CAPÍTULO 36
El avión rueda por la pista bajo un cielo plomizo que parece un espejo exacto de mi estado de ánimo.
A pesar del destello de expectativa que debería encendérseme en el pecho por esta nueva oportunidad, el peso de lo que dejé atrás en Nueva York sigue oprimiendo mis costillas.
Respiro hondo, esforzándome por despejar la mente mientras arrastro la maleta de mano por el túnel de desembarque.
Lily me espera en la terminal de llegadas con una sonrisa radiante que desafía al clima británico. Para ella, este cambio no es una huida, sino el rescate oportuno.
—Bienvenida a tu verdadera vida —dice, rodeándome los hombros con un abrazo firme.
Fuerzo una sonrisa que apenas se me dibuja en los labios y la sigo hasta el auto. El trayecto se diluye en el zumbido de la lluvia contra el parabrisas y el desfile de las calles londinenses, que empiezan a absorberme despacio.
El departamento es un espacio moderno, de líneas limpias y ventanales monumentales que enmarcan la arquitectura gris de la ciudad. Es un lugar impecable, sobrio... e impersonal. Un lienzo en blanco donde todavía no me reconozco.
—Te vas a enamorar de esta ciudad, ya lo verás —comenta Lily, dejando la última maleta en el recibidor—. Y del trabajo ni hablemos. Es un nivel completamente distinto.
Ladeo la cabeza, intrigada.
—Papá sigue guardando el secreto con un celo ridículo. Ni siquiera sé el nombre de la firma ni con quién voy a trabajar.
Lily se muerde el labio, conteniendo una sonrisa conspirativa. Antes de que pueda presionarla, el teléfono vibra en mi bolso con una notificación de Claude:
«Te veré mañana a primera hora. Es momento de que conozcas a tu nueva jefa».
Sostengo la pantalla sintiendo cómo la ansiedad se mezcla con una extraña electricidad en el estómago. Mañana no habrá red de seguridad. Mañana sabré si esto es el principio de mi carrera o simplemente otra sombra de lo que dejé atrás.
Al día siguiente, el sonido constante de la llovizna golpeando contra los ventanales me despierta antes de la alarma.
El clima gris de Londres, lejos de aplastarme, me contagia una extraña sensación de calma y concentración.
Me ducho, me maquillo con trazos sobrios y elijo un conjunto de dos piezas elegante pero discreto, perfecto para mi entrada en un terreno donde la imagen es una declaración de principios.
Lily me deja frente a una imponente estructura de cristal y acero en el corazón de Mayfair. La recepción es un santuario minimalista, bañado por la luz filtrada de la calle. Doy mi nombre en el mostrador y la recepcionista me indica el ascensor que conduce a la última planta.
El pulso se me acelera a medida que los pisos suben. ¿Quién maneja este lugar? ¿Por qué tanto misterio?
Cuando las puertas del ascensor se abren, me encuentro con un taller de arquitectura impecable.
Doy un paso adelante mientras el ambiente me envuelve: mesas de corte monumentales, carretes de seda, paneles cubiertos de bocetos a mano alzada y muestras de textiles que huelen a alta costura y éxito rotundo.
Pero nada me prepara para la figura de pie junto a la mesa central, examinando la caída de un tejido con un gesto de absoluta concentración.
Victoria Beckham.
El aire se me congela un segundo en los pulmones. La he admirado durante años: su transición impecable de ícono global a una de las diseñadoras más respetadas y exigentes de la industria, su visión afilada para la sastrería femenina y su negativa rotunda a someterse a las reglas de otros.
Al escuchar mis pasos, alza la vista. Sus ojos oscuros me escrutan con una seriedad pausada antes de que una leve sonrisa rompa la frialdad de su rostro.
—Nicole, bienvenida —dice con su característico tono pausado y distinguido—. He oído hablar mucho de ti estas semanas.
Trago saliva, cuadrando los hombros.
—Gracias. Es un honor estar aquí.
Victoria asiente con la frialdad calculadora de quien no regala elogios por cortesía.
—Claude me ha hablado de tu ojo para el diseño —prosigue, dando un paso alrededor de la mesa—. Y Daniel juró que tenías un talento extraordinario con un potencial enorme. Veamos si tienen razón.
