Behind Desire CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El vacío se cierra sobre mí y el aire vuelve a escasear en mis pulmones. La oscuridad intenta atraparme con garras de plomo, reviviendo el terror de la víspera.

Despierto sobresaltada.

Por un instante, las paredes me son ajenas hasta que distingo la sobriedad elegante de la suite presidencial del hotel de Marcus.

Me incorporo con el cuerpo pesado, arrastrando el cansancio en cada articulación.

Recorro las habitaciones en silencio: no hay rastro de él.

El reloj de la pared marca la una de la tarde.

Sobre la encimera de la cocina, al lado de un plato con fruta fresca que alguien cortó horas atrás, descansa una nota escrita con su letra firme:

Nicole, te prohíbo salir. Come, duerme y recupérate.

Leo la línea un par de veces, sintiendo el peso de su autoridad incluso en un trozo de papel. Pero Marcus no es dueño de mis decisiones. Me visto con unos pantalones caqui, una blusa suelta y zapatillas, decidida a retomar el control de mi vida y refugiarme en la rutina de la oficina.

Al entrar en el edificio corporativo, noto que algunas personas desvían la mirada al verme cruzar el vestíbulo.

Murmullos apagados vuelan a mi espalda; tras el escándalo del restaurante, las especulaciones flotan en el ambiente como gas invisible.

Mantengo la barbilla en alto mientras el ascensor asciende al piso administrativo, aunque por dentro me siento de un cristal alarmantemente frágil.

El ala ejecutiva está extrañamente silenciosa.

Silvia no ocupa su puesto en la recepción.

Al llegar frente al despacho de Marcus, mis dedos dudan un instante sobre el picaporte.

No debería estar aquí. Debería estar guardando reposo en el hotel tal como lo ordenó.

Pero la quietud de la suite me estaba asfigiando.

Empujo la puerta y entro.

Su mirada verde choca contra la mía de inmediato, afilada como un proyectil. Se toma unos segundos para evaluarme de arriba a abajo antes de ponerse de pie. Sus movimientos son pausados, casi lánguidos, pero la tensión eléctrica que emana de su figura resulta inconfundible.

—¿Qué haces aquí? —pregunta con un gruñido sordo, cerrando la puerta tras de mí con un movimiento seco.

—Vine a trabajar —contesto, obligando a mi voz a mantenerse firme.

Avanza hacia mí con paso medido. La presencia imponente que lo caracteriza me arrincona sin tocarme. Cuando se detiene lo suficientemente cerca, su aroma me envuelve por completo: limpio, masculino, con notas amaderadas y especiadas que despiertan una memoria inmediata en mi piel.

Una parte de mí exige que lo confronte, que le eche en cara su ausencia y su manía de desaparecer cuando el mundo se derrumbaba a mi alrededor.

Pero la otra parte —la más débil y vulnerable— solo experimenta un alivio sordo al verlo de pie, vivo, invadiendo mi espacio con la certeza de que puede protegerme de todo lo demás.

—Inclínate sobre el escritorio —ordena con una calma tan peligrosa que me eriza la piel.

El aire se condensa entre nosotros. Me niego a moverme de inmediato, sosteniéndole la mirada con un desafío tardío, aunque sé perfectamente cómo va a terminar este pulso. Marcus me observa con una paciencia arrogante, convencido de mi rendición.

Y lo peor es que tiene razón.

El calor me sube por el cuello mientras dejo el bolso sobre una silla cercana. Mi orgullo suplica resistencia, pero mis terminaciones nerviosas ya están respondiendo al mandato implícito en su voz.

—¿Qué? —murmuro, a pesar de haberlo escuchado con perfecta claridad.

Reduce la distancia. La diferencia de altura se vuelve asfixiante.

Sus ojos recorren mi rostro con una lentitud calculada, disfrutando de mi debate interno.

Se inclina hasta que sus labios rozan el contorno de mi boca, sin llegar a tocarme del todo.

Ese espacio mínimo entre nosotros es un castigo premeditado, una forma de llevarme al límite antes de concederme lo que anhelo.

—Haz lo que digo —repite, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero.

Un escalofrío me recorre la columna. Con el pulso desbocado, me giro despacio y apoyo las palmas contra la fría superficie de madera del escritorio. Siento su presencia pegada a mi espalda, pesada y dominante.

—No te muevas —dicta.

Su mano se desliza con lentitud por la tela de mis pantalones, bajándolos con una parsimonia que me enciende por dentro. Quedo en lencería, expuesta bajo la luz neutra de la oficina.

—Mírate —indica.

Giro levemente el rostro para encontrar nuestros reflejos en el cristal del ventanal.

Su expresión es la de un estratega que contempla un territorio conquistado.

Una de sus manos sujeta mi cintura con firmeza, mientras la otra acaricia la curva de mi cadera antes de descender con un golpe seco, preciso, que me arranca un jadeo involuntario.

—Harás lo que te ordene —sentencia con un tono más oscuro.

El impacto resuena en mi piel y desata una ola de calor insoportable.

—¿Por qué necesitas controlarlo todo? —pregunto, con la voz quebrada por la tensión.

Marcus sonríe contra mi cuello, un gesto lento y felino.

—Porque quiero someterte. Y sé que lo deseas tanto como yo.

No hay mentira en sus palabras. Su mano asciende por mi columna, recorriendo cada vértebra hasta enredarse suavemente en la base de mi cabello. Su aliento quema en mi oído:

—Y vas a obedecer.

Rompe cualquier distancia previa y se adentra en mí con un solo empuje certero, firme.

Un grito ahogado escapa de mis labios, pero no me concede tregua.

Su mano en mi nuca me mantiene fija contra el escritorio mientras las embestidas marcan un ritmo implacable, una demostración absoluta de poder que borra cualquier rastro de pensamiento racional.

Sin embargo, en medio de esa dominación cruda, hay una urgencia sutil, una necesidad imperiosa de fundirse conmigo que contradice su frialdad habitual.

Me sostiene de las caderas, absorbiendo mis suspiros, mezclando su respiración con la mía hasta que el mundo entero se reduce al sonido de nuestros cuerpos chocando en la penumbra de la oficina.

Cuando finalmente se detiene, el pecho me sube y baja con violencia. Me aparta con una calma irritante, acomodándose la ropa como si no acabara de desestabilizar por completo mi universo.

—No puedes andar por ahí de esta manera —dice con una media sonrisa insolente—. Serías una distracción intolerable para el resto de la planta.

Intento enderezarme, pero las piernas me tiemblan. Me guía con firmeza hasta el sillón de cuero frente al escritorio y me obliga a tomar asiento. Se encierra en su espacio vital, apoyando las manos en los reposabrazos.

—Quédate aquí hasta que termine con esto —ordena, dando por sentado que no pienso rechazarlo.

Lo observo regresar a su puesto detrás del escritorio.

En cuestión de segundos, el hombre que me devoraba hace un momento se transforma de nuevo en el ejecutivo impecable, frío e imperturbable que dirige un imperio financiero sin alterar el pulso.

Esa dualidad —el abismo entre su faceta pública y la intensidad desatada que guarda para mí— es un peligro constante.

Trago saliva, intentando recomponer la compostura y alisar mi ropa.

Sé que debería ponerme a la defensiva, marcar distancias, recordarme a mí misma que no puedo permitirle manejar mis emociones a su antojo.

Pero mientras lo veo trabajar con esa elegancia distante, comprendo con amargura que ya es tarde: he cedido demasiado terreno, y retroceder ya no es una opción.