CAPÍTULO 26
Levanto la barbilla y esbozo una sonrisa que roza la insolencia.
—¿Algo más, jefe? —pregunto, impregnando el tono de una falsa sumisión.
Sus ojos verdes se clavan en los míos, oscuros y afilados. Por un segundo, un destello de genuina diversión cruza su mirada, intrigado por el desafío.
—Por ahora, eso es todo —responde con esa media sonrisa que tiene la maldita habilidad de ponerme los nervios de punta.
Me acomodo en el sillón con calma deliberada, consciente de que su mirada sigue cada uno de mis movimientos. No pienso darle el gusto de mostrar prisa. Sé que disfruta esta partida tanto como yo, y no tengo la menor intención de facilitarle las cosas.
—Mientras no sepamos dónde está el Colmillo Dorado, no vas a moverte sola —dicta Marcus, cambiando el registro a uno mucho más severo—. Vas a mudarte conmigo un tiempo. Y pondré seguridad vigilando cada uno de tus pasos.
Me incorporo de golpe, sintiendo cómo la resistencia me inunda el pecho.
—No quiero —protesto, con el rechazo atravesado en la garganta—. No pienso vivir bajo vigilancia constante.
Marcus exhala un suspiro cargado de exasperación.
—Ni siquiera vas a notar que están ahí, Nicole.
Cruzo los brazos sobre el torso, fortificando mi postura.
—No, Marcus. Mi respuesta es no.
Su mandíbula se afila y se lleva los dedos al puente de la nariz, visiblemente al límite.
—Es una orden, Nicole —gruñe en un tono bajo, implacable—. Haz lo que te digo, por Dios.
Aprieto los puños y vuelvo a levantar la barbilla, desafiándolo con los ojos abiertos.
—Tú no eres mi dueño, Marcus. No tienes derecho a decidir por mi vida.
La chispa en su mirada se vuelve peligrosa. Da un paso al frente, obligándome a retroceder hasta que la madera de la puerta me frena la espalda, acorralándome con su sola presencia.
—Me importa poco si crees que puedes manejar esto sola —su voz es un hilo denso, cargado de una amenaza sorda—. Esto no es un juego de oficina. Ese hombre no es un delincuente común. Si te quiere fuera del tablero, lo volverá a intentar.
Trago saliva con dificultad, obligándome a no bajar la vista.
—Entonces explícame —exijo—. ¿Qué tiene que ver Jérôme con todo esto? ¿Por qué quiere hacernos daño?
Marcus presiona la lengua contra el interior de su mejilla, evaluando hasta dónde puede soltar la cuerda. Finalmente, su aire se desinfla en un suspiro reacio y se aparta lo justo para devolverme el oxígeno.
—Aún no tengo todas las respuestas.
El estómago se me encoge.
—¿Tiene relación con mi padre?
Su silencio absoluto pesa más que cualquier afirmación. Siento un nudo helado formarse en las costillas. Toda mi vida, mi madre ha esquivado ese nombre con un pánico disimulado; ahora empiezo a comprender que el miedo de ella tenía cimientos reales.
—Necesito saberlo, Marcus.
Él asiente con la mandíbula tensa.
—Las tendrás. Pero, hasta entonces, te quedas bajo mi techo.
—No he aceptado eso.
Sus ojos se oscurecen de nuevo y vuelve a invadir mi espacio, irradiando una autoridad inapelable.
—No te estoy consultando, Nicole. Es una decisión tomada.
La irritación compite en mi interior con una corriente subterránea que me aterra admitir. Marcus posee esa facultad irritante de imponer su voluntad, pero esta vez, bajo el control férreo, se adivina algo más crudo: aprensión. Quizás incluso miedo.
Exhalo el aire con frustración, sabiendo de antemano que esta batalla la tengo perdida.
—De acuerdo —cedo a regañadientes—. Pero solo hasta que esto se aclare.
Marcus me estudia un segundo más antes de que el fantasma de una sonrisa de satisfacción curve sus labios.
—Sabía que terminarías entrando en razón.
Pongo los ojos en blanco, cruzando de nuevo los brazos.
—No abuses de tu suerte, Wreen.
Se pone de pie con parsimonia, acortando la distancia con los ojos brillantes de triunfo. Se inclina ligeramente, rozando con los labios el lóbulo de mi oreja al susurrar:
—No tendría gracia si no la pusiera a prueba, Keller.
Se aleja con esa arrogancia natural que lo define, dejándome unos minutos para recomponer la compostura antes de recoger mi abrigo. Aunque intento convencerme de que es una locura, sé que voy a seguir sus pasos.
En la recepción me encuentro con Silvia, quien se precipita a rodearme con los brazos en cuanto me ve.
—Qué alivio tan grande que estés bien —murmura contra mi hombro.
—Vamos a tomar un café a la vuelta —le propongo, tirando suavemente de su brazo.
Silvia echa una mirada recelosa hacia el ascensor por donde Marcus acaba de desaparecer, consciente de su desaprobación.
—Tranquila, no le importará —miento con desparpajo, arrastrándola conmigo—. Marcus, ¿te molesta si Silvia me acompaña unos minutos en la cafetería? —le pregunto al pasar junto a él.
