Behind Desire CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Bajamos al aparcamiento subterráneo del hotel. Con una fluidez que roza lo teatral, Marcus se adelanta para abrir la puerta de un sedán negro, dedicándome una sonrisa luminosa que contrasta de inmediato con la opresión del ambiente.

Me extraña ver que al volante hay un guardaespaldas silencioso, un hombre de rostro pétreo que no pronuncia una sola palabra al encender el motor.

Apenas nos incorporamos al tráfico, noto por el rabillo del ojo cómo el conductor ajusta el espejo retrovisor una y otra vez.

Su atención constante hace que me gire para mirar atrás; un sedán oscuro nos pisa los talones a la misma distancia exacta.

Una sensación de frío metálico se instala en mi estómago.

—¿Nos están siguiendo, señor? —pregunto desde el asiento trasero, intentando mantener la voz firme.

Marcus me dedica una sonrisa críptica, cargada de secretos, antes de inclinarse hacia adelante para darle una nueva dirección al chofer.

El aparcacoches abre la puerta del auto con diligencia, dándonos la bienvenida a un restaurante de alta cocina.

Avanzamos por el vestíbulo hasta la entrada principal, donde el maître nos recibe con una reverencia impecable.

El salón está a rebosar de rostros influyentes, murmuraciones y copas que entrechocan.

De camino a nuestra mesa, Marcus tiene que detenerse en seco un par de veces para estrechar manos con conocidos del mundo corporativo, aprovechando cada segundo para proyectar esa aura magnética que lo convierte, sin proponérselo, en el centro de todas las miradas.

A dondequiera que mire, descubro al menos a un agente de seguridad evaluando el perímetro con la mirada endurecida.

Nuestra mesa está situada al fondo del salón, bajo la penumbra sofisticada de unas lámparas de diseño y protegida por un impecable mantel de seda blanca. El señor Bulgary ya nos espera allí, luciendo un traje sobrio que parece restarle años a sus nervios.

Marcus y Elwin se saludan con una aparente camaradería que no engaña a nadie. Hay sonrisas de cortesía, sí, pero los gestos son gélidos, milimétricamente calculados.

—Hola, viejo amigo —saluda Elwin con una sonrisa astuta pero forzada.

—Elwin —responde Marcus con su tono habitual, una plancha de acero imposible de descifrar—. Saluda a Nicole —añade, deslizando con naturalidad una mano cálida sobre la curva de mi espalda.

—Qué grato es verla, señorita Keller  —musita Elwin, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.

—Gracias, Elwin —contesto, tomando asiento en la silla que Marcus me aparta con pulso firme.

En cuanto nos acomodamos, una camarera se materializa a nuestro lado con dos vasos de whisky ámbar y una margarita para mí.

Nos entrega una carta plastificada que ninguno de los dos se molesta en abrir.

Elwin da un trago largo a su bebida, relamiéndose los labios con impaciencia, como si necesitara ganar tiempo para ordenar sus argumentos.

—Amigo mío, tengo entre manos una propuesta excelente que sé que te va a encantar —arranca, intentando entonar una seguridad que no posee.

Marcus se reclina despacio en su asiento, cruzando las manos sobre la mesa.

—Antes de hablar de números, Elwin, me gustaría saber quiénes son los socios reales detrás de este proyecto.

Elwin titubea. Lo descubro en el modo exacto en que sus dedos comienzan a tamborilear contra el lino blanco.

—Bueno... todavía no he cerrado con los inversores definitivos, pero sé de buena fuente que, en cuanto pongamos un pie dentro, el capital lloverá por sí solo. Marcus, tenemos que ser visionarios.

Visionarios.

No necesito mirar a Marcus para saber lo que esa palabra significa en su vocabulario: un eufemismo elegante para disfrazar una apuesta suicida. Para él, es una bandera roja ondeando en medio de la tormenta, no una fuente de inspiración.

—Parece que no estamos enfocando esto desde una perspectiva estrictamente empresarial —intenta replicar Elwin, frotándose la barbilla con nerviosismo.

Marcus agita con lentitud el líquido de su vaso, observando cómo los cubos de hielo chocan contra el cristal.

Su mirada de reojo se desliza hacia mí por una fracción de segundo.

Sé perfectamente que hay una maquinaria compleja girando detrás de sus ojos verdes, ocultándome detalles que prefiere no revelar todavía.

—Desde luego que he analizado cada ángulo de este negocio, Elwin —responde con calma mortal.

