Behind Desire CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Son las siete de la tarde cuando el auto se detiene frente a mi casa.

Apenas bajo, la puerta principal se abre y mi madre aparece en el rellano con un vestido verde oscuro de mangas largas que resalta esa elegancia natural que siempre la acompaña.

Detrás de ella, Susan me sonríe con calidez, enfundada en un traje gris entallado que le otorga un aire sobrio y sofisticado.

Cuando me acerco, ambas me envuelven en un abrazo cargado de familiaridad y perfume costoso. Por un instante, el peso de los últimos días se desvanece un poco.

—¿Dónde se supone que vamos vestidas así? —pregunto con una sonrisa burlona mientras dejo el bolso sobre la mesa del recibidor.

Susan me señala con el dedo, divertida.

—Primero ve a arreglarte. Créeme, esta noche vas a necesitar verte impecable.

—Eso sonó sospechosamente amenazante.

—Lo es —replica ella sin perder la sonrisa.

No protesto. La verdad es que necesito distraerme, desconectar de la oficina y dejar de pensar en Marcus aunque sea por unas horas.

Subo a mi habitación y tomo una ducha rápida.

El agua caliente relaja por fin la tensión acumulada en mis hombros.

Frente al armario, termino escogiendo un vestido verde bermellón, ajustado a la cintura y con una caída limpia y fluida sobre las piernas.

Recojo parte de mi cabello en un semi-recogido y dejo el resto suelto en ondas suaves.

Cuando regreso a la sala, Susan deja escapar un silbido de aprobación.

—Definitivamente eres hija de tu madre —dictamina.

Ashley alza una ceja con una mezcla de orgullo y diversión.

—Vamos antes de que perdamos la reservación.

El trayecto transcurre entre las luces nocturnas de la ciudad y conversaciones ligeras.

Susan intenta mantener el ambiente distendido comentando anécdotas triviales de la calle, pero noto que mi madre permanece distraída, mirando fijamente a través de la ventanilla.

Hay algo inusualmente melancólico en la manera en que observa el paisaje urbano.

El restaurante aparece al fondo de una avenida arbolada.

El edificio entero está iluminado con hileras de luces cálidas suspendidas alrededor del balcón principal, como una pausa elegante en medio del bullicio nocturno.

El lugar es glamuroso sin caer en el exceso; íntimo y con una atmósfera refinada que delata a su clientela habitual.

Apenas cruzamos el umbral, un maître impecable confirma nuestra reserva y nos conduce hacia una mesa privilegiada junto al ventanal panorámico.

Desde allí se aprecia la ciudad extendiéndose como un manto de luces bajo la oscuridad.

La música francesa suena en un volumen bajo, apenas audible entre el tintinear discreto de las copas de cristal.

Mi madre observa el salón con una expresión indescifrable.

—Hace años que no ponía un pie en un restaurante francés de este calibre —murmura.

Susan suelta una risa corta, intentando aligerar el ambiente.

—Eso dices cada vez que mencionas la gastronomía francesa, Ashley.

Ashley esboza una sonrisa tenue. Una sonrisa lejana, casi ausente.

Cuando el camarero se acerca, ella pide una Quiche Lorraine acompañada de vino blanco. Susan opta por un Pot-au-Feu, y yo termino eligiendo el Coq au Vin.

—Cómo pasa el tiempo... —susurra mi madre de pronto, removiendo con lentitud el líquido en su copa, perdida en sus propios pensamientos.

Susan toma una servilleta de lino y niega suavemente con la cabeza.

—Cariño, por favor, no empieces otra vez con tus crisis existenciales de expatriada.

Mi madre deja escapar una risa breve, pero la distancia en su mirada no se disipa.

Yo permanezco en silencio, atrapada en esa red de preguntas que nunca me he atrevido a formular en voz alta.

Mi padre. Francia. Los silencios herméticos de mi madre cada vez que un detalle del pasado amenaza con salir a la superficie.

Muerdo ligeramente el interior de mi mejilla, conteniendo la tentación de interrogarla.

El miedo a descubrir algo que altere por completo la perspectiva que tengo de ella —y de mí misma— siempre termina pesando más.

—Esta comida siempre me transporta de golpe a otra época —añade Ashley de la nada.

La observo con atención. Durante una fracción de segundo, sus ojos adquieren un brillo distinto, más vulnerable, como si su mente acabara de trasladarse a un escenario muy lejano. Pero la coraza vuelve a cerrarse con la misma rapidez con la que se abrió.

Los platos llegan poco después, llenando la mesa de aromas intensos y reconfortantes. El pollo, bañado en una reducción de vino tinto, descansa impecable sobre una cama de champiñones. Sin embargo, el apetito se me disipa.

