CAPÍTULO 27
Despierto sobresaltada y con una extraña pesadez en el pecho. Palpo el costado derecho del colchón: vacío. Abro los ojos de golpe y la frustración me atraviesa. Otra vez Marcus se ha marchado sin despedirse, levantando ese muro invisible que tanto me exaspera.
Me incorporo de inmediato y mis pasos me conducen hasta el suelo de la habitación, donde descansa un pantalón de pijama que olvidé anoche en la penumbra. Al agacharme a recogerlo, una familiaridad repentina me detiene los latidos. Sujeto la prenda entre los dedos y fijo la vista en la etiqueta.
Un escalofrío me recorre la columna. Es el mismo conjunto que guardé en mi maleta durante aquella escapada al hotel. El corazón se me desboca, incapaz de procesar la revelación.
Todo este tiempo.
Fue Marcus.
Salgo a correr temprano, con la respiración entrecortada y la sensación ineludible de que mi vida se desboca por un precipicio.
El cielo luce plomizo, cargado de nubes densas que amenazan con desatar una tormenta idéntica a la que se gesta en mi interior.
Cada zancada sobre el asfalto es una descarga de adrenalina pura.
Me preparo para la oficina con una lentitud deliberada, buscando una coraza que me proteja del día.
Opto por un vestido beige de manga larga, un abrigo largo color camel y botas altas a juego.
Mi reflejo en el espejo devuelve la imagen de una mujer compuesta, impecable en la superficie, mientras por dentro sigo atrapada en los fragmentos de un rompecabezas que me niego a armar.
Salgo sin desayunar y tomo un taxi cuyo trayecto transcurre en un silencio espeso, roto solo por el locutor de la radio. Al cruzar las puertas del edificio corporativo, camino con paso firme hasta el vestíbulo. Silvia alza la vista desde su mostrador, y su expresión se congela al verme.
—Buenos días, Nicole —saluda con evidente cautela.
—Buenos días, Silvia —respondo, frunciendo el ceño ante su tono—. ¿Ocurre algo?
—El señor Wreen ya está en su despacho —suelta en un susurro.
Asiento en silencio, sin saber si esa presencia me otorga alivio o abre la puerta a un nuevo desastre.
Dejo el abrigo en mi perchero y encuentro sobre el escritorio el dosier del proyecto de Glovo: los planos revisados para el diseño del teatro, listos para tramitar las licencias y dar luz verde a la preparación del terreno.
Tomo la tablet con la agenda de la jornada y respiro hondo antes de marchar hacia la oficina de Marcus.
Doy dos golpes secos en la madera.
—Adelante.
Su voz grave sacude mis terminaciones nerviosas. Giro el picaporte con prudencia. Marcus está sentado tras el escritorio, con la vista fija en unos informes, la mandíbula tensa y el ceño fruncido. Viste un traje azul marino impecable y una corbata burdeos que acentúa el verde gélido de sus ojos.
Cuando levanta la mirada y choca con la mía, un nudo se forma en mi garganta.
—Aquí tienes la agenda del día —anuncio, acercándome para depositar el dispositivo sobre la superficie de caoba.
—Gracias —murmura sin apartar los ojos de los papeles.
El aire en la estancia se vuelve irrespirable, denso por una tensión no resuelta.
—¿Por qué te fuiste sin decir nada? —suelto, incapaz de contener el reproche.
Él detiene el bolígrafo y me observa con una fijeza calculada.
—Tenía que hacerlo —responde con sequedad.
El silencio que sigue me quema por dentro. No soporto esta manía suya de alzar barricadas cada vez que nos acercamos demasiado.
—¿Algo más? —pregunta con una frialdad que roza la insolencia.
Una rabia sorda me empuja a cruzar la raya.
—Sí. Me gustaría saber a qué responde esta actitud tuya.
Marcus arquea una ceja, fingiendo una sorpresa que no siente.
—No recuerdo tener la obligación de rendirte cuentas.
Una risa seca y amarga se escapa de mis labios.
—No se trata de eso.
Se recuesta contra el respaldo de su asiento, evaluándome con frialdad.
—Necesitaba espacio para ordenar mis prioridades.
—¿Prioridades? —repito, incrédula—. Menuda excusa.
Un músculo se contrae en su mandíbula.
—Nicole...
—No te preocupes —lo interrumpo con una sonrisa tensa, dando media vuelta dispuesta a marcharme—. Solo venía a hacer mi trabajo.
Su silencio me persigue hasta la puerta, pero antes de girar el picaporte, añado:
—A las dos de la tarde tienes una comida con Morgan Sinclair . Quiere cerrar los detalles de su proyecto.
Marcus asiente con la vista perdida en el ventanal, buscando un punto de fuga.
—Necesitaremos revisar la viabilidad técnica antes de aprobar nada —añado a modo de advertencia profesional—. Por cierto, también hay una invitación formal para una subasta de arte este viernes.
—¿A qué hora? —pregunta con un destello de interés repentino que no pasa desapercibido.
—A las siete de la tarde.
—Perfecto —concede con un susurro.
Salgo de la oficina antes de que pueda añadir una sola palabra, con la frustración ardiéndome en el pecho. No tengo la menor idea de qué sigo esperando de este hombre.
Al cabo de unas horas, el caos irrumpe en la planta. Las puertas del ascensor se abren y los ojos de Morgan Sinclair aparecen en el vestíbulo, escoltada por una altanería insoportable.
