CAPÍTULO 39
Mis tacones repican con furia contra los peldaños metálicos de la escalera de emergencia, mientras el eco de mis propios latidos me aturde los oídos.
Bajo los pisos a toda velocidad, impulsada por una descarga de adrenalina pura, pero cuando empujo la puerta de la planta baja, el vestíbulo está desierto.
Las puertas del ascensor permanecen cerradas y el rastro de Jay se ha desvanecido en el aire frío de la calle.
Me detengo en medio del vestíbulo, con el pecho agitado y las manos temblando de rabia contenida.
Jay.
Cuesta creerlo. Su perfil de muchacho afable y servicial, el que aceptaba compartir un sándwich a mediodía, no era más que la careta de un desconocido dispuesto a apuñalarme por la espalda.
«Todo esto es tu culpa, Nicole...»
Las palabras flotan en mi mente con la consistencia del veneno. Afuera, la llovizna azota los ventanales de la entrada, difuminando el tráfico londinense en un borrón de luces grises.
Mi primer instinto grita que debo dar la alarma en seguridad. Sin embargo, el pánico me frena en seco.
Si hago oficial el sabotaje, tendré que rendirle cuentas a Victoria. Tendré que admitir que un intruso recorrió mi espacio, que mi cuaderno de bocetos —la columna vertebral de mi trabajo— ha desaparecido y que el proyecto insignia de la nueva boutique pende de un hilo.
El sudor frío me recorre la nuca. Si este escándalo trasciende, la colección entera se vendrá abajo antes de nacer.
Vuelvo a trompicones a mi oficina. El espacio, que hasta hace unas horas sentía como un refugio blindado, ahora me resulta hostil, violento. Reviso cajones, estanterías, cada recoveco del mobiliario con desesperación.
El cuaderno no está.
Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza que noto el sabor metálico de la sangre. La impotencia se me clava en las costillas como un cuchillo sin filo.
En ese instante, el teléfono vibra sobre la mesa con un zumbido seco. Contengo la respiración, esperando una llamada de Jay, pero lo que ilumina la pantalla es un número desconocido y un mensaje directo a la yugular:
«Nos veremos pronto. Disfruta tus últimos días de calma».
El brillo del dispositivo quema en la palma de mi mano, desatando un escalofrío que me paraliza los dedos. No puedo cargar con este peso en solitario. La fantasía de resolverlo todo por mi cuenta se estrella contra la cruda realidad del peligro.
Respiro hondo, obligando a mi voz a no quebrarse, y marco el número de Victoria. Responde al segundo tono.
—Nicole, ¿ocurre algo?
—Sí —contengo un sollozo de rabia—. Necesito que vengas a mi despacho. Es una emergencia absoluta.
No pasan ni cinco minutos cuando los tacones de Victoria resuenan en el pasillo con la cadencia de unos disparos. Le abro la puerta, la tranco de inmediato y le descerrajo la verdad sin filtros: la huida de Jay, sus amenazas, el robo sistemático del cuaderno.
Me escucha con una inmovilidad pétrea, los brazos cruzados bajo el abrigo, midiendo cada una de mis palabras con la frialdad de una estratega. Cuando termino, suelta un suspiro denso.
—Hiciste bien en no callártelo.
—Vicky, si publican o copian mis diseños antes del desfile... —la voz se me rompe, evidenciando el terror absoluto—. Toda la colección está ahí. No me quedan más borradores.
Victoria me toma de los hombros con una fuerza imperativa, clavando sus ojos oscuros en los míos.
—Nicole, en esta casa no se rinde nadie. Y mucho menos bajo mi supervisión. Sé perfectamente de qué madera estás hecha; vas a rediseñar todo desde cero, y esta vez será mil veces mejor que lo anterior.
Saca su teléfono del bolsillo y, en cuestión de minutos, el pasillo exterior se convierte en un hervidero de actividad. Dos asistentes del ala técnica, un especialista en seguridad informática y Alice, la diseñadora sénior, desfilan hacia mi oficina cargados de carpetas y ordenadores portátiles.
—A partir de este exacto segundo —sentencia Victoria con una autoridad inapelable—, Nicole deja de trabajar en solitario. Este es su núcleo de operaciones. Necesito que cada trazo, cada patrón digital y cada muestra física estén bajo doble llave y respaldados con encriptación.
Alice me dedica una sonrisa cómplice, cargada de una solidaridad cálida que me devuelve el pulso.
—Vamos a sacar esta colección a flote, cueste lo que cueste, Nicole.
