CAPÍTULO 20
Me levanto con el cuerpo pesado y me arrastro hasta el baño. Al mirarme en el espejo, me devuelve la mirada una mujer que apenas reconozco: ojeras marcadas, el rastro de una noche sin tregua y una incomodidad sorda que me quema por dentro.
El vestido morado descansa hecho un ovillo sobre la silla, y los zapatos de tacón continúan tirados en la entrada, mudos testigos de mi huida.
Sé que tarde o temprano tendré que verle la cara en la oficina, pero la sola idea me revuelve las tripas.
No quiero enfrentarlo. No quiero darle el gusto de verme procesar su indiferencia.
Caigo rendida sobre la cama, atrapada en un sueño ligero y cargado de una inquietud difusa, hasta que el despertador rompe el silencio a las siete en punto.
Me pongo la ropa deportiva de inmediato. El algodón suave sobre la piel es el único consuelo previsible. Necesito correr, vaciar los pulmones a golpes de aire helado y recuperar el control de mi propia cabeza.
Salgo a trotar con un ritmo constante.
Uno, dos. Uno, dos.
Intento concentrarme exclusivamente en la respiración, en el esfuerzo de las piernas, pero el pensamiento vuelve a él por pura inercia.
A la forma en que me sostuvo contra el sofá, al peso de su mirada cuando creí que me veía de verdad.
Qué manera tan infantil de tropezar con la misma piedra.
Marcus es una criatura de control absoluto; jamás arriesgaría su imperio ni sus alianzas estratégicas por una variable imprevisible como yo.
Media hora de ejercicio implacable me devuelve una dosis de sensatez.
Una noche de pasión no borra las reglas del juego.
Vuelvo a casa con el rostro perlado de sudor, sintiendo que al fin he puesto mis ideas en orden.
Decido adoptar la postura más sensata: somos adultos profesionales.
En la oficina me comportaré como si nada de esto hubiera ocurrido jamás.
Estoy a punto de meterme a la ducha cuando el zumbido de mi teléfono corta el silencio de golpe. Contengo la respiración, inmóvil en medio de la sala.
Es Marcus.
Miro la pantalla con el miedo latiendo con fuerza detrás de mis orejas; el aparato vibra contra la mesa como una premonición del desastre. Lo único que hago es apagarlo. Necesito hacerlo. No puedo permitir que su voz destruya la pizca de valentía que me ha costado tanto reunir.
Llego a la torre corporativa con el tiempo justo para iniciar la jornada. Al saludar a Silvia en su escritorio, noto que intenta contener una evidente exasperación.
—¿Qué ocurre ahora? —pregunto, dejando el bolso sobre la mesa.
—El señor Wreen vino imposible hoy. Es hasta mejor ni acercarse —murmura, negando con la cabeza.
—Bueno, no es la primera vez que lidiamos con su carácter —comento restándole drama.
Entro a mi despacho, dejo la tablet y golpeo un par de veces la puerta de su oficina contigua. Solo hay silencio. Frunzo el ceño, empujo la puerta y compruebo que está completamente vacía.
Salgo hacia la recepción con una punzada de extrañeza.
—Silvia, ¿dónde está Marcus?
—Se marchó hace media hora —responde suspirando—. Dejó instrucciones estrictas de cancelar toda su agenda de la semana.
La noticia me desconcierta. Marcus jamás falta por capricho; ni con jet lag, ni agotado tras reuniones maratónicas.
El trabajo es su refugio y su obsesión. Que decida desaparecer de esta forma rompe todos sus esquemas, y una parte necia de mi mente quiere buscarle una explicación emocional que sé que debo evitar.
Intento concentrarme en la rutina: rechazo un par de invitaciones corporativas que llegan a su nombre, reviso el contrato final con la empresa Bonard y despacho los pendientes de la constructora Omega.
Decido pasar por el despacho de Stan para coordinar los avances de Cincinnati. Al acercarme, noto que el escritorio frente a su puerta ha sido vaciado por completo. Entro sin tocar.
—¿Y esto? —pregunto señalando el espacio vacío.
—Se ordenó su desalojo hoy mismo —responde Stan con total naturalidad.
—¿Y Pamela? No me digas que...
—Si te lo digo, sé que vas a intentar estrangularme —se adelanta, carraspeando con una sonrisa incómoda.
—¡Stan! ¿Qué hiciste ahora?
—Te juro que me porté bien con ella.
—Dijiste exactamente lo mismo de la anterior, y salió huyendo tras tirarle la engrapadora a la cabeza.
Stan se lleva una mano al pecho, indignado.
—¡Fue un malentendido técnico! Solo le pedí un protocolo de emergencia para una reunión hipotética.
