Behind Desire CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El despertador marca las seis en punto, aunque ya estoy despierta. No he dormido bien. La imagen de mi madre enfrentándose a Jérôme en aquel restaurante se intercala en mi mente con la ausencia de Marcus, un vacío que pesa como el plomo.

Me obligo a salir de la cama y sacudirme la inquietud.

No puedo permitirme la distorsión del miedo.

Me arreglo con calma, buscando en la ropa una armadura: una falda lápiz negra, una blusa de seda azul marino y tacones a juego.

Añado un toque de color a mis labios y me miro al espejo.

Mi reflejo es impecable; nada en él delata el desorden que llevo dentro.

Eso es lo único que importa.

Al llegar a la torre corporativa, Silvia me recibe con una cautela evidente.

—Buenos días —saludo, esforzándome por inyectar energía a la voz.

—Buenos días, Nicole —responde, visiblemente incómoda—. ¿Quieres que te traiga café?

—Por favor. Hoy lo voy a necesitar más que nunca.

Mientras se aleja, mi mirada se desvía por inercia hacia la oficina contigua. La puerta de Marcus está cerrada. El aire de la planta se siente distinto sin su presencia; sin esa autoridad implícita que normalmente marca el pulso de la mañana. Hoy solo hay un silencio espeso.

Me encierro en mi despacho a revisar la agenda, pero la concentración es un lujo que no me pertenece. Pamela asoma la cabeza con timidez, llamando con los nudillos en el marco.

—Señorita Keller , ¿reprogramo la cita con Bonard?

Levanto la vista de los informes.

—Sí, pero dejémosla en espera hasta que el señor Wreen regrese.

Pamela asiente con lentitud, aunque sus ojos me estudian con una curiosidad contenida.

No hace falta ser adivina para saber que todos en la planta notan mi distracción.

Sé de sobra que Marcus no está en peligro —es un hombre demasiado metódico como para perder el control sin un plan de respaldo—, pero la incertidumbre me carcome por dentro.

Reviso la pantalla del teléfono por enésima vez. Nada. Ni una sola línea.

Me acerco al ventanal y contemplo la ciudad. Allá abajo todo transcurre con su habitual velocidad ininterrumpida, mientras yo siento que el tiempo se ha detenido. Respiro hondo. Marcus volverá cuando lo considere necesario. Y cuando lo haga, tendré que estar preparada para lo que sea que venga.

Por la tarde, cuando apenas termino de ordenar los expedientes, Pamela vuelve a entrar, esta vez con una carpeta bajo el brazo.

—Vengo por los planos actualizados de Glovo —explica, acercándose al escritorio.

—Hola, Pamela —digo, observándola con más atención. Su semblante está apagado, con una sombra de agotamiento que va más allá del trabajo—. ¿Te encuentras bien? Te noto distante.

Ella suspira, cruzando los brazos con inseguridad.

—La verdad es que no tengo un buen día.

Un destello de empatía me cruza. Quizás un cambio de aire le haga bien a ambas.

—¿Tienes planes para esta noche? —pregunto de pronto.

Frunce los labios, sorprendida por el giro.

—No. ¿Por qué lo preguntas?

—Me llegó una invitación para la inauguración de un restaurante. Si no tienes nada mejor que hacer, ¿te gustaría acompañarme? Así nos despejamos un poco.

Lo medita durante unos segundos, evaluando la propuesta con recelo.

—¿Habrá gente del sector bancario? ¿O directivos de Cincinnati? Ya sabes que prefiero evitar ciertos círculos...

—No lo creo. Es un evento del sector gastronómico, pero habrá un poco de todo —la tranquilizo con una sonrisa leve.

Pamela duda un momento más antes de ceder con un gesto sutil.

—Está bien, te acompaño.

Toma la carpeta y se marcha, dejándome con una extraña punzada en el pecho. ¿Hasta qué punto me he aislado para terminar invitando a mi asistente a un evento social de esta naturaleza?

Por la noche, cambio la ropa formal por algo más a la altura de la ocasión.

Me calzo unos tacones dorados de diez centímetros que brillan bajo la luz tenue de la entrada, y me pongo un vestido de doble tirante entrecruzado con una sutil abertura lateral.

Completo el atuendo con un collar de perlas y aretes de diamantes.

Cuando llego al local, Pamela ya me espera en la acera. Lleva un vestido negro de líneas limpias, con tiras cruzadas al cuello y un corte sofisticado que se ajusta a su silueta con naturalidad. Su cabello recogido en un moño alto resalta unos delicados aretes largos.

—Estás increíble —susurra al verme bajar del taxi.

—Tú tampoco te quedas atrás. Vamos.

Dos guardias de seguridad custodian el acceso. Verifican nuestras invitaciones con una ojeada rápida y nos permiten el paso al interior.

