Behind Desire CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

Me besa otra vez, con una voracidad que me hace perder el compás del mundo.

Caminamos a ciegas, tropezando hasta caer pesadamente sobre el sofá.

Sus manos queman cuando rozan mis senos a través del encaje, arrancándome un jadeo agudo.

Los dedos de Marcus descienden en una línea recta y ardiente, recorriendo mis costillas, mi vientre, hasta trazar el límite exacto de mi ropa interior.

La anticipación se vuelve insoportable cuando se abre paso con una maestría insolente entre mis pliegues. Su toque desata descargas eléctricas que me recorren de pies a cabeza. Arqueo la espalda de forma instintiva, suplicando en silencio por más.

Intento levantar las manos para tocarlo, para aferrarme a su piel, pero Marcus atrapa mis muñecas al vuelo y las inmoviliza contra el respaldo del sofá, justo sobre mi cabeza.

Sus ojos me interrogan sin palabras, exigiendo una rendición absoluta.

No respondo con la voz, pero mi cuerpo entero se abre ante su dominio.

—Déjame hacerte perder la cabeza —susurra con una aspereza que me nubla el juicio.

El ritmo experto de sus dedos entre mis muslos disuelve cualquier atisbo de raciocinio. Gimo, perdida en una espiral de placer donde el aire ya no importa.

De repente, un gruñido profundo brota de su pecho y se aparta con brusquedad. Con movimientos fulminantes, baja la cremallera de su pantalón y se deshace de la ropa que aún nos separa, liberando una urgencia que me abruma y me fascina a partes iguales.

Sin preámbulos, se adentra en mí de un solo golpe, con una pasión desbordante que me corta la respiración.

El salón entero desaparece. El universo se contrae hasta reducirse al calor abrasador de su cuerpo, al compás brutal de nuestras caderas, a esta conexión oscura y visceral que nos consume.

Me mantiene anclada al cojín, dominada por completo. Su mano se cierra con firmeza alrededor de mi garganta, privándome del aire justo en el momento preciso, elevando la experiencia a un plano donde el dolor y el placer se funden en uno solo. Mi cuerpo responde con una sumisión ciega, instintiva.

Cada embestida me empuja un poco más cerca del borde, hasta que un estallido blanco me atraviesa, desgarrándome en una oleada sísmica.

Marcus colisiona contra su propio límite un segundo después, su cuerpo estremeciéndose con violencia sobre el mío mientras me inunda con su calor.

Permanecemos un instante suspendidos en el caos, enredados en una maraña de extremidades sudorosas y respiraciones rotas.

Pero la tregua dura apenas unos segundos. Sin previo aviso, me alza en brazos como si no pesara nada y comienza a subir las escaleras a zancadas.

Cuando me deposita sobre la suavidad de las sábanas, reconozco de inmediato el entorno. Es su habitación.

—Esto apenas empieza —susurra, rozando mis labios con los suyos sin llegar a besarme.

Abro los ojos lentamente y lo encuentro cernido sobre mí, con una expresión de depredador que no admite réplica. Su barba incipiente le confiere un aire más oscuro, peligroso, magnético.

Está apoyado sobre sus rodillas, y puedo sentir el pulso de su deseo rozando mis piernas.

El estremecimiento es inmediato; el roce de su barba contra mi piel despierta una estela de electricidad que me recorre entera.

No me muevo para huir, pero tampoco cedo del todo.

Es un pulso de tensión pura, un juego al borde del abismo.

—Date la vuelta —ordena com un susurro ronco, impregnado de un control absoluto.

Mi cuerpo obedece antes de que la lógica tenga tiempo de intervenir. Me muevo despacio, acomodándome apoyada sobre las manos y las rodillas en el centro de la cama.

Sus manos me encuentran de inmediato, con una precisión que delata tanto la costumbre como una especie de adicción febril.

Apenas el roce de sus dedos me alcanza, mi cuerpo responde humedeciéndose al instante, traicionando cualquier fachada de resistencia.