—A mi oficina, las dos. Ahora —ordena la voz autoritaria de Marcus desde el umbral de su despacho.
Trago saliva y entro junto a Sinclair , cuya sonrisa de suficiencia deja claro que disfruta de este circo como si ella misma hubiera escrito el guion. Marcus me observa con severidad, notando el rastro de indignación en mi postura.
—¿Se puede saber qué demonios pretendían tratando a Sinclair de esta manera? —demanda con tono glacial.
La sangre me hierve en las sienes. ¿Juzgarme antes de escuchar los hechos?
—¿Cómo te atreves a cuestionarme así, Marcus? —estallo.
Él frunce el ceño, desconcertado por mi osadía.
—¿Y todavía te atreves a replicarme?
Lo ignoro por completo y clavo los ojos en la mujer frente a mí.
—Esta señora se presentó exigiendo ver al director de forma grosera y, cuando Silvia intentó calmarla, la agredió verbalmente y le desgarró la blusa —denuncio, señalándola sin apartar el dedo—. Por eso ordené a seguridad que la escoltara fuera del edificio inmediatamente.
—Cosa que no tenías ninguna autoridad para hacer —suelta Sinclair con una sonrisa cínica, antes de abalanzarse sobre mí y propinarme una bofetada seca que me hace trastabillar.
El impacto me quema la mejilla, dejándome atónita por un segundo. Pero la reacción de Marcus es inmediata, un estallido de furia ciega que no le he visto nunca.
—¿Cómo te atreviste, maldita sea? —ruge Marcus con una voz que parece brotar de las entrañas, perdiendo por completo la compostura.
Con un movimiento violento, la toma del brazo y la aparta de mi lado de un empujón tan firme que Sinclair casi pierde el equilibrio, chocando contra el borde de un archivero.
Marcus da un paso hacia mí, con la respiración agitada y los ojos oscurecidos por la rabia, comprobando que estoy bien antes de volver a centrar toda su furia en la mujer que sigue acomodándose la ropa con desdén.
—¿Quién te dio el valor para tocarla en mi presencia? —le recrimina con un tono helado, que hace retroceder a Sinclair —. Estás acabada aquí. Lárgate de mi empresa antes de que haga que te saquen a la fuerza.
Sinclair frunce los labios, con los ojos inyectados en furia al verse descubierta y derrotada, pero sin atreverse a replicar ante la presencia imponente de un Marcus dispuesto a destrozarla. Da media vuelta y abandona el despacho a zancadas, azotando la puerta a sus espaldas.
El silencio que deja a su paso es denso, cargado de la tensión del golpe y del revuelo. Marcus suspira con pesadez, pasándose una mano por el cabello antes de observarme con una mezcla de culpa y preocupación.
—Lamento el malentendido con Sinclair . Si hubiera sabido… —empieza a decir, suavizando el tono.
—La señora Sinclair es la que debería disculparse —lo interrumpo, aún con la mano en la mejilla ardiente—. Además de tratar así a Silvia, se atreve a mentir a su conveniencia.
Marcus asiente con lentitud, la mandíbula todavía contraída por la ira reciente.
—No tengo cómo rebatir eso. Sinclair no volverá a poner un pie en esta empresa.
Antes de que podamos seguir hablando, el tono estridente de su teléfono móvil interrumpe el momento. En cuanto ve el identificador en la pantalla, sus ojos verdes vuelven a conectar con los míos.
—Es Dumas.
Pone la llamada en altavoz. La voz del otro lado de la línea suena metálica y urgente:
—Te enviaré la información por fax, es urgente.
La línea se corta. A los pocos segundos, el zumbido sordo de la impresora del rincón comienza a trabajar con una lentitud exasperante. Me acerco y recojo la hoja que acaba de ser liberada, sintiendo cómo un nudo frío se instala en el fondo de mi estómago.
—¿Nicole? —la voz de Marcus llega desde lejos, amortiguada por el zumbido en mis oídos.
Cierro los ojos y los abro de nuevo, deseando que sea una mala pasada de mi imaginación lo que tengo ante los ojos.
Pero no lo es.
El nombre cae como una piedra en un lago tranquilo, rompiendo toda la superficie. Mi piel se enfría, como si el alma se me escapara por los poros. Mis labios se separan, pero ningún sonido logra salir.
—Mierda —murmura Marcus al asomarse por encima de mi hombro para leer el documento.
La impresora sigue expulsando más papel.
El contenido detalla cartas firmadas solo con la letra “C” y dedicadas a Ashley, además de un acuerdo sellado entre las familias Keller y Royers que comprometía a sus hijos en matrimonio.
La revelación me golpea con fuerza, dándole sentido al pasado: comprendo por fin por qué mi madre huyó antes de que fijaran la fecha de aquel enlace concertado por conveniencia.
Entre los folios impresos, un billete de tren con destino a Nueva York confirma la ruta de su huida.
Mis ojos vuelan hacia Marcus, buscando desesperadamente una confirmación o una salida.
Pero su rostro está pálido.
Porque él sabe exactamente lo que esto significa.
Por eso el Colmillo Dorado me atacó; yo era una herramienta para lastimar a su enemigo.
Este descubrimiento desata una avalancha de problemas. Los secretos del pasado arrollan nuestro presente, y la única persona capaz de darnos respuestas, Claude Bonnet, se encuentra ahora mismo fuera de nuestro alcance.