Behind Desire CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

En cuanto bajo del auto, un vehículo desconocido aparcado frente al portal llama mi atención. La puerta de casa se abre con lentitud, como si las respuestas que llevo semanas persiguiendo estuvieran a punto de abalanzarse sobre mí.

Ashley se detiene en el umbral. Su postura es cautelosa, casi frágil, como si temiera que un solo movimiento en falso terminara de quebrarme. Y no la culpo; siento que la más mínima corriente de aire podría desmoronarme bajo el peso de la ansiedad y el vértigo de descubrir la verdad de mi pasado.

—Nicole… —su voz es un hilo fino, temeroso.

Mis ojos se deslizan más allá de ella, encontrándose con la figura de Claude. Su expresión es firme, pero de él emana una calidez inesperada, una quietud que contrasta con el caos que ruge en mi interior.

—Es momento de hablar —insiste mi madre, entrelazando los dedos en un gesto desesperado de nerviosismo.

Exhalo un suspiro largo, sintiendo el cuerpo pesado, agotado hasta los huesos.

—Está bien —digo a secas, haciéndome a un lado para dejarles el paso libre.

Entro a trompicones, arrojo el bolso sobre el respaldo del sofá y me dejo caer en el asiento. El cansancio emocional pesa infinitamente más que cualquier desgaste físico.

Ashley y Claude toman asiento frente a mí, observándome con una mezcla de piedad contenida y férrea determinación.

—Sé que ahora mismo estás furiosa —comienza Ashley con un hilillo de voz—, pero tienes derecho a escuchar la verdad. Toda la verdad.

Cruzo los brazos sobre el pecho, erigiendo una última barricada, y me recuesto contra el respaldo.

—Adelante —murmuro con frialdad.

Ashley intercambia una mirada cargada de historia con Claude antes de continuar.

—Cuando éramos jóvenes, me enamoré de Claude. Nos veíamos en la clandestinidad porque mis padres jamás lo habrían aprobado. Tenían trazado un destino muy distinto para mí.

El pecho se me contrae de golpe.

—Planeaban casarte con Jérôme —susurro, completando el rompecabezas.

Ella asiente despacio, con los ojos anegados en un brillo antiguo.

—Él era adinerado. Intocable. Mis padres creían que era el mejor partido para consolidar el apellido. Pero ignoraban por completo quién era en las sombras.

Claude se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

—Jérôme no era un simple empresario con ambiciones desmedidas. Sus tentáculos ya rozaban las altas esferas del crimen organizado.

Un escalofrío helado recorre mi columna vertebral.

—Mamá…

—Cuando descubrí sus verdaderas intenciones, supe que casarme con él equivalía a una sentencia de muerte espiritual —prosigue ella con la voz quebrada—. Él no me miraba como a una compañera; me concebía como una posesión, como un activo más para expandir su imperio.

El nudo en mi garganta se aprieta hasta doler.

—¿Qué hiciste?

—Hice lo único que estaba en mis manos: huir.

Cierro los ojos un segundo. Siempre supe que el pasado de mi madre guardaba sombras profundas, pero jamás imaginé la dimensión de esta tragedia.

Cuando vuelvo a abrirlos, Claude me observa con una tristeza infinita.

—Tu madre creyó que la había abandonado cobardemente —explica con una suavidad pasmosa—. Pero la verdad es que intenté mover cielo y tierra para alcanzarla. Le escribí cartas, organicé una ruta de escape. Quería que huyéramos juntos. Sin embargo, sus padres interceptaron cada palabra.

Ashley asiente, con el rostro bañado en lágrimas silenciosas.

—Nunca supe que intentaste buscarme. Viví toda mi vida creyendo que estaba sola.

El silencio que cae sobre la sala es denso, cargado de décadas de reproches acallados y duelos postergados.

Finalmente, Claude se aclara la garganta, rompiendo el hechizo.

—Sé que esto es demasiado para asimilar en una sola tarde. Pero quiero que tengas la certeza de algo, Nicole. No estás sola, y no tienes que cargar con esto tú sola. Voy a ocuparme de ti a partir de ahora.

Lo miro con una mezcla de escepticismo y rechazo defensivo.

—Claude, no necesito que nadie me mantenga ni me rescate.

Él esboza una sonrisa comprensiva, sin ofenderse.

—No hablo de caridad, Nicole. Hablo de opciones. De recuperar tu libertad.

Frunzo el ceño, a la defensiva.

—¿Qué clase de opciones?

—Sé perfectamente que estudiaste diseño de moda —dice con firmeza—. Y sé también que, por circunstancias que aún no termino de comprender, terminaste convertida en la sombra y asistente de Marcus Wreen en lugar de perseguir tu propia vocación.

Mi pecho se comprime de una manera dolorosa.

—¿Y qué importa eso ahora?

—Quiero ayudarte a retomar ese camino. Tengo contactos en Nueva York; conozco a una de las diseñadoras más prestigiosas de la industria que estaría dispuesta a ofrecerte un puesto como su asistente principal.

Es una firma que viaja constantemente a Europa.

Es una oportunidad real, tangible, para que brilles con luz propia.

—No estoy segura... —murmuro, con un nudo en el estómago, sabiendo perfectamente que la idea de marcharme a Nueva York implica romper el frágil hilo que me ata a Marcus—. Trabajar para Marcus también tiene valor para mí.

Poco después, ambos se marchan, dejándome con la cabeza dando vueltas y el alma hecha jirones.

Justo cuando me dispongo a encerrarme en mi habitación a procesar el día, el sonido estridente de un claxon rompe la quietud de la calle.

Me asomo por la ventana: la motocicleta de Liam está aparcada frente a la acera.

