CAPÍTULO 18
Abro los ojos muy despacio. Siento el calor pesado y familiar de sus brazos rodeándome la cintura, atrapándome contra su pecho.
De reojo, distingo la esfera del reloj en la mesilla: las nueve de la noche.
Me muevo con cuidado, intentando no despertarlo, pero él se remueve al instante y me mira con los ojos medio cerrados, cargados de una modorra perezosa.
—¿Quieres que lo repitamos? —inquiere con una media sonrisa juguetona, rozando con los dedos la piel descubierta de mi cadera.
Niego levemente con la cabeza, sintiendo cómo el rubor me enciende las mejillas.
—Tenemos que ir al evento —le recuerdo, apartando su mano con fingida severidad.
—No creo yo que sea la mejor decisión de la noche —protesta, con una voz ronca y provocativa que amenaza con derribar mi resistencia.
Sin darme margen, me gira a su antojo y me acomoda sobre su regazo.
—No puedes simplemente saltarte esta gala... —comienzo a decir, pero un grito ahogado de sorpresa me corta la respiración cuando me besa con una urgencia repentina, reavivando el deseo contenido.
Y, sin pedir ningún tipo de permiso, vuelve a hacerme suya.
Me dejo llevar por la corriente, sintiendo la fuerza de sus músculos bajo mis manos, cediendo una vez más ante el placer absoluto que me regala.
Cuando por fin recuperamos el aliento, me lleva de la mano hasta el cuarto de baño y abre la llave de la tina, preparando un baño caliente con sales aromáticas. Mientras me sumerjo para relajar los músculos, lo veo moverse por la habitación con total soltura.
—He pedido un paquete especial para ti —avisa desde el umbral, dando un trago a su vaso de whisky—. Debería llegar en cualquier momento.
Sus palabras actúan como un presagio exacto: un golpe seco y medido resuena en la puerta de la suite apenas un par de minutos después.
—Buenas noches, seré su estilista esta tarde —saluda una mujer impecablemente vestida, tendiéndome una caja alargada al abrir.
Deslizo la tapa con curiosidad y contengo el aliento.
El diseño es una auténtica obra de arte: un vestido de tono dorado con destellos de brillantina y lentejuelas que se funde en una gasa transparente de las rodillas hacia abajo.
Lo único que cruza por mi mente en ese instante es la forma en que Marcus me mirará cuando me cruce de nuevo con su mirada.
La estilista se pone manos a la obra con destreza milimétrica. Me elabora un recogido trenzado y sofisticado, salpicado discretamente por un par de pequeñas flores blanquecinas que aportan un contraste etéreo.
Cuando salgo de la recámara, Marcus me espera vistiendo un impecable traje en color chantilly.
Me sonríe curvando la comisura de los labios; algo en su expresión ha cambiado, un resorte invisible que ha aligerado su humor, aunque esta vez tengo claro que yo no soy la causa de ese destello en sus ojos.
Al ponerme el vestido, compruebo asombrada que se ajusta a mi silueta como si me hubieran medido con láser. ¿Cómo demonios habrá conseguido mi talle exacto? La tela se desliza con suavidad sobre la piel, luciendo un corte princesa sutil, elegante y profundamente seductor.
A las diez y media en punto abandonamos el hotel. Una larga limusina negra aguarda en la acera. El trayecto se desliza rápido, apenas veinte minutos de silencio cómodo entre los destellos de la ciudad.
Las luces de los flashes me golpean como un muro de fuego en cuanto bajamos del vehículo.
Marcus desciende con su imponente presencia de siempre, extendiendo una mano firme hacia mí.
La tomo, y aunque se trata de un simple protocolo, mi piel vibra al contacto.
Me siento escrutada por todas partes, no solo por la nube de reporteros ávidos de titulares, sino por la intensidad de su mirada.
—Señor Wreen, señorita Keller —se precipita una reportera, blandiendo el micrófono con elegancia y una sonrisa ensayada—. ¿Qué expectativas tienen para la velada de esta gala?
Marcus mantiene una media sonrisa educada, pero no se digna a responder. En su lugar, gira ligeramente el rostro hacia mí, cediéndome el protagonismo con un mudo desafío.
—Supongo que será una noche interesante —respondo con serenidad, conteniendo el huracán que llevo por dentro.
La periodista asiente, consciente de que su verdadero objetivo no es el evento corporativo, sino el hombre que me acompaña.
—Los negocios siempre deparan sorpresas.
Sin permitir una ronda más de preguntas, la mano de Marcus se desliza con firmeza por mi cintura, guiándome hacia el interior con una mezcla de protección y posesión indiscutible.
El salón principal es una oda a la opulencia y el buen gusto.
Arañas de cristal tallado cuelgan de los techos abovedados, la música clásica flota en segundo plano y el aire huele a champán caro y arreglos florales frescos.
La élite de Nueva York se desplaza con una gracia medida, intercambiando saludos y sonrisas de circunstancias.
—Veo demasiados conocidos por aquí —murmuro, barriendo el espacio con la vista.
—Y algunos rostros que preferiría mandar directamente al infierno —responde Marcus en un tono bajo, cargado de una fría intención.
