Behind Desire CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Me despierto con la extraña y absoluta certeza de que el mundo, al fin, ha encajado en su eje. Hoy es el día en que mis trazos, mis desvelos y mis cicatrices se convertirán en tejido vivo frente a los ojos de Londres.

El teléfono vibra sobre la mesa de noche con insistencia. Es Sam.

—Estamos en el aeropuerto de Heathrow. Ven a rescatarnos.

La llamada se corta antes de que alcance a articular una sola palabra.

¿Escuché bien? ¿«Rescatarnos»? ¿A quién más se refiere?

Me pongo la primera prenda que encuentro, cojo el abrigo y las llaves, y salgo disparada hacia la calle como si me persiguiera una jauría.

El reloj del gran vestíbulo marca las diez y trece cuando cruzo las puertas automáticas. Mis ojos barren el gentío hasta que, de pronto, una figura familiar se desmarca del grupo: Lena corre hacia mí con los brazos abiertos de par en par.

Su abrazo me estruja el alma. Por muy nítidas que fueran nuestras videollamadas a medianoche, nada se compara con la urgencia de su calor.

—Te he extrañado como una maldita locura —susurra contra mi hombro, con la voz quebrada.

Antes de que pueda recuperarme, más brazos me envuelven. Reconozco la melena de Silvia, la risa inconfundible de mi madre y la calidez firme de su abrazo.

—Ya estamos aquí, mi amor —dice ella, acariciándome la mejilla.

Y justo detrás, asoma Claude, con su media sonrisa tímida pero inquebrantable.

Por un segundo, la fría inmensidad de Londres se evapora y vuelvo a estar en casa.

Terminamos en un bistró de techos bajos cerca de la terminal, donde las anécdotas se atropellan y las risas disipan los fantasmas del pasado.

Entre sorbo y sorbo de café cargado, olvido por completo las amenazas de Jay, el terror del cuaderno robado y la sombra intermitente de mis propios miedos.

Solo existimos nosotros, suspendidos en esta burbuja blindada de afecto.

Hasta que miro el reloj de pared y el corazón se me desploma al suelo.

—¡Faltan apenas cuatro horas para el inicio del desfile! —exclamo, llevándome las manos a la cabeza en un gesto de puro pánico.

—Tranquila, respira —interviene Sam, levantando una ceja con suficiencia mientras me tiende la palma de la mano—. Dame tus llaves. Yo me encargo de ir por tu maleta de mano. Tú ocúpate de brillar.

La seguridad en su gesto me devuelve el aire a los pulmones. Lo abrazo con fuerza y le confío el manojo de llaves.

Cuando cruzo las puertas acristaladas del Fashion Hall, la ciudad desaparece y me absorbe un murmullo eléctrico, vibrante, cargado de expectativas.

El aire huele a lana virgen, laca, maquillaje y una tensión tan densa que se puede cortar con tijera. Los reflectores cenitales bañan la pasarela de un blanco estéril mientras decenas de tramoyistas y productores corren de un lado a otro ajustando los últimos detalles estructurales.

Alice me intercepta al vuelo, con los ojos abiertos como platos y una libreta mordida entre los dientes.

—¡Por qué demonios sigues con ropa de calle! ¡Las pruebas de pelo empiezan ya!

—Primero las modelos —respondo con una sonrisa torcida, enviando un beso al aire al equipo técnico antes de lanzarme al caos.

En pocos minutos, el backstage se convierte en un campo de operaciones militares: maniquíes mudos, percheros desbordados de terciopelo y seda, manos que vuelven a coser un dobladillo a última hora.

Las modelos, estatuarias e imponentes, aguardan en fila mientras Karol me maquilla a contrarreloj con una precisión quirúrgica.

—Nicole, nos quedan cinco minutos exactos —advierte Alice, brandiendo la tableta como si fuera un estandarte de guerra.

Cierro los ojos un segundo. Contengo el aliento y recorro mentalmente cada lágrima, cada café frío, cada trazo borrado con rabia que me ha arrastrado hasta este preciso instante.

Me pongo en pie de un salto. Esta es mi noche.

Mi nombre brilla en letras corpóreas sobre los paneles de entrada. Mis diseños cuelgan de los burros, esperando el momento exacto en que la luz los devuelva a la vida.

Cuando el primer acorde de la música instrumental estalla en la sala y las luces se funden a negro, un escalofrío de corriente eléctrica me recorre la columna.

