Behind Desire CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Todas las ilusiones que he acumulado se quiebran una a una mientras me alejo. Siento el pecho desmoronarse en fragmentos imposibles de recomponer. Me juré a mí misma que no caería en su juego, pero las promesas nunca pesan lo suficiente frente a la ruina.

Respiro hondo, conteniendo el temblor, y fuerzo cada músculo de la cara para que mi semblante no me delate. Por dentro estoy ardiendo, llorando con esa precisión fría que mi madre se encargó de grabarme a fuego.

En la salida, Stan y Pamela me esperan con una paciencia silenciosa.

Me ayudan a subir al coche, y el trayecto transcurre como la repetición brumosa de una mala película.

El cielo azul se va desteñiendo en un gris denso, plano, y la mudez que llevo dentro eclipsa cualquier intento de consuelo por su parte.

Aprieto los párpados en cuanto las lágrimas, por fin, consiguen abrirse paso por mis mejillas. Percibo el calor de sus abrazos al dejarme frente a mi edificio, pero mi cuerpo no responde; estoy entumecida, como si llevara días a la intemperie bajo una nevisca helada.

Dejo el celular en absoluto silencio y lo hundo en el fondo de un cajón.

No quiero oír nada. Las llamadas de Pamela, Stan, Lena y Sam parpadean una tras otra en la pantalla oscura, pero carezco de la energía necesaria para sostener una farsa.

No quiero repetir los hechos. No quiero escuchar que «todo mejorará» cuando ni siquiera sé si me queda aire para sostener el día de mañana.

Paso la noche en blanco, mirando fijamente el techo. Desgajo mentalmente cada instante del evento, cada frase, cada matiz de su traición. Intento convencerme de que marcharme fue lo único sensato, pero una parte estúpida de mí sigue preguntándose si debí desgarrar las paredes antes de rendirme.

Aunque, en el fondo, la certeza es un peso muerto: cualquier intento habría sido inútil.

Al alba, tomo una decisión. No puedo seguir habitando este bucle de asfixia. Si Marcus decretó que lo mejor es mi ausencia, no voy a regalarle la estampa de la subordinada que regresa arrastrándose.

Abro la computadora y redacto mi renuncia. Es un texto quirúrgico, escueto, impecable, sin un solo rastro del incendio emocional que me devora por dentro. No la envío al instante; me concedo el margen del fin de semana para sostener el pulso.

Cuando la alarma rompe el silencio del lunes, ya llevo horas despierta. El fin de semana ha sido un desfiladero de insomnio y náuseas. Me ahogo en un oleaje de pensamientos circulares que solo me golpean las costillas. Sin embargo, hoy más que nunca, estoy blindada.

Me visto con un rigor casi militar. Una falda tubo blanca que dibuja mi silueta con precisión, una camisa a rayas sobria y un suéter ligero.

Cada prenda forma parte de un caparazón.

No busco impresionarlo; busco defenderme.

Mi aspecto es impecable, y un toque sutil de maquillaje oculta con eficacia las huellas de la devastación.

La marea de estrés me quema por dentro, pero obligo a mi rostro a adoptar una seriedad marmórea.

Hoy, Marcus Wreen no va a encontrarse con una mujer rota.

En el trayecto en taxi, una melodía estúpida se desliza por la radio, agrietando lo poco que me queda de compostura:

Y me da la sensación que estás aquí...

Me pregunto si también piensas en mí.

¿Será que sí? ¿Será que sí?

No pasó nada, sé que es normal,

ya lo pude entender, esto no iba a funcionar.

Pero te digo que...

No fue que lo hicieras, fue como lo hiciste.

No fue que te fueras, sino como te fuiste.

El ascensor asciende con un zumbido sutil, casi imperceptible.

Respiro hondo antes de que las puertas se deslicen, alisando las solapas de mi abrigo con una rigidez calculada.

No es miedo lo que late en mis sienes, sino la vibración eléctrica de saber que estoy a punto de cruzar la línea de no retorno.

En la recepción, Silvia levanta la vista y sus ojos se abren de par en par al reconocerme. Se precipita hacia mí con el paso apresurado.

—¿Dónde diablos te has metido todo el fin de semana? —inquiere, con el rostro surcado por una genuina alarma.

