Behind Desire CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

La mañana irrumpe con una insistencia implacable.

La luz del alba se filtra a través de las rendijas de las cortinas, arrastrándome de regreso a una realidad que prefiero evitar.

Abro los ojos con lentitud y lo primero que registra mi visión es la silueta de Marcus, profundamente dormido a mi lado.

Su respiración es pausada, el rostro despojado de esa coraza de severidad que lo acompaña siempre.

Por un instante, me permito detener la mirada en él sin reservas, bebiéndome la tregua de ese perfil que tantas veces me ha desarmado.

Pero la lucidez golpea como un latigazo. Lo de anoche ha sido un desliz, un terreno minado al que juré no volver a asomarme.

Me deslizo de la cama con extremo cuidado, recogiendo mis prendas del suelo y vistiéndome en silencio con la urgencia de una prófuga. Justo cuando rozo el pomo de la puerta para huir, su voz ronca me paraliza los pasos:

—¿Te vas a escapar de nuevo? —pregunta sin llegar a abrir los ojos.

Me congelo en el umbral, incapaz de articular una coartada decente, y exhalo un suspiro derrotado.

—Tenemos una obra que supervisar —replico con sequedad.

Marcus abre los ojos despacio. Me observa en silencio durante varios segundos, con una fijeza que quema, antes de esbozar una sonrisa amarga y cansada.

—Tan profesional como siempre, Nicole.

No me detengo a replicar. Cruzo el dintel con la certeza asfixiante de que esta historia no solo está lejos de clausurarse, sino que acaba de volverse infinitamente más peligrosa.

El aire en el obrador se respira denso, cargado de una electricidad sorda que ninguno se atreve a nombrar.

Desde la madrugada, las reglas no escritas entre nosotros han mutado de manera sutil pero irrevocable.

Operamos con la fría precisión de dos extraños, fingiendo que la noche anterior no dejó esquirlas en nuestra piel.

Sin embargo, la tensión es un animal salvaje encerrado en la habitación: cada mirada sostenida, cada roce milimétrico al intercambiar un plano, amenaza con derribar el dique.

—Necesito que valides estas partidas de revestimiento —indica Marcus con su tono de capataz implacable, arrojando un rollo de perfiles sobre mi mesa.

Levanto la vista de la pantalla y lo examino.

Lleva la camisa arremangada hasta los antebrazos, dejando a la vista las venas marcadas, y el cabello revuelto como si se hubiera pasado los dedos una y otra vez en un gesto de frustración.

Sus ojos delatan que la vigilia compartida le pesa tanto como a mí.

—Lo revisaré ahora mismo —respondo con pulso firme, blindando mi voz contra cualquier temblor.

Marcus asiente, pero en lugar de retirarse, se apoya contra el canto del escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho con lentitud.

—A propósito de la reunión con los distribuidores...

—Está cerrada y confirmada para el viernes —lo interrumpo con agilidad, demostrando que tengo el control absoluto de la agenda.

Una sombra de sonrisa cruza sus labios, fugaz e indescifrable. Se aparta con un movimiento seco de cabeza y emprende la retirada hacia la puerta. Justo cuando creo que se marchará sin mirar atrás, se detiene en seco sobre el marco, dándome la espalda.

—Lo de anoche...

Contengo el aliento, sintiendo que el suelo se inclina bajo mis pies.

—No tenemos nada que debatir al respecto, Marcus.

Él exhala un soplo denso, cargado de una rabia contenida.

—Quizás sea exactamente lo único de lo que deberíamos hablar.

Me pongo en pie con brusquedad, obligándome a sostenerle la mirada con una dureza blindada.

—¿Con qué propósito? —le espeto, manteniendo el tono gélido—. Nada de esto altera el panorama.

Marcus aprieta la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se contraen.

Durante un segundo eterno, creo que va a cruzar la distancia que nos separa para romper mis argumentos; sin embargo, sacude la cabeza con fastidio, sale de la oficina y azota la puerta con un golpe seco que hace vibrar los cristales.

