Behind Desire CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Con el paso de los días, la atmósfera se vuelve pesada, densa de una anticipación que raya en la claustrofobia.

Entre reuniones corporativas interminables y la gestión milimétrica de la agenda de Marcus, el miércoles irrumpe en mi despacho a zancadas, deteniéndose apenas para tomar aire antes de soltar la noticia que llevamos semanas esperando:

—He dado con el paradero de Bonnet.

Me pongo de pie de un salto, con el pulso desbocado.

Sin mediar palabra, me toma del brazo con una firmeza que no admite réplica y me arrastra fuera del edificio, directos hacia el coche.

Claude Bonnet se encuentra en Brooklyn visitando a Daniel, así que Marcus, en su eterno afán de control, alquila un apartamento temporal en la zona, donde me instala pocas horas antes de ir a cazar al viejo en persona.

Menos de una hora más tarde, llaman a la puerta. Frunzo el ceño, desconcertada; no esperaba que regresaran tan pronto de una misión de esa magnitud.

Abro con cautela, y el mundo entero se desploma sobre mis hombros al tropezar de frente con quien menos imaginaba ver en este lugar.

—¿Qué haces aquí? —inquiero, cruzándome de brazos en un reflejo defensivo, con el cuerpo entero tenso como una cuerda de acero.

—Vengo a ver a Marcus —suelta Morgan  Sinclair , irrumpiendo en el apartamento con la altanería insoportable de una dueña de casa que regresa a su dominio.

Su presencia siempre resulta abrumadora, pero verla pisar este espacio sagrado, este refugio frágil que hemos construido, hace que la bilis me suba por la garganta. Trago saliva mientras siento que la rabia me quema la superficie de la piel.

—Si solo vienes a verlo a él, ¿por qué traes dos maletas?

Sinclair me dedica una mirada de reojo, despectiva y helada, mientras sigue avanzando por el pasillo sin dignarse a quitarse los abrigos.

—Porque soy la prometida de Marcus.

El aire se congela por completo en mis pulmones. El eco de sus palabras rebota en las paredes de la sala.

—¿Perdón? —mi voz sale estrangulada, aguda, rota por la incredulidad. Siento que el estómago se me encoge en un nudo doloroso y el corazón me golpea las costillas con una violencia desesperada.

Sinclair ni se molesta en girarse.

—Como lo oyes.

—¿De qué demonios hablas? —La voz de Marcus retumba desde el rellano de la entrada, cortando el aire como un cuchillo.

Me vuelvo bruscamente. Viene acompañado por Daniel y por Claude, ambos con expresiones de incomodidad absoluta.

Marcus busca mis ojos de inmediato, buscando descifrar mi reacción, pero yo me aparto con un movimiento seco, retrocediendo un paso, incapaz de sostenerle la mirada ante semejante traición silenciosa.

—Será mejor que hablemos a solas, Marcus —tercia Sinclair , observando el grupo reunido en el pasillo con una suficiencia asquerosa.

Él asiente con un gesto sombrío antes de guiarla hacia el interior del despacho. A mí no me queda más remedio que retirarme a la cocina, aunque la curiosidad, el miedo y la furia me taladran el pecho como un pulso eléctrico descontrolado.

Dentro de la cocina, Claude y Daniel se miran con una incomodidad palpable, intentando dar espacio a este tornado.

—Resulta que eres mi prima —dice Claude, exhalando un suspiro denso, frotándose las sienes—. Quién diría que tengo esta maldición genética con las mujeres indomables de esta familia.

—Todavía me cuesta creer que tú seas mi padre —replico, con los nervios a flor de piel, sintiendo que la realidad se tambalea bajo mis pies.

Claude se me acerca y me envuelve de improviso en un abrazo torpe pero genuino.

—Te juro que no lo sabía, Nicole —murmura, visiblemente acongojado—. Ashley me debe una explicación monumental por todo esto.

—A los dos —sentencio con firmeza, conteniendo las lágrimas que amenazan con traicionarme.

Ambos se despiden con la promesa de vernos en Cleveland al día siguiente para enfrentar de una vez por todas los fantasmas de nuestra historia familiar.

Aprovecho el momento en que la atención está desviada para salir de la cocina.

Sé perfectamente que está mal, que cruzo una línea ética y personal, que lo que estoy a punto de hacer es una bajeza...

pero el impulso es infinitamente más fuerte que mi juicio.

Camino de puntillas por el parqué hasta la puerta entreabierta de la sala y me pego al marco, conteniendo la respiración.

—... ha invertido demasiada energía en esto porque está convencido de que somos el uno para el otro. ¿Es que no lo entiendes de una vez? —escupe Sinclair con una claridad helada, cargada de reproche.

—Lo único que entiendo es que pretendes arrastrarme a una farsa insostenible —replica Marcus, con la voz dura como el granito, destilando un desprecio absoluto—. ¿Y sabes qué es lo que no veo por ninguna parte en esta ecuación?

—Dilo de una vez, Marcus. No andes con rodeos.

—¡Amor, Sinclair ! —exclama con un tono tajante, sin necesidad de alzar la voz para hacer temblar los cimientos de la habitación—. Entre nosotros no hay amor. Jamás lo hubo.

