Behind Desire CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La llegada del viernes se cuela como un respiro largamente postergado. Mientras recojo mis cosas del escritorio, el segundero marca exactamente las seis de la tarde.

Al fin puedo dar por concluida la jornada y arrastrar mis pasos de vuelta a casa, buscando una tregua para el cuerpo y la mente. Sin embargo, el cerebro me pesa, atrapado en un bucle asfixiante que no consigo apagar.

Camino por el pasillo con la firme intención de largarme, pero la imponente figura de Marcus se materializa de repente frente a mí, bloqueándome el paso con el ceño fruncido.

—¿A dónde crees que vas? —pregunta, con esa severidad innata que gotea autoridad, aunque en el fondo de sus ojos arden chispas peligrosas.

—A mi casa, jefe —respondo con la mayor calma de la que soy capaz, intentando rodearlo. Pero su mano se cierra como un grillete alrededor de mi antebrazo.

—No te vas a ninguna parte —sentencia, sin soltarme—. Tienes que acompañarme a una subasta.

Lo miro, parpadeando con incredulidad.

—¿Por qué demonios tendría que ir yo? La anfitriona de la noche seguramente querrá tener toda su atención puesta en usted.

—Exactamente —responde con naturalidad, como si estuviera enunciando una ley física universal.

Antes de que pueda articular una negativa, tira de mí con una determinación implacable hasta el estacionamiento privado. Me abre la puerta del copiloto sin dar opción a réplica y, con un suspiro de profunda resignación, termino cediendo y subiendo al auto.

A medida que avanzamos por la avenida Lake, sé exactamente cuál es nuestro destino.

La velada coincide con la gran inauguración de la galería de arte que la propia Anna Hetfield aspira a dirigir.

Después de todo, su padre es el mandamás de Glovo, una corporación con la que hemos cerrado acuerdos comerciales clave recientemente.

Al rebasar las puertas de la galería Hetfield, una atmósfera recargada de lujo, mármol y estatus nos envuelve por completo.

Apenas cruzamos el umbral, Anna aparece como una aparición impecable, enfundada en un vestido rojo escarlata diseñado exclusivamente para cortar la respiración.

Sus ojos se iluminan al ver a Marcus y, sin importarle mi presencia a su lado, avanza con una gracia felina, enredándose de inmediato en su brazo.

—Marcus, querido, al fin llegas —ronronea, deslizando una mano perfectamente manicurada por la solapa de su traje, con una familiaridad que me revuelve las entrañas—. Estaba empezando a creer que me habías plantado. Tu presencia era lo único que le faltaba a esta noche para ser perfecta.

Marcus la recibe con una cortesía distante, manteniendo el tipo, pero Anna no se da por aludida. Inclina el rostro con coquetería, rozando peligrosamente con sus labios carnosos la comisura de la boca de él mientras le susurra algo al oído en un tono deliberadamente íntimo.

La bilis me quema en la garganta. Incapaz de seguir soportando la escena y sintiendo que el aire se vuelve demasiado espeso, decido dar media vuelta y apartarme con disimulo, perdiéndome entre la marea de invitados para poner distancia prudencial.

Camino sin rumbo fijo entre las vitrinas iluminadas con elegancia, donde se exhiben algunas piezas de la antigüedad clásica.

Una pequeña multitud se apiña frente a una pintura colgada en el muro principal y, empujada por una curiosidad sorda para alejar la imagen de Anna pegada a Marcus, me acerco a hurtadillas.

Cuando el lienzo se revela ante mis ojos, el aire se me atora de golpe en la tráquea.

—Pero, ¿cómo…? —susurro, girando la cabeza de inmediato en busca de Marcus, olvidando por un segundo a la mujer que lo retenía.

Lo diviso a lo lejos, todavía atrapado por la insistencia de Anna, aunque sus ojos verdes parecen buscarme con desesperación por encima del hombro de ella.

Desvío la vista, incapaz de seguir sosteniendo esa estampa, y regreso los ojos al cuadro, escrutando cada pincelada con terrorífica fascinación.

Entonces, la ficha cae en mi cabeza.

Soy yo.

La mujer inmortalizada en el lienzo... soy yo.

La piel se me erige de arriba abajo, un millón de diminutas agujas de hielo recorriéndome la espalda. La silueta, la postura, la caída de la tela... es exactamente la misma de aquella fotografía que nos tomó el hombre; quizás ese fotógrafo no estaba ahí por coincidencia como quiso hacerlo parecer.

El vestido ondeando al compás del viento, mi perfil perdido en la contemplación del cielo.

La rabia y la incredulidad compiten en mi pecho.

Ese instante íntimo, efímero, que creí perteneciente solo a mi intimidad, Marcus lo había convertido en una obra de arte expuesta al público.

Sin mi consentimiento. Sin avisarme siquiera.

Un escalofrío me recorre cuando siento el calor de su presencia justo a mi espalda. Algo en la atmósfera se vuelve irrespirable; tal vez la pintura misma, que grita a voces una declaración de intenciones demasiado monumental para ignorarla.

