CAPÍTULO 19
Busco a tientas en el bolso mi teléfono, todavía demasiado aturdida para asimilar la magnitud de lo ocurrido.
Al dar con el aparato entre las manos temblorosas, marco el número de Marcus, pero la línea se estira en tonos vacíos antes de caer directamente en el buzón de voz.
Pruebo una segunda vez con desesperación, obteniendo exactamente el mismo resultado sordo.
No me queda otra alternativa que recurrir a Silvia. Su voz se cruza en la línea al primer tono, tensa y directa.
—¿Nicole? ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? —pregunta, dejando al descubierto una genuina preocupación.
—Necesito que me ayudes, por favor —suplico, sintiendo que el nudo en mi garganta amenaza con ahogarme—. Estoy en el baño de mujeres... Mi vestido quedó completamente arruinado.
—No te muevas de ahí. Voy enseguida.
Contengo el aliento, aferrada a los restos de mi dignidad, hasta que la puerta del tocador se abre y Pamela irrumpe en el interior. Su semblante se desfigura en una mueca de auténtico espanto al verme.
—Santo cielo, Nicole... ¿Quién te ha hecho esto? —gime, dando un paso al frente con los ojos abiertos de par en par.
—Por favor, solo necesito salir de aquí.
—Espérame un momento. Vuelvo enseguida.
Los minutos se arrastran como una condena hasta que la puerta vuelve a ceder. Pamela aparece cargando con un elegante vestido morado, de corte sirena y sugerente escote corazón; una prenda sofisticada que parece sacada de otra dimensión.
Lo observo con absoluto escepticismo, convencida de que ni siquiera podré ponérmela.
—Tranquila. Sé que la situación pinta desastrosa, pero confía en mí —dice con una media sonrisa cómplice, arqueando las cejas como si guardara un secreto bajo la manga.
—Está bien... —suspiro, rindiéndome a la urgencia.
Veinte minutos más tarde, el vestido se ajusta a mi silueta como un guante. Y, para mi total sorpresa, el resultado es impecable. La tela abraza mis caderas con una gracia magnética, delineando mis curvas con una sensualidad que jamás creí recuperar esta noche.
Pamela remata la jugada sacando de su bolso un delicado collar de perlas que encaja a la perfección con el escote.
—Te lo agradezco en el alma, Pamela, pero de verdad no era necesario...
—No te preocupes por eso —responde, sincera y sonriente, ayudándome a abrochar el cierre con una delicadeza que le agradezco en silencio.
—¿Cómo conseguiste otro vestido con esta rapidez? —pregunto, todavía atónita.
—Digamos que di una vuelta rápida por los camerinos de la organización y encontré uno que más o menos encajaba con tu talle.
—¿Te lo prestaron así como si nada? —alzo las cejas, incrédula ante su audacia.
—Bueno... lo de "prestado" es un concepto un poco flexible —admite entre risas—. Supongo que alguien acabará notando la ausencia de la prenda... pero para cuando se den cuenta, ya estaremos muy lejos de aquí.
Ignorando olímpicamente el posible desastre logístico que Pamela acaba de desatar en la trastienda del evento, salimos juntas del baño.
El murmullo del salón principal vuelve a golpearme de inmediato. Las risas contenidas, el tintineo de las copas de cristal, la música clásica flotando en el ambiente. El mundo sigue girando con total normalidad, fingiendo que mi universo personal no acaba de fracturarse dentro de cuatro paredes.
Pamela camina a mi lado comentando algo trivial que apenas alcanzo a procesar. Hago un esfuerzo titánico por mantener la compostura, adoptando la máscara de quien todavía controla su propio destino.
Sin embargo, mi mente sigue atada a Marcus.
En la forma en que me miró antes de abandonar el hotel.
En la intensidad con la que me sostuvo horas antes, haciéndome creer que existía un refugio en su piel.
Y me enfurece comprobar que su recuerdo sigue pesando tanto.
Odio que una parte idiota de mí todavía albergue la esperanza de encontrarlo buscándome con desespero por todo el salón.
—Respira —susurra Pamela, dándome un apretón cariñoso en el brazo—. Te prometo que nadie está prestando atención a tu ropa.
Qué ironía tan amarga. Porque tengo la absoluta certeza de que todos pueden ver con claridad lo que soy en este preciso instante: una mujer intentando sostener los pedazos de su orgullo con alfileres invisibles.
Al llegar por fin a nuestra mesa, mis pasos se detienen.
El estómago se me encoge por una mezcla de fastidio y un ardor muy familiar en el pecho.
Mis ojos se clavan sin buscarlo en la escena: Morgan Sinclair está plantada allí, con la mano firmemente anidada en el brazo de Marcus.
Su proximidad es un insulto descarado; sus labios rozan la línea de su cuello mientras le susurra algo con una familiaridad impostada.
Las uñas de Morgan descansan sobre la solapa de su traje como si reclamaran un territorio.
