CAPÍTULO 17
Las luces de la ciudad parpadean como chispas melancólicas a través de la ventanilla del auto, proyectando sombras alargadas sobre el salpicadero mientras huimos a toda velocidad de la escena.
Mi pulso sigue golpeando contra mis sienes con una furia desbocada. Tengo las manos heladas, aferradas con fuerza a la tela de mi vestido, incapaz de asimilar del todo la ráfaga de cristales rotos y el terror de hace apenas unos minutos.
Marcus no ha pronunciado una sola sílaba desde que salimos del restaurante.
Sus ojos permanecen fijos en la carretera, la mandíbula tan tensa que los músculos se le marcan con dureza, y los nudillos blancos de tanto apretar el volante.
En el asiento trasero, Elwin respira con dificultad, un sonido áspero que delata el tamaño de su pánico.
Intento ordenar el caos que ruge en mi cabeza.
—Fue una advertencia —murmuro, rompiendo al fin el silencio sepulcral.
Marcus asiente con un movimiento casi imperceptible.
—Lo fue.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunto, sintiendo cómo una presión invisible me aplasta el pecho.
Marcus tarda unos segundos en contestar. En su perfil se refleja el cálculo frío de un hombre que habita perpetuamente dos pasos por delante del peligro.
—Ahora averiguamos exactamente quién está firmando su sentencia de muerte al atreverse a cruzar nuestra línea.
Sus palabras caen dentro del habitáculo como un bloque de plomo. La garganta se me seca al instante.
Desde el asiento trasero, Elwin deja escapar una risa corta, amarga y desprovista de cualquier atisbo de cordura.
—Están jodidos... —susurra, con un hilo de voz que apenas se filtra.
Marcus lo observa de reojo, reflejado en el espejo retrovisor con una fijeza letal.
—¿Quiénes?
Elwin aprieta los labios, negándose a hablar.
—No puedo...
No lo deja terminar. Marcus pisa el freno de golpe.
El sedán derrapa con un chirrido agudo sobre el asfalto antes de detenerse bruscamente en mitad de la calle desierta. La inercia me lanza hacia adelante, y solo el cinturón de seguridad evita que golpee contra la guantera.
—¡Marcus! —exclamo, con el corazón en la garganta.
Él no se digna a mirarme. Toda su atención, densa y venenosa, está volcada sobre el hombre en la parte trasera.
—Escúchame bien, Elwin —dice con una calma que aterra, un filo de hielo puro—. Si sigues jugando a las escondidas conmigo, te juro que no hará falta que esos hijos de puta vengan por ti; me encargaré personal y pacientemente de arrancarte la cabeza.
El silencio que se apodera del auto es tan espeso que parece cortar la respiración. Elwin tiembla. Por un segundo interminable creo que volverá a cerrarse en banda, pero el terror termina por quebrarlo y se cubre el rostro con las temblorosas manos.
—No fue idea mía... —admite al fin, con un hilo de voz derrotado—. Me acorralaron. Me obligaron a tenderte la trampa.
La revelación cae como un jarro de agua fría, congelando la poca sangre caliente que me quedaba.
—¿Quién te obligó? —exige Marcus, sin apartar los ojos de su reflejo.
Elwin traga saliva, con los ojos anegados de pánico puro.
—Lo llaman el Colmillo Dorado.
El nombre flota en el aire como una maldición antigua.
Miro a Marcus de reojo, buscando alguna grieta en sus facciones, algún indicio de sorpresa. Pero su rostro es una máscara de piedra. No se mueve. No pestañea.
—¿El Colmillo Dorado? —repite con un tono de voz completamente plano, casi ausente.
Elwin asiente con desesperación, con la cabeza gacha.
—Sabe que estás metiendo las narices en los asuntos de Claude Bonnet... y quiere que te detengas antes de que sea demasiado tarde.
Un vuelco violento me sacude el estómago.
Sigo sin entender por completo la red de intereses que nos envuelve, pero al ver la forma en que Marcus vuelve a crispar las manos sobre el volante —una oscuridad espesa y peligrosa tiñendo su mirada—, comprendo con absoluta certeza que acabamos de descender un peldaño más hacia el infierno.
Cuando el auto finalmente se detiene frente al hotel, la fachada imponente se me hace una fortaleza inútil. Marcus desciende con una agilidad felina, rodea el vehículo y me abre la puerta.
