CAPÍTULO 38
La noche avanza espesa, tortuosa, convertida en un bucle de insomnio.
No puedo dormir, ni pensar en nada que no sea él.
Mi cuerpo todavía duele de extrañarlo, y la piel me arde con el fantasma de su tacto.
Sin embargo, la imagen de Sinclair con su camisa impecable y su sonrisa de triunfo se clava como un estilete en mi memoria.
Me incorporo de golpe, incapaz de seguir revolcándome en el mismo dolor. Necesito una distracción, un estímulo que me arranque de este bucle. Pero ¿qué se supone que haga cuando, hasta hace nada, cada fibra de mi existencia giraba en torno a Marcus?
Voy a la cocina a tropezones y me sirvo un vaso de agua. Las manos me tiemblan con una torpeza humillante. No puedo permitirme seguir hundiéndome así.
Un golpe seco y rítmico contra la madera de la entrada corta el aire.
El corazón me se desboca en el pecho.
Un único nombre cruza mi mente a toda velocidad.
Marcus.
Dudo, paralizada. Una parte de mí se niega a abrirle, a escuchar lo que sea que tenga que decir; la otra, desesperada y ruin, lo reclama a gritos.
El golpe se repite, más imperativo, más denso.
Con pasos titubeantes, me acerco a la puerta y giro el pestillo con extrema cautela.
Ahí está.
Marcus Wreen. Tiene el ceño fruncido en una línea implacable y los ojos oscuros cargados de una furia sorda que no alcanzo a descifrar. La mandíbula le tiembla de tensión y el pelo está desordenado, como si se hubiera pasado las últimas horas hundiéndose los dedos en los cabellos.
Al ver que abro, intenta empujar la puerta para entrar, pero me interpongo a regañadientes. No se marcha; siento su presencia al otro lado, la presión de su respiración caliente contra el umbral.
—Nicole —su voz es un grave siseo—. Abre de una maldita vez.
Cierro los ojos con fuerza, apretando los puños hasta hacerme daño en las palmas.
—No tengo nada que hablar contigo, Marcus —replico, forzando en la voz una firmeza que no poseo.
—Pues vas a escucharme a mí —gruñe, golpeando la madera con la palma abierta—. ¿Qué demonios pretendías? ¿Por qué te largaste de esa manera sin dar la cara?
Trago saliva con dificultad. Podría abrir, enfrentarlo, restregarle en la cara la escena patética de la que fui testigo. Pero eso implicaría desgarrarme otra vez, y mis costillas ya no soportan más presión.
—Solo... necesitaba irme —susurro.
—Eso no es una respuesta.
Puedo imaginármelo al otro lado: la frente arrugada, los nudillos blancos de rabia contenida.
—Dímelo, Nicole —insiste, suavizando ligeramente el tono, buscando una rendija.
Río sin gracia, con amargura. Cuando dejé la carta de renuncia sobre su mesa, ni siquiera parpadeó; ahora viene a exigir explicaciones con este aire de urgencia desesperada.
Si abro la puerta y de algún modo logra convencerme... Si consigue hacerme creer que ha cambiado, ¿qué me quedará?
¿Qué me detendrá de volver a caer en su trampa?
—No quiero hablar ahora, Marcus.
Silencio.
Por un segundo, creo que por fin ha decidido rendirse. Pero su voz regresa, baja, cortante, rozando la súplica:
—No voy a dejarte ir, Nicole.
El pecho se me contrae, doliéndome físicamente.
—No puedes controlarlo todo, Marcus —replico en un hilillo de voz.
Su respiración se corta al otro lado.
Y, sin mediar más palabras, lo escucho girarse y marchar con pasos pesados.
Esta vez, ninguna de las dos partes ha ganado.
El vacío que deja tras de sí es ensordecedor.
Me quedo inmóvil, con la frente apoyada contra la madera fría, intentando regular las arcadas de aire.
Pasa un tiempo indefinido hasta que las piernas me fallan y consigo desplomarme en el sofá, abrazándome las rodillas.
Una parte de mí anhela salir corriendo tras él, pero la otra sabe que cruzar esa línea destruirá lo poco que me queda en pie.
Esto no puede terminar así. Pero tampoco puede seguir de esta forma.
Los días siguientes se suceden en una vorágine de bocetos, pruebas de corte y reuniones con el equipo.
La presión del calendario aprieta, pero la pasión por crear piezas que respondan a mi propia voz se ha convertido en mi mejor armadura.
Vicky no me deja respirar; me empuja a arriesgar, a despojarme de los últimos jirones de miedo que arrastraba desde Nueva York.
Entre llamadas nocturnas con Lena y Silvia, cuyas palabras funcionan como un ancla, la distancia geográfica empieza a pesar menos.
Cada trazo sobre el papel es una pequeña victoria contra mis propias inseguridades y una declaración de quién aspiro a ser.
A dos semanas de la Semana de la Moda, el ritmo en el atelier alcanza cotas insospechadas. Dejo mis materiales en el cubículo asignado y, al volver de almorzar, Vicky me reclama en su despacho.
Al entrar, la encuentro ojeando una serie de planos técnicos.