¿Y Marcus?
Marcus no la aparta. Permite la cercanía con esa fría neutralidad corporativa.
Durante un segundo, la respiración se me corta.
Duele. Por supuesto que duele, aunque intente negármelo a mí misma.
Horas antes casi morimos en un atentado, compartimos una intimidad devastadora, y al menor descuido él vuelve a ponerse el traje de la alta sociedad y tolera el circo de la mujer que mandó a destrozarme el vestido.
Claro. El mundo de Marcus Wreen funciona a base de alianzas, fachadas y conveniencias. Y yo acabo de recordar exactamente en qué terreno estoy pisando: soy una pieza temporal en su tablero.
Una punzada amarga me cruza las costillas, pero aprieto los dientes. No voy a regalarles el espectáculo de verme destruida. Si algo me enseñó la vida, es que romperse en público es justo lo que esta gente disfruta ver.
Justo cuando siento que el aire me falta, una mano firme me toma del brazo con suavidad y me hace girar.
—Te queda increíble ese color —murmura Daniel con una sonrisa cómplice, captando al instante la tensión en mi postura—. ¿Me concedes este baile?
Le sostengo la mirada un segundo, tragando saliva con discreción, y asiento con la mayor serenidad de la que soy capaz.
—Claro, Daniel. Vamos.
Mientras nos movemos al compás de una melodía lenta y melancólica, la letra parece encajar demasiado bien con el momento: cause you're breaking my heart into itty bitty pieces... knew right from the start but my itty bitty feelings...
—Hay que reconocer que Wreen es un cínico —susurra Daniel junto a mi oído, intentando aliviar el ambiente con un sutil sarcasmo—. Tener a la reina de la escarcha colgada del brazo mientras su cita desaparece... En fin, te mereces algo mejor que esto, Nicole.
Exhalo un suspiro largo, intentando que la voz no me tiemble al responder.
—No vine aquí a ser el adorno de nadie, Daniel. Solo quiero que termine la noche.
Él me observa con una mezcla de respeto y simpatía, sin presionar de más.
—Pues entonces hagamos que valga la pena. ¿Qué te parece si me concedes lo que queda de la velada y nos vamos a respirar otro aire?
A la medianoche, el gran salón experimenta una transformación radical: una coreografía coordinada estalla en el centro de la pista, mientras una lluvia de confeti y globos multicolores desciende desde los altos techos abovedados.
Es el preámbulo oficial para la entrega anual de premios corporativos.
El punto culminante de la noche se materializa cuando anuncian la categoría al mejor empresario del año.
Los aplausos retumban en las paredes cuando pronuncian el nombre de Marcus Wreen.
De inmediato, Morgan Sinclair se incorpora con una suficiencia desmedida, se cuelga de su brazo y lo acompaña a subir los escalones hacia el estrado, posando ante las cámaras como si ya ostentara el título oficial de señora Wreen.
Aparto la vista antes de que puedan encontrarse con la mía. Siento un vacío pesado en el estómago, un recordatorio silencioso de que hay mundos en los que simplemente no encajo.
—Sácame de aquí, por favor —le ruego en voz baja a Daniel, sintiendo que mis fuerzas se agotan.
Él no lo duda ni un segundo. Me toma de la mano y me guía hacia la salida con paso firme y protector, protegiéndome del bullicio.
Diez minutos después, el frío nocturno nos recibe en el helipuerto privado del recinto. Me detengo ante la pequeña aeronave con las hélices en marcha.
—¿Vas a pilotar tú? —pregunto, intentando sonar un poco más firme.
—Tranquila, estoy certificado —bromea, guiñándome un ojo con suavidad.
Acepto subir, acomodándome en el asiento de cuero mientras despegamos en vertical. La vista panorámica de la ciudad iluminada a nuestros pies me ayuda a poner las cosas en perspectiva.
—Lo hiciste muy bien abajo —dice Daniel de repente, manteniendo el helicóptero estabilizado en el aire nocturno—. No era fácil mantener la compostura con esa bruja merodeando.
Apoyo la cabeza contra el cristal, sintiendo por fin el alivio de estar lejos.
—Solo... estoy cansada, Daniel —admito en un murmullo, sin caretas ni defensas—. Marcus Wreen vive en un tablero donde las personas son fichas y los sentimientos no cuentan. Y yo claramente me equivoqué de juego.
Daniel me mira de reojo con una expresión genuinamente cálida.
—No te equivocaste de juego, Nicole. Simplemente hay hombres que son incapaces de valorar lo que tienen enfrente hasta que lo pierden.
El cielo oscuro se extiende limpio sobre nosotros. Sé perfectamente que mañana tendré que volver a cruzarme con Marcus y enfrentar las consecuencias, pero por ahora, en medio del silencio del aire, solo necesito recuperar mi propio centro.
Tal vez Morgan tenía razón desde el principio.
Yo nunca debí permitirme ser un problema en su mundo.