgente—. Nos enteramos por los canales de la firma; todo el estudio está en estado de shock.
El asistente de Marcus da un paso al frente, con la mirada grave y profesional.
—Marcus dejó instrucciones precisas antes de entrar al quirófano por si algo así sucedía —explica con voz pausada—. Me ordenó personalmente hacerme cargo de la logística y garantizar que no te muevas de este lugar hasta que los servicios de inteligencia aseguren el perímetro.
Sus palabras golpean con la contundencia de un recordatorio ineludible. Si Marcus, incluso al borde del colapso físico, seguía priorizando mi seguridad por encima de la suya, significa que la amenaza de Sinclair es mucho más real y letal de lo que me atrevía a admitir.