CAPÍTULO 23
Durante unos segundos no sé dónde estoy. Todo aparece fragmentado en mi cabeza: las luces del restaurante, Pamela riendo cerca de la pista, el sabor dulce de la bebida y después… oscuridad. Intento aferrarme a algo coherente, pero mis pensamientos se dispersan como humo.
Despierto con un olor penetrante a alcohol quemándome la nariz.
Todo da vueltas a mi alrededor mientras intento enfocar la vista.
Un ardor en la garganta me obliga a toser, y una mueca se dibuja en mi rostro al sentir la sequedad extrema en la boca.
Voces lejanas resuenan a mi distancia, un murmullo sordo de hombres que discuten en voz baja.
Intento moverme, pero las extremidades me pesan como si estuvieran hechas de plomo.
La luz artificial se enciende de golpe, una bofetada blanca que me obliga a entrecerrar los ojos.
—Ya despertó —anuncia una voz ronca desde la penumbra.
La iluminación es escasa, suficiente apenas para delinear tres siluetas vestidas de negro.
Un hombre de piel morena permanece de brazos cruzados junto a la pared; Jérôme ocupa el centro, observándome con una calma de depredador; y a su lado, un sujeto rubio de piel enfermiza e inmóvil completa la escena.
El miedo me cala el pecho y, al intentar incorporarme, descubro la brutal realidad: mis muñecas están sujetas a los reposabrazos y los tobillos amarrados con fuerza a las patas de la silla. Un temblor fino empieza a recorrer mi cuerpo.
Respiro hondo, obligando a la mente a despejarse. Tengo el celular escondido en el escote. Si logro liberar las manos, tal vez pueda pedir auxilio. Pero la sombra de Pamela me golpea de inmediato: ¿dónde está ella?
—Veo que ya conoces a mi hijo —dice Jérôme con voz densa, disfrutando cada sílaba.
Señala con la barbilla hacia una zona oscura detrás de mí. Mis latidos se disparan. Una figura se desliza despacio hacia el cono de luz, y cuando sus facciones se revelan, el aire se me congela en los pulmones.
Es el barman. El mismo que me tendió la trampa.
—¿Qué demonios me diste? —escupo, con la rabia ardiéndome en la garganta.
Jérôme aplaude con suavidad, un gesto teatral y decadente.
—Una dosis precisa de escopolamina. Es fascinante lo que se puede lograr cuando se conoce la química de las plantas. Pierdes la voluntad, el control, y terminas exactamente donde necesito.
—Un truco patético —replico con desprecio.
—Oh, Nicole, no te subestimes. Te necesitaba débil; tú eres de las que siempre luchan —responde, casi con admiración. Su hijo sonríe con arrogancia.
Jérôme se acerca un paso, estudiándome con una atención enfermiza.
—Te pareces demasiado a ella. Los mismos ojos. Esa terca manía de desafiar incluso cuando estás petrificada de miedo.
Un escalofrío me recorre la espina dorsal.
—No pronuncies su nombre.
—Ashley siempre creyó que podía burlar las consecuencias de sus actos —continúa, ignorándome—. Pero las deudas de sangre siempre se pagan.
—Estás enfermo.
—Lo sé, querida —sonríe con una mueca torcida—. Pero no estoy aquí para disculparme.
Se gira hacia los demás y les hace una seña para que salgan. Antes de cruzar el umbral, le pregunto por instinto, desesperada por ganar tiempo:
—¿Dónde está mi amiga?
—Sentada al otro lado de este tabique —responde sin mirarme.
Nadie sabe dónde estamos. La certeza pesa como una losa.
—De esta habitación no saldrán con vida si mi teoría resulta cierta —añade antes de perderse en el pasillo, cerrando la puerta tras de sí.
El sabor metálico del odio inunda mi boca. Pamela corre su misma suerte, y la idea me paraliza. Tengo que alcanzar el teléfono antes de que regresen.
Pocos minutos después, Mike —el hombre de piel morena— entra cargando una bandeja con instrumental médico. Lo primero que empuña es una jeringa.
—Mantén el brazo quieto y no dolerá —dice con fingida calma.
Trato de retroceder, pero las cuerdas me anclan al respaldo. Siento el pinchazo frío, seguido de un ardor sordo.
—Solo una muestra de rutina —susurra, extrayendo sangre con parsimonia antes de retirarse con una sonrisa torcida y dejar la puerta cerrada con pestillo.
En cuanto el eco de sus pasos se desvanece, susurro en la oscuridad:
—¿Pam? ¿Estás bien?
—Sí... pero me duele la cabeza —contesta su voz, débil y temblorosa.
—¿Puedes mover las manos?
—Creo que sí...
El aire es irrespirable, cargado de un olor rancio a humedad y tabaco. Las ventanas están selladas con barrotes. Oigo a Pamela arrastrarse con sigilo por el suelo hasta quedar a mis espaldas.
—Saca el teléfono de mi escote —le ruego.
La siento tantear con torpeza; sus manos tiemblan tanto que apenas aciertan, pero logra extraer el aparato. Un segundo después, su voz se quiebra en un susurro desesperado:
—¡Maldición! No hay señal. Está bloqueada por las paredes.
La puerta se abre de golpe. Mike reaparece con el rostro descompuesto por la furia. En dos zancadas nos alcanza, toma a Pamela del cuello y la levanta del suelo sin esfuerzo, arrancándole el aire de los pulmones.
—¡Suéltala! —grito con toda la fuerza que me queda.