La colección cobra movimiento.

Las modelos desfilan con una altivez felina, haciendo que cada prenda respire por sí misma. Y por unos segundos, tengo la certeza de que el mundo entero me pertenece.

Victoria observa desde la primera fila, impecable, con las manos cruzadas y una serenidad que impone respeto.

Alcanzo a ver a mi familia de pie al fondo, aplaudiendo con una entrega que me destroza la garganta. Levanto la copa de champán que alguien me cruza en la mano y brindo hacia ellos en la distancia.

Por nuestra diseñadora , gritan en silencio los labios de mi madre. Por mi familia , respondo para mis adentros, con los ojos anegados de una gratitud insondable. Sin ellos, yo no sería más que un eco.

Las cámaras destellan en ráfagas interminables. Vicky se acerca con paso firme, se detiene a mi lado y posa una mano de autoridad cálida sobre mi hombro.

—Bien hecho, Nicole —dice, y su sonrisa franca sella el veredicto definitivo.

Entre el remolino de felicitaciones y abrazos, el aire se detiene de golpe.

Lo veo.

A unos metros, apartado de los corrillos de la prensa, con la elegancia sobria de su traje oscuro y esa inconfundible planta que desafía la gravedad del entorno.

Marcus.

La respiración se me corta en seco. Sus ojos verdes me clavan en el sitio con la misma intensidad que el primer día. No le hace falta sonreír ni articular palabra para demostrarme que ha estado ahí, observando cada segundo de mi triunfo.

¿Cómo? ¿Por qué demonios ha venido hasta aquí?

Mi pulso martillea salvajemente en las sienes. Apretando con fuerza la base de la copa de champán, me obligo a mantener la compostura, dedicándole una sonrisa automática a un periodista que se acerca a entrevistarme.

Pero por dentro, el orden del mundo vuelve a fracturarse.

En cuanto los saludos protocolares me dan una tregua, me deslizo hacia los recovecos oscuros de los bastidores, buscando un reducto de oxígeno donde recolocar mis pensamientos.

—Nicole.

Su voz resuena a mis espaldas, grave, inconfundible.

Cierro los ojos un instante, reuniendo cada gramo de coraje antes de girarme. Marcus está ahí, tan cerca que percibo el rastro familiar de su colonia de sándalo y menta.

—Has estado extraordinaria esta noche —dice, sin preámbulos, con una franqueza que desarma cualquier intento de defensa.

Me cruzo de brazos, buscando refugio en la rigidez de mi postura.

—Gracias —contesto con una cautela helada—. No esperaba encontrarte en Londres.

—No iba a perdérmelo por nada del mundo —responde, y su mirada se desliza brevemente hacia los percheros donde reposan mis diseños como trofeos de guerra—. Esto... es tuyo, Nicole. Y me alegra comprobar que lo has conseguido por ti misma.

Un silencio denso, cargado de todas las batallas que libramos y de las que huimos, se instala entre nosotros.

No sé si quiero abalanzarme a sus brazos o exigirle que desaparezca de mi vista para siempre.

—Marcus... —murmuro, buscando desesperadamente una salida—. No creo que sea prudente que estés aquí.

Él da un paso al frente, y siento cómo el aire escasea en mis pulmones.

—No he venido a dinamitar tu mundo otra vez. Solo... necesitaba verte triunfar.

El pecho se me contrae con una punzada dolorosa. Cada fibra de mi instinto me grita que ya no lo necesito, que he demostrado ser autosuficiente, que el pasado enterrado debe quedarse bajo siete llaves.

Y, sin embargo, esa chispa en sus ojos verdes enciende un fuego latente que creía neutralizado.

—Marcus... por favor, no hagas esto —imploro en un hilo de voz.

Él asiente despacio, con una lentitud resignada, y retrocede medio paso.

—De acuerdo. Ya he visto lo que vine a buscar.

Sus palabras flotan en la atmósfera mientras comienza a girarse, perdiéndose de nuevo entre el bullicio de los invitados y los flashes.

Mis dedos tiemblan alrededor de la copa vacía. Por primera vez en toda la noche, siento que el escenario se vacía de sentido con su partida.

Trago saliva, obligando a mis hombros a enderezarse con fiereza.

Esta es mi victoria.

Y por mucho que Marcus haya cruzado el océano para revolver los cimientos que tanto me costó levantar, no voy a permitir que su sombra eclipse ni un solo destello de mi luz.