CAPÍTULO 24
El alta médica llega a primera hora de la mañana, en medio de un trasiego constante de enfermeros y zumbidos mecánicos que parecen medir la prisa del mundo exterior.
Lo único que deseo es marcharme de ese sitio.
Cada músculo me duele; los moretones laten bajo la ropa como un recordatorio imposible de eludir, y la falta de sueño ha vuelto mis pensamientos densos, brumosos.
La adrenalina que me sostuvo en vilo durante horas se ha evaporado, dejando un agotamiento visceral y una persistente sensación de peligro bajo la piel.
Susan me espera junto al coche. Apenas me ve cruzar las puertas del hospital, se apresura a sostenerme del brazo.
—¿En qué estabas pensando, Nicole? —reprende con la voz quebrada por la angustia mientras me ayuda a acomodarme en el asiento.
No respondo. Desvío la mirada hacia la ventanilla, incapaz de articular palabra.
No quiero pensar en Marcus, ni en Stan, ni en la sangre de Pamela, ni en lo cerca que estuvimos de desaparecer en ese sótano.
Pero las imágenes regresan, tercas y dolorosas, como fragmentos de cristales rotos dentro del pecho.
El trayecto transcurre en un silencio pesado, interrumpido únicamente por las furtivas miradas de reojo que Susan me lanza de camino a casa.
Apenas cruzamos la puerta, me dejo caer en el sofá. El dolor se expande despacio, drenando lo poco que me queda de energía. Cierro los ojos un segundo, buscando tregua, pero el vibrar seco del teléfono sobre la mesa de centro rompe la quietud como un latigazo.
El corazón se me detiene un instante.
Tomo el aparato con los dedos temblorosos y leo la pantalla. Un número desconocido. Una sola línea:
Esto aún no ha terminado.
El aire se niega a entrar en mis pulmones. Me pongo de pie con tanta brusquedad que el mareo me tambalea, y corro a asegurar la puerta principal, luego los pestillos de las ventanas, comprobando cada cierre dos veces como si el metal pudiera protegerme de verdad. Mis manos no dejan de temblor.
Susan aparece en la cocina, alarmada por el ruido.
—¿Qué ocurre, Nicole? —pregunta con los ojos abiertos de par en par.
—Solo... necesito tiempo para procesar todo esto —respondo, obligándome a respirar con lentitud.
No parece convencida, pero opta por calentar agua para prepararme una infusión mientras yo regreso al sofá, luchando contra el temblor incontrolable de mis piernas.
La mente me tortura analizando cada detalle.
¿Qué pretende Jérôme? ¿Por qué desatar esta venganza enferma después de tantos años?
Y lo peor, lo verdaderamente insoportable: sigue libre.
La memoria me arrastra de nuevo a esa habitación. Jérôme observándome como a una pieza de caza; los golpes secos de Mike; Pamela intentando respirar contra el suelo.
El oxígeno vuelve a escasearme. El pecho se contrae con tanta fuerza que caigo de rodillas sobre la madera, boqueando en busca de aire. La taza de té se estrella contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos justo cuando Susan corre a sujetarme por los hombros.
—¡Nicole! ¡Mírame, respira conmigo! —exige con desesperación, abanicando el aire frente a mi rostro hasta que una tos seca y dolorosa me arranca del borde del pánico.
—¿Estás segura de que puedes quedarte sola? Puedo faltar al trabajo unos días... —insiste, con la preocupación reflejada en cada línea de su rostro.
Niego con la cabeza, débilmente.
—No, madrina. Estaré bien.
Es una mentira evidente para ambas.
Cuando finalmente se marcha, espero a que el ruido de su auto se disipe en la calle antes de arrastrarme hacia el baño. Necesito que el agua caliente lave el rastro físico y mental de esa pesadilla.
Pero ni siquiera el vapor logra purgar la sensación de suciedad que llevo adherida.
El agua resbala por mi piel mientras cierro los ojos con fuerza, intentando borrar el olor a humo, el tacto de las cuerdas y la voz de Jérôme nombrándome.
Salgo igual de rota. Me pongo una sudadera ancha, unos shorts y me acuesto en la cama, abrazando mis propias rodillas en busca de un refugio que no existe.
Horas después, unos golpes discretos en la puerta principal me congelan la sangre.