Por primera vez desde la huida de Jay, el oxígeno vuelve a mis pulmones. Victoria me dedica una última mirada, donde conviven la protección feroz y la exigencia más absoluta.
—Van a intentar destrozarnos, Nicole. Pero no van a ganar. Concéntrate en crear. Del resto me encargo yo.
La rotundidad de su promesa disuelve los restos del miedo. Y, por primera vez desde que aterricé en este asfalto gris, la determinación pesa infinitamente más que el terror.
Victoria cumple su palabra con la precisión de un reloj suizo.
En menos de una hora, la oficina se transforma en un búnker creativo: pantallas encendidas, rollos de tejido técnico desplegados sobre las mesas y Alice codo a codo conmigo, releyendo y potenciando cada línea de mis nuevos patrones.
El cansancio físico aprieta, pero la energía colectiva neutraliza cualquier rastro de duda.
Las horas se funden en un solo día continuo. Dormitamos en los sofás auxiliares, nos alimentamos a base de café frío y sándwiches a medio comer, y el aroma a pintura fresca de las paredes cede ante el olor denso a papel de calco, tabaco rubio guardado y algodón puro.
Cuando al fin miro la pared principal, donde los nuevos diseños se alinean bajo los focos halógenos, un nudo espeso me estrangula la garganta.
He renacido de mis propias cenizas.
A mitad de semana, Alice entra a la oficina con una tableta en la mano y el rostro desencajado.
—Nicole... tienes que ver esto.
En la pantalla, un portal de noticias del sector expone en primicia la nueva línea de una firma competidora. Las imágenes revelan unos croquis sospechosamente idénticos a las primeras ideas que albergaba mi cuaderno robado.
El corazón me da un vuelco, seguido de una rabia helada.
—Nos han robado el tiempo de ventaja —murmura Alice, indignada—. Se han adelantado por horas.
Observo mis nuevas creaciones colgadas en los burros de trabajo y niego lentamente con la cabeza. Una sonrisa fría se dibuja en mis labios.
—Que publiquen lo que quieran —respondo con absoluta convicción—. Lo que tengo ahora está en otra galaxia.
Los días restantes transcurren como un parpadeo. A estas alturas, el cuaderno perdido es solo un fantasma lejano; comprendo que el verdadero talento nunca estuvo confinado entre sus páginas, sino en mi cabeza, en mis manos, en la urgencia de mi propia voz.
La víspera del gran desfile, apago la pantalla del ordenador principal y dejo caer la cabeza contra el respaldo acolchado de la silla, sintiendo el cuerpo pesado pero triunfante.
Alice asoma la cabeza por el umbral, con ojeras profundas pero una sonrisa radiante.
—Listo —avisa con un hilo de voz—. Lo hemos conseguido.
Me pongo en pie con lentitud, cojo mi abrigo del perchero y la observo como quien cruza la línea de meta tras una guerra encarnizada.
—Sí —afirmo, sintiendo que la energía de Londres late al unísono con mis sienes—. Lo hemos logrado.
Salimos juntas al pasillo en silencio, con la complicidad de las que han vencido juntas.
—Te acerco a tu departamento —le propongo, ajustándome la bufanda—. Mañana será una jornada interminable.
Alice me mira con una mezcla de respeto y timidez genuina.
—Se lo agradecería muchísimo, señorita Keller .
Le dedico una sonrisa cansada, negando con la cabeza.
—Te he pedido mil veces que me llames por mi nombre, Alice.
—Usted posee un talento descomunal... llamarla de otra forma me parecería una falta de respeto imperdonable.
Sonrío ante su rigidez formal. Esta vez, ni las traiciones de la pasarela ni los fantasmas del pasado van a robarme mi instante de gloria.
Más de cuarenta piezas arquitectónicas aguardan en los bastidores para saltar a la pasarela y cegar al mundo.
Mañana, Londres pronunciará mi nombre con respeto.
Y, sin embargo, en la quietud de la madrugada, mientras el sueño se resiste a llegar, los pensamientos se desvían inevitablemente hacia el pasado.
Repaso en bucle mi último cara a cara con Marcus.
Desde aquel ultimátum en forma de mensaje de texto, no he vuelto a saber nada de su existencia.
Supongo que habrá regresado a la seguridad blindada de Cleveland, empeñado en borrarme de su mapa tal como yo he intentado hacerlo con él.
Por instantes, una punzada amarga me recuerda que, por más cumbres que conquiste y más aplausos que coseche bajo los focos de esta ciudad, una parte inconfundible de mi corazón se quedó varada al otro lado del Atlántico, prisionera de Cleveland.