CAPÍTULO 14
Un hombre emerge desde uno de los extremos del salón con una copa de vino en la mano. Marcus lo reconoce al instante; ambos se desafían con la mirada en un duelo silencioso y tenso, antes de que Marcus apriete los puños con furia y lo siga hacia el interior del pasillo.
Me quedo plantada, con el ceño fruncido, incapaz de descifrar qué clase de sombras oculta y por qué la simple presencia de ese individuo parece afectarle tanto.
El frío nocturno termina empujándome de regreso a la calidez del salón principal.
Tomo una copa de champán de la bandeja de un camarero y observo cómo la coreografía en el escenario da comienzo a otra pieza melancólica.
Pero me cuesta mantener la compostura sabiendo que Marcus se ha esfumado en esa clase de tensión opaca que lo envuelve.
Decido encaminarme al baño para disipar los nervios. Al doblar un pasillo secundario, una puerta entreabierta detiene mis pasos. La figura que alcanzo a vislumbrar en el umbral es inconfundible. Es Marcus. Su voz suena contenida, un murmullo grave que apenas se filtra al exterior.
—No lo sabía —admite, con un dejo de derrota que me congela la sangre.
—¿No lo sabías, o preferiste mirar hacia otro lado para salvar tu pellejo? —arguye el otro hombre, retándolo sin piedad.
—Mi madre...
—Tu madre es una arpía codiciosa. A ella jamás le importó otra cosa que la herencia.
—¿Stan? —pregunta Marcus, y su voz se quiebra de una manera tan vulnerable que me deja sin aliento.
El silencio que sigue a continuación pesa como una losa.
Nunca antes le había escuchado hablar así.
Ni rastro de la arrogancia pétrea, de la frialdad corporativa o de la crueldad con la que suele abatir al mundo.
Hay algo trágicamente roto en su tono. Un destello de dolor que me hace sentir como si estuviera espiando una herida sagrada que jamás debí presenciar.
—Tu hermano reparó lo que no le correspondía —continúa el desconocido—. Es un hombre íntegro. Hasta cierto punto, lo admiro.
Ahogo un gemido de impresión, pero el sonido, por mínimo que sea, no pasa desapercibido.
—¿Quién anda ahí? —espeta el hombre de inmediato.
El pánico me azota con violencia. Sin pensarlo dos veces, retrocedo a toda prisa y me refugio en el baño, cerrando la puerta con un clic imperceptible.
Mi respiración es un caos irregular; la cabeza me da vueltas intentando encajar unas piezas que ni siquiera comprendo, pero la certeza es absoluta: entre ellos hay un pasado denso y lleno de cuentas pendientes.
Pasan los minutos hasta que considero seguro salir. Al empujar la puerta del baño, me encuentro con Marcus recostado contra la pared del pasillo.
Sus ojos verdes se clavan en mí de inmediato, intensos, oscuros y cargados de una furia contenida.
—Nicole.
Su voz es un filo de hielo puro.
El corazón me golpea las costillas con desesperación.
—¿Qué ocurre? —pregunto, fingiendo inocencia.
Marcus avanza hacia mí con paso firme, avasallante.
—¿Dónde estabas?
La pregunta no tiene nada de casual. Suena peligrosa, como el mecanismo de un arma a punto de dispararse. Trago saliva, obligando a mis músculos a relajarse.
—He estado aquí todo el tiempo —respondo, con un hilo de duda que me delata.
Sus ojos recorren cada facción de mi rostro, buscando una rendija en mi coartada, una sola mentira que justifique su paranoia. Por un segundo absurdo, el miedo me paraliza.
—Más te vale que sea verdad —amenaza con los dientes apretados, frunciendo el ceño con profunda irritación.
Extiendo la mano con delicadeza, rozando con la yema de los dedos el espacio entre sus cejas para suavizar la tensión de su gesto.
Entonces, de manera imprevisible, su semblante se desmorona en una sonrisa socarrona.
—Ya hemos terminado aquí. Vámonos.
El trayecto de regreso a la villa transcurre en un silencio pesado, casi agotador, mientras la imagen de un Marcus vulnerable, dominado por fantasmas que desconozco, se repite una y otra vez en mi cabeza.
Un bostezo me traiciona al llegar; siento los párpados de plomo, agotados por la tensión acumulada. Me descalzo y me dejo caer en la cama, pero el alivio dura poco: al abrir los ojos por culpa de una corriente fría, compruebo con decepción que el otro lado del colchón está vacío.
Miro el reloj de la mesilla: las dos y veinticinco de la madrugada. Marcus no está.
