Behind Desire CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

El tiempo en el atelier de Victoria Beckham transcurre a una velocidad vertiginosa.

Me he sumergido en el ritmo de la casa con una voracidad que no recordaba poseer; diseñar, debatir, someter los bocetos al juicio de otros creativos.

Es un ecosistema diametralmente opuesto al que me asfigxiaba bajo las órdenes de Marcus Wreen.

Aquí ya no soy la mera ejecutora de voluntades ajenas. Mi criterio cuenta, mis propuestas pesan y, por primera vez, siento que el suelo bajo mis pies me pertenece.

Una tarde, mientras reviso un lote de sedas recién importadas, Victoria se detiene frente a mi mesa y deposita una carpeta sobre la superficie con un gesto deliberado.

—Quiero que trabajes en esto —dice con su habitual tono profesional, aunque en el fondo de su mirada se asoma una chispa inconfundible de aprobación.

Abro el expediente y el aliento se me congela un segundo en la garganta. Es el dosier preliminar para la próxima Semana de la Moda de Londres.

—¿Estás diciendo que yo...?

—Diseñarás una cápsula dentro de la colección principal, sí —confirma, cruzándose de brazos con elegancia—. Has demostrado un ojo afilado y una disciplina férrea. Veamos si puedes sostenerlo en la pasarela.

El impulso de gritar convive con el vértigo absoluto. Esto es real. Es exactamente la cumbre por la que aposté al cruzar el Atlántico.

Levanto la barbilla con una seguridad que ya no es fingida.

—No te voy a decepcionar.

Victoria inclina la cabeza con una media sonrisa imperceptible.

—Lo sé, Nicole. Por eso estás aquí.

Cuando se aleja, mis dedos rozan la cartulina de la carpeta con una reverencia casi táctil. Ya no soy la sombra de nadie; este es el auténtico punto de partida de mi carrera.

Los días siguientes se convierten en una espiral de lápices, cortes al bies y pruebas de muselina hasta altas horas de la madrugada. Trabajar bajo la tutela implacable de Victoria es un ejercicio constante de supervivencia creativa; su exigencia quirúrgica no tolera el error ni la autocompasión.

—Tienes talento, Nicole —me dice un martes, revisando mis trazos con una lupa invisible—. Pero sigues conteniendo la respiración. Arriesga más. Rompe la costura si es necesario.

Asiento, absorbiendo la directriz como una esponja.

Esa noche, de vuelta en el departamento, extiendo los patrones sobre la mesa del comedor y los analizo con luz fría. Reconozco el diagnóstico de Victoria: en el fondo, he estado diseñando con el freno de mano puesto, prisionera de un miedo visceral a equivocarme.

A la mierda el miedo.

Tomo el rotulador y rediseño las líneas con una audacia salvaje, otorgándoles el filo y la aspereza que reflejan mi propia transformación.

Cuando le presento los nuevos bocetos a Victoria un par de días después, los examina en silencio absoluto durante lo que parecen horas. Finalmente, levanta la vista y asiente con sequedad.

—Ahora sí estamos hablando.

El calendario de la Semana de la Moda ruge cada vez más cerca, y con él, la tensión de ver mi trabajo expuesto al juicio del mundo.

Para templar los nervios, esa misma semana Vicky me invita a asistir a un desfile privado en el corazón de la ciudad.

El despliegue es impecable: cascadas de lentejuelas, música instrumental que discurre en frecuencias etéreas y modelos que desfilan con una precisión metronómica.

Sin embargo, ninguna de las piezas consigue encender la chispa de mi inspiración.

Cuando las luces se encienden entre aplausos tibios y la multitud comienza a dispersarse entre flashes y copas de champán, una silueta al otro extremo de la sala me corta el aliento de cuajo.

Marcus Wreen.

Está de pie, inconfundible con su porte imponente y esa armadura de absoluta impasibilidad. Por un instante, mi sistema nervioso se desploma.

—Nicole —su voz resuena con esa gravedad conocida, rompiendo la distancia que nos separa.

Mis músculos se tensan para retroceder, pero me anclo al suelo con fiereza. Ya no soy la mujer que huyó despavorida de su despacho en Nueva York.

—¿Qué demonios haces aquí? —pregunto, manteniendo la voz gélida.

Marcus me evalúa milímetro a milímetro, y por primera vez le descubro un destello de genuina perplejidad.

—No esperaba encontrarte en un sitio así.

Cruzo los brazos sobre el abrigo, sintiendo de reojo la presencia protectora de Vicky a pocos pasos.

—¿Y creías que mi vida se había detenido en tu oficina? —replico con un filo afilado.

Él aprieta la mandíbula con fuerza, conteniendo una réplica, y en ese silencio denso se dibuja una verdad insoslayable: Marcus Wreen no está hecho para gestionar el rechazo. Menos aún el mío.

—Estás diferente —admite al fin, con un tono indescifrable—. Es evidente que este entorno te pertenece.

—Por supuesto que sí —respondo sin apartar la mirada.