Se detiene un segundo al escuchar mi gemido entrecortado y, sin previo aviso, sus palmas ahuecan mis glúteos con fuerza antes de estampar un beso áspero en cada uno.

Exhalo un grito ahogado cuando, con un movimiento seco, azota mi piel con la palma de la mano, dejando un ardor punzante, una marca invisible pero perpetua de su propiedad.

—No permitas que nadie más te toque jamás —gruñe contra mi oído, y en un único impulso salvaje, se hunde en mi interior.

Ambos dejamos escapar un gemido idéntico cuando la fusión se completa.

Él lo sabe. Sabe de algún modo inescrutable que me he visto con Liam; su instinto parece tener antenas capaces de capturar cada paso que doy fuera de su órbita.

—Estás hecha a mi medida, Nicole —brama contra mi nuca, empujando con una brutalidad calculada que me desarma.

Mis dedos se clavan con desesperación en las sábanas de seda. Quiero gritarle que no, negarle esa verdad aplastante, decirle que esta dinámica me destruye y me vuelve vulnerable. Pero lo único que hago es arquear la espalda con más fuerza, abriéndome a él de par en par.

Sus embestidas adquieren un ritmo deliberado, cruelmente lento, torturándome con la agonía de la espera entre golpe y golpe.

—¿Lo entiendes de una vez, Nicole? —aúlla entre estocadas, buscando con precisión quirúrgica ese punto exacto que me hace perder la razón.

Su cadera embiste con la furia de una marea.

Su ritmo me arrastra a un vórtice de rendición absoluta.

Siento sus dientes raspar la piel de mi hombro, dejando un rastro de fuego.

Su exigencia me envuelve en un capullo de calor y entrega donde ya no existe nada más que el sonido de nuestros cuerpos colisionando.

—¿Nicole? —repite con voz oscura, tirando con fuerza de las hebras de mi cabello para obligarme a inclinar la cabeza hacia atrás.

—S-sí... —gimo apenas, con la voz rota, justo cuando su cuerpo se expande dentro de mí en una ola expansiva de calor puro.

Eso es todo lo que necesita. El orgasmo me golpea con la fuerza de un huracán, sacudiéndome las piernas hasta hacerme perder el control.

Apenas tengo aire en los pulmones cuando siento su simiente liberándose en mi interior, sellando el momento.

Me desmorono contra el colchón, completamente deshecha, vacía de voluntad.

Marcus se recompone con parsimonia. Sus dedos trazan círculos perezosos sobre la piel desnuda de mi espalda antes de romper el silencio:

—¿Estás bien?

Levanto pesadamente la vista y le dedico una sonrisa torcida, coqueta a pesar del agotamiento. Sus labios se curvan en una mueca sombría, cargada de una culpa áspera.

—En el luxury eras tu, ¿cierto?

—¿De qué hablas, Nicole? —pregunta con la voz deliberadamente neutra, aunque la contracción en su mandíbula lo delata.

—Estabas en la ducha... —digo con un hilo de voz cargado de reproche y desconcierto—. Me dejaste marchar con tantas dudas. ¿Por qué jugaste a ser un fantasma?

La rabia contenida me impulsa a incorporarme a medias para golpearle levemente el pecho con el puño cerrado.

Marcus se acerca con esa presencia abrumadora que siempre me desarma, y extiende una mano para atrapar mi barbilla con una suavidad desacostumbrada.

—Ya eso está en el pasado —dice él a modo de consuelo, aunque su mirada delata el peso de la culpa.

—No vuelvas a hacerlo —le exijo en un susurro, apoyando firmemente la palma de mi mano contra la firmeza de su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón—. Si vas a estar aquí, quédate entero.

Marcus suspira, cerrando los ojos un instante antes de atrapar mi mano y besar los nudillos con una devoción silenciosa.

—Deberías alejarte de mí —murmura con un hilo de voz que apenas reconozco, apartando un mechón de cabello de mi frente con una lentitud inusual.

—Lo intento... pero no puedo.

Y ninguno de los dos tiene la intención de hacerlo.