Contengo la respiración, avanzando con pasos lentos y pesados hasta el recibidor.
—¿Quién es? —pregunto, con la voz apenas audible.
—Nicole. Soy yo.
Marcus.
El alivio choca contra el resentimiento de inmediato, abriendo una brecha violenta en mi interior. Al abrir la puerta, lo veo ahí: la camisa arrugada, el rostro marcado por sombras profundas bajo los ojos y una expresión de agotamiento que delata que tampoco ha descansado.
—¿Qué haces aquí? —pregunto con una frialdad forzada.
Y, sin embargo, odiándome por ello, lo único que deseo es que me tome entre sus brazos.
No estuvo conmigo en la ambulancia; no se quedó en el hospital; no sostuvo mi mano cuando el suelo se desmoronaba bajo mis pies.
Pero, incluso después de todo eso, sigue siendo el único reducto de seguridad que conozco.
No quiero que note cuán vulnerable me deja sus presencia. No pienso darle ese poder.
Marcus me observa con una intensidad aplastante antes de romper el silencio.
—Solo necesitaba comprobar que estabas a salvo.
Quiero responder con ironía, recordarle su ausencia. En su lugar, un susurro se escapa de mis labios y le permito pasar.
Cierra la puerta tras de sí y se detiene en medio de la sala, mirándome con una mezcla de culpa y urgencia contenida.
—¿Cómo está Pamela? —pregunto, buscando una distracción desesperada.
—Estable. Me aseguré de que tuviera la mejor atención médica —responde, acercándose despacio. El aroma familiar de su colonia me envuelve, y sus ojos me atrapan con una franqueza que desarma cualquier defensa.
Da un paso más y, con una suavidad imprevista, me toma del mentón, obligándome a sostenerle la mirada.
—No vuelvas a exponerte de esta manera, Nicole —murmura con la mandíbula tensa—. Pudo haber terminado en tragedia.
Su toque quema.
—No fue una decisión consciente —replico en un susurro.
—Lo sé —admite, mientras su pulgar traza un roce mínimo sobre mi mejilla. Un roce imperceptible, pero capaz de estropearme los cimientos.
La distancia entre nosotros se vuelve insostenible. Si se acerca un poco más, si cede al impulso de besarme, voy a perdonar su desplante de anoche. Y por puro instinto de supervivencia, retrocedo un paso.
—Estoy agotada, Marcus. Necesito descansar.
Sus ojos se ensombrecen por una fracción de segundo, pero asiente sin discutir.
—De acuerdo.
Se da la vuelta y camina hacia la salida. Al llegar al umbral, se detiene con la mano en el pomo, dudando.
—Nicole... —empieza a decir.
Pero antes de que termine la frase, la vista se me nubla. Una debilidad repentina me arrastra hacia el suelo.
—¿Qué pasa? —pregunta, girándose al notar mi tambaleo.
Intento aferrarme al marco de la puerta, pero mis sentidos se apagan de golpe. Alcanzo a sentir sus brazos firmes rodeando mi cintura antes de perder la consciencia por completo.
En la nebulosa de mi mente, la pesadilla se repite: las cuerdas, el dolor sordo, la imposibilidad de gritar. Me remuevo entre sábanas invisibles hasta que abro los ojos con un sobresalto.
Una luz blanca me ciega brevemente. A los pies del sofá donde Marcus me ha acomodado, un médico con maletín guarda su estetoscopio.
—Se debe a una combinación de estrés postraumático y fatiga extrema. Es una reacción previsible tras el nivel de trauma que ha sufrido —explica el doctor dirigiéndose al hombre de pie en la penumbra.
—¿Estará bien?
—Sí, siempre y cuando guarde reposo absoluto y logre dormir sin interrupciones.
Cuando el médico se marcha, me incorporo despacio, llevándome una mano a la sien para contener un dolor punzante.
—¿Qué ha pasado? —pregunto con voz ronca.
—Te desmayaste —responde Marcus, con un tono que oscila entre el enojo y la contención—. No vas a quedarte sola en este departamento.
—Esta es mi casa. No hay lugar más seguro —replico frunciendo el ceño, a la defensiva—. ¿A dónde más pretendes que vaya?
Se dirige a la cocina y regresa con un vaso de agua fresca, ignorando mi protesta.