Intrigada, bajo las puntas de los pies a la planta baja.
Noto una franja de luz dorada que se filtra bajo la puerta del estudio.
Al acercarme, la madera se abre y, para mi absoluta sorpresa, Clara emerge del despacho con una sonrisa triunfal y petulante pintada en los labios, cerrando la puerta a su espalda.
En cuanto me ve, su expresión se afila con malicia.
—Te ves fatal —suelta con fingida condescendencia.
Ignoro su comentario y avanzo con la intención de pasar de largo, pero su mano se posa en la manilla, bloqueándome el paso.
—¿No te parece irónico que Marcus y yo tengamos tanta química? —susurra, disfrutando de cada sílaba—. La verdad, querida… pensé que lo tuyo con él era algo más especial. Pero veo que solo eres un pasatiempo más.
Aprieto los labios en una línea blanca y tensa.
Clara suelta una risa suave, cargada de veneno.
—Oh, por favor… ni intentes competir conmigo. No estás a su nivel.
Esa soberbia gratuita rompe el último resorte de mi paciencia. Sin mediar palabra, mi mano se desliza por el aire y se estrella con fuerza contra su mejilla. El eco del bofetón resuena en el pasillo, y Clara cae desequilibrada hacia un lado, con la cara ardiendo de furia e incredulidad.
Soplo la palma de mi mano con exasperación y una sonrisa cínica en los labios.
—¿Competir contigo, Clara? —replico con desdén—. Cariño, si de verdad crees que Marcus te toleraría más de cinco minutos por voluntad propia, eres infinitamente más tonta de lo que aparentas.
Su rostro se contrae en una mueca de pura rabia.
Antes de que alcance a responder, la puerta del estudio se abre de par en par.
Marcus aparece en el umbral. Sus ojos verdes viajan de la cara enrojecida de Clara a mi postura desafiante.
—Nicole —ordena, con su tono de mando habitual—. Ven aquí ahora mismo.
Me cruzo de brazos, renuente a ceder ante su autoritarismo, pero Marcus me toma del codo con firmeza y me arrastra hacia el interior del despacho, cerrándole las narices a Clara en las propias compuertas.
Una vez dentro, me acorrala contra la madera de la puerta. Su respiración es extrañamente irregular, un vaivén febril que me quema la piel, y me observa con esa intensidad depredadora de quien sabe que está perdiendo el control del juego.
—Nicole… —repite, desajustándose la corbata con una brusquedad inusual, como si el aire del despacho le resultara insuficiente y necesitara arrancarse la ropa para respirar.
No alcanzo a contestar. Relamo mis labios con sequedad, sintiendo cómo el calor de su cuerpo desborda la distancia.
Su piel, habitualmente pálida, luce enrojecida, y sus jadeos se vuelven densos, cargados de una urgencia febril.
La tensión estática entre nosotros es tan densa que resulta casi irrespirable; me muero de ganas de ceder, de besarlo y apagar este incendio.
De pronto, me toma de la nuca y me devora los labios sin previo aviso. Es un beso desesperado, un reclamo de ardor y furia que intenta avasallarme por completo.
—Creo… que me han drogado —murmura contra mi boca, con un hilo de voz apenas perceptible.
El mundo se detiene por una fracción de segundo.
Lo miro de cerca, escudriñando su rostro.
Sus pupilas están peligrosamente dilatadas, su piel radia un calor febril bajo las yemas de mis dedos, y de golpe todo cobra sentido.
No está actuando con frialdad ni jugando a ser distante; está luchando con uñas y dientes para no perder la consciencia.
Me sujeta de la cintura con los últimos jirones de su fuerza, empujando su cadera contra la mía con una desesperación ciega mientras entierra los dientes en el recodo de mi cuello.
—No quiero contenerme… ni un minuto más —balbucea, cerrando los ojos con frustración, buscando de nuevo mis labios con una necesidad atroz.
Hay un trasfondo de agotamiento extremo en su voz, como si llevara demasiadas horas librando una guerra invisible contra su propio cuerpo.
Aparto los pensamientos de Clara y de la rabia acumulada; en este preciso instante, la única prioridad es sacarlo de aquí.
Su peso cae parcialmente sobre mí cuando comenzamos a subir las escaleras.
Marcus resopla, irritado por su propia debilidad, aferrándose a ese orgullo inquebrantable que le prohíbe flaquear ante los demás.
Lo guío hasta el baño y abro la llave de la bañera, dejando caer un chorro de agua helada.
Cuando lo obligo a sumergirse, Marcus emite una queja sorda, aunque sus manos aún buscan aferrarse a mí con una pasión turbia.