No puedo evitar soltar una risa genuina que me devuelve algo de ligereza al día. Por unos segundos, la sombra de Marcus se desvanece de mi cabeza.
Sin embargo, por la tarde, el tono estridente de Morgan Sinclair en el pasillo rompe la paz de la planta. Al parecer, su título de prometida le otorga pase libre para irrumpir a los gritos.
—Señor Queen, el anexo del contrato quedará sujeto a revisión hasta la próxima semana —indico por la línea telefónica, intentando ignorar el escándalo exterior.
—Estaré fuera del país un par de días, manéjelo con mi equipo —gruñe el empresario antes de colgar.
Salgo al pasillo y me encuentro a Silvia forcejeando con la furia andante de Sinclair, quien la sujeta firmemente de la solapa de la blusa.
—¿Se puede saber qué crees que estás haciendo? —intervengo, avanzando con paso firme.
—A ti no te importa, niñita —sisea Morgan sin soltar a Silvia.
Me acerco lo suficiente para agarrarla de la muñeca y apretar con la fuerza necesaria hasta obligarla a soltar el cuello de mi compañera. Me mira con un desprecio absoluto.
—No te atrevas a tocarme —escupe entre dientes.
—¿Estás bien, Silvia? —pregunto, ignorando a Morgan y rodeando los hombros de mi amiga, que tiembla de rabia contenida.
—Esta maldita insolente no me deja ver a Marcus —chilla Sinclair, perdiendo la compostura.
—Te he dicho mil veces que el director no se encuentra en las instalaciones —se defiende Silvia con la voz temblorosa.
—Seguro que está escondido aquí dentro —acusa la otra, señalando las oficinas privadas.
Cruzo los brazos, plantándome frente a ella con absoluta serenidad.
—¿Y por qué demonios haríamos una estupidez así?
Sinclair suelta una carcajada cargada de veneno.
—Porque últimamente te has creído con el derecho de marcar territorio donde no te llaman, Nicole. ¿Te crees indispensable?
Mi paciencia se agota de golpe.
—Qué ironía tan grande escuchar eso de una mujer que tiene que recorrer la ciudad a los gritos para comprobar si su propio prometido le dirige la palabra.
La furia en los ojos de Sinclair se vuelve incandescente. Durante una fracción de segundo, creo que va a lanzarse a los golpes.
—Deberías dar media vuelta e irte por donde viniste —remato con una sonrisa gélida—. Tu hombre no está aquí.
—Cierra la boca de una vez —grita, y antes de que pueda esquivarla, su mano abierta impacta con fuerza contra mi mejilla.
El ardor me quema la piel, pero el enojo me bloquea el dolor. Intenta avanzar hacia el despacho, pero me interpongo de inmediato, bloqueándole el paso.
—Largo de aquí o llamo a seguridad.
—Atrévete a hacerlo —desafía con la respiración agitada.
Sin apartar la vista de su rostro descompuesto, tomo el teléfono de la mesa auxiliar y marco directo.
—Seguridad. Necesito que escolten de inmediato a la señorita Sinclair fuera del edificio.
Ver cómo la ira la ahoga por dentro es una pequeña victoria que apenas disfruto.
—Esto no se va a quedar así —masculla, roja de rabia, antes de que dos guardias aparezcan para sacarla a la fuerza del piso.
Silvia respira hondo, acomodándose la ropa.
—Esa mujer está desquiciada. Qué alivio verla fuera de aquí.
—Tú también vete a casa, Silvia. Ya has tenido suficiente por hoy —le aconsejo con una sonrisa comprensiva antes de encerrarme en mi oficina.
El silencio vuelve a reinar. Abro el correo y reviso los expedientes pendientes; entre ellos destaca una propuesta formal de Glovo para dos nuevas expansiones regionales. Es un proyecto enorme que requerirá la aprobación conjunta de Marcus y Stan.
Por inercia, abro el chat de Marcus en la pantalla de mi ordenador. Mis dedos se quedan suspendidos sobre el teclado durante unos segundos. Tantas preguntas amontonadas en la garganta: ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué actúas como si nada importara? ¿Por qué sigo esperando respuestas que no vas a darme?
Al final, no escribo nada.
Cierro la ventana de golpe, bloqueo el teléfono y lo aparto hacia la esquina del escritorio.
Por primera vez desde que Marcus Wreen irrumpió en mi rutina, entiendo con absoluta claridad que pretender encajar en su mundo destruirá cualquier rastro de lo que soy.
Y lo peor de todo, lo más patético, es que aun sabiendo exactamente cómo terminará, sigo albergando la estúpida esperanza de que algún día elija quedarse.
Aunque sé perfectamente que nunca lo hará.