Me alejo del umbral de un salto, como si me hubieran quemado con ácido. El corazón me retumba en los oídos, ensordecedor, ahogando cualquier otro sonido.

“Entre nosotros no hay amor.”

La frase se clava en mi mente como una estaca.

Si no hay amor, si se desprecian de esta manera, ¿por qué demonios siguen atados?

¿Quién es esa misteriosa tercera persona que, según Sinclair , empeña tanta energía en mantenerlos unidos?

Alguien con el poder suficiente para manipular los hilos de la vida de Marcus, obligándolo a sostener un compromiso que detesta con toda el alma.

Regreso a la sala con los pasos pesados, sintiendo que cada gramo de energía me ha abandonado. Agotada por la tensión emocional, caigo rendida en el sofá, perdiendo la noción del tiempo.

El eco de un sueño extraño me arranca de golpe del letargo. Me descubro en el asiento trasero de un vehículo en movimiento; una frazada de lana oscura cubre mis piernas y el aire tibio de la calefacción me roza el rostro adormecido.

Me incorporo de golpe, completamente desorientada.

El silencio de la cabina, la manta, el murmullo constante del motor...

Tardo unos segundos larguísimos en ubicarme en tiempo y espacio.

Marcus conduce con la vista fija en la carretera nocturna, y la rigidez absoluta de sus hombros delata una preocupación contenida que roza la desesperación.

Miro a los lados, extrañada y a la vez aliviada por la absoluta ausencia de Sinclair .

—¿Llevo mucho tiempo dormida? —pregunto con la voz ronca, tomada por el cansancio.

—No, acabas de despertar —responde con un hilo de voz, sin apartar los ojos del asfalto.

Miro por la ventanilla. Seguimos en medio de una carretera boscosa, bajo la luz dorada y oblicua de un sol que empieza a devorar el horizonte.

—¿A dónde vamos? —inquiero, frunciendo el ceño, sintiendo la garganta seca.

—Al aeropuerto.

—¿Y la señorita? —suelto, sin poder filtrar el veneno y la acidez en las palabras.

Marcus aprieta el volante con tanta fuerza que sus nudillos adquieren un tono cadavérico.

—Tomó un vuelo de regreso a casa hace horas. Se acabó.

—¿A qué vino exactamente? —estallo de pronto, perdiendo la paciencia por completo.

El tono me sale áspero, hiriente, alimentado por la frustración acumulada de saber que esa mujer tiene la facultad de aparecer y desestabilizar nuestro mundo, reduciéndolo a él a ese caparazón frío e impenetrable—. ¿Te gusta jugar a dos puntas, Marcus?

—Ya déjalo, Nicole —ataja con una sequedad peligrosa, pisando el acelerador con brusquedad y clausurando cualquier intento de réplica durante el resto del trayecto. El silencio dentro del coche se vuelve plomizo.

Esa noche, de vuelta en el apartamento, el insomnio se apodera de mí de la forma más cruel. Doy vueltas interminables entre las sábanas, incapaz de apagar el ruido ensordecedor de mis propios pensamientos, sintiendo que el suelo se abre bajo mis pies.

Al día siguiente, justo cuando nos disponemos a salir hacia el coche para el traslado definitivo, la pantalla de mi teléfono se ilumina con una notificación estridente que corta el aire.

Desbloqueo el aparato y repaso el mensaje una y otra vez.

La incredulidad inicial se transforma rápidamente en una rabia sorda, un fuego que me quema las entrañas.

Qué nivel de bajeza infinita. Lo hace a propósito, fríamente calculada, buscando sacarme del mapa, aferrándose a Marcus como si fuera un trofeo comercial que le pertenece por derecho divino.

Siento el estómago revuelto, con ganas de vomitar. ¿Hasta dónde planea llegar esta mujer para salirse con la suya?

—¿Pasa algo? —pregunta Marcus con esa calma tensa que precede a una tormenta, observándome de reojo, con los ojos llenos de una sospecha punzante.

Me deslizo en el asiento del copiloto y cierro la puerta con una suavidad calculada, intentando mantener la compostura.

—Nada importante —respondo con voz plana, esquivando su mirada mientras guardo el teléfono en el fondo de mi bolso con manos temblorosas.

—Nicole.

Su tono não admite evasivas. Exige una verdad que no estoy dispuesta a regalarle tan fácil.

—Es Sinclair —confieso al fin, estallando, levantando la barbilla con desafío—. Me acaba de enviar un recordatorio gráfico de hasta dónde está dispuesta a llegar su juego sucio para apartarme de ti.

Marcus tensa la mandíbula hasta marcar los pómulos de forma dolorosa.

Me arrebata el teléfono de las manos con un movimiento rápido, casi violento, y lee la pantalla.

En cuestión de segundos, la respiración se le vuelve pesada, sibilina, y los nudillos se le ponen blancos de la fuerza titánica con la que sujeta el dispositivo.

—Voy a encargarme de esto de una vez por todas.

No es una advertencia. Es una sentencia de muerte para los juegos de esa mujer.

