CAPÍTULO 33
El día siguiente es un borrón de engranajes mecánicos.
Cuando la alarma corta el silencio de la madrugada, ya tengo los ojos abiertos, mirando fijamente el techo.
Me calzo las zapatillas y salgo a correr antes del amanecer, buscando que el aire helado de la calle disipe el zumbido constante que tengo en la cabeza.
Cumplo con el trámite de la oficina. Trabajo, respondo correos y sonrío en piloto automático cuando la ocasión lo exige, pero por dentro todo es un páramo estéril. Marcus no aparece. No llama, no manda mensajes; sin embargo, su ausencia pesa tanto o más que su presencia en cada rincón del edificio.
Silvia repara en la tensión que me rodea a media mañana, cuando cruzo los documentos firmados por su escritorio.
—¿Sigue sin aparecer el jefe? —inquiere con cautela, bajando la voz.
—No lo sé —respondo, logrando mantener una indiferencia de piedra.
Ella me mide con una mirada escéptica, pero prefiere no ahondar.
Las horas transcurren arrastrándose. Me sumerjo en reportes y balances, usando las cifras como un escudo contra el pensamiento intrusivo. Pero el vacío es implacable.
Hasta que, a pocos minutos de cerrar la jornada, la pantalla de mi teléfono parpadea con una notificación seca: Evento de gala - Invitación confirmada.
Mis dedos se contraen sobre el aparato. La gala benéfica de los Sinclair .
¿Aún da por sentado que acudiré de su brazo? ¿Después de todo?
Cierro los ojos un instante, sintiendo la punzada del orgullo herido. Si voy, no será por docilidad, ni para jugar el papel de comparsa que él diseñó.
Mañana será la gala de los Sinclair . El evento donde planeaba estar a su lado como su trofeo silencioso.
Pues asistiré. No para escuchar sus excusas, sino porque me niego a esconderme en las sombras, porque no le daré el gusto de verme huir derrotada con la maleta a cuestas.
Si Marcus creyó que podía pisotearme y seguir adelante como si nada, tendrá que verme desfilar frente a él y a toda su élite, luciendo impecable, letal y completamente fuera de su alcance.
Cuando el reloj marca las ocho en punto, el auto me deja frente a la imponente fachada del palacete de los Sinclair .
Las luces doradas se proyectan sobre la piedra noble, destilando una opulencia calculada.
Aspiro hondo, alisando la tela impecable del vestido negro que abraza mi silueta con una elegancia afilada, y cruzo las puertas principales.
El murmullo de la alta sociedad me recibe de golpe, mezclado con las notas lejanas de un cuarteto de cuerdas.
Avanzo escrutando el salón hasta ubicar una melena negra inconfundible: Pamela se mueve con soltura en la pista de baile, girando al compás de Stan.
El rojo vibrante de su vestido contrasta con la frialdad del entorno, y la ligera sonrisa en los labios de él confirma que su coraza sigue cediendo.
Un camarero cruza a mi paso con una bandeja de cristal. Tomo una copa de champán sin dudarlo, necesitando el líquido frío para asentar el pulso.
Apenas me detiene la vista, Pamela interrumpe el baile, arrastrando a Stan de inmediato hacia mí.
—¡Dios mío, Nicole! —exclama, tomando mis manos y recorriendo con los ojos cada detalle del diseño—. Estás escandalosamente perfecta.
—Gracias —murmuro con una sonrisa dejada, consciente de algunas miradas curiosas que ya empiezan a gravitar en nuestra dirección—. Ustedes dos tampoco se quedan atrás.
Stan asiente con una cortesía medida.
—Me alegra mucho verte aquí, aunque nos sorprende —admite con su tono habitual—. ¿Sabía Marcus que vendrías?
—No tengo la menor idea —respondo, dando un sorbo largo al champán—. No he cruzado palabra con él.
Pamela y Stan intercambian un parpadeo veloz.
