Behind Desire CAPÍTULO 32 #3
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CAPÍTULO 32 #3

El ascensor asciende en silencio. Al abrirse las puertas en el recibidor, los nervios me golpean el pecho con fuerza.

He convivido durante meses con sus contradicciones, he aprendido a leer entre líneas las verdades que se niega a confesar, y en el fondo de mi cabeza persiste la estúpida esperanza de que este sea el punto de inflexión.

El momento en el que, por fin, nos rindamos a lo que somos.

Ingreso el código de seguridad con los dedos temblorosos. La puerta cede y se desliza con un clic silencioso.

—¿Marcus? —llamo en un susurro, sintiendo pasos apagados en el piso superior.

Una sonrisa tonta, involuntaria, se dibuja en mis labios. Estoy convencida de que viene a recibirme, de que la tormenta ha pasado.

Pero el aire se me hiela en la garganta en cuanto doblo hacia la sala.

Sinclair Sinclair está sentada en el sofá.

Su expresión de sorpresa dura apenas una fracción de segundo antes de mutar en una mueca de triunfo absoluto, fría y calculada. Ladea la cabeza con suficiencia, recostándose contra los cojines. Los mismos cojines donde hemos compartido tantas horas de intimidad silenciosa.

Lleva puesta una camisa de manga larga de Marcus. La reconozco de inmediato; es la misma que le vi abrocharse esta mañana antes de salir disparados hacia la oficina. Mal abotonada, ladeada, dejando al descubierto la curva de su hombro y la piel manchada de una evidencia indecible.

El estómago se me desploma al vacío, como si me hubieran arrancado las entrañas de un solo golpe.

Me obligo a enderezar la espalda, negándome a flaquear frente a ella.

—¿Dónde está Marcus? —pregunto, y mi voz suena extrañamente firme, a pesar de que por dentro me estoy desintegrando.

Sinclair esboza una sonrisa perezosa, disfrutando con obscena recreación de mi derrumbe.

—Duerme —ronronea con descaro, acomodándose el cuello de la camisa—. Quedó exhausto... digamos que la noche y la mañana han sido muy intensas.

Las palabras caen como una sentencia de muerte. Me niego a escucharla, me niego a ceder ante sus tretas habituales, pero la bilis me quema en la garganta.

Subo las escaleras con los pies plomizos. Cada zancada hacia la planta alta pesa toneladas. Al llegar al pasillo, empujo la puerta de la habitación de Marcus. La penumbra me recibe como un bofetón.

Enciendo la luz.

Lo primero que capta mi mirada es el cuadro, mi cuadro, tirado boca abajo sobre la alfombra como un trasto inservible.

Un sollozo ahogado se escapa de mis labios antes de que pueda contenerlo. Y entonces lo veo a él.

Marcus yace en medio de la cama, profundamente dormido, con el torso desnudo y una sábana blanca enredada negligentemente alrededor de la cintura. Su respiración es pausada, ajena al cataclismo que acaba de provocar en mi vida.

La prueba definitiva. Inapelable.

Las lágrimas comienzan a deslizarse por mis mejillas en silencio, frías, limpiando cualquier rastro de ilusión. La verdad me atraviesa con la precisión de una cuchilla, destrozando lo poco que quedaba en pie.

No hay nada que rescatar.

Retrocedo con el paso tambaleante y me dirijo al dormitorio de invitados, donde durante estos meses he dejado acumulada una parte de mi ropa.

Saco una maleta del armario y, con manos torpes y mecánicas, comienzo a arrojar mis cosas dentro.

Cada prenda es un recordatorio de un engaño tan bien tejido que me duele en los huesos haberlo creído posible.

Cuando cierro el equipaje con un chasquido seco y cruzo por última vez el umbral del loft, me juro a mí misma que este es el punto final.

El taxi avanza por la autopista nocturna mientras observo las luces de la ciudad a través de la ventanilla, borrosas por el llanto que ya no intento contener.

Me repito que marcharme es lo único sensato, que un hombre capaz de fracturarme de este modo no merece ni el eco de mi dolor.

Pero la razón y el corazón libran una guerra sorda en mi pecho.

Duele. Duele con una intensidad física, como si me hubieran vaciado por dentro.

Al llegar a mi apartamento, cierro con doble cerrojo y me deslizo por la madera hasta quedar sentada en el suelo del recibidor, abrazando mis rodillas contra el abrigo.

El silencio del departamento es asfixiante. Ya no hay calor, ya no hay presencia, ya no hay control. Solo estoy yo y los jirones de lo que fui hasta hace unas horas.

El teléfono dentro del bolso empieza a vibrar, rompiendo la quietud con una insistencia desesperada.

Lo extraigo despacio. La pantalla ilumina la oscuridad con el nombre que ahora mismo me quema las manos: Marcus.

El pulso se me acelera de inmediato, traicionándome.

Mi dedo se queda suspendido sobre la pantalla un segundo eterno, contemplando las letras parpadear.

Vuelve a vibrar. Quiere explicarme algo, supongo.

Quiere enredarme otra vez en su red de medias verdades y miradas de esmeralda.

Pero, ¿qué podría decir que borre la imagen de Sinclair en su cama?

¿Qué mentira elaborada comprará mi silencio esta vez?

Apago el aparato con un movimiento seco y lo dejo caer sobre la mesa baja, negándome a escuchar lo que sea que tenga que decir.

Si quiere darme explicaciones, tendrá que esforzarse mucho más que una llamada desesperada.

El juego no lo termina él. Esta vez, las reglas las pongo yo.