Behind Desire CAPÍTULO 41
86%

CAPÍTULO 41

La ciudad duerme, pero mi sistema nervioso sigue en estado de alerta.

El eco de la música, los aplausos y los destellos todavía reverberan en mi pecho mientras camino a tientas por el departamento en penumbra, con los zapatos de tacón colgando de los dedos y la sensación táctil de la copa de champán temblando en mi pulso.

Cada vez que parpadeo, la imagen regresa: esos ojos verdes perforando la penumbra del gentío. Marcus.

Por mucho que intente autoconvencererme de que la noche ha sido una victoria absoluta e intachable, sé muy bien que su sola aparición abrió una falla tectónica bajo mis pies.

Me acerco al ventanal mientras la llovizna londinense empaña los cristales, y siento el peso asfixiante de un silencio que me muerde la garganta.

Debería estar celebrando con los míos, agotada de felicidad, pero mi corazón late con la furia sorda de una pasarela que no ha terminado, con la certeza de que su mirada sigue recorriendo mi espalda.

En ese instante, el teléfono vibra seco sobre la mesita de noche.

Dudo una fracción de segundo antes de desbloquear la pantalla. Cuando mis ojos leen las letras iluminadas, el aire se evapora a mi alrededor:

«No pretendía quedarme. Pero verte brillar me ha ayudado a encontrarte».

Trago saliva con esfuerzo, atrapada entre el vértigo, la rabia sorda y esa punzada inconfundible de una emoción que juré haber enterrado bajo capas de cemento.

La presencia de Jay sigue agazapada en los márgenes como un espectro que no me concede tregua, y un escalofrío helado recorre mi columna al pensar de lo que sería capaz con tal de destruirme.

Los días siguientes se consumen en una esquizofrenia de plazos de entrega y reuniones ejecutivas en la sede principal de Victoria Beckham.

La dinámica de la firma me absorbe por completo; tragarme las horas entre muestras y muestrarios es mi única tabla de salvación.

Hasta que llega el lunes y, con él, la reunión directiva en la sala oval.

Desde que cruzo el umbral, percibo una atmósfera distinta, densa y eléctrica, como si un secreto a voces estuviera a punto de estallar.

—Como bien saben, la expansión de la marca en Londres requiere un buque insignia a la altura de nuestra visión —anuncia Victoria con su habitual tono cortante, recorriendo el perímetro de la mesa con los ojos—.

Un espacio vanguardista que condense nuestra identidad y redefina la experiencia de lujo.

Mi pulso se acelera. Conozco de sobra los bocetos; sé perfectamente que mi nombre está ligado a la dirección conceptual de esta boutique. Sin embargo, cuando Victoria toma aire para continuar, la temperatura de la sala cae en picado.

—Para materializar este proyecto, necesitábamos al mejor en su campo. Me complace enormemente incorporar al arquitecto que liderará la construcción y el diseño estructural: Marcus Wreen.

Mis dedos se aferran a las anillas de la libreta con tanta fuerza que los nudillos se me vuelven translúcidos.

Las puertas dobles se abren con suavidad y Marcus entra con su habitual paso firme, enfundado en un traje milimétrico que le sienta como una armadura.

Su mandíbula está tensa, la expresión impenetrable.

Su mirada cruza la sala y choca directamente con la mía durante un segundo que me priva por completo del oxígeno, antes de que Victoria prosiga explicando los pormenores de la coinversión.

Mi cabeza da vueltas. He sudado sangre, he desvelado mis madrugadas y he batido mil batallas para trazar mi propio mapa, y ahora el destino decide colocarlo justo en el epicentro de mi terreno.

Mientras él toma la palabra con esa voz grave y pausada que cautiva a toda la mesa, repito como un mantra: Estamos atrapados en esto. Nos guste o no .

Al terminar la sesión, intento escabullirme entre el revuelo de carpetas, pero una frase me clava los tacones al suelo.

—Nicole.

Cierro los ojos un instante, reuniendo la compostura antes de girarme con la barbilla en alto. Su expresión es un jeroglífico, pero sus ojos parecen escanearme por dentro.

—Volvemos a coincidir —murmura con una ligera curvatura cínica en los labios.

Cruzo los brazos sobre el pecho, adoptando una postura defensiva.

—Parece que el azar tiene un sentido del humor bastante retorcido, Marcus.

Él suelta una risa corta y seca, aunque un destello oscuro cruza su mirada.

—A mí no me incomoda en absoluto. Espero que a ti tampoco.

—Para nada —respondo con una firmeza que roza el hielo, negándome a esquivar su escrutinio.

Marcus me sostiene la mirada en silencio, evaluando el caparazón que he construido a mi alrededor.

—Bien. Entonces pongámonos a trabajar, Nicole.

—Es justo lo que venía haciendo.

Me doy media vuelta y abandono la sala sin concederle un segundo más, aunque sé de sobra que su presencia ya ha desestabilizado los cimientos de mi día.

Con el transcurso de las semanas, la colaboración se convierte en un ejercicio clínico de autocontrol.

