CAPÍTULO 15
El puto colmillo dorado.
El nombre cae sobre la villa como una sentencia de muerte. Nadie en la estancia se atreve a respirar. Las palabras rebotan en las paredes de mi mente, un jeroglífico oscuro que todavía me niego a comprender por completo.
—Alexis, no... —protesta Marcus, intentando mantener la compostura.
—¿Qué? ¿Vas a decirme que no era tu intención? —ladra Alexis sin contenerse, escupiendo la frase con un asco palpable mientras se sacude las manos con rabia—. Mandé a mis hombres a recuperar el jodido proyecto y regresaron hechos mierda.
El eco del golpe en la mandíbula de Marcus sigue vibrando en el ambiente. El silencio posterior pesa como una losa de plomo.
—El colmillo dorado... —masculla Marcus entre dientes, con un deje de incredulidad oscura.
—Dejó un mensaje —responde Alexis, fulminándolo con la mirada.
—¿Un mensaje? —intervengo, frunciendo el ceño, incapaz de seguir conteniendo la intriga—. ¿De qué diablos está hablando, Marcus? ¿En qué clase de lío nos hemos metido?
—Nadie le roba nada al Colmillo y queda vivo para contarlo —replica Alexis con la mandíbula tensa—. El proyecto de Bonnet terminó en manos de una filial fantasma de este bastardo. ¡Tenía a los malditos ratones jugando en mi propio patio trasero, joder!
—¿En qué momento exacto se adueñaron de esa filial? —pregunta Marcus, dejándose caer con pesadez en el sillón, visiblemente agotado.
—Prepararé algo de café para hablar de esto con calma —interrumpe Helen, con el rostro ensombrecido, antes de desaparecer discretamente hacia la cocina.
—De alguna manera se infiltraron y nos comieron el terreno —continúa Alexis, golpeando la mesa auxiliar con frustración—. Por cierto, Elwin me llamó esta mañana...
Un destello de memoria cruza mi mente. Recuerdo vagamente haber visto una notificación de un correo electrónico con los detalles del evento Península. Sin perder un segundo, me apresuro hacia el estudio para buscar la tablet y confirmar la sospecha.
—Podemos reunirnos con él mañana por la noche —anuncio desde el umbral, con la pantalla encendida—. En Nueva York se celebrará la gala anual.
—¿Otra vez? El dichoso evento Península... —masculla Alexis con puro desdén.
Marcus levanta lentamente la vista hacia mí. Por primera vez desde que lo conozco, sus ojos destellan una genuina y profunda preocupación.
Alexis suelta una risa seca, sin pizca de gracia.
—Pues más vale que nos movamos, porque si no detenemos esto ya, habrá una masacre.
—Organiza todo para salir esta misma noche, Nicole —dictamina Marcus, con una autoridad inapelable.
Inmediatamente me pongo manos a la obra, contactando con la torre de control del aeropuerto privado para tramitar el plan de vuelo del jet de Marcus.
—No deberían irse tan pronto... —murmura Helen con tristeza, dejando una bandeja humeante con varias tazas de café sobre la mesa de centro.
—No se preocupe, Helen. Aún tenemos negocios pendientes con Bonnet, así que nos seguiremos viendo —le aseguro, dándole un apretón cariñoso en el hombro antes de marcharme.
Me despido con la sensación de que cada pregunta se clava como una espina en mi pecho, ardiendo con más fuerza que la anterior. Es como si estuviera arrancando un pedazo de mi alma al abandonar esta villa.
Cuando el jet finalmente aterriza, lo único que anhelo es enterrar la cabeza en una almohada blanda.
Una jaqueca sorda y persistente me martillea las sienes, consecuencia directa del torrente de malas noticias que nos persigue.
A estas alturas, lo último que me importa es qué peinado elegir o qué vestido ponerme para la gala.
El taxi frena frente a la fachada imponente de un hotel en la ciudad. Miro a Marcus de reojo, buscando algún indicio de calma, pero su expresión sigue siendo la misma de siempre: una advertencia silenciosa de que los problemas apenas comienzan.
Marcus rodea el vehículo con un despliegue de caballerosidad exagerada, casi teatral. Abre la puerta para mí, me dedica una sonrisa de niño travieso y me tiende la mano en un gesto tan cortés que resulta insultantemente falso. No me trago ni un ápice de su actuación.
—Señor Wreen... —susurro con una sensualidad fingida, tomando su mano y siguiéndole el juego con la misma ironía.
—Señorita Keller —murmura él con voz ronca, apretando mis dedos antes de soltarme.
Subimos a la suite sin contratiempos. El espacio es impecable, de un minimalismo sofisticado; los sofás blanquecinos contrastan con elegancia contra las paredes de tonos grises, creando una atmósfera tan acogedora como gélida.
—¿Dónde estamos exactamente? —pregunto, plantada en medio del salón.
—En uno de mes dominios.
—Voy a tomar una ducha —advierto, ignorando deliberadamente su tono críptico.
—Como quieras.
Abro la puerta del baño y me encuentro con una bañera de porcelana profunda, una invitación directa a desconectar del mundo. Giro la llave del agua caliente y, en pocos minutos, una densa neblina de vapor envuelve el cuarto, transformándolo en un refugio privado.
El calor alivia la tensión de mis músculos, pero es incapaz de apagar el huracán que ruge en mi mente.
No escucho a Marcus al otro lado de la puerta.
Quizá prefiera mantenerme al margen, o tal vez simplemente ya no pueda lidiar con sus silencios.
Siento que camino sobre una cuerda floja, suspendida en el vacío a un solo paso de la locura, y la paciencia se me agota por segundos.
Cuando el agua comienza a enfriarse, salgo de la tina sintiéndome renovada, solo para tropezar con un detalle minúsculo pero crucial: olvidé preguntar por mi ropa.