Francia otra vez.

Como un eco constante que se niega a apagarse.

Y por primera vez siento que ya no tengo la paciencia para seguir ignorándolo. Necesito saber qué ocurrió realmente en ese lugar para dejar semejante huella en su vida.

La cena transcurre con una normalidad aparente, hasta que noto un detalle extraño.

Varias personas en las mesas contiguas observan a mi madre con inusual discreción; algunas incluso la saludan con una reverencia respetuosa al pasar.

Ashley responde con esa distinción innata que la caracteriza, dominando el espacio sin esfuerzo.

Entonces, el compás de la noche se quiebra.

Un hombre alto, de cabello entrecano y facciones marcadas, se levanta con lentitud de una mesa cercana. Al reconocer el rostro de mi madre, su postura entera se altera.

Hay asombro en sus ojos. Incredulidad. Y algo mucho más denso que no alcanzo a descifrar.

—Ashley... —la voz le sale áspera, casi rota.

Mi madre se congela. El cambio en su semblante es inmediato y brutal; toda la sofisticación se apaga para dar paso a una dureza gélida. Sus ojos se oscurecen y la mandíbula se le tensa de un modo que jamás le había visto.

—¿Dónde diablos has estado todo este tiempo? —pregunta el hombre, dando un paso al frente con una urgencia contenida.

Bajo la luz cálida del salón, un pequeño detalle en su sonrisa resalta con violencia: el destello metálico de un colmillo de oro.

La reacción de mi madre es un muro de contención. No hay sorpresa en ella, solo un rencor antiguo y visceral.

—No te atrevas a dar un solo paso más, Jérôme —sentencia con una voz cortante, antes de girarse y avanzar hacia nuestra mesa como si él fuera un completo fantasma.

El hombre queda plantado en su sitio, desconcertado y con una expresión que roza la desolación. Pero lo que verdaderamente me hela la sangre es la forma en que continúa observándola marchar, como quien mira un naufragio que creía sepultado en el fondo del mar.

Yo, en cambio, no puedo apartar la vista de él.

La certeza se instala en mi pecho con la fuerza de un golpe: Francia no fue solo una etapa en la vida de mi madre. Fue una guerra de la que lleva décadas huyendo.

Nos sentamos de nuevo, aunque el aire alrededor de la mesa se ha vuelto irrespirable.

Susan intenta romper la tensión tomando la mano de Ashley por debajo del mantel, mientras mi madre recupera de forma magistral su fachada de inquebrantable elegancia.

Ordena el postre con voz calmada, incluso sonríe para las apariencias.

Pero es una farsa.

Lo sé porque sus nudillos están blancos de la fuerza con la que aferra la copa, y porque sus ojos siguen rastreando de reojo el salón.

Cuando ella y Susan se levantan para ir al baño, no lo pienso dos veces. Me pongo de pie con sigilo y camino con paso firme hacia la mesa que ocupaba Jérôme.

Pero al llegar... está vacía.

Solo queda la marca de una copa de vino sobre el mantel blanco y una silla descolocada, testimonio de una huida apresurada. Paso la mirada por todo el restaurante, buscando entre los rostros elegantes, pero ya no hay rastro de él.

El regreso a casa transcurre en un silencio pesado.

Nadie se atreve a mencionar el incidente.

Mi madre mantiene la vista fija en la ventanilla, esquivando cualquier intento de conversación, y yo decido guardar silencio.

Pero mientras observo su perfil reflejado en el vidrio, entiendo que la aparición de ese hombre no ha sido una simple coincidencia.

El pasado ha vuelto a tocar a su puerta.

Al cruzar la entrada de casa, reviso el buzón por inercia. Entre la correspondencia comercial habitual, mis dedos rozan un sobre de textura pesada, color marfil.

Lo abro con desconfianza.

Es una invitación formal para la inauguración privada de un exclusivo restaurante en la ciudad. Pero lo que me eriza la piel no es el evento en sí, sino la línea escrita a mano en la parte posterior con una caligrafía pulcra y deliberada: Para la hija de Ashley .

Un escalofrío helado recorre mi columna vertebral. No necesito hacer preguntas para saber de dónde vino.

Subo a mi habitación y me dejo caer sobre la cama con el cuerpo agotado, aunque la mente continúa trabajando a marchas forzadas.

Marcus ha desaparecido de la torre sin dar explicaciones; Sinclair está cruzando todos los límites del acoso en la oficina; y ahora, un fantasma del pasado de mi madre reaparece con una advertencia velada.

Cierro los ojos con fuerza, deseando que el sueño me conceda una tregua.

Pero en lo más hondo de mi conciencia sé perfectamente que el amanecer no traerá calma. Solo más terreno minado que cruzar.