La arroja al suelo con desprecio. El teléfono rueda por el cemento y Mike lo destroza de un pisotón seco.
Antes de que pueda reaccionar, su puño se estrella contra mi pómulo con una violencia demencial.
El impacto me desequilibra por completo; la silla se desploma hacia un lado, arrastrándome en su caída, y mi cabeza golpea contra el suelo con un seco crujido que me deja zumbidos en los oídos.
Un gemido se ahoga en mi garganta mientras el dolor me estalla en oleadas.
—Espero que no me den más problemas —escupe antes de dar media vuelta y salir azotando la puerta.
El silencio que deja es denso, asfixiante.
—¿Estás bien? —pregunto con la voz rota, saboreando la sangre en mis encías.
—Sí... resiste —murmura ella.
Cierro los ojos, luchando contra las lágrimas y el vértigo.
Mi mente, en un bucle absurdo, viaja hacia mi madre, hacia Susan...
y hacia Marcus. Qué irónico que, al borde del abismo, sea his rostro el que insista en instalarse en mi memoria.
Si voy a morir aquí, detesto que lo último entre nosotros haya sido la distancia.
—Escúchame —la voz de Pamela me saca del trance. Se ha arrastrado hasta una esquina—. Han dejado un tubo de metal cerca del estante.
Sus ojos brillan con una determinación helada.
—Tú grita. Haz que regrese. Cuando abra la puerta y se acerque, lo golpearé, le quitaré las llaves y pediré ayuda.
—Tengo miedo de que te haga daño... —balbuceo.
—He pasado por peores cosas, Nicole. Confía en mí.
Respiro hondo, acumulando el aire necesario.
—¡Mike! —grito con desesperación—. ¡Por favor, auxilio!
La puerta se abre de un portazo. Mike irrumpe con los ojos inyectados en sangre.
—¿Qué otra estupidez se te ocurre, perra? —brama, avanzando hacia nosotras.
Ve la sangre en mi rostro y se detiene frente al armario en busca de un botiquín. En ese instante, Pamela surge de las sombras.
El tubo de metal impacta contra el cráneo de Mike con un sonido macabro. El hombre cae como un tronco, fulminado en el acto, mientras un hilo oscuro empieza a filtrarse sobre el cemento.
—Dios mío... lo mataste —susurro, aterrada.
—No hay tiempo —jadea Pamela, registrando sus bolsillos hasta dar con unas llaves y un teléfono satelital que aún emite señal—. Vamos.
Me desata con manos trémulas. Apenas logro ponerme de pie; mis piernas amenazan con doblarse bajo mi propio peso. Y entonces, un olor acre me golpea las fosas nasales.
Humo.
—Es fuego —susurra Pamela con los ojos abiertos de par en par.
Una densa cortina de humo gris comienza a deslizarse bajo la rendija de la puerta. Afuera, el sonido de gritos distantes se mezcla con detonaciones secas. Tiros.
Unos golpes violentos sacuden la madera desde el exterior hasta que la cerradura explota en astillas.
Entre las volutas de humo y el fulgor parpadeante de las luces rojas de emergencia, una figura cruza el umbral destruido.
Marcus.
Durante una fracción de segundo creo que es una alucinación inducida por los golpes.
Pero no. Su silueta avanza con una determinación aterradora.
Trae una pistola en la mano derecha, empuñándola con una naturalidad pasmosa, moviéndose por el espacio caótico como si cada rincón de ese infierno le perteneciera.
No hay rastro del ejecutivo impecable de la torre corporativa; hay algo primitivo, frío y letal en su postura.
Su mirada barre la habitación hasta detenerse en mí. El control absoluto que siempre lo define se quiebra de golpe, revelando una furia y un terror crudos que jamás le había visto.
Detrás de él entra Stan, que corre de inmediato hacia Pamela para ponerla a salvo.
Marcus da dos pasos hacia mí, y de pronto... se detiene. Esa pausa breve me lacera más que los golpes.
Un bombero me toma de los brazos para sacarme del recinto mientras la policía neutraliza a los últimos rezagados. Afuera, la calle es un despliegue ensordecedor de sirenas y luces de ambulancias.
Un paramédico me sienta en la parte trasera de una unidad, ajustando un collarín y colocándome una mascarilla de oxígeno. El dolor en la cabeza es una pulsación constante.
—Los análisis preliminares de sangre descartan cualquier parentesco con Jérôme Royers —anuncia un agente cerca de mí—. Estará bien, aunque sufrirá secuelas leves por el sedante.
Asiento en silencio. Lo sabía. Jérôme no es familia; es solo un peón siniestro ligado al pasado de mi madre y a la sombra de Claude.
A lo lejos, veo a Stan ayudando a Pamela a subir a un coche patrulla, sosteniéndola con una atención impropia de él.
Cuando están a punto de cerrar las puertas de la ambulancia, una mano firme detiene el metal.
—Detective Ferguson —se identifica un hombre con gabardina oscura, mostrando una placa rápida—. Lamento informarle que Jérôme logró huir por el callejón posterior. El Colmillo Dorado sigue libre.
El aire vuelve a faltarme. El responsable de la explosión en Nueva York sigue allá afuera.
Busco con la mirada a Marcus entre el gentío. Está de pie junto a uno de los patrulleros, con los brazos rígidos a los costados y el rostro esculpido en piedra.
Y mientras las puertas de la ambulancia se cierran despacio, sellando mi salida, mi única plegaria silenciosa se aferra a su nombre.