Behind Desire CAPÍTULO 38 #2
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CAPÍTULO 38 #2

La colección va tomando cuerpo con una solidez incontestable; me obsesiono con los volúmenes, con la rigidez de las solapas, con la manera en que la lana fría responde a la luz.

Estoy construyendo una identidad estética propia, al margen del escándalo de Cincinnati y de la órbita magnética de Marcus.

A media mañana, tras horas de combate con un patrón asimétrico, la frustración me golpea el estómago.

Jay se acerca a mi mesa con una taza humeante y un cigarrillo apagado entre los dedos.

—No está permitido fumar en el área de diseño, Jay —advierto, masajeándome las cervicales contracturadas.

Él sonríe con rapidez, guarda el cigarrillo en el bolsillo y echa un vistazo curioso a la pantalla de mi ordenador.

—¿Quieres que le eche un vistazo al corte? Quizás pueda despejarte el ángulo —ofrece con una amabilidad estudiada.

Le cedo el asiento unos minutos mientras doy un trago al café tibio para despabilarme.

—Podríamos probar un escote geométrico en la espalda y fijar una tira metálica para sostener la estructura —propone con soltura sobre el software de diseño.

Asiento, valorando la viabilidad técnica. No suena mal. Lo desplazo con suavidad del asiento y retomo el control del diseño para pulir su sugerencia.

Treinta minutos después, una náusea repentina y corrosiva me quema las entrañas. Salgo disparada hacia los baños, queriendo vaciar un estómago que solo alberga bilis y café.

Me inclino sobre el retorcedor de cerámica, tosiendo sin expulsar nada, con la respiración entrecortada y fría. Cuando logro incorporarme, me cruzo con Vicky en el pasillo, quien me observa con una sospecha helada.

—Nicole... dime que no estás embarazada.

La frase se estrella contra mi cráneo como un bloque de hielo.

Es una imposibilidad médica y lógica; durante el tiempo que duró lo nuestro, fui rigurosa con los anticonceptivos. Nada falló.

Aun así, acudo a una clínica privada en mi hora de almuerzo, asaltada por fantasmas absurdos de una vida que ya no existe. El médico me somete a una batería rápida de análisis.

Cuando regresa con los resultados, su diagnóstico me deja inerte en el asiento.

—No hay rastro de gestación. Lo que presenta es un cuadro clínico de intoxicación leve por absorción de nicotina en el torrente sanguíneo.

—Doctor, yo no fumo —replico, sintiendo un sabor metálico en la boca.

—¿Ha estado expuesta a humo de tabaco de segunda mano en espacios cerrados de forma prolongada en las últimas horas?

Un destello cruza mi mente: el cigarrillo apagado que Jay manipuló sobre mi mesa de trabajo. El olor dulzón que desprendía antes de guardarlo.

¿Estoy cayendo en la paranoia de sospechar de alguien que apenas conozco?

Pero las matemáticas no mienten. Es la única variable anómala en mi rutina.

Regreso al departamento sintiéndome agotada, con una jaqueca sorda martillándome las sienes. Encuentro a Lily repasando los zócalos con un trapo húmedo.

—Llegas temprano —murmura sin levantar la vista.

—No me siento bien —respondo esquiva, evitando entrar en detalles médicos.

Me arrastro hasta la habitación y paso el resto de la tarde sumida en un sopor febril, alternando las horas entre el jergón y las náuseas.

Al día siguiente, al reincorporarme al atelier, mantengo una distancia prudente y recelosa frente a Jay. Sin embargo, su actitud sigue siendo la de siempre: servicial, sonriente, casi inofensiva. A la hora del almuerzo me invita a probar un bistró cercano.

—Gracias por la ayuda de ayer —le digo, sentada frente a él y vigilando cada uno de sus movimientos con una atención milimétrica.

—Para eso estamos. Me alegra que estés mejor del estómago —responde con una pizca de genuina preocupación que me desarma por un instante.

—Sí, debió ser algo en mal estado.

El viernes por la tarde, cuando recojo mis cosas para dar por concluida la semana, noto que falta mi cuaderno de bocetos personal.

El lomo de cuero negro donde guardo los diseños preliminares de la cápsula central no está en su sitio.

Me pregunto si Jay lo habrá tomado por error al ordenar la mesa y me prometo exigírselo a primera hora del lunes.

Intento dormir, pero una incomodidad viscosa me recorre la espalda. No es solo la pérdida del cuaderno; es la forma en que Jay evitó sostener mi mirada al despedirnos.

El lunes llego al edificio antes que nadie. Me siento extrañadamente optimista; la colección está a un cincuenta por ciento de desarrollo y la fecha límite se acerca como un tren de mercancías.

Las puertas del ascensor se abren en la octava planta y camino con paso firme por el pasillo técnico hacia mi oficina. Al girar el pomo y empujar la puerta, una silueta oscura cruza el umbral a toda prisa, arrollándome en el proceso y haciendo volar mis carpetas por el suelo.

Reacciono por puro instinto, estirando la mano para aferrarlo de la capucha del suéter antes de que alcance el rellano del ascensor.

El individuo se gira de golpe.

Me quedo petrificada al reconocer el rostro pálido y descompuesto que tengo enfrente.

—Jay... —susurro, con los labios temblando y las manos heladas—. ¿Qué hacías dentro de mi oficina?

Una mueca de odio cruza sus facciones, desfigurando su habitual sonrisa cordial.

—Todo esto es tu culpa, Nicole.

Su voz destila un veneno puro, clínico.

Las puertas del ascensor se abren a su espalda con un tintineo metálico.

Sin pensarlo un segundo, suelto su ropa y echo a correr escaleras abajo por la salida de emergencia, con el corazón golpeándome contra las costillas y la certeza absoluta de que el peligro acaba de traspasar la puerta de mi refugio.