Behind Desire CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Los ojos de Marcus son dos abismos vacíos, oscuros como el fondo del mar antes de la tormenta.

Su cuerpo se tambalea un instante, apenas imperceptible, antes de recuperar esa rigidez marcial.

Los puños se le cierran con tanta fuerza que los nudillos estallan en blanco, mientras el aire escapa de su pecho en un silbido denso, contenido con violencia.

—¿Qué... cojones acabas de decir? —Su voz es un gruñido sordo, áspero, con las palabras rechinando entre sus dientes como si el simple hecho de pronunciarlas le arrancara jirones de la garganta.

El rumor general que zumbaba en el salón se apaga de golpe, congelado en el aire.

Solo queda el eco de su respiración alterada.

Los rostros de la alta sociedad nos rodean como estatuas mudas; algunos con la boca abierta por el asombro, otros con el brillo morboso de quien presencia un naufragio ajeno.

Sinclair , que hasta ese segundo ostentaba una sonrisa de triunfo calculado, palidece al instante. Sus labios se abren, pero ningún sonido logra escapar de su garganta.

Marcus la ignora por completo. Su mirada, inyectada de una furia ciega, se clava exclusivamente en Isabelle.

—Dímelo a la cara. Delante de todos ellos —exige, y el filo de su voz corta el ambiente con la precisión de un bisturí—. ¿Cuánto te ofrecieron por esta función, madre?

El silencio se vuelve irrespirable. Isabelle parpadea varias veces, desconcertada por el giro de los acontecimientos, antes de recuperar su armadura de suficiencia.

—Marcus, cariño...

—¡No me llames así! —Brama, estallando con un golpe seco contra el panel de madera contiguo, haciendo tintinear las copas de las bandejas cercanas.

Siento el corazón martillearme en las costillas con violencia. Jamás lo había visto perder el control de esta forma, ni había escuchado un dolor tan crudo y desangrado retumbando en su voz.

Isabelle exhala con fastidio, agitando una mano como si tratara de ahuyentar una molestia menor.

—Basta de melodramas, Marcus. No arruines una noche importante.

Él suelta una carcajada corta, amarga, carente de cualquier atisbo de humor.

—¿Arruinar qué? ¿Tu pequeño contrato de compraventa?

Sinclair da un paso al frente, recuperando el habla, y busca aferrarse a su brazo con una desesperación mal disimulada.

—Marcus, amor, sé que esto parece brusco, pero...

—No me toques —sisea con una repulsión tan helada que Sinclair salta hacia atrás como si hubiera tocado metal ardiendo.

La mandíbula de ella tiembla de rabia contenida.

—Estás actuando como un crío egoísta. Esto es lo mejor para los dos. Para el apellido.

—Me importa una mierda el apellido, y me importas aún menos tú y tu patética complicidad —espeta él sin mirarla.

Isabelle se cruza de brazos, masajeándose las sienes con estudiada calma.

—Comportarte como un salvaje no va a cambiar las cosas, Marcus.

Él la señala con el dedo, temblando de pies a cabeza por la marea de ira contenida.

—Tú me creaste. Me abandonaste cuando era un crío porque no encajaba en tus esquemas, y ahora pretendías manejar los hilos de mi vida como si fuera una marioneta.

La sala entera aguanta la respiración. Isabelle abre los labios para replicar, pero por primera vez el veneno se le atasca en la garganta. Al ver que carece de argumentos reales, opta por el desdén.

—Siempre has sido un exagerado, Marcus. Un dramático empedernido.

Él la mira, incrédulo, con los ojos anegados de una rabia silenciosa.

—¿Dramático? ¿Después de traficar con mi vida?

—Lo único que he hecho es trazar un futuro seguro. Lo que haría cualquier madre con ambición —responde ella con frialdad absoluta.

Marcus niega lentamente con la cabeza. Su voz desciende hasta convertirse en un susurro letal:

—Tú no eres una madre. Eres una comerciante dispuesta a rematar a su propio hijo al mejor postor.

El aire pesa como plomo. Isabelle, acorralada en su propio orgullo, desvía la mirada hacia mí con una sonrisa torcida y cruel.

—No pongas esa cara de víctima, querida. Al final del día, él nunca iba a elegir a alguien de tu calaña.

El golpe me atraviesa el diafragma antes de que pueda alzar un escudo.

Pero Marcus se interpone de inmediato, dando un paso al frente con la furia desbordada.

—Ni se te ocurra dirigirle la palabra en ese tono.

Isabelle no retrocede ni un milímetro.

—Oh, por favor, Marcus. ¿De verdad crees que te quiere por lo que eres? Has bailado a mi ritmo toda la vida porque temes quedarte solo.

Marcus cierra los ojos un segundo interminable. Cuando los abre, la tormenta ha cedido paso a una quietud aterradora, definitiva.

—Me equivoqué al temerlo —murmura—. Hace mucho que ya te perdí.

Un destello de auténtico pánico cruza las pupilas de Isabelle, disimulado al instante bajo capas de hielo. Pero Marcus no le concede ni un segundo más. Da media vuelta y abandona el salón a zancadas firmes, dejando atrás un cementerio de murmullos y miradas esquivas.