Su sonrisa de cortesía reaparece, impecable y ensayada. Demasiada normalidad. Una fachada tan frágil que da miedo.
El trayecto en el ascensor transcurre en un silencio pesado, un compás de espera donde la electricidad estática parece chisporrotear entre nuestras pieles. Apenas cruzamos el umbral de la suite y cierro la puerta a nuestra espalda, el aire cambia de densidad.
La adrenalina sigue zumbando en mis oídos, recordándome el eco de los cristales rotos. Levanto la vista y descubro que Marcus ya me está observando.
Sus ojos verdes, habitualmente calculadores, arden ahora con una intensidad oscura y magnética.
El tiempo se detiene cuando comienza a acortar la distancia entre nosotros.
Mi respiración se quiebra al sentir que sus dedos rozan los míos, un contacto deliberadamente lento que enciende una mecha invisible.
Su aliento cálido me roza la mejilla un instante antes de que incline el rostro.
Sus labios apenas rozan los míos. Es una caricia sutil, casi indecisa, pero el incendio que desata en mi interior es inmediato y devastador. Me estremezco por completo.
—Marcus... —murmuro, intentando aferrarme a los últimos jirones de mi voluntad.
—Nicole —susurra contra mi boca, con un timbre ronco que me descoloca.
Deposita una hilera de besos suaves y pacientes sobre mis labios, mientras una de sus manos comienza a desabrochar con parsimonia los botones de su propia camisa. Ver su piel descubierta, el relieve firme de su torso, acelera mi pulso a un ritmo demencial.
—Ríndete de una vez —pide con voz grave.
La orden me atraviesa de parte a parte. Sus labios contradicen la autoridad tiránica de sus palabras, ofreciéndome una dulzura peligrosa que me desarma.
Entreabro los labios, rindiéndome al fin, y mis brazos se cierran alrededor de su cuello mientras el beso se profundiza, volviéndose voraz, hambriento, como si intentara purgar con fuego todo el terror de la noche.
Sus manos descienden con una lentitud desesperante hasta el cierre de mi vestido, bajándolo centímetro a centímetro hasta que la tela se desliza y cae al suelo.
Su mirada recorre cada rincón de mi piel expuesta con un descaro absoluto, encendiendo un rubor caliente en mis mejillas.
Tiemblo cuando acoge mi rostro entre sus palmas, como si necesitara comprobar con el tacto que sigo aquí, real y tangible, a su lado.
Un gemido ahogado escapa de mis labios cuando vuelve a besarme. La urgencia mutua nos empuja a ciegas hasta tropezar con el borde del sofá. Sus manos trazan un mapa febril por mi cintura, mis costillas, mi vientre, provocando un cosquilleo eléctrico que me roza la piel.
Intento devolverle el toque, explorar su cuerpo con la misma intensidad, pero Marcus atrapa mis muñecas al vuelo y las inmoviliza con firmeza sobre mi cabeza, clavando sus ojos en los míos en un desafío mudo. No me resisto. No quiero hacerlo.
—Déjame hacerte sentir —murmura contra mi oído, con un tono que roza la promesa y la amenaza.
El roce experto de sus dedos me roba el último soplo de aire.
Mi espalda se arquea hacia él por instinto, suplicando un contacto más hondo, una tregua en este caos.
Gimo contra su boca, absolutamente perdida en la marea de sensaciones que provoca, hasta que Marcus emite un gruñido sordo y se deshace de la ropa que aún nos separa.
Se hunde en mí con una vehemencia arrebatadora que me deja sin aliento.
En ese instante, el mundo exterior deja de existir: no hay atentados, no hay enemigos anónimos, no hay amenazas ni nombres oscuros.
Solo estamos nosotros, el peso firme de su cuerpo sobre el mío y el compás desesperado de nuestras respiraciones fundiéndose en una sola.
El placer estalla en mi interior como una descarga eléctrica, y Marcus me acompaña al abismo, estremeciéndose con fuerza mientras me mantiene atrapada contra su pecho.
Tras la tormenta, el silencio se instala en la estancia. Nuestros cuerpos permanecen enredados, mecidos por el ritmo lento de la fatiga.