—Pues me temo que está a punto de enterarse —murmura ella con una mueca ambigua.
Sigo la dirección de su mentón y siento que el estómago se me encoge de golpe.
Marcus acaba de cruzar el umbral.
Imponente, incluso tragado por la marea de trajes oscuros. Su postura es rígida, dominante, pero lo que me paraliza es la velocidad con la que sus ojos barren el salón hasta dar conmigo. El trayecto de su mirada es un imán.
—¿Nos evaporamos? —bromea Pamela a mi lado, notando el cambio en la atmósfera.
—No —contesto con voz de plomo—. De ninguna manera.
Si Marcus quiere respuestas, tendrá que venir a buscarlas a campo traviesa.
Pamela, con la perspicacia que la caracteriza, tira sutilmente del brazo de Stan para desaparecer entre la multitud, dejándome el terreno despejado.
Marcus camina con paso firme. El barullo a su alrededor parece apagarse, reduciéndose a la distancia que se acorta entre los dos. Cuando se detiene frente a mí, la densidad de su presencia me golpea el rostro.
—Nicole —su voz es un susurro áspero, cargado de una presión contenida que amenaza con estallar.
Llevo la copa a los labios con parsimonia, deteniéndome un segundo antes de responder:
—Marcus.
La mandíbula se le marca con violencia. Sus ojos verdes escrutan cada milímetro de mi expresión, buscando el rastro de la mujer que encontró rota hace apenas veinticuatro horas.
—No esperaba verte aquí.
—Tampoco esperaba muchas cosas esta semana —devuelvo el golpe con suavidad—. Las sorpresas se nos están dando bien.
Da un paso más, acortando el margen.
—Tenemos que hablar. Salgamos de aquí.
—No —niego con la cabeza, firme—. Aquí está bien. Si querías privacidad, debiste pensarlo antes de atender llamadas ajenas.
Sus ojos se oscurecen, virando hacia un territorio peligroso.
—¿Eso buscas? ¿Un número circense frente a toda esta gente?
Me inclino medio centímetro hacia él, lo suficiente para que la distancia se vuelva insostenible.
—Lo único que me interesa, Marcus, es saber si te queda algo de dignidad para decir la verdad. ¿Qué se supone que celebras esta noche?
Un músculo le salta en la mejilla. Está al límite, desprovisto de ese control absoluto que lo define.
—No vine a esta maldita farsa por gusto...
—Pero viniste —lo interrumpo con una sonrisa fría—. Y yo también. Así que no finjas que eres una víctima del escenario.
Antes de que pueda replicar, las luces cenitales parpadean y una voz amplificada silencia el murmullo general desde la tarima principal.
—Damas y caballeros, honorables invitados... Gracias por acompañarnos en una noche tan significativa —anuncia el anfitrión con una falsa calidez institucional.
Marcus y yo quedamos atrapados en esa tregua forzosa, mirándonos con la intensidad de dos francotiradores. Pero entonces noto el sutil cambio en su semblante: una rigidez distinta, un atisbo genuino de desconcierto que cruza sus facciones.
Y, de pronto, comprendo el engranaje completo.
—Y ahora —prosigue el orador con falsa euforia—, es un verdadero honor pedir un brindis por la próxima y formal unión entre nuestro estimado Marcus Wreen y la señorita Morgan Sinclair.
El silencio que cae sobre el salón es denso, absoluto, cortado únicamente por el tintineo involuntario de una copa al quebrarse en una mesa cercana.
Para los asistentes, es la crónica anunciada de dos dinastías fusionándose. Para mí, es el suelo hundiéndose bajo los zapatos.
Mi mirada salta de inmediato hacia Marcus. Su rostro se ha transformado en una máscara de hielo puro, pero alcanzo a ver el temblor imperceptible en sus puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le han vuelto translúcidos.
—Tú... tú no lo sabías —susurro, y el temblor en mi voz me traiciona por primera vez.