Nuestras interacciones se reducen a lo estrictamente técnico, acotadas a planos, normativas y materiales.

Y, sin embargo, incluso en esa distancia milimétrica que intento blindar, hay momentos en los que noto el peso invisible de sus ojos sobre mi nuca, diseccionándome como si intentara descifrar una ecuación que se le escapa.

Una tarde, mientras reviso partidas de tejidos nobles en mi despacho, llaman con dos nudillos secos a la puerta abierta. Al levantar la vista, lo veo apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa indescifrable que siempre lograba sacarme de quicio.

—Tenemos que reevaluar un sector del plano —anuncia, adentrándose en la oficina sin esperar invitación.

Exhalo un suspiro largo y dejo caer el muestrario sobre el escritorio.

—¿Te refieres al ala de expositores?

—Exacto —responde, desplegando unos planos sobre la superficie de trabajo.

Me inclino hacia delante, obligando a mi mente a centrarse en las líneas arquitectónicas y a ignorar por completo la proximidad física de su cuerpo.

—Si recortamos medio metro en este tabique, ganamos fluidez de tránsito sin sacrificar la geometría del espacio —explica, señalando con un bolígrafo un punto estratégico.

Estudio la propuesta con rigor profesional. Y, muy a mi pesar, es impecable.

—Es una solución limpia —admito, manteniendo el tono neutral—. Podemos implementarla en el próximo renderizado.

Él asiente, pero no se aparta. Su mirada se vuelve densa, pesada.

—Has cambiado mucho, Nicole —suelta de repente, cambiando el registro.

Parpadeo, desconcertada por el giro.

—¿Disculpa?

—Hace un año... jamás habrías aceptado una modificación estructural mía sin discutir cada milímetro.

Cruzo los brazos, plantándole cara con los ojos bien abiertos.

—Y hace un año, tú jamás habrías hecho una sugerencia sin dar por sentado que se trataba de una orden irrevocable.

Una sombra de reconocimiento cruza sus facciones.

—Eso es rigurosamente cierto.

El silencio que se instala entre ambos pesa como el plomo, cargado de todo aquello que ninguno se atreve a nombrar. Hago ademán de apartar los planos.

—Si esa era toda la consulta técnica...

Marcus los enrolla con parsimonia, se dirige hacia la salida y, antes de cruzar el dintel, se detiene con media sonrisa de lado.

—Es un placer trabajar de nuevo contigo, Nicole.

No replico. Me quedo con el lápiz suspendido sobre el papel, escuchando el chasquido sordo de la puerta al cerrar.

El silencio que deja en la oficina es ensordecedor.

Odio comprobar que todavía tiene el poder de alterarme el pulso con una sola frase; pero me duele aún más admitir que, en algún rincón oscuro de mi pecho, una parte de mí deseaba que no se marchara.

La noche siguiente transcurre en vela, consumida por un insomnio febril donde se arremolinan los fantasmas y las dudas.

Despierto exhausta, con ojeras oscuras y los músculos agarrotados por la tensión. Cuando aparco el coche frente a la obra de la boutique al alba, distingo el todoterreno de Marcus ya estacionado en su sitio habitual.

Entro en el obrador provisional. El aroma a café negro y a su inconfundible colonia masculina me advierte de su presencia antes de verlo.

Marcus aparece tras una mampara de cristal, con el ceño fruncido y un expediente bajo el brazo. Arroja la carpeta sobre mi mesa con brusquedad y cruza los brazos con impaciencia.

—Necesitamos cerrar los acabados de carpintería y herrajes hoy mismo —dice sin preámbulos—. Los plazos de ejecución se estrechan y no toleraré retrasos de última hora.

Asiento con lentitud, obligando a mis facciones a adoptar una fría profesionalidad.

—Tengo las muestras definitivas preparadas —respondo, deslizando un muestrario de tonos hacia su lado.

Lo abre con gestos mecánicos y examina los acabados con lupa. Durante varios segundos, el único sonido en la estancia es el roce seco de las cartulinas.

—Es una selección arriesgada —apunta finalmente, levantando la vista—. Difiere por completo de tu línea habitual.

—Porque esta vez no estoy replicando nada —contesto, clavando mis ojos en los suyos—. Estoy creando.

Nuestras miradas chocan con la fuerza de un impacto frontal. La tensión en el aire se vuelve casi sólida, electrificada. Sin embargo, me niego a parpadear, a ceder un solo centímetro de terreno ante su dominio.

—Si consideras que requiere modificaciones estructurales, avísame —añado con voz cortante.

Marcus sostiene mi pulso visual un segundo más, antes de exhalar el aire retenido y asentir con sequedad.

—Lo tendré en cuenta.

Se gira para marchar pero, justo antes de desaparecer por el pasillo, suelta una frase que me descoloca por completo:

—Vas a triunfar con esto, Nicole. Lo sé.

No sé si se refiere estrictamente al diseño de la boutique o si apunta a una verdad mucho más honda y personal. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no me importa su validación. Lo sé yo misma. Voy a lograrlo.