Elwin empuja sobre la mesa una carpeta de cuero burdeos.

—En nuestro último correo no alcancé a mostrarte las proyecciones financieras que garantizan el éxito absoluto. El margen de beneficio es obsceno.

Marcus hojea las páginas con una parsimonia desesperante. No necesito adivinarlo: ya conocía cada cifra antes de pisar el restaurante.

—El problema nunca ha sido el margen de ganancia, Elwin —comenta, alzando una ceja con desdén—. Cuando un negocio promete tanto dinero en tan poco tiempo, el riesgo de perder la cabeza —o la vida— es proporcionalmente obsceno.

El silencio que cae sobre la mesa se vuelve espeso, casi irrespirable.

—Déjame decirte algo —continúa Marcus, inclinándose hacia adelante hasta apoyar ambos codos en el mantel, achicando el espacio entre ambos—. Hace demasiado tiempo que no cruzamos una sola palabra... ¿por qué demonios me llamaste hoy para venderme este humo?

Elwin se desploma ligeramente en su silla, buscando una salida de emergencia que no existe. Su postura rígida lo delata.

—Sé por dónde vas, Marcus, pero te estás equivocando de pleno —se apresura a balbucear.

—Entonces explícamelo —exige. Su voz no es un grito; es un susurro bajo, letal y cortante.

—Tú eres un cazador de oportunidades nato, un estratega implacable. Sabes de sobra que esta jugada vale la pena.

Marcus suelta una carcajada seca, desprovista de cualquier atisbo de humor.

—¿Sabes qué? Ya me cansé de tanta palabrería barata.

Elwin parpadea con desesperación; sus manos tiemblan abiertamente sobre los papeles.

En ese preciso instante comprende que ha cruzado una línea de no retorno.

Me muevo en mi asiento, conteniendo la respiración, plenamente consciente de que esto ha dejado de ser una cena de negocios para convertirse en un interrogatorio en toda regla.

—No sé qué más decirte... —murmura Elwin, con la frente sudorosa.

Marcus asiente con lentitud milimétrica.

—Eso me temía.

Cierra la carpeta de golpe, un sonido seco que resuena como una sentencia judicial.

—Y ahora, respóndeme una cosa: ¿creíste de verdad que podías arrastrarme a tus sucios enredos sin pagar el precio?

Elwin tartamudea una negativa incoherente, negando con la cabeza mientras la mirada de Marcus lo desuella vivo.

—Sé que has estado moviendo hilos por debajo de la mesa, Elwin. Así que ahórrate las mentiras.

El hombre intenta levantarse con torpeza, pero los dos guardaespaldas de Marcus se materializan a su espalda con una rapidez felina, bloqueándole cualquier intento de huida.

En ese instante comprendo el despliegue de seguridad con el que nos ha rodeado; Marcus ya sabía exactamente a qué clase de víbora venía a pisar la cabeza.

Mi propio cuerpo vibra, una descarga de adrenalina pura recorriendo mis venas. Admiro el poder y la frialdad corporativa de Marcus, pero jamás lo había visto despojado por completo de paciencia, convertido en un depredador acorralado.

—Pero lo que de verdad me revienta las entrañas —continúa Marcus, golpeando la madera de la mesa con los nudillos en un golpe sordo—, es que hayas asumido que soy el tipo de imbécil al que se puede traicionar sin sufrir las consecuencias.

Elwin se retuerce en el asiento, al borde del colapso.

—Marcus, por favor... fuimos amigos.

Los ojos de Marcus destellan un brillo helado, capaz de congelar el aire.

—Éramos amigos, sí. Porque de lo contrario, no me explico qué clase de demente buscaría apuñalarme por la espalda de esta manera.

Elwin abre la boca para defenderse, pero la furia contenida de Marcus lo atropella.

—¿Quién está detrás de esto? ¡Habla de una vez! —gruñe, elevando lo justo la voz para hacer temblar a los camareros al otro lado del salón.

El terror de Elwin es absoluto, palpable en cada poro de su piel. Yo permanezco en silencio, observando el tablero de ajedrez con el pulso desbocado.

—¿Vas a cantar por las buenas, o tengo que arrancarte la verdad a golpes? —su voz es un filo de navaja apoyado en la yugular.

Lo conozco demasiado bien. El límite de su paciencia se ha evaporado.

De reojo, distingo la rigidez de los guardaespaldas; no moverán un dedo sin una orden directa, pero la amenaza de la violencia flota en el ambiente como gas acumulado.