Antes de que él alcance a articular palabra, una presencia se desliza con suavidad felina a su lado. Sinclair . Deslumbrante en un vestido azul noche, con la seguridad de quien se sabe dueña de la partida.
—Marcus, querido —ronronea, enlazando su brazo con el de él con una familiaridad insultante—. Deberías estar en el centro con los demás. Al fin y al cabo, esta noche es nuestra presentación oficial.
Marcus no se mueve, petrificado en su propio infierno. Pero yo ya he tenido suficiente.
Suelto una risa seca, sin rastro de humor, y doy un paso al frente mientras veo a Marcus apartarse con un movimiento seco.
—Vaya, Sinclair , qué nivel de producción —intervengo, levantando la copa hacia ella con fingida admiración—. Organizar una pedida de mano a espaldas del propio novio requiere un talento impresionante para el delirio.
La sonrisa de Sinclair vacila un segundo antes de endurecerse como el esmalte.
—Querida, la ingenuidad no te sienta bien —responde con dulzura venenosa—. Las grandes alianzas no se consultan, se ejecutan. Él pertenece a este mundo, no a tus pequeñas ocurrencias de oficina.
—¿A su mundo? —ladeo la cabeza, mirándola con desprecio absoluto—. Qué forma tan patética de llamar a un acuerdo de cría ganado a la fuerza. ¿Tan poca cosa eres que necesitas que tu madre manipule el tablero para retenerlo?
Un par de susurros escandalizados se alzan en la mesa de al lado. Sinclair palidece, sintiendo el filo del insulto frente a su círculo.
—Cuidado con lo que hablas —sisea, dando un paso hacia mí—. Él está aquí, conmigo. Es cuestión de tiempo para que entiendas tu lugar.
—Mi lugar es exactamente el que elijo tener —sentencio con voz cristalina—. Y te aseguro que ninguno incluye mendigar las migajas de un hombre que ni siquiera sabía a qué venía.
—Qué carácter tan pintoresco —interrumpe una voz gélida a nuestra espalda.
Me giro despacio. Isabelle, la madre de Marcus, acaba de sumarse al círculo, sosteniendo una copa de cristal con la delicadeza de quien sostiene un insecto molesto. Sus ojos me recorren con una superioridad calculada.
—Nicole, ¿cierto? —dice con una sonrisa que no alcanza a rozar sus pupilas—. Qué desfachatez presentarse en un sitio donde nadie te ha extendido la mano.
—Dudo que sea una desfachatez cuando fue usted misma quien se tomó la molestia de enviar la invitación a mi correo —replico, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
Isabelle emite una risa corta, desprovista de gracia.
—Tan perspicaz. Me agrada. Pero sigues sin entender el engranaje, pequeña. Creíste que podías jugar en una liga que te queda grande.
—No soy un peón en sus pequeños negocios, señora Wreen.
—¿No? —Isabelle arquea una ceja, divertida por mi desafío—.
Dime una cosa, ¿por qué crees que está aquí esta noche?
¿Creyendo que era una simple gala benéfica?
No, querida. Está aquí porque le dejé muy claro el costo de la negativa: o sella esta alianza con los Sinclair , o me encargaré personalmente de que su vida y la tuya queden reducidas a cenizas. Mis decisiones no se discuten.
La bilis me quema la garganta, transformándose en una rabia ciega.
—Es usted un monstruo... ¿Cómo es capaz de extorsionar a su propio hijo de esa manera? ¿No le importa su felicidad?
Isabelle suspira con fastidio, agitando la copa.
—La felicidad es un lujo de los pobres, niña. El patrimonio y el apellido no se sostienen con afectos de verano.
Estoy a punto de lanzarle a la cara todo el desprecio que acumulo en el pecho cuando un movimiento a mis espaldas me congela.
Me giro lentamente.
Marcus está allí. Inmóvil, pálido como un muerto, con los ojos clavados en su madre.
Lo ha escuchado todo.