Él frunce los labios con escepticismo, pero termina asintiendo con un gesto seco.
El aire de la calle me golpea el rostro, aunque la piedra pesada en el pecho sigue intacta.
Nos instalamos en una mesa junto al cristal y Silvia pide dos capuchinos sin consultar; me conoce de memoria.
Le resumo los hechos a media voz, omitiendo los detalles más oscuros, intentando procesar la extraña deriva que ha tomado mi vida y esta especie de tregua forzada con mi jefe.
—Es de no creerse —comenta ella, boquiabierta.
Asiento. Yo tampoco salgo de mi asombro.
—¿Y Sinclair ? —pregunta bajando el tono.
—En el limbo. No sé nada de ella.
—¿Y el misterioso desconocido de la discoteca?
—Otro capítulo pendiente en este desastre.
—Definitivamente necesitamos un fin de semana de locos para desconectar —concluye dando un sorbo a su taza.
—Ojalá pudiera —suspiro con una sonrisa cansada.
Cuando regreso a casa, la sensación de estar siendo observada me agobia en cada tramo del pasillo.
Respiro un poco más tranquila cuando el coche de Marcus se detiene frente a la acera.
He optado por un atuendo intencionalmente neutro: unos leggings negros y una sudadera ancha.
No quiero darle pie a ninguna clase de comentario sobre mi físico ni fingir que me importa impresionarlo.
Marcus está apoyado contra la puerta de su Audi, impecable a pesar de las horas, con la camisa blanca de mangas arremangadas y pantalones oscuros.
—Puntual —comenta con una sonrisa leve mientras abre la puerta para que suba.
—No es como si tuviera alternativas, ¿cierto? —respondo con ácido sarcasmo antes de deslizarme en el asiento del copiloto.
Él suelta una risa corta, da la vuelta y arranca. El trayecto transcurre bajo una música instrumental muy baja. Me siento extraña, desplazada de mi propia rutina, compartiendo un silencio que ya no es puramente profesional.
Al llegar al Luxury Hotel, aparca en la zona privada y me guía con una llave de seguridad hasta el ascensor.
—Adelante —dice, cediéndome el paso en la entrada de la suite.
El espacio sigue impecable, con ese aroma neutro y caro que lo caracteriza.
—Ya conoces la habitación del fondo —indica señalando el pasillo—. Si necesitas algo, sabes dónde estoy.
—No necesito nada tuyo —replico de inmediato, cruzando la sala sin mirarlo.
—Por supuesto que no —responde con un deje de burla.
Me encierro en la habitación, respiro hondo y me dejo caer sobre el colchón. ¿En qué momento perdí el control de mi propia existencia? Sé que el peligro del Colmillo Dorado es real, pero ceder ante su protección implica entregarle demasiado terreno a un hombre que ya domina mis pensamientos.
Al cabo de un rato, el aburrimiento y la claustrofobia empiezan a ganarme la partida.
Reviso el teléfono y veo la notificación de una película que llevaba semanas esperando ver.
Decidida a negociar un respiro, salgo al pasillo, pero me detengo en seco al escuchar el murmullo de la ducha y, filtrándose apenas, una melodía conocida.
Esa canción otra vez.
Avanzo despacio hacia la sala y me quedo paralizada al verlo salir del baño. Lleva únicamente una toalla baja a la cadera, con las gotas de agua trazando surcos brillantes sobre su torso esculpido.
—Como sigas mirándome así, no voy a responder de mí mismo —avisa con la voz ronca y los ojos fijos en los míos.
Aparto la vista de golpe, sintiendo el calor subirme hasta la raíz del pelo. La rabia se mezcla con una pulsión turbia: quiero apartarlo, pero al mismo tiempo anhelo que me toque. Y eso me debilita.
Minutos después, ya vestido con ropa cómoda, lo intercepto antes de que vuelva a encerrarse en su despacho.
—Quiero ir al cine —suelto sin preámbulos.
Marcus se detiene apoyándose contra la encimera, adoptando esa pose neutra y racional que usa cuando intenta convencerse a sí mismo de que tiene el control de la situación.
—Ni hablar. No es una buena opción.
Frunzo el ceño con fastidio.
—¿Qué temes? ¿Que Jérôme aparezca con una metralleta entre las palomitas?
Él no sonríe; al contrario, su expresión se endurece.
—Hablo en serio, Nicole. No estoy bromeando.
Me acerco con paso deliberado, invadiendo su territorio hasta obligarlo a mirarme de cerca. El calor entre ambos se densifica.
—Llevo días atrapada entre hospitales, interrogatorios, humo y miedo —susurro, bajando la guardia deliberadamente—. Solo necesito un par de horas de normalidad. Prometo portarme bien.
Sus ojos verdes recorren mis facciones con una lentitud desesperante, sopesando los riesgos de ceder ante una petición tan absurda.
—Esa promesa no me inspira la menor confianza.
Suelto un atisbo de amabilidad.
—Por favor.
Hay una línea muy delgada entre la precaución y el deseo en la forma en que vuelve a examinarme. Finalmente, exhala un suspiro de derrota.