Mi cuerpo se mueve antes de que mi cabeza logre procesar la orden. Lo sigo por instinto puro, cruzando los salones opulentos y adentrándome en el pasillo de servicio, un laberinto de paredes mudas donde el eco de sus pasos resuena con ferocidad.

—¡Marcus! —exclamo, pero su marcha no disminuye el ritmo.

El pecho me quema. Sé que si lo dejo doblar esa esquina, si permito que esta muralla lo trague otra vez, habremos cruzado un punto de no retorno.

—¡Marcus, maldita sea, detente de una vez!

El grito frena su avance. Se gira con brusquedad, y su mirada me azota con la violencia de un latigazo. Hay ira, sí. Pero debajo de esa costra de hielo y ceniza, descubro algo que jamás le había visto tan desnudo: miedo.

—¿Por qué demonios apagaste el teléfono? —exige con la voz rota, rasposa, apretando los dientes.

—¿Que qué esperabas que hiciera? ¿Que me quedara a ver tu número con Sinclair en tu propia cama?

—¿De verdad crees que fui yo quien la metió en esa cama? ¿Crees que elegí este maldito infierno?

Lanzo una carcajada seca, sin una gota de gracia, sacudiendo la cabeza.

—¿Y pretendes que te crea? Estaba allí, Marcus. Dormido, con la camisa abierta y las explicaciones muy bien guardadas.

—¡Estaba drogado, Nicole! —estalla él, pasándose las manos por la cara con desesperación—. Montaron el número perfecto para que tú lo vieras.

Me detengo en seco, sintiendo que el aire se me congela en los pulmones al encajar las piezas del rompecabezas.

Él me observa con una frustración ciega, como si yo fuera incapaz de comprender la magnitud del monstruo que lo devora por dentro.

—Vete, Nicole.

La orden cae como un bloque de granito sobre mi cabeza.

—¿Por qué? —pregunto, sintiendo que el suelo se desmorona bajo mis zapatos.

Marcus se pasa una mano temblorosa por el cabello, descolocando los mechones oscuros.

—Porque ya no puedo más.

Frunzo el ceño, sintiendo un nudo ciego en el estómago.

—¿No puedes con qué? ¿Con nosotros?

Su mandíbula se contrae hasta doler.

—De esto. De lo que provocas en mí.

Las palabras me golpean con la fuerza de una bofetada.

—¿Acaso no sientes nada?

—Te quiero —su voz cae en un tono bajo, desgarrador, que me desarma por completo—. Pero me lo pones demasiado fácil. Y eso me aterra.

El aire se congela en el pasillo.

—No quiero necesitar a nadie de esta manera, Nicole —continúa, con los ojos fijos en los míos, cargados de una rendición dolorosa—. No quiero volverme débil. No quiero acostumbrarme a un refugio que sé que, tarde o temprano, la vida me va a arrancar de las manos.

Mi garganta se cierra en un espasmo. Las lágrimas amenazan con desbordarse, pero me niego a parpadear.

—¿De verdad piensas que voy a desaparecer? ¿Que soy tan frágil?

Marcus se queda en silencio. Un silencio largo, pesado, que actúa como una sentencia inapelable.

Y esa mudez, más cruel que cualquier insulto, lo dice todo.

—No puedes simplemente borrarme —susurro, sintiendo que el temblor en mis manos se vuelve insostenible.

Él exhala un suspiro áspero, cerrando los ojos un instante antes de alzar el muro definitivo.

—Vete a casa, Nicole.

Esta vez no hay ira en su tono. Solo una fatiga infinita, la de un hombre que ha decidido que rendirse es la única forma de sobrevivir al incendio.

Busco en su expresión un resquicio, una sola señal que me invite a cruzar la línea. Pero no hay nada. Solo un hombre que prefiere el dolor sordo de la soledad antes que el riesgo absoluto de amar.

Y yo... estoy demasiado cansada de librar batallas contra un fantasma que prefiere inmolarse antes de entregarse del todo.

Si me quiere, no sabe qué hacer con ese amor. Y si me deja marchar, es porque le duele menos perderme que arriesgarse a ser vulnerable.

Mis piernas tiemblan cuando doy el primer paso hacia atrás. Marcus no se mueve. No extiende la mano, no pronuncia un ruego. Se limita a mirarme con esa intensidad abrasadora que durante meses fue mi hogar y hoy es solo ceniza.

Y entonces, por fin, lo entiendo con una claridad meridiana.

No importa cuánto nos queme este fuego. No importa cuántas veces hayamos cruzado el límite. Él ya eligió su refugio.

Trago saliva con dificultad, obligando a mi voz a salir firme, aunque por dentro me esté desintegrando.

—Como quieras.

Él no dice una sola palabra. Ninguna disculpa, ninguna promesa a medias.

Solo silencio.

Giro sobre mis talones y comienzo a caminar por el pasillo en dirección contraria, alejándome de su presencia. Cada paso pesa como si llevara grilletes de plomo en los tobillos, desgarrándome el alma con cada centímetro ganado al espacio.

Pero esta vez, por primera vez en todo este juego maldito, no voy a mirar atrás.