Behind Desire CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Su oratoria es un arma de precisión. Los rostros de los jurados están clavados en él, rendidos a su elocuencia. Por primera vez lo veo en su hábitat natural: un depredador elegante, letal y plenamente consciente de su poder.

—La ley no es una simple telaraña destinada a atrapar únicamente a las moscas pequeñas —ataca de inmediato el abogado de la acusación particular, intentando recuperar el terreno perdido.

Pero su réplica carece de pegada. Daniel esboza una sonrisa imperceptible, paciente, aguardando su momento.

El interrogatorio comienza. El esposo de la difunta, el señor Lugo, es llamado al estrado.

Daniel no le concede tregua. Cada pregunta es una celda que se cierra con sutileza, una trampa tejida con hilos invisibles. Las respuestas de Lugo, al principio altivas, empiezan a desmoronarse segundo a segundo.

Hasta que llega el golpe definitivo.

—Señor Lugo —comienza Daniel, acortando la distancia con una lentitud felina, saboreando el control absoluto de la escena—, si su matrimonio era un remanso de paz y felicidad… ¿Por qué decidieron contratar un cuantioso seguro de vida apenas cinco meses antes de la boda?

Un escalofrío recorre la sala. El color abandona por completo el rostro del señor Lugo. Sus nudillos, aferrados al borde de la madera, se vuelven blancos de la tensión.

Daniel no aparta los ojos de él.

—Le sugiero que responda, señor Lugo.

El acusado traga saliva con desesperación, con un hilo de voz que apenas se sostiene.

—Era… un plan de previsión conyugal. Algo estándar.

Daniel inclina la cabeza, fingiendo una compasión sarcástica.

—Ah, claro. Un detalle preventivo. —Da un paso al frente, llevándose los dedos a los labios en un gesto de calculada provocación—.

¿Y cómo se explica entonces que, apenas cuarenta y ocho horas después del trágico fallecimiento de su esposa, usted ya estuviera reclamando la indemnización ante la aseguradora?

Un murmullo escandalizado recorre las bancas del público. Las miradas del jurado se vuelven de plomo. Lugo abre la boca, pero ningún sonido sale de su garganta.

—Permítame refrescarle la memoria con otro detalle clínico —prosigue Daniel, implacable—. Usted era plenamente consciente de que su esposa padecía una infertilidad irreversible antes de firmar el acta matrimonial, ¿no es así?

El hombre se tambalea en el estrado.

—¡No tengo la menor idea de lo que está insinuando! —grita con una mezcla patética de furia y pánico.

Daniel alza una ceja, soberbio.

En ese preciso instante, mi teléfono vibra con insistencia en el bolso.

Lo extraigo con sigilo, lo pongo en silencio de inmediato y pido mil disculpas con una mirada al frente.

No alcanzo a procesar el aviso en la pantalla, pero al levantar la vista noto que el señor Lugo respira con opresión, con el pánico desbordándose por cada poro.

Daniel se cruza de brazos, regodeándose en su victoria.

—No tengo más preguntas, su señoría.

Cuando regresa a su asiento, me dedica una mirada fugaz de reojo. Sus ojos brillan con el fulgor oscuro de la satisfacción absoluta. Sabe que ha ganado la partida.

Minutos más tarde, la deliberación exprés recae sobre el culpable. Queda al descubierto lo impensable: incapaz de aceptar que ella no pudiera darle descendencia, simplemente decidió borrarla del mapa.

Bajo las escalinatas del tribunal sintiendo el vértigo de la crudeza humana. Daniel me extiende la mano a modo de apoyo distraído, pero el contacto me toma desprevenida; tropiezo con el último escalón y, antes de estrellarme contra el suelo, unos brazos de hierro me atrapan por la cintura.

Alzo la vista y me encuentro con los ojos verdes de Marcus. Por una fracción de segundo, un destello de genuino alivio cruza su rostro antes de volver a enfundarse en su impenetrable armadura corporativa.

—¿Por qué diablos ignoras mis llamadas? —espeta, con los dientes apretados.

Lo miro, completamente atónita.

—Estaba dentro del tribunal —contesto, frunciendo el ceño con indignación.

—¿Con él? —inquiere con un tono cortante, señalando a Daniel con la barbilla.

Asiento lentamente, sintiendo una punzada de culpa absurda, como si acaban de descubrirme cometiendo una falta imperdonable.

—No creí que fuera una emergencia de vida o muerte.

—Cuando te llamo, se supone que contestas de inmediato —sentencia, sin admitir réplica.

El aire se me atasca en la garganta.

—¿Cómo sabías exactamente dónde encontrarme? —pregunto, entrecerrando los ojos.

Marcus esboza una sonrisa fría, una mueca carente de calidez.

—Vámonos. Tenemos un negocio que rescatar.

El trayecto en coche es una auténtica tortura psicológica.

Viajo codo a codo con un hombre hermético que se niega en rotundo a soltar prenda sobre nuestro destino.

Cuando el vehículo frena con suavidad, alzo la vista y contengo la respiración: frente a nosotros se despliega una impresionante propiedad de arquitectura mediterránea, rodeada de olivos y terrazas de piedra dorada.

Un hombre de avanzada edad sale al recibimiento. Marcus le entrega una tarjeta personal con pulso firme, y el anfitrión nos autoriza el paso con una mezcla de respeto y recelo.

Las luces del salón principal son tenues, casi ceremoniales.

El silencio absorbe el eco de nuestros pasos hasta que, de golpe, un estallido cenital ilumina la pista de baile central.

Un grupo de bailarines de ballet clásico comienza a ensayar los primeros compases de una coreografía bajo el compás de una melodía melancólica.

Una mano firme se cierra alrededor de mi muñeca. El contacto me sobresalta.

—¿Qué…?

Antes de que me permita asimilar el movimiento, Marcus me arrastra lejos del salón, alejándonos del bullicio hasta sacarme al exterior, a un jardín apartado bañado por la luz plateada de la luna y adornado con hileras de bombillas diminutas.

—¿Qué demonios te pasa? —exijo, soltándome de su agarre con un tirón.

Levanto la vista hacia el cielo estrellado, respirando hondo para aplacar el caos que bulle bajo mi piel. Me detengo a pocos centímetros de él, intentando descifrar el mutismo espeso que lo acompaña. Bajo la luz de la luna, se le ve tenso, inusualmente vulnerable en su rigidez.

—¿Estás bien? —pregunto, suavizando el tono a pesar de la frustración.

—Lo estoy —contesta con sequedad.

Es esa maldita habilidad suya para erigirse en un témpano de hielo lo que termina de sacarme de quicio, empujándome a decir lo primero que cruza por mi mente.

—¿Era realmente necesario humillarte cediendo ante las condiciones de Bonnet?

Sus ojos se abren de par en par ante mi osadía. Me fulmina con el ceño fruncido, claramente desconcertado por mi atrevimiento, mientras sus hombros se tensan como resortes de acero ante la perspectiva de tener que dar explicaciones.

—Bonnet controla un sector clave. Este proyecto me abre la puerta definitiva a su círculo de influencia —zanja, cortante.

Asiento en silencio. Conozco de sobra la maquinaria mental de Marcus; es un estratega implacable, un cazador nato que huele las oportunidades de oro a kilómetros de distancia.

Admiro esa faceta suya con la misma intensidad con la que la detesto.

A veces posee una estructura mental tan rígida, tan implacablemente planificada, que lo único que me apetece es sacudirlo con fuerza para obligarlo a tambalearse.