—Nicole, quiero que empieces a involucrarte de lleno en el concepto para la inauguración de nuestra nueva flagship store —suelta sin preámbulos.
Asiento, sintiendo cómo el estómago me da un vuelco de pura adrenalina y responsabilidad.
—Por supuesto. ¿Alguna directriz concreta?
Ella me dedica una sonrisa sutil antes de deslizar sobre la mesa un dosier lacrado.
—Es estrictamente confidencial hasta el lanzamiento, pero quiero que vayas procesándolo. Eres la única capacitada para esto.
Abro la carpeta con pulso tembloroso. Los documentos no hablan de una sucursal cualquiera.
Es mi boutique. El espacio diseñado bajo mi nombre.
—¿Esto significa que...? —musito, incapaz de articular la frase completa.
—Quiero que seas la directora de concepto y diseño integral de este espacio —confirma Vicky con naturalidad—. Por ahora se mantendrá bajo perfil; quiero que la disposición y tu visión sorprendan a la industria entera en la apertura.
Una ola de vértigo y euforia me recorre de arriba abajo. Esto supera con creces cualquier expectativa que hubiera trazado.
—Ven conmigo —añade, poniéndose en pie con decisión.
Recorremos el pasillo hasta una puerta doble al fondo del ala creativa.
—Esta será tu oficina a partir de ahora.
Cuando entro, el olor a pintura fresca y mobiliario nuevo me da la bienvenida. Es un espacio diáfano, bañado por la luz cenital de los lucernarios londinenses, con una zona de dibujo técnica y una mesa de trabajo colmada de muestras de tejidos.
Durante las primeras horas me cuesta sentarme ante el tablero.
El peso del cargo, el prestigio implícito de la firma y el vértigo del apellido Beckham colgado simbólicamente de mis hombros amenazan con aplastarme.
Pero obligo a mis manos a sostener el lápiz.
Línea a línea. Boceto a boceto. Como quien reconstruye su propia estructura ósea con fragmentos de cristal.
Afuera, la llovizna londinense repiquetea contra los cristales, aislándome del mundo.
Cuando por fin levanto la vista del papel, el reloj marca pasado las seis de la tarde. Recojo mis cosas y bajo al estacionamiento subterráneo, donde Claude se ha encargado de que disponga de un coche asignado para mis desplazamientos. En ese instante, el teléfono vibra en la palma de mi mano.
—Justo pensaba en ti —saluda Claude al descolgar.
—Tu madre y yo queríamos saber cómo marchan tus avances. Voy a poner el altavoz y conectar la cámara —interrumpe la voz cálida de mamá desde el fondo.
En la pantalla aparece su rostro, iluminado por una sonrisa radiante que confirma lo evidente: es feliz junto a Claude en su retiro.
—¿Pero todo marcha bien entre ustedes? —pregunto, con la habitual vena protectora.
—Si estamos en la propiedad de Claude, mi amor, todo está más que bien —responde ella entre risas, mientras le propina un beso rápido en la mejilla a su pareja.
—Bueno, por mi parte tengo la situación bajo control. La vida aquí es otra dimensión...
—¿Lo extrañas? —suelta mi madre de repente, interrumpiendo el reporte.
—No lo suficiente —contesto con una sequedad fingida, consciente de que, en realidad, su sombra sigue agazapada a la vuelta de cualquier esquina.
Llego al departamento agotada, con el ánimo en un punto tibio. Me sirvo una copa de vino para apagar las revoluciones del día, pero el cansancio me vence en el sofá, dejándome caer en un sueño denso y poblado de interferencias.
Los días en la oficina se convierten en mi trinchera. A mitad de semana, una llamada de mi padre por la mañana vuelve a remover los cimientos de mi lógica.
—No quise comentártelo en su momento para no saturarte, pero Marcus y yo finalizamos el acuerdo corporativo inicial; decidió retirarse y dejar una aportación menor como inversor de capital de riesgo —suelta con naturalidad.
—¿Por qué Marcus haría algo así? —pregunto, con el ceño fruncido y la garganta seca.
Me paso el resto de la jornada dándole vueltas a la misma incógnita estúpida.
¿Acaso su maquinaria corporativa, fría e implacable, ha decidido ceder terreno... por mí?
Niego con la cabeza, furiosa conmigo misma por albergar semejante fantasía. Suponer que ocupo un rincón en su esquema mental es el camino más rápido hacia la locura.
A la mañana siguiente madrugo más de lo habitual. Me ducho con agua hirviendo para disipar la rigidez del estrés acumulado en los músculos, elijo unos vaqueros de corte impecable, una blusa de satén color carmín y unos tacones de aguja de trece centímetros que me otorgan una autoridad instantánea.
Al salir del edificio, noto la ausencia del vigilante habitual en la garita de seguridad, un detalle menor que apenas registro de camino al aparcamiento.
Llego a la oficina a las siete en punto. Demasiado pronto para el ritmo habitual del equipo, pero necesario cuando el cronómetro corre en mi contra y restan menos de tres semanas para el debut.
Ese día, Vicky me sugiere integrar temporalmente a Jay, un pasante del último año, para que agilice el tratamiento de patronaje digital. Tal vez una perspectiva fresca ayude a destrabar el diseño de la chaqueta que se me resiste.