Sin decir una palabra, Marcus me toma en brazos con una facilidad pasmosa y me transporta escaleras arriba. Al depositarme sobre el colchón, reconozco de inmediato el espacio: su habitación.
—Ya funciona... —murmura rozando mis labios con los suyos, sin llegar a sellar el beso.
Abro los ojos lentamente y lo descubro observándome con una fijeza peligrosa.
La barba incipiente en su mandíbula acentúa ese aire oscuro y salvaje que tanto me intimida.
Sigue suspendido sobre mí, y el deseo, lejos de apagarse, arde bajo su piel como brasas ocultas.
Me estremezco al notar el roce áspero de su piel contra la mía.
—Voltéate —ordena de repente, con un tono ronco y definitivo.
El aire se congela en mis pulmones.
—No... —protesto, intentando retroceder, desconcertada por el giro abrupto en su actitud.
Pero Marcus no me da margen. Con un movimiento firme y sin brusquedad innecesaria, tira de mi cadera y me hunde contra la suavidad de las sábanas grises, inmovilizándome con el peso de su cuerpo.
—Ya basta de juegos —exijo, con la mezcla exacta de ansiedad y deseo latiendo en mis costillas.
Marcus ignora la queja. Su boca encuentra la curva de mi cuello, y el calor abrasador de su lengua hace que mi resistencia se disuelva como la niebla.
—Arriba —ordena, sujetándome con autoridad de la cintura.
Mi cuerpo traiciona a mi mente, obedeciendo al instante. Sus dedos vuelven a encontrarme con una precisión devastadora, arrancándome un suspiro tembloroso. Y, un segundo después, el ardor me sorprende cuando su mano impacta con firmeza contra mi piel, sacándome un jadeo de pura incredulidad.
—¿Te estás haciendo la rebelde esta noche, preciosa? —pregunta con una calma que roza el peligro.
—Yo no... —intento defenderme, pero el argumento se desmorona cuando vuelve a tocarme.
—Pero nada —gruñe contra mi piel antes de volver a hundirse en mí.
El golpe del placer es inmediato. Mis dedos se entierran en las sábanas, aferrándose a cualquier cosa sólida mientras Marcus impone un ritmo implacable, profundo, diseñado para desarmarme hasta el último pensamiento racional.
—Cuando te dé una orden... la cumples sin rechistar —murmura entre embestida y embestida.
Cada sílaba me sacude por dentro. Sus dientes rozan apenas la piel de mi hombro, marcándome.
—¿Me has entendido, Nicole? —repite, tirando suavemente de la raíz de mi cabello para obligarme a inclinar el rostro.
Asiento con la cabeza, incapaz de articular palabra.
—Dímelo —exige, acelerando el compás de sus caderas hasta volverme loca.
—Sí... ¡lo entiendo! —chillo en un susurro roto.
El orgasmo me atropella con tal violencia que mis piernas se descerrajan por completo, incapaces de sostener el temblor. Marcus se derrumba segundos después sobre mi espalda, con el pecho agitado y la respiración caliente quemando mi piel.
Permanecemos así largos minutos, reducidos a jirones de agotamiento.
Lentamente, sus manos comienzan a trazar círculos perezosos sobre mi espalda desnuda.
—¿Estás bien? —pregunta de pronto, con una suavidad tan inesperada que me desarma.
Levanto un poco la cabeza para mirarlo por encima del hombro, regalándole una sonrisa lenta y coqueta.
Marcus responde con una sonrisa torcida, ladeada, cargada de una complicidad peligrosa y de promesas mudas que jamás verbaliza del todo.
—Nicole... —murmura contra mi nuca, rozando mi piel con los labios.
Pero deja la frase en el aire. Como siempre.
Nunca termina lo que empieza a decir. Y, por lo general, ese silencio suyo es lo que termina pesando como una losa entre nosotros.
Sin embargo, hay algo diferente esta vez. Noto su expresión inusualmente relajada, una ligera y casi imperceptible risa que se escapa de sus labios contra mi piel, una chispa de absoluta tranquilidad en el fondo de sus ojos verdes.
Jamás lo había visto así. Desprovisto de la tensión perpetua que lo define. Sin rastro de rabia, sin la fría calculadora de los negocios brillando en su mirada.
Y, de manera extraña, esa paz repentina en un hombre como él es precisamente lo que más terror debería inspirarme.