Behind Desire CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

Pero ella ni se molesta en mirarlo. Sus ojos se clavan directamente en mí, cargados de una animadversión mal disimulada, como si yo fuera la única mancha en su noche perfecta.

—Nicole, ¿cierto? —pregunta con una falsa dulzura que apesta a condescendencia—. He oído hablar tanto de ti últimamente...

—Yo también he tenido el "placer" de escuchar tu nombre por ahí —respondo con una sonrisa ligera, recordando el episodio turbio de su visita inoportuna al apartamento.

Silvia disimula un sorbo de champán para ocultar una carcajada. Morgan  mantiene la sonrisa intacta, aunque la mandíbula se le tensa de forma milimétrica.

—Debo admitir que me sorprende verte cruzando estas puertas esta noche.

—¿Ah, sí? ¿Por qué motivo? —replico sin apartar los ojos de los suyos.

—Bueno... digamos que esta clase de eventos suelen ser un terreno un poco... hostil para ciertas personas.

Amanda baja la vista, visiblemente incómoda con la dirección que está tomando la charla. Stan arquea una ceja, claramente fascinado por el espectáculo.

—Creo que a estas alturas Nicole está más que acostumbrada a los carnívoros —interviene Silvia, imperturbable.

Morgan  sonríe con elegancia fingida.

—No pretendía insinuar nada malo.

Pero lo ha hecho. Y las dos lo sabemos perfectamente.

Marcus vuelve a sentarse con una tranquilidad exasperante. Demasiada calma.

—Sinclair —interrumpo, acomodándome los puños de la camisa con parsimonia—. ¿Viniste a disfrutar de la gala o simplemente a amargarle la noche a mis invitados?

La sonrisa de Morgan  se quiebra un segundo antes de tensarse aún más.

—Sigues conservando ese encanto tan peculiar.

—Y tú esa maravillosa habilidad para sobrar en todas partes.

Stan tose ruidosamente para disimular una carcajada, mientras Amanda parece desear que el suelo se abra bajo sus pies. La tensión en la mesa adquiere el grosor de una corriente de alto voltaje.

Morgan  desvía finalmente su atención hacia el anfitrión.

—Me enteré del pequeño incidente de esta tarde. Qué forma tan trágica de arruinar una cena.

Marcus la observa con un rostro que parece esculpido en granito.

—Sí. Trágico.

El aire de la mesa se enfría de golpe. No parece una charla de salón; es una partida de ajedrez donde cada pieza es un proyectil listo para disparar.

Morgan  inclina la cabeza con lentitud.

—Deberías tener más cuidado, Marcus. Las calles de la ciudad se han vuelto peligrosas... hay lugares donde ya no hay dónde esconderse.

Marcus le devuelve una sonrisa lenta. Una sonrisa que no tiene absolutamente nada de amable.

—Créeme, Morgan ... la gente peligrosa jamás me ha quitado el sueño. Y para tu información, yo tampoco soy de los que corren a esconderse bajo la cama.

El silencio posterior es asfixiante. Hasta Pamela contiene el aliento.

Morgan  traga saliva, aguantando el tipo unos segundos más, antes de desviar de nuevo los ojos hacia mi vestido dorado, recorriéndolo con un desprecio apenas velado.

—El diseño es precioso —comenta con un hilo de malicia—. Aunque juraría que se lo vi puesto a otra persona hace poco.

Ah. Así que ese era el terreno donde quería llevarnos.

Sonrío despacio, saboreando el momento antes de contestar.

—Puede ser. Aunque supongo que a ciertas personas les resulta mucho más fácil repetir de vestido que de hombres.

Silvia literalmente escupe el champán de la risa. Stan se atraganta con su propia saliva. Amanda abre los ojos tanto que parece que se le van a salir de las órbitas.

¿Y Marcus?

Marcus gira lentamente el rostro hacia mí. La sorpresa en sus ojos dura una fracción de segundo antes de transformarse en una sonrisa torcida, peligrosa y profundamente fascinada.

Por primera vez en toda la noche, Morgan  pierde los estribos; su fachada se desploma, dejando al descubierto una furia cruda y evidente.

Marcus juega con su vaso de cristal entre los dedos, disfrutando del espectáculo con una arrogancia desmedida. Al final, Sinclair da media vuelta con pasos rígidos y marciales, huyendo del lugar con la dignidad rota bajo una última mirada cargada de veneno.

Las luces del gran escenario parpadean y se encienden de golpe, atrayendo la atención del público mientras el presentador de la noche —ni más ni menos que Jimmy Fallon— toma el micrófono entre los aplausos y las risas de la multitud.

Aprovechando el tumulto y sintiendo las palmas de mis manos humedecidas por los nervios, me levanto de la mesa con la excusa de buscar el baño de damas para retocarme el maquillaje y recuperar el aliento.

Abro el grifo del lavabo, dejo que el agua fría caiga sobre mis muñecas y me miro al espejo, intentando calmar el tambor en mi pecho.

En ese exacto momento, la puerta del tocador se abre de par en par. La figura que se refleja a mi espalda es inconfundible: Morgan  Sinclair me mira sin disimulo, con los ojos inyectados en una rabia sorda y los labios apretados en una mueca de superioridad.

—No me entra en la cabeza que Marcus esté dispuesto a tirar por la borda años de planificación y estrategia por alguien tan insignificante como tú —sisea con asco, cruzándose de brazos.

Frunzo el ceño, dándome la vuelta con la intención de ignorarla y largarme de allí. El simple hecho de compartir el mismo oxígeno con ella me revuelve las tripas.

—No vas a ir a ninguna parte —masculla, dando un paso al frente para bloquearme el camino hacia la salida.

Sin mediar palabra, antes de que pueda apartarla de un empujón, sus dedos se ganchgan con violencia a la tela dorada de mi vestido y tiran con una fuerza desmedida.

Un crujido seco y desgarrador me hace dar un paso atrás, con el corazón encogido de horror.

Bajo la mirada lentamente.

Entre mis manos, el vestido dorado y brillante cuelga destrozado, completamente inservible.