Un cosquilleo me recorre la espalda, una mezcla de vértigo y determinación. Esto no es una simple oportunidad laboral; es el comienzo de un capítulo que me pertenece de forma absoluta.
Victoria me hace un gesto para que la siga. El ambiente del taller es un engranaje perfecto de tensión creativa y rigor absoluto. Aquí no hay espacio para la mediocridad.
—Te incorporarás como asistente en el equipo central de diseño —me informa sin rodeos mientras caminamos—. Quiero ver qué puedes aportar y cómo te desenvuelves cuando el margen de error es cero.
Asiento con firmeza.
—Haré mi mejor esfuerzo.
Victoria se detiene en seco y me clava la mirada con una intensidad que corta el aire.
—No quiero tu mejor esfuerzo, Nicole. Quiero resultados.
Sus palabras me asientan los pies en la tierra de golpe. Ya no soy la asistente de Marcus Wreen en busca de reconocimiento dentro de una corporación que me ahogaba. Esta es mi oportunidad de demostrarme a mí misma que valgo por mi propio talento, sin sombras ni padrinos.
Un asistente le entrega una carpeta de cuero negro y Victoria me la extiende.
—Empezamos ahora. Quiero que revises estos bocetos y hagas anotaciones sobre posibles mejoras en los cortes y las telas. En dos horas tenemos la reunión con el equipo y quiero escuchar tus sugerencias.
Tomo la carpeta con manos firmes.
—Entendido.
Victoria esboza una leve sonrisa, casi imperceptible, antes de girarse y alejarse por el pasillo. Me quedo de pie unos segundos, absorbiendo la magnitud del momento.
Es real. Estoy aquí. Y no voy a desperdiciarlo.
Me dirijo a mi escritorio, abro la carpeta y me sumerjo en los diseños.
Son soberbios: líneas arquitectónicas, sofisticación pura.
Sin embargo, mi mirada entrenada detecta pequeños detalles que podrían potenciarse: ajustes estratégicos en las proporciones y combinaciones de textura más arriesgadas para darles un toque moderno.
Tomo mi libreta y comienzo a trazar correcciones. Mis manos se mueven con una seguridad que creía olvidada, dibujando caídas de tela y especificando cortes. Estoy tan concentrada que el tiempo se diluye.
Cuando levanto la vista, faltan apenas diez minutos para la sesión. Recojo mis notas, respiro hondo y me dirijo a la sala de conferencias.
Al entrar, varios diseñadores senior ya ocupan sus lugares. Victoria preside la mesa, hojeando unos documentos. Al verme, me indica que tome asiento.
—Bien, vamos a comenzar —anuncia con tono firme—. Nicole, dinos qué has encontrado.
El corazón me da un vuelco, pero mantengo la compostura, extiendo mis anotaciones y fijo la mirada en el equipo.
—Los diseños son extraordinarios, pero considero que algunos cortes podrían ajustarse para mejorar el movimiento natural de las prendas —empiezo, pasando las hojas con fluidez—.
Por ejemplo, en este vestido columna, la caída de la falda ganaría un volumen más orgánico si sustituimos el peso del tejido por uno con mayor fluidez.
Y en este conjunto, la combinación de texturas podría ser más atrevida para aportarle ese filo vanguardista.
Un silencio breve cae sobre la mesa. El diseñador jefe examina mis trazos con atención antes de asentir lentamente.
—Tiene razón sobre el peso de la falda. La caída cambiaría por completo.
Victoria me observa con un brillo de genuino interés.
—Interesante. ¿Alguna otra observación?
Continúo exponiendo mis ideas con precisión técnica, sosteniendo cada argumento. Para mi sorpresa, varios miembros del equipo coinciden con mis observaciones.
Cuando termino, Victoria cierra la carpeta de golpe y me dedica una mirada escueta pero aprobatoria.
—Nada mal para tu primer día.
Una ola de alivio y orgullo me recorre el cuerpo.
Al salir de la reunión y cruzar el taller, me doy cuenta de que, por primera vez en meses, mi mente no está atrapada en el recuerdo de Marcus Wreen, ni en el dolor de sus palabras, ni en el vacío de su ausencia.
Estoy pensando en mí. En mi talento. En mi futuro.
Y en todo lo que estoy a punto de conquistar.