Exhalo un suspiro resignado, abro la puerta y salgo a recibirlo.

—¿Se puede saber qué haces aquí a estas horas? —inquiero, cruzándome de brazos.

Liam sonríe con esa chispa traviesa que lo caracteriza.

—Pasé a secuestrarte. Necesitas salir de estas cuatro paredes.

—Me encantaría, Liam, de verdad, pero hoy ha sido un día interminable y no tengo cabeza para esto.

Él chasquea la lengua, acercándose un paso más con una mezcla de coquetería y súplica genuina.

Entonces una idea extraña cruza por mi mente,  William...

—Liam, como siempre le he llamado desde que éramos inseparables en la universidad— sigue agazapada en los recovecos más confusos de mi cabeza.

Su proximidad constante, la complicidad de los años compartidos y la forma en que conoce cada uno de mis silencios hacen perfectamente factible que fuera él quien me hubiera encontrado en medio del caos.

Ademas que las iniciales de su nombre concuerda... William Miller

—Seré completamente sincero contigo —admite—. Tu madre me llamó.

—Liam… —protesto, sintiendo que la intromisión familiar cruza todos los límites, pero tambien muy incomoda con la revelacion.

Si esto es cierto...

—Sé que ahora mismo tienes la cabeza en mil sitios y que probablemente yo sea lo último que te apetezca ver… —susurra, con una vulnerabilidad que me desarma por completo.

Sus palabras me desarman porque tienen razón: me he consumido tanto en el trabajo, en la empresa y en la órbita absorbente de Marcus que he descifrado mi vida social hasta dejarla en cenizas.

—Está bien, Liam. Tú ganas —cedo con fastidio, regresando adentro a por mi bolso.

Montar en su moto siempre me otorga una extraña sensación de fuga, como si el viento pudiera barrer el estrés acumulado. El trayecto transcurre bajo un cielo teñido de tonos naranjas y violáceos propios de un atardecer de verano.

Cuando aparca frente a la entrada del Metroparks Zoo, una ola de nostalgia infantil me golpea el pecho.

—Pensé que te vendría bien recordar un poco de paz —murmura Liam con una sonrisa cálida, tendiéndome la mano.

Hacemos el recorrido por los senderos empedrados, flanqueados por la frondosidad de los árboles. Primero nos detenemos ante la majestuosidad silenciosa de los elefantes, cuyos pasos pesados resuenan con solemnidad en el aire fresco de la tarde.

—Esto es precioso, Liam —digo, intentando contagiarme de la ligereza del momento.

—Tenía ganas de traerte. Hacía demasiado tiempo que no veníamos —responde, deslizando con naturalidad una mano por mi cintura.

Me aparto con sutileza, escabulléndome hacia la sección de los grandes felinos.

Frente al recinto de los tigres, me detengo a observar a uno de ellos que se estira con perezosa elegancia, su pelaje encendido brillando bajo los últimos rayos de sol.

Y entonces, ocurre: sus ojos verdes, intensos, salvajes y dominantes, se cruzan con los míos a través del cristal.

Una punzada dolorosa me atraviesa el pecho. La mirada de ese animal tiene el rostro, la fuerza y la peligrosa autoridad de Marcus Wreen.

Sacudo la cabeza con brusquedad, intentando exorcizar esa presencia que se ha metido tan hondo en mis venas que ya no sé distinguirla de mí misma.

Liam se acerca por la espalda, rodeándome los hombros con un tacto cálido.

—Nicole... hay algo importante que necesito decirte —murmura, con un temblor inusual en la voz.

Siento el peso de su confesión inminente y el pánico me invade; no tengo espacio emocional para esto.

—Ahora no, Liam, por favor —suplico en un susurro, esquivando su mirada y dándome la vuelta para caminar deprisa hacia el estanque de los flamencos.

El agua refleja la luz pálida de la luna naciente, tiñendo de un rosa irreal las siluetas de las aves.

—Nicole… —gime su nombre con desesperación, alcanzándome.

Antes de que pueda levantar un muro, me toma del rostro con ambas manos, con una delicadeza infinita, y posa sus labios sobre los míos en un beso tierno, pausado.

Mi cuerpo se congela por una fracción de segundo. Estoy atrapada en un limbo cruel, suspendida entre el afecto limpio que Liam me ofrece y el huracán oscuro que representa Marcus.

Su beso es dulce, respetuoso. Sus dedos acarician mi mejilla con una paciencia que no merezco. Por un segundo brevísimo, busco refugio en esa calma, intentando convencerme de que podría ser feliz ahí.

Pero la culpa me atraviesa como un latigazo helado.

Me aparto con suavidad, separando mis labios de los suyos, sintiendo que me ahogo. Liam me mira con fijeza, apoyando un dedo sobre mi boca para acallar cualquier disculpa.

—No digas nada —susurra con los ojos brillantes—. Te daré todo el tiempo que necesites. No tengo prisa.

Mis ojos se empañan de lágrimas traicioneras, pero aprieto los dientes para impedir que caigan.

—Liam... mereces un amor entero, cálido, sin sombras. Y yo no puedo darte eso. Sabes perfectamente que mi mente y mi alma están en otra parte.

—Estás confundida, nada más —niega él con vehemencia, aunque su voz tiembla—. Yo puedo esperar.

El camino de vuelta a casa transcurre en un silencio sepulcral, espeso, cargado de una incomodidad insoportable.

Cuando se detiene frente a mi puerta y apaga el motor, soy incapaz de sostenerle la mirada.

Me despido con un murmullo torpe y me adentro en la casa, sabiendo que estoy coleccionando ruinas a mi paso y que ya no hay forma de volver atrás.