En ese preciso segundo, el tono de una notificación corta el aire.

Una pantalla ilumina la superficie de la mesa junto al vaso de Elwin. Un mensaje de texto.

Antes de que el hombre alcance a estirar la mano para ocultarlo, Marcus se adelanta con un movimiento felino y le arrebata el dispositivo.

—No... por favor, Marcus, déjalo... —suplica Elwin, intentando recuperar el aparato.

Pero ya es tarde. Marcus ha deslizado el dedo por la pantalla y sus ojos recorren el texto. Veo cómo su expresión se transforma en cuestión de milisegundos: el enojo cede el paso a una oscuridad impenetrable, letal y absoluta.

—Hijo de puta.

Mi estómago se contrae con violencia. Los nudillos de Marcus se vuelven completamente blancos mientras aprieta el teléfono con tanta fuerza que el chasis cruje. Esto es infinitamente más grave de lo que imaginábamos.

Elwin traga saliva, con los ojos anegados de pánico.

—No es lo que parece...

Marcus le arroja la pantalla a la cara, girando el móvil para que las letras resplandezcan frente a sus ojos.

—¿Ah, no? —su voz es un susurro mortal—. Entonces explícame por qué demonios tu contacto anónimo te escribe esto: “Mantén la boca cerrada si quieres seguir respirando”.

Elwin se queda paralizado. El poco color que le quedaba en el rostro desaparece, dejándolo tan blanco como el papel.

Marcus lo observa con un odio tan frío que resulta escalofriante. Su mandíbula está tan tensa que temo que rompa algo dentro de su propia boca.

—¿Qué mierda significa esto, Elwin?

El hombre abre y cierra la boca, pero las palabras se le atoran en la garganta. Está petrificado.

—Elwin... —intervengo, intentando que mi tono suene templado a pesar del terror que me martillea las sienes—. Si hay alguien más involucrado en esta pesadilla, es tu momento de hablar. Ahora mismo.

Elwin se pasa la lengua por los labios secos, escrutando el restaurante con desesperación, como si esperara ver una pistola apuntándole desde cualquier mesa vecina.

—No puedo hablar... —susurra, con un hilo de voz tembloroso—. Están en todas partes. Me vigilan.

Mis dedos se aferran con tanta fuerza al borde de la mesa que se me clavan las uñas.

—¿Quiénes? —exijo.

Elwin toma aire para responder, pero jamás llega a pronunciar la primera sílaba.

Un estallido ensordecedor destroza el aire.

La gran cristalera del restaurante vuela en mil pedazos, lloviendo como una tormenta de diamantes afilados sobre nuestras cabezas. Un grito desgarrador escapa de mi garganta mientras mis instintos primarios toman el control.

—¡Nicole! —brama la voz de Marcus por encima del caos.

Siento cómo sus brazos me envuelven con una fuerza brutal, derribándome al suelo y protegiéndome con su propio cuerpo mientras el mundo a nuestro alrededor se desmorona.

Las alarmas de los autos saltan en la calle, los clientes chillan despavoridos y las sillas caen al unísono en medio de una nube de polvo y cristales rotos.

Marcus não pierde un solo segundo. Sin soltarme del todo, me pone en pie a empujones.

—¡Nos vamos de aquí, ahora mismo! —ordena con fiereza.

Elwin sigue sentado en la misma postura, en estado de shock absoluto, con la mirada perdida y el rostro descompuesto.

—¡Mueves el culo, maldita sea! —le ruge Marcus, propinándole un manotazo en el hombro para arrancarlo del trance.

En cuestión de segundos estamos en la acera exterior. Dos de los guardaespaldas se abren paso a empujones, cubriéndonos las espaldas mientras mi corazón late con una violencia homicida contra mis costillas.

—¿Qué demonios acaba de pasar? —jadeo, intentando llenar mis pulmones de aire mientras corro a duras penas sobre los tacones.

Marcus no responde de inmediato; sus ojos verdes escanean la calle con la precisión láser de un depredador analizando el terreno.

Entonces lo veo.

Apenas a unos metros de distancia, la silueta de una motocicleta negra acelera a fondo, zigzagueando temerariamente entre el tráfico hasta desaparecer por completo en la penumbra de la avenida.

Un escalofrío helado me recorre la columna vertebral de arriba abajo.

No ha sido una advertencia al aire. Alguien acaba de cobrarse la primera ficha.