Antes de que él pueda articular otra palabra, la mano firme de Vicky se posa en mi hombro.

—Nicole, ven un momento —interviene con una sonrisa impecable—. Anna Wintour quiere conocerte.

El corazón me da un vuelco estrepitoso.

Marcus parpadea, estupefacto ante el nombre, pero no le concedo el lujo de una despedida. Giro sobre mis tacones y sigo a Vicky, dejando atrás los fantasmas del pasado.

Porque el futuro, por fin, me pertenece.

La breve charla con Anna Wintour es un examen acompasado y directo a la yugular. Me interroga sobre mi visión de la sastrería moderna, los contrastes de texturas y el rumbo conceptual de mi firma mientras ojea mi cuaderno de bocetos con una agilidad felina.

Al concluir, el acuerdo para una futura colaboración queda sellado con un apretón de manos firme, desatando la euforia contenida de Vicky.

—Lo supe desde el primer segundo —me susurra al oído con orgullo—. Tienes madera de directora creativa.

Sonrío, agradecida, pero al barrer la sala con la mirada en busca de una salida, lo veo otra vez. Marcus sigue apostado en el perímetro, inmóvil, observándome con una fijeza que me eriza la piel.

En ese instante exacto, mi teléfono vibra en la palma de mi mano.

«Necesitamos hablar. No aquí. Esta noche».

El remitente es un puñal: Marcus.

Cierro los ojos un segundo, sintiendo cómo los cimientos que tanto me ha costado levantar se tambalean ante la simple vibración de ese mensaje.

Pero esta vez, la inercia no me arrastra hacia él.

Llego al departamento con el cuerpo exhausto y la mente saturada.

Dejo la cartera caer sobre la mesa de centro, me quito los zapatos y voy directo al mueble bar a servirme una copa generosa de vino tinto.

Esta noche lo necesito con urgencia. Verlo remover los sedimentos que creía sellados ha sido un recordatorio brutal de su persistencia.

Si se lo propone, si insiste con esa intensidad magnética, temo no librarme jamás de lo que siento por él.

He puesto un océano de por medio, he cambiado de continente, he construido una identidad profesional incontestable, pero la verdad sigue latente: yo no pertenezco a su mundo de sombras y conspiraciones, y él no encaja en la luz limpia de mi nuevo presente. Ya quedó demostrado.

Y, sin embargo, al cerrar los ojos, los recuerdos se abren paso sin permiso.

Recuerdo la primera vez que lo vi. No fue en los círculos de la moda ni en una junta directiva, sino en un foro benéfico sobre el impacto del trastorno de estrés postraumático en veteranos, organizado por la fundación con la que Sam colaboraba habitualmente.

Yo había acudido únicamente para acompañar a Sam, reacia a meterme en eventos de alta alcurnia.

"Hay hombres cuyas batallas merecen ser escuchadas" , me había dicho él para convencerte... para convencerme.

Fui por inercia. Jamás imaginé que el ponente principal sería Marcus Wreen.

Y mucho menos que hablaría con esa franqueza desgarradora.

"El trauma no desaparece; tan solo muta" , resonó su voz desde el estrado, grave, despojada de cualquier pretensión corporativa. "Algunos lo llevan tatuado en la piel, otros lo arrastran en silencio por dentro. Pero todos, sin excepción, exigen ser vistos. Escuchados. Creídos" .

Su mirada gris barrió el auditorio con una sobriedad imponente, exenta de arrogancia.

"Si las empresas que dirigimos solo sirven para levantar bloques de cemento y amasar capital sin reparar los daños colaterales de la vida, entonces no estoy dispuesto a ser parte de ellas" .

Un nudo áspero se me había instalado en la garganta aquella tarde. Por primera vez, descorrí el velo del personaje frío y calculador para vislumbrar las cicatrices reales del hombre que daba las órdenes. Alguien que no temía exhibir la vulnerabilidad de su alma.

Aquel discurso no solo me sacudió; me impulsó a querer formar parte de su propósito, a creer que su ambición empresarial tenía una nobleza redentora. Pobre de mí, creí que trabajar a su lado sería una forma de encontrar sentido a mi propia deriva.

Sin calcular que, en el trayecto, terminaría perdiendo el timón de mi vida.

La pantalla del celular sigue iluminada sobre la mesa de centro con su ultimátum parpadeando.

«Necesitamos hablar. No aquí. Esta noche».

Miro el dispositivo con una frialdad calculada y, con un movimiento deliberado, deslizo el dedo para apagar la pantalla.

El silencio inunda el departamento, un silencio pesado pero limpio. Durante unos segundos, la vieja tentación de correr a su encuentro amenaza con desestabilizarme.

Pero esta vez, no cedo.

Me acerco al ventanal, doy un sorbo lento a la copa de vino y contemplo el horizonte infinito de Londres iluminado por miles de destellos artificiales. Dejo que el frío del cristal me devuelva al centro de mí misma.

Ya no soy la mujer que acude puntual a su llamada.