—Marcus —llamo con cautela.
Solo el silencio me devuelve el eco. ¿Se habrá marchado sin decir nada?
No estoy dispuesta a cruzar los pasillos en este estado. Me envuelvo deprisa en una toalla mullida y salgo a grandes zancadas escaleras arriba. Al llegar a la habitación principal, empujo la puerta con demasiada prisa... y el desastre ocurre en una fracción de segundo.
Choco de lleno contra una muralla de músculos y, por inercia, caigo hacia adelante, aterrizando de bruces sobre un cuerpo cálido y firme.
Marcus.
Nuestros rostros quedan a escasos centímetros, atrapados en un compás de espera donde las respiraciones se mezclan por la sorpresa.
Sus manos me sujetan de la cintura con una firmeza instintiva, mientras mi cabello mojado desparrama gotas de agua sobre su piel.
El corazón me golpea el pecho, un pulso salvaje entre la rabia y el estupor.
—¿Qué crees que haces? —exijo, intentando recuperar la dignidad mientras me incorporo de golpe.
Pero en mi torpeza, la toalla traicionera se desliza por mi piel y cae al suelo con un susurro seco.
Marcus se tensa de inmediato. Sus ojos verdes descienden con lentitud magnética, recorriendo cada centímetro de mi cuerpo desnudo antes de volver a clavarse en mis ojos.
El aire de la habitación se vuelve denso, cargado de una electricidad tan violenta que quema.
Sus labios se curvan en una sonrisa lenta, de depredador satisfecho.
El pánico y el deseo colisionan en mi interior con la fuerza de un tren de carga. ¿Por qué no se aparta? ¿Por qué no desvía la mirada o se ríe de mi torpeza como suele hacerlo?
Da un paso al frente, acortando aún más la distancia. Su aliento cálido me roza la piel. Dios... si me toca, sé que estoy perdida.
Cierro los ojos, con el pecho agitado por un vaivén frenético.
Sus labios rozan los míos con una lentitud exasperante, como si quisiera saborear el preludio de la perdición.
Durante un segundo fugaz, la razón intenta rescatarme y quiero empujarlo, pero Marcus responde con un arrebato más salvaje, apresándome de los brazos para inmovilizarme.
El beso es profundo, un saqueo absoluto que me arrebata el pensamiento. Las sensaciones me desbordan, recordándome de golpe aquel vértigo inexplicable que experimenté semanas atrás con el desconocido en la discoteca. Esa misma mezcla letal de peligro y devoción.
No debería querer más. No debería dejarme arrastrar a este incendio silencioso.
Maldición. No tengo tiempo para esto.
Reuniendo las últimas briznas de voluntad, rompo el beso y me agacho a tropezones para cubrirme de nuevo con la toalla.
Al levantar la vista, alcanzo a ver el brillo de frustración y hambre reprimida en sus ojos verdosos, mientras su pecho sube y baja al compás de la tensión.
Maldice por lo bajo y se aparta de golpe, como si permanecer cerca un segundo más fuera una sentencia de muerte.
Me refugio en la habitación contigua para vestirme. Busco algo ligero, un atuendo cómodo para salir a correr y vaciar la cabeza antes de que la noche me venza por completo.
Cuando regreso del trote nocturno, la amenaza del enemigo anónimo ya no parece tan abrumadora, eclipsada por el simple deseo de dormir sin la sombra de Marcus rondando por la casa. Deslizo la tarjeta magnética en la cerradura del apartamento y abro la puerta.
Justo en ese instante, una figura femenina desciende por las escaleras interiores con demasiada cautela. Al levantar la vista y verme, sus ojos se abren de par en par, delatando un terror absoluto.
—¿Qué haces aquí? —grita ella, llevándose los dedos al puente de la nariz en un gesto de fastidio teatral, intentando disimular su evidente nerviosismo.
—Eso mismo debería preguntarte yo, Sinclair —le respondo, arqueando una ceja con desdén.
Balbucea una excusa absurda sobre haber venido a buscar a Marcus y sale disparada hacia la salida, cruzando la puerta antes de que pueda interrogarla.
El mal presentimiento sobre los movimientos de Sinclair se instala en mi pecho como una espina. Me quedo esperando a Marcus en el sillón, pero el agotamiento acumulado termina pesando más, arrastrándome hacia un sueño espeso y fragmentado.
Unos brazos firmes me envuelven de la nada. El aroma limpio de su perfume me inunda los sentidos y abro los ojos despacio, reconociendo al instante la presencia de Marcus.
—Lo mejor será que te quedes a descansar esta noche —sugiere, con los labios apretados en una línea seria.
—No. Quiero ir contigo —respondo con absoluta firmeza—. Y ahora, bájame, por favor.
Siento el rubor subiéndome a las mejillas ante su cercanía. Marcus obedece con una sonrisa divertida, entregándome unas bolsas de compras en una mano mientras sostiene un traje recién salido de la tintorería en la otra.
Abro el empaque con curiosidad. Dentro yace un vestido negro impecable.
—Gracias —digo en voz baja, retirándome hacia mi habitación con el paquete entre los brazos.
La prenda se ajusta a mi silueta como un guante; el escote se cruza con elegancia hasta el cuello, realzando mis curvas de una manera sutil pero devastadora. Para rematar el conjunto, me calzo unos tacones de aguja rojos de quince centímetros.
Esto no es simplemente ropa. Es mi armadura de guerra.
Me detengo frente al espejo. Me veo bien. Me siento poderosa.
Hoy, Marcus no tendrá el control absoluto. Hoy, nadie lo tendrá. Vamos a tomar nuestro propio destino por las solapas, aunque tengamos que arrancárselo al mismísimo Colmillo Dorado.