—¿Te gusta? —murmura su voz, baja, cargada de una extraña ansiedad, habiéndose librado por fin de Anna.

No alcanzo a articular palabra. Un impacto seco y repentino me desestabiliza por completo, seguido de un líquido helado que empapa de golpe la tela de mi vestido.

Suelto un grito ahogado por el contraste térmico, y los brazos de Marcus me atrapan al vuelo antes de que mis rodillas toquen el suelo.

Cuando logro enfocar la vista a través del desconcierto, alcanzo a distinguir a lo lejos la silueta de Anna, que se aleja con una sonrisa triunfal disimulada entre la masa de invitados, tras el "accidentado" derrame de su copa.

—¿Estás bien? —pregunta él, aferrándome con firmeza para devolverme el equilibrio, mientras su mirada sigue la dirección de la huida con una furia helada.

Bajo la mirada. Una mancha oscura y descolorida se extiende trágicamente sobre el pecho de mi ropa. Champagne.

Sin mediar palabra, Marcus se quita la americana de corte impecable y la deposita sobre mis hombros, cubriéndome.

Con la mandíbula tensa y una tormenta oscura emanando de cada poro de su piel, me guía de inmediato hacia la salida, ignorando los llamados de Anna a sus espaldas, y me abre paso fuera de la galería.

Subo al auto con el ceño fruncido, quemando de indignación tanto por la jugada infantil de la anfitriona como por la impotencia de no haber podido arrancar mi propio rostro de aquella pared.

El trayecto hasta el loft transcurre en un silencio denso. Al cruzar la puerta, siento sus manos comenzando a despojarme de las capas de ropa con una lentitud deliberada, casi criminal.

—¿Qué crees que haces? —inquiero, dejando escapar una risa nerviosa, arrastrada por la corriente de una imaginación que ya empieza a traicionarme.

—Jugando un poco —responde Marcus con un deje ronco y seductor, mientras su palma abarca mi cintura y me estampa contra la firmeza de su cuerpo.

—¿Qué definición tienes exactamente de "un poco"? —pregunto, mordiéndome el labio inferior. Mi voz suena extrañamente quebradiza, incapaz de apartar los ojos de ese brillo de esmeralda salvaje que ilumina su mirada.

—Una caricia aquí... otra un poco más abajo... y lo que surja —murmura contra mi piel.

—Esto no va a funcionar —susurro, aunque sé perfectamente que mis palabras tienen la consistencia del humo frente a su avance.

—¿Por qué no? —inquiere con esa suficiencia peligrosa, frotando su pulgar sobre mis labios como si estuviera midiendo la distancia exacta para borrarla del mapa.

—Porque coleccionas mujeres —suelto, tragando grueso, ahogándome en el filo de mi propia verdad—. ¿O me equivoco?

—A veces —admite sin titubear, mientras sus dedos moldean la curva de mis caderas con una posesividad descarada.

—Exacto —arguyo, sintiendo que me enciendo por dentro.

—Pero a ti te necesito —sentencia en un susurro oscuro, se desata la corbata y me venda los ojos.

Entonces sus labios rozan los míos en una promesa que sabe a perdición. Pero tambien como familiaridad.

Entreabro la boca, rindiéndome de inmediato a su órbita. Rodeo su nuca con los brazos, entregándome al vértigo. Su beso es voraz, hambriento, tomándose el tiempo necesario para saborearme como si quisiera borrar cualquier otro rastro de mi piel.

Me transporta al beso con el desconocido en la discoteca...

—Eras tu... —su susurro respirando de forma entrecortada.

Su erección presiona con fuerza contra mi vientre cuando me levanta ligeramente y desliza con una suavidad exasperante la cremallera de mi vestido.

La tela que cubre mis ojos cae al suelo con la parsimonia de un suspiro.

Sus ojos recorren el sonrojo furioso que inunda mis mejillas, cargados de una arrogancia desmedida al comprobar el efecto que ejerce sobre mí.

Tiemblo como una hoja a merced del viento cuando toma mi barbilla con firmeza, obligándome a sostenerle la mirada, cerciorándose de que estoy completamente a su merced.

—Si me estabas buscando... ya me has encontrado... —murmura cerca de mis labios.

Me pierdo en la corriente, dejándome arrastrar sin oponer resistencia.

Un gemido se escapa de mi garganta, un tributo voluntario al saber que es él, y nadie más, quien logra desquiciarme de esta forma.

La urgencia trepa por nuestras pieles en cada roce, en cada mordisco.

Sus manos exploran mi anatomía con una precisión casi quirúrgica.

Cuando su boca se aparta por fin de la mía, ambos respiramos con dificultad.

Con un movimiento seco, Marcus termina de deshacerse del otro tirante, dejando que caiga al abismo.

Su mirada de esmeralda recorre cada centímetro de mi piel, apenas protegida por la lencería.

La intensidad cruda de su deseo me hace sentir escandalosamente deseada.

—Eres maldita perfección —murmura sin apartar los ojos de los míos.