Me desplomo contra el respaldo de la silla, cerrando los ojos con fuerza. Desearía con toda el alma creer mis propias mentiras, convencerme de que la línea entre el pasado y este presente sigue intacta. Pero sé muy bien que ya no queda nada en su sitio.

Al caer la tarde, pulso el botón del ascensor privado para descender al aparcamiento subterráneo. El espacio está en penumbra, bañado por el parpadeo irregular de los tubos fluorescentes, y la humedad del exterior anuncia una tormenta inminente.

Caminamos en silencio hacia nuestros respectivos vehículos cuando un sonido metálico corta la quietud del hormigón con la precisión de una cuchilla: un clic seco, inconfundible.

Nos detenemos en seco, helados en el sitio.

De entre las sombras de las columnas de carga surgen dos siluetas que me hielan la sangre en las venas.

Jérôme y Sinclair . Sus rostros son una careta desfigurada por el delirio, una mezcla demencial de furia ciega y desesperación.

Y en sus manos, apuntando directamente a nuestro pecho, brillan dos armas de fuego.

—¡Ni se les ocurra dar un maldito paso! —brama Jérôme, con la voz rota por un temblor rabioso.

El aire abandona mis pulmones de golpe. Sin pensarlo un solo segundo, movido por un instinto primario, Marcus se interpone frente a mí, convirtiendo su cuerpo en mi única barricada.

—¿Qué demonios pretenden? —exige él con una firmeza helada, a pesar del peligro.

—¡Que paguen por habernos destruido! —chilla Sinclair , con los ojos inyectados en sangre y las manos convulsionando alrededor del cañón.

El estampido del disparo revienta el silencio del aparcamiento antes de que mi cerebro alcance a procesar la secuencia.

El fogonazo ilumina la penumbra. Cierro los ojos con fuerza y escucho un segundo disparo, justo antes de que Marcus se desplome contra mí. Su cuerpo absorbe el impacto, y su respiración se quiebra de inmediato contra mi hombro, convirtiéndose en un jadeo húmedo.

Lleva un arma en la mano, así que el disparo cruzado ha venido de su lado.

—¡Marcus! —grito, con un alarido que me desgarra la garganta, sintiendo cómo el líquido espeso y caliente comienza a empapar mis manos.

Un grito desgarrador brota de la garganta de Jérôme: la bala perdida le impacta de lleno en el hombro, derribándolo de rodillas contra el suelo de cemento con una mueca de agonía.

—¡Estás loca, maldita sea! —aúlla Jérôme, apretándose la herida mientras la sangre brota entre sus dedos.

Sinclair retrocede tambaleándose, con el rostro pálido como el papel, mirando el desastre como un animal acorralado.

A lo lejos, perforando las paredes del subterráneo, comienza a escucharse el eco inconfundible de las sirenas policiales.

Sin atreverse a mirar atrás, da media vuelta y huye despavorida hacia la rampa de salida, tragada por la oscuridad de la noche apenas un instante antes de que los destellos azules de las patrullas inunden el estacionamiento.

Me aferro a Marcus con desesperación, sintiéndolo resbalar entre mis brazos mientras su pulso se debilita por segundos.

—Aguanta... por favor, mírame, quédate conmigo... —suplico, con la voz rota en llanto, intentando presionar la herida con las palmas manchadas de sangre.

El bullicio de los paramédicos irrumpe como un torbellino. En cuestión de segundos nos flanquean, levantándonos para subirnos a la camilla de la ambulancia. No suelto su mano ni un solo instante; mis dedos están aferrados a los suyos como si de ello dependiera mi propia existencia.

—No me dejes... te lo ruego... —susurro al vacío, ahogada por un nudo indisoluble en la garganta, mientras el ulular estridente de la sirena engulle los latidos de mi propio corazón.

A través de la ventanilla trasera del vehículo sanitario, las luces de Londres se difuminan en borrones interminables de lluvia y dolor. Y en medio del vértigo de esa carrera contrarreloj, una certeza absoluta y devastadora me consume el pecho:

Si Marcus no sobrevive a esta noche... yo tampoco lo haré.