Sé que no puedo aprovecharme de su vulnerabilidad, por mucho que su presencia me estremezca y que esa armadura suya parezca una cebolla interminable de capas indescifrables.
—Nicole, ya puedes irte —dice al fin, recuperando una neutralidad seca, vaciando el tono de cualquier rastro de la pasión que le quemaba las venas hacía apenas segundos.
El resto de la noche se arrastra como una condena incómoda.
Me pica la piel imaginando lo que habría pasado si le hubiera seguido el juego, y la cercanía de su cuerpo en la cama —el calor de su respiración filtrándose en la oscuridad— se convierte en una tentación constante que me niega el descanso.
Cuando suena la alarma al alba, sé perfectamente que ninguno de los dos ha dormido lo necesario. Su espacio en el colchón ya está frío y vacío.
Bajo a la cocina buscando refugio en una taza de café caliente para disipar la opresión en el pecho.
Al asomarme a la barra, me topo con Helen.
Su rostro luce demacrado, surcado por profundas ojeras que delatan noches enteras de insomnio.
Una punzada de genuina empatía me atraviesa; no soy la única cargando con fantasmas en esta casa.
Sin pensarlo, apoyo una mano suave sobre su hombro.
—¿Estás bien, Helen?
Ella niega con lentitud, suspirando mientras enjuaga un cuenco de verduras en el fregadero.
—Si necesitas hablar, sabes que puedes contar conmigo.
—Gracias, querida —responde con una media sonrisa triste—. Es solo que todo esto es muy complicado.
Toma asiento en uno de los taburetes y comienza a picar los vegetales con una precisión casi automática. La curiosidad me gana terreno.
—¿Qué estás preparando?
—Ratatouille. La receta clásica de la casa —contesta, y por un segundo un brillo de orgullo ilumina sus ojos cansados—. Conserva todas las tradiciones de nuestra familia, y tengo la esperanza de que alguien aquí aprenda a valorarlas pronto. Aunque Daniel es un desastre total para la cocina.
—Bueno, ningún hombre terminará de entender las complejidades de una mujer —comento con una sonrisa cómplice.
—Supongo que soñar no cuesta nada —bromea ella—. Fue igual con Claude, mi difunto esposo, hasta que aquella maldita enfermedad me lo arrebató. Que en paz descanse.
—Lo siento mucho, Helen. Se nota cuánto lo extrañas.
—Han pasado los años, pero el vacío queda —admite con serenidad.
En ese instante, diviso a Clara moviéndose por el pasillo. La bilis vuelve a subirme a la garganta.
—Veo que esa joven te genera urticaria, querida —nota Helen, siguiendo mi mirada furiosa.
—Anoche drogó a Marcus —suelto sin filtros, incapaz de contenerme un segundo más.
Un golpe seco, sordo y brutal interrumpe el aire: la palma de Helen impacta contra la encimera.
—¿Cómo dices? —su voz se tiñe de un asco profundo, el mismo que me revuelve las entrañas.
Sin añadir una sola palabra, se levanta de un salto con una agilidad insospechada y se encamina a paso firme hacia el área de lavandería, donde Clara anda ocupada con la colada.
Apenas llego a la puerta, alcanzo a escuchar el sonido seco de un bofetón tan violento que desploma a Clara contra las baldosas.
—Te largas de mi casa en este preciso instante —le espeta Helen con una autoridad helada—. Y más te vale no volver a pisar un empleo digno en lo que te queda de vida.
Unos nudillos golpeando con insistencia la puerta principal interrumpen la escena. Helen y yo intercambiamos una mirada de idéntica perplejidad; nadie esperaba visitas a estas horas, y mucho menos con semejante urgencia.
Aceleramos el paso hacia el recibidor, pero antes de que alcancemos la puerta, veo a Marcus saliendo de un lateral. Un instante después, un puñetazo seco y brutal le revienta la mandíbula, haciéndole perder el equilibrio.
—¡Marcus! —grito horrorizada, corriendo a socorrerlo.
En el umbral, recortado contra la luz de la mañana, se encuentra el mismo hombre misterioso de la noche anterior.
—¿Qué demonios te pasa, idiota? —ladro, furiosa, interponiéndome entre ambos.
El desconocido me ignora por completo, clavando sus ojos oscuros en Marcus.
—¡El maldito Colmillo Dorado! —gruñe con rabia desaforada, agarrando a Marcus por el cuello de la camisa con desesperación—. ¿Acaso pretendes mandarnos a todos al infierno con tus jueguitos?