—Solo porque sigues pálida.
—Claro —replico, ocultando el triunfo.
Cuando intento retroceder, su mano atrapa la mía con suavidad, deteniendo el movimiento. Bajo la vista hacia nuestros dedos entrelazados; por primera vez en días, el aire entre los dos deja de quemar y se vuelve extrañamente íntimo.
La sala de cine está prácticamente desierta a estas horas.
Marcus elige las últimas bancas del fondo, asegurándose una perspectiva despejada de las salidas, incapaz de apagar del todo su instinto de protección.
Pongo los ojos en blanco, pero cuando las luces se apagan y la película arranca, una laxitud extraña me recorre los músculos.
Mantiene el brazo apoyado en el respaldo de mi asiento durante toda la función.
No hay un contacto físico explícito, pero su proximidad es un imán constante.
En un momento de descuido, inclinando la cabeza para robar palomitas del recipiente que sostiene en las piernas, termino apoyando el rostro contra su hombro.
Marcus se tensa por completo durante un segundo. Temo haber roto una regla invisible, pero en lugar de apartarme, inclina ligeramente su cabeza, rozando con suavidad mi cabello. Y ese simple detalle me desarma por completo.
El reloj digital marca las tres de la mañana. Doy vueltas en la cama por enésima vez, incapaz de conciliar el sueño. La suite entera parece impregnada de su presencia; su colonia se adhiere a las sábanas, al aire, a los rincones.
Un crujido leve en el exterior de la habitación corta el silencio.
Me incorporo de golpe, conteniendo la respiración. El sonido se repite, proviniendo claramente de la sala principal. ¿Sigue despierto?
Me deslizo fuera de la cama en silencio, empujando la puerta de la alcoba unos centímetros. Las luces están apagadas, pero un resplandor ámbar ilumina el salón.
Camino descalza sobre la alfombra. Ahí está.
Marcus ocupa el sofá con una copa de vino en la mano, vistiendo únicamente unos pantalones de pijama oscuros.
El torso descubierto refleja la luz tenue de la ciudad, y el cabello revuelto delata que el insomnio también ha hecho estragos en él.
Sus ojos verdes se alzan de inmediato, encontrándose con los míos en la penumbra.
—Sabía que tardarías en caer rendida —murmura con la voz tomada por el cansancio.
—No puedo dormir —admito, sintiéndome expuesta en el umbral.
Él deja la copa sobre la mesita auxiliar y se inclina hacia adelante, apoyando los codos en los muslos con una atención magnética.
—Yo tampoco. Ven aquí, Nicole.
Dudo una fracción de segundo. Sé perfectamente que cruzar esa distancia significa renunciar a la última línea de defensa que me queda. Pero mi voluntad se deshace en cuanto me mira de esa manera.
Avanzo despacio y me detengo frente a él. Marcus alza la barbilla, recorriendo cada centímetro de mi cuerpo con una lentitud devastadora.
—Debería decirte que esto es una pésima idea —susurro, aunque mi voz suena hueca.
Una sonrisa torcida cruza su rostro.
—Demuéstramelo. Dime que no lo deseas tanto como yo.
Intento replicar, pero las palabras mueren en mi garganta porque mentirle a estas alturas es insostenible. La tensión acumulada durante días explota en un segundo.
—Siéntate —ordena en un tono bajo, imperativo, apartando las piernas para ofrecerme su regazo.
Trago saliva y obedezco, montando sobre sus muslos con el pulso desbocado.
Sus manos grandes y firmes se posan en mi cintura, recorriendo la tela de mi ropa con una lentitud tortuosa que me enciende la piel.
Con gestos deliberados, desabrocha los primeros botones de mi camisa hasta deshacerse de ella, dejándome a su merced.
Su boca desciende hacia mi cuello, trazando un camino húmedo y caliente que me arranca un suspiro tembloroso.
—Aquí es exactamente donde debes estar —murmura contra mi piel, su aliento quemándome el lóbulo de la oreja.
Mis manos se aferran a sus hombros buscando un ancla mientras su boca busca la mía, primero con una paciencia calculadora que me roba el aliento, y enseguida con una intensidad hambrienta que borra cualquier pensamiento racional.
Cada roce está diseñado para recordarme quién lleva las riendas, y la verdad es que ya no me importa ceder el control.
Cuando sus manos descienden con firmeza y su cuerpo se alinea con el mío en un acoplamiento perfecto, el mundo exterior desaparece por completo.
No hay llamadas amenazantes, ni fantasmas del pasado, ni pasillos oscuros; solo la fricción de nuestra piel, el calor sofocante de la habitación y el ritmo acompasado de dos respiraciones que han dejado de ser independientes.
Al final, cuando el temblor cede y quedamos fundidos en el silencio, Marcus apoya su frente contra la mía, con el pecho todavía agitado. Sus dedos trazan un círculo perezoso en mi espalda, suavizando la aspereza de sus exigencias anteriores.
—Eres lo único que necesito —murmura casi en secreto, con una devoción que desarma mis últimas murallas.
Cierro los ojos, hundiéndome en su calor, dispuesta a rendirme a la corriente por esta noche.