Mi voz se queda atascada en la garganta. Carraspeo con lentitud, consciente de que si emito un solo sonido, la fachada se vendrá abajo.

Silvia intuye el temblor debajo de mi piel.

—¿Estás bien, Nicole?

Asiento con un movimiento seco, impostando una tranquilidad de cristal.

Ella me rodea los hombros con un apretón cálido.

—Todo va a salir bien, cariño —murmura, como si pudiera leer el desastre que bulle en mi interior.

Me aparto con suavidad, temiendo que su compasión termine de fracturarme. Me acomodo el cuello de la camisa y sigo de largo, tragándome las lágrimas hasta adormecerlas, mientras mis zapatos golpean el suelo del pasillo en dirección a su despacho.

Frente a la puerta de madera noble con su nombre grabado, me detengo un segundo. Toco dos veces con los nudillos, un eco seco, y entro sin esperar invitación.

Marcus está de espaldas, con las manos apoyadas en el borde del escritorio, contemplando la ciudad a través del ventanal.

—Llegas tarde —su voz es un hilo denso, contenido.

Cuando gira el rostro, el impacto físico de su presencia me sacude el sistema nervioso. Siento un vértigo salvaje al tenerlo tan cerca, como si la resaca de sus palabras del viernes volviera a rasparme la carne.

Le sostengo la mirada con una frialdad glacial. Sus ojos verdes ocultan demasiados abismos, y esa opacidad me quema por dentro.

Estoy a pocos pasos de su órbita, de su boca, de esas manos que tantas veces supieron descifrar mi cuerpo.

Sin vacilar, abro el bolso, extraigo el sobre blanco con mi renuncia y lo deslizo sobre la madera pulida del escritorio.

No pronuncio una sola palabra.

Marcus tampoco.

Nos quedamos suspendidos en un pulso silencioso, letal. Sus ojos recorren cada milímetro de mi expresión, buscando el resquicio de debilidad al que está acostumbrado. Pero no pienso concederle ese lujo.

Tras unos segundos que pesan como toneladas, su mirada desciende despacio hasta posarse en el sobre. Lo observa con una calma pasmosa, como si se tratara de un trámite irrelevante. Como si yo no significara nada.

Una punzada afilada me atraviesa las entrañas, pero mantengo la barbilla en alto.

Doy media vuelta sobre mis tacones y cruzo el umbral sin mirar atrás.

Nadie me sigue. No hay pasos apresurados tras de mí, ni una llamada a mis espaldas. No lo esperaba, pero el vacío duele exactamente igual.

Apenas las puertas del ascensor se cierran y me dejan a solas con mi reflejo en el espejo, las rodillas me fallan.

La respiración se me vuelve errática, pesada, como si acabara de atravesar un incendio a pulmón abierto.

La máscara resistió ante él, pero aquí adentro, en la absoluta soledad del cubículo de metal, me derrumbo.

El descenso se hace eterno. Cruzo el vestíbulo principal con el paso firme que me imponen la falda y el orgullo, ignorando las miradas furtivas del personal.

Silvia me despide desde su mesa con una mueca de infinita tristeza, y le agradezco en silencio que no intente detenerme.

Lo único que necesito es salir de este edificio antes de que el aire se acabe por completo.

Cuando logro empujar las puertas giratorias y salir a la acera, el viento frío de la mañana me golpea el rostro. El sol brilla con fuerza sobre el asfalto, pero su luz es completamente estéril; solo percibo el hueco helado que se ha instalado en mi pecho.

Alzo la mano para parar un taxi y me deslizo en el asiento trasero antes de que las piernas terminen de vencérseme. Apoyo la frente contra el cristal frío de la ventanilla y cierro los ojos.

Los últimos meses desfilan a gran velocidad detrás de mis párpados: las miradas cifradas, las madrugadas enredados en sábanas tibias, las promesas mudas y, finalmente, el golpe seco de su rechazo.

No tengo la menor idea de qué haré a partir de mañana. Carezco de un plan, de un rumbo fijo. Lo único incontestable es que, por primera vez desde que nuestros mundos colisionaron, Marcus Wreen ha dejado de formar parte de mi vida.

Y la certeza de esa ausencia, por más necesaria que sea, me está destruyendo en silencio.