El salón es un despliegue de elegancia: luces cálidas que bañan las paredes, murmullos refinados y el tintineo constante de las copas. Entre los asistentes distingo a varios contratistas habituales de Wreen vine buscando respuestas. Y ahora que he visto a Jérôme, mis peores sospechas han cobrado forma.

Mientras Pamela se deja llevar por la atmósfera de la música, aprovecho el momento de distracción para separarme con sigilo.

Me adentro por los flancos del salón, recorriendo pasillos laterales donde la música llega amortiguada y el ambiente se vuelve más privado. Tras cruzar una zona de servicio con cajas apiladas y personal de catering entrando y saliendo con prisa, llego a un pasillo alfombrado y silencioso.

Al fondo, una puerta de madera de tono marfil se encuentra ligeramente entreabierta.

Me acerco con el paso medido, conteniendo la respiración. Apoyo el oído contra la rendija. El aire huele a tabaco caro y whisky de malta. Desde el interior llegan murmullos graves, y entonces escucho un nombre que me congela la sangre.

Claude.

—Bonnet es el menor de mis problemas en este momento —gruñe una voz masculina que reconozco al instante: Jérôme.

Escucho el sonido sordo de un puño golpeando un escritorio—.

Ese bastardo me arrebató una mujer por la que habría valido la pena quemar el país.

Con la jugada correcta, yo sería dueño de media Francia.

—Te vengaste con creces, Jérôme —responde otro hombre entre risas burlonas, con acento pausado—. Lo dejaste en la ruina, sin la mujer y sin un centavo. Eres un maldito tiburón.

Las carcajadas estallan en la estancia.

—Eso se lo debo a tus buenos oficios, Mike —contesta Jérôme, dejando ver el destello dorado de su colmillo al sonreír—. Todavía me sorprende cómo lograste vaciarle las cuentas en menos de un año.

—¡Por los viejos tiempos! —brindan varios al unísono.

Siento que el suelo se me aparta bajo los pies. Un escalofrío brutal me recorre la columna.

—Ahora todo dependerá de cuán dócil resulte ser la pequeña heredera de Ashley —continúa Jérôme con una calma siniestra.

El aire abandona mis pulmones de golpe.

—No vayas a complicarte la vida de más, Jérôme —advierte alguien entre dientes.

—Demasiado tarde. La traje esta noche con una simple invitación —presume con arrogancia—. Te la encargo, Mike. Haz que se sienta bienvenida.

Retrocedo un paso de manera instintiva, buscando la salida del pasillo, pero una extraña y pesada modorra me invade de repente.

Frunzo el ceño, mareada.

Las luces del pasillo parecen estirarse frente a mí, perdiendo nitidez. El pulso se me dispara en los oídos, latiendo con una fuerza desmedida.

El trago.

El Shirley Temple que bebí en la barra.

Dios mío.

Intento acelerar el paso, pero mis extremidades se vuelven de plomo. El cuerpo se niega a obedecer las órdenes de mi mente. Al doblar la esquina del pasillo, tropiezo de bruces contra alguien.

El barman. El mismo hombre que me sirvió la bebida.

—Disculpe... —balbuceo, llevándome una mano a la sien para contener la náusea.

Sus manos se cierran firmemente sobre mis brazos, impidiendo que caiga al suelo. Su rostro no muestra agitación, solo una calma clínica que me aterra.

—Señorita, ¿se encuentra bien? Debería descansar un poco.

—No... suélteme... tengo que buscar a mi amiga... —mi voz suena extrañamente pastosa, lejana.

Intento apartarme, pero mis rodillas ceden por completo. El pasillo entero da vueltas a mi alrededor como un carrusel desbocado. El hombre me sujeta con más fuerza, ignorando mi débil forcejeo, y comienza a arrastrarme de regreso hacia la puerta marfil.

El pánico se desborda en mi interior, pero la fuerza física ya no me acompaña. Mis dedos intentan aferrarse a la pared en vano.

—¡Pamela...! —grito, o al menos lo intento, porque el sonido apenas se convierte en un susurro ahogado.

La puerta se abre de golpe. Me empuja hacia el interior oscuro y cargado de humo. Intento mantenerme en pie, pero el sedante artificial en mi sangre hace estragos definitivos.

Las voces de los hombres se van apagando, disolviéndose en un zumbido metálico. Mis párpados pesan una tonelada. Hago un último esfuerzo superhumano por obligar a mis ojos a mantenerse abiertos, por pelear contra la oscuridad que me devora.

Pero es inútil.

Y lo último que alcanzo a percibir antes de que el mundo se apague por completo es la voz ronca y triunfante de Jérôme pronunciando mi nombre.