Las semanas siguientes se deslizan a una velocidad vertiginosa. El esqueleto de cemento y pladur de la boutique va cediendo terreno ante una estética depurada, sofisticada, donde cada textura lleva mi firma indiscutible. Ver materializada mi visión creativa es un antídoto contra cualquier fantasma.

Con Marcus, la tregua profesional se sostiene sobre un alambre fino pero firme. A pesar de los antecedentes, admiro su disciplina milimétrica y su genio arquitectónico; en este territorio somos dos profesionales implacables persiguiendo la excelencia.

Una noche, tras una maratoniana jornada de supervisión en obra, Marcus se ofrece a acercarme al departamento. Dudo un instante, consciente de que aceptar ese trayecto es cruzar una frontera minada de peligro, pero termino cediendo por puro agotamiento físico.

El viaje transcurre en un silencio denso, sepulcral, donde ninguno se atreve a verbalizar la corriente eléctrica que vibra en el habitáculo.

Cuando aparca frente a mi edificio, me quedo unos segundos inmóvil en el asiento del copiloto, con la mano aferrada al asa de la puerta, esperando algo que ni yo misma me atrevo a formular en voz alta.

Marcus sujeta el volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos, y finalmente se limita a murmurar sin mirarme:

—Descansa, Nicole.

Asiento con un nudo en la garganta, sintiendo una estúpida y punzante decepción. Salgo del coche sin mediar palabra y cierro la puerta de un golpe seco.

Al llegar al rellano de mi piso, el miedo agazapado en mi interior vuelve a susurrarme advertencias sobre lo cerca que hemos estado de perdernos otra vez, de fingir indiferencia mientras ambos contenemos un incendio forestal bajo la piel.

Caigo rendida en cuanto mi cabeza toca la almohada, vencida por el cansancio físico y mental. Es una guerra sorda que libro a diario contra mis propias emociones.

Un golpe brutal y repetido contra la puerta de entrada me arranca del sueño de golpe.

Me incorporo sobresaltada, con el corazón galopando desbocado contra las costillas. Miro el despertador de reojo: las tres de la madrugada.

Avanzo hacia el recibidor con cautela, aferrando el picaporte. Al girar la llave y abrir la hoja, me encuentro a Marcus apoyado contra el marco, con el pelo revuelto, la camisa abierta en el primer botón y los ojos ardiendo en una fiebre descontrolada.

—¿Estás borracho? —suelto a quemarropa, cruzándome de brazos en la entrada.

—Un poco —admite sin filtros, con la voz áspera, clavando sus pupilas en las mías—. Pero eso no cambia absolutamente nada.

El estómago se me encoge como un puño.

—¿Nada de qué? —exijo saber.

Marcus aprieta la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de sus mejillas se marcan. De pronto, emite un gruñido sordo y golpea la jamba de la puerta con el puño cerrado, reflejando una frustración animal, atrapado en su propio colapso.

—Que te extraño, joder. Te extraño mucho más de lo que mi maldito orgullo me permite admitir.

Las palabras caen sobre mí como una losa. Mi respiración se bloquea. Intento construir una barrera mental contra el eco de su voz, pero mi cuerpo, traidor y memoria viva de su piel, se desmorona al instante.

Antes de que me dé tiempo a replicar, Marcus da un paso al frente, toma mi rostro entre sus manos ásperas y me besa.

No hay dulzura contenida en el contacto; es una embestida cruda, hambrienta, nacida de la desesperación. Intento recordarme a mí misma que debo detenerlo, que esto es una locura autodestructiva. Pero mis manos ya se han aferrado con la misma urgencia a las solapas de su chaqueta.

Marcus me empuja con suavidad hacia el interior del departamento y cierra la puerta de una patada sorda. Su aliento quema contra mi cuello, su cuerpo firme y exigente presiona cada centímetro del mío mientras nos abrimos paso hacia la habitación con una precisión ciega.

—No voy a ser suave esta noche, Nicole —murmura contra mis labios, con una devoción feroz.

—No quiero que lo seas —susurro de vuelta, entregándome al abismo.

Porque siempre fue esa aspereza suya, esa intensidad desbordada, la que lograba despojarme de todas mis defensas.

La ropa desaparece en un torbellino de manos ansiosas y pieles encendidas. Cuando finalmente se hunde en mí, lo hace sin red de seguridad, sin titubeos, quemando los últimos restos de orgullo. Y yo me pierdo en su ritmo, en su peso, en la forma en que me consume a fuego lento.

Nos movemos como si el universo fuera a extinguirse al amanecer, como si esta madrugada fuera el único refugio posible.

Y cuando al fin el silencio nos envuelve, con los cuerpos exhaustos y entrelazados en la penumbra de las sábanas, sé con absoluta certeza que el día de mañana traerá un huracán de preguntas sin respuesta y un caos insostenible.

Pero, por esta única noche, no hay pasado ni futuro.

Solo somos nosotros dos, ardiendo.