Sigo la dirección de su mirada y siento que la sangre se me congela. Morgan Sinclair está ahí, plantada a pocos metros, y no viene sola; a su lado, la inconfundible figura de Amanda Rush nos observa con una sonrisa cautelosa.
Unos pasos más allá, Silvia nos hace señas con la mano.
Luce radiante dentro de un vestido negro que esculpe su figura, con su característica melena rojiza llamando la atención de inmediato.
A su lado, Stan acompaña a una mujer delgada de cabello negro y ojos expresivos; un vestido lila de sugerentes tirantes cruzados sobre el pecho realza su escote, mientras que un sutil rastro de pecas en sus mejillas le otorga un aire de genuina inocencia.
Viste un impecable traje gris marengo con corbata a juego.
Los hermanos Wreen se saludan con una fraternidad enérgica.
—Les presento a Pamela Storni, mi nueva asistente —anuncia Stan con una sonrisa de orgullo absoluto.
—Marcus Wreen. Mucho gusto —saluda él, estrechando la mano de la mujer con corrección.
Silvia me atrapa en un abrazo cálido, mientras Stan me saluda con dos besos rápidos.
—¡Cómo me hacías falta! —murmura Silvia en mi oído.
Le devuelvo el apretón con la misma intensidad. Todos juntos nos desplazamos hasta la mesa asignada.
—Marcus, ¿te enteraste de que fue Pamela quien cerró el contrato con Queen? —pregunta Stan, visiblemente eufórico.
—Mis felicitaciones —responde Marcus, asintiendo con sincera aprobación.
—Vaya, parece que esta vez sí le atinaste al elegir personal —comento, apenas conteniendo la ironía.
Stan suelta una carcajada, secundado por el resto de la mesa. Pamela, sin embargo, enrojece un instante, incómoda por la broma, lo que me hace sentir un repentino remordimiento.
—No te preocupes, cariño —me apresuro a aclarar, dedicándole una sonrisa tranquilizadora—. Es solo que Stan suele tener un historial espantoso seleccionando secretarias, pero contigo ha sacado la lotería.
Pamela relaja los hombros al instante y le devuelve la sonrisa. En pocos minutos, el hielo se rompe por completo y comienza a bromear con Silvia sobre lo insoportable que puede llegar a ser Stan cuando trabaja bajo presión.
—Eso es una absoluta calumnia —protesta él, llevándose una mano al pecho en un gesto teatral—. Soy el jefe ideal.
—Eres un neurótico con chequera, que es muy diferente —corrige Silvia antes de dar un sorbo a su copa.
Las risas estallan alrededor del mantel. Incluso Marcus parece aflojar la tensión, desabrochando levemente el nudo de su corbata. Sigue escrutando cada movimiento del salón con radar de halcón, pero la rigidez brutal de la tarde parece haberse disipado un poco.
Aunque sé perfectamente que no ha bajado la guardia. No después de lo ocurrido horas antes en el restaurante.
Un camarero se acerca para rellenar las copas, y noto cómo algunas miradas de mesas vecinas convergen disimuladamente hacia nosotros. Cuchicheos apagados. Respeto y temor mezclados a partes iguales.
Comprendo entonces algo fundamental: Marcus no es solo un pez gordo del sector empresarial. Es una fuerza gravitacional que intimida. Una presencia que obliga a los demás a voltear la cabeza, les guste o no.
—¿Por qué todo el mundo nos mira tanto? —susurro inclinándome hacia él.
Silvia capta la pregunta y suelta una risa cristalina.
—Porque Marcus Wreen jamás cruza una puerta sin convertirse en el epicentro del universo, querida.
—Te agradezco enormemente por alimentar mi ego —replica Marcus con una ironía seca.
—Oh, por favor, tu ego se alimenta solo y con carnes rojas —le devuelvo el golpe, alzando mi copa en un brindis silencioso.
Stan niega con la cabeza, divertido.
—Después del numerito de esta tarde, apuesto a que media sala se está preguntando si salimos de un campo de batalla o de una reunión corporativa.
Mi sonrisa se desvanece de golpe. El sonido de los cristales estallando vuelve a retumbar en mi memoria, acompañado por la sombra de la motocicleta huyendo en la noche.
Al notar el cambio en mi respiración, Marcus actúa con reflejos inmediatos: su mano se desliza por debajo de la mesa y se posa con firmeza sobre mi rodilla. Un gesto simple, pero cargado de una autoridad protectora que me devuelve el ancla.
Levanto la vista para buscar sus ojos, y Marcus me sostiene la mirada un segundo más de lo habitual. Una calidez extraña me invade el pecho.
Hasta que una voz cortante y demasiado familiar rompe el hechizo.
—Marcus... cuánto tiempo.
Todo mi cuerpo se vuelve de piedra.
Morgan Sinclair está de pie junto a nuestra mesa, luciendo una sonrisa impecable, casi quirúrgica. Su vestido color vino se amolda a su figura como una segunda piel; sofisticado, elegante... y profundamente venenoso. Amanda Rush permanece a su espalda, guardando un incómodo silencio.
Marcus retira despacio la mano de mi pierna antes de levantarse con parsimonia.
—Morgan —saluda con absoluta neutralidad.