—No hay opción a debate. Harás lo que te digo. ¿Nos vamos a mi loft?
—Ni lo pienses —niego de inmediato.
Suspira, resignado, y me ayuda a levantarme. Mi cuerpo sigue pesando como el plomo, así que no me queda más remedio que apoyarme en su hombro.
—Entonces iremos a un hotel.
—Con habitaciones separadas —exijo al instante.
—Lo veremos —zanja con sequedad.
Nos dirigimos al Luxury Hotel. Al cruzar el vestíbulo, los recuerdos de nuestra última estancia allí me golpean con nitidez. Subimos en silencio hasta la suite presidencial, un espacio amplio de tonos sobrios que refleja su misma personalidad.
Me deja sentada con extremo cuidado al borde de la cama.
El cuerpo me pesa por el esfuerzo acumulado y la tensión de las últimas horas.
Sin decir una sola palabra, Marcus comienza a desabrochar los botones de mi ropa con una delicadeza desconcertante, despojándome de las prendas rígidas hasta dejarme al desnudo.
Me toma en brazos, llevándome al baño donde una bañera de mármol ya ha sido llenada con agua caliente y esencias aromáticas. El contraste del calor contra mi piel magullada es un alivio instantáneo que me hace suspirar.
—Tengo unas ganas locas de hacerte mía —murmura con la voz ronca, arrodillado junto al borde, mientras vierte unas sales en el agua—. Pero te juro que no voy a tocarte.
Su palabras golpean directo en su centro, agitando una marea sorda en el estómago. Me dejo cuidar. No tengo fuerzas para oponer resistencia.
Toma una esponja nueva y desliza la espuma por mi piel con una minuciosidad casi reverente, como si buscara lavar no solo el cansancio, sino el rastro de aquel sótano maldito.
Sé que muerde las ganas de reclamarme mi imprudencia, de sermonearme por haberme metido en la boca del lobo arrastrando a Pamela. Pero se contiene.
—Abre las piernas —ordena en un tono bajo, con la vista fija en su tarea.
Un escalofrío me recorre, pero obedezco en silencio. Me lava con el mismo cuidado reverente, y luego, con la misma parsimonia, me ayuda a salir del agua. Envuelve mi cuerpo en una toalla mullida para secar las gotas y el cabello con gestos lentos.
—Voy por una bata —susurra.
Regresa segundos después con una prenda blanca que reconozco al instante por las iniciales discretamente bordadas en la solapa. Me viste con naturalidad, como si formara parte de un ritual antiguo entre nosotros, y me lleva de vuelta a la habitación para recostarme sobre las sábanas limpias.
—Dime qué quieres comer —pide, sentado al borde del colchón.
Niego con la cabeza y el sueño me vence de inmediato, arrastrándome a un pozo oscuro donde las voces y las alarmas vuelven a sonar a lo lejos.
Despierto horas después con la respiración entrecortada. Con los ojos abiertos de par en par, busco a Marcus en la oscuridad. Al no encontrarlo, me levanto sigilosa y salgo al pasillo.
Lo veo de pie frente al ventanal de la sala, con una copa de vino en la mano y la silueta recortada contra las luces distantes de la ciudad. Las ojeras oscuras bajo sus ojos confirman que lleva días sin dormir de verdad.
—¿Por qué no estás en la cama? —su voz interrumpe el silencio, cortante, sin llegar a girarse.
—Podría preguntarte lo mismo —respondo, acercándome un paso.
—Yo... —se detiene.
Impulsada por una urgencia que no alcanzo a racionalizar, me acerco y lo beso.
Es un acto abrupto que lo toma por completo desprevenido, un choque de labios donde intento verter todo lo que llevamos semanas conteniendo: el miedo, la rabia, la desesperación y esta necesidad absurdamente terca de aferrarnos el uno al otro.
Marcus me corresponde de inmediato, con una intensidad hambrienta que me quita el aliento.
Cuando finalmente nos separamos, con el pulso desbocado, retrocedo apresuradamente y regreso a la habitación sin decir una sola palabra.
Cierro los ojos en la oscuridad de la alcoba.
Y esta vez, por primera vez en días, el eco de la amenaza exterior se desvanece, dejando que sea su recuerdo el único que ocupe mis pensamientos.