—No quiero que armes un escándalo corporativo ni público, Marcus. Es exactamente lo que busca para ponernos en evidencia.

Sus ojos verdes se clavan en los míos con una intensidad abrasadora, desnudando mi alma.

—¿Y tú qué buscas realmente, Nicole? Dime la verdad.

Quiero que la ponga en su sitio de una vez por todas. Quiero que le deje claro que no puede movernos a su antojo como si fuéramos piezas de un tablero.

Pero, sobre todo... quiero que elija.

—Quiero que ella deje de tener poder sobre nosotros —susurro, sintiendo que el corazón se me desangra en el intento.

Su mirada se suaviza un ápice, perdiendo algo de filo, reflejando un dolor sordo.

—No lo tiene. Te lo juro.

Sin añadir una sola palabra más, arranca el motor con una brusquedad salvaje. Pero ambos sabemos, con terror en el pecho, que este pulso está muy lejos de terminar.

De regreso en la ciudad, nos refugiamos en su departamento como en una fortaleza sitiada por nuestros propios fantasmas.

Al cruzar la puerta, la tensión acumulada explota; me atrapa contra la madera con una urgencia desesperada que me corta el aliento.

Sus dedos se mueven con una lentitud deliberada, desatando su corbata para luego usarla con una precisión experta, inmovilizándome las muñecas contra la superficie firme de la puerta, dejándome a su absoluta merced.

—Estás a mi entera disposición, Nicole —murmura contra mi piel, su voz un eco ronco que recorre cada terminación nerviosa de mi cuerpo, encendiéndome en fiebre.

Sus labios trazan un camino ardiente y posesivo por mi cuello, descendiendo despacio, recreándose en mi vulnerabilidad, sabiendo exactamente cómo desarmarme.

—Pídelo —ordena, con una autoridad magnética que destruye mis últimas defensas.

—Por favor... —suplico en un susurro apenas audible, perdiendo la cabeza.

—Pídemelo bien, Nicole. Quiero oírlo de tus labios —demanda, saboreando el control absoluto de la situación, disfrutando con una crueldad exquisita de la marea de deseo que provoca en mí.

Miro fijamente sus ojos oscurecidos por el instinto más puro.

—Te necesito, Marcus... No puedo más.

Una sonrisa oscura de triunfo absoluto dibuja la comisura de sus labios antes de capturar mi boca en un beso voraz, profundo, desesperado, que me arranca el último vestigio de resistencia.

—Y yo a ti, Nicole. Que no se te olvide jamás a quién perteneces.

Su dominio es total, una fuerza de la naturaleza, pero en cada roce se filtra una devoción clandestina, un miedo soterrado que contrasta con su dureza exterior.

Nos consumimos en un ritmo compartido, salvaje, aferrados el uno al otro como si el mundo exterior estuviera a punto de desintegrarse y solo nosotros quedáramos en pie.

A la mañana siguiente, el silencio en el departamento es denso.

Bajo a la cocina en busca de mi dosis urgente de café para intentar ordenar las ideas.

Para mi sorpresa, Marcus ya está sentado a la mesa.

Su postura es de una tranquilidad tan absoluta que resulta sumamente sospechosa; sus ojos verdes siguen cada uno de mis movimientos con una cautela felina, calculada.

—Las negociaciones con Bonnet quedan oficialmente suspendidas —avisa con voz neutra, dando un sorbo pausado a su zumo de naranja.

Asiento lentamente, sintiendo que el alma se me encoge.

Soy consciente de que esto nos devuelve de golpe a la cruda realidad de nuestras vidas.

Hoy, más que nunca, necesitaba ese café con crema para enfrentar el día, pero al ver la expresión impenetrable, casi pétrea, en su rostro, comprendo con pavor que las peores noticias apenas comienzan a asomar.

—Dime una sola cosa y no me mientas... —comienzo con voz queda, temblando por dentro—. ¿Es verdad lo de tu compromiso con Sinclair ?

Los latidos de mi corazón pitan con tanta fuerza en mis oídos que apenas puedo escucharme a mí misma.

Por un segundo eterno, la máscara de control absoluto de Marcus se quiebra de la manera más dolorosa. Un parpadeo nervioso, un desvío imperceptible de la mirada hacia la ventana, el labio inferior mordido con una fuerza inusitada mientras intenta refugiarse desesperadamente de nuevo en su coraza.

—No es asunto tuyo, Nicole —suelta al fin, con un tono seco y cortante, un latigazo verbal destinado a levantar un muro infranqueable entre nosotros.

No hay negativa. No hay coartada. No hay una explicación lógica.

Solo un silencio sepulcral.

Y esa indiferencia calculada, esa negativa a mirarme a los ojos, duele infinitamente más que cualquier golpe físico.

—Pero... —intento insistir, con la voz quebrada por la impotencia.

—Carece de absoluta importancia —me corta con una frialdad glacial, matando cualquier esperanza.

Vuelvo a sentirlo: ese abismo insondable, frío y oscuro que Marcus se empeña en cavar cada vez más hondo entre los dos.

Asiento despacio, bajando la vista al suelo, sintiendo que me trago mis propias lágrimas y mis propias respuestas.