CAPÍTULO 13
Llego a la villa de los Bonnet sintiendo un desasosiego extraño que me oprime el pecho. Al cruzar el umbral, diviso a Helen tomando el sol cerca de la piscina. En cuanto me reconoce, su rostro se ilumina con una sonrisa abierta.
—Hola, linda —saluda, haciendo un gesto suave con la mano—. ¿Por qué no te cambias y me acompañas un rato?
Le pido un par de minutos para ponerme un traje de baño y vuelvo para instalarme en la tumbona contigua, extendiendo protector solar sobre mi piel. Me sorprende el tono inusualmente dulce de su voz cuando rompe el silencio:
—¿Estás bien con Marcus?
Dudo unos segundos antes de responder.
—Sí… Él a veces es un poco difícil.
Entiendo que quiera controlar cada variable, que su mente funcione como un engranaje milimétrico, pero detesto la sensación de ser relegada a un segundo plano cuando decide que no le soy útil, y sobre todo, me exaspera su imperiosa necesidad de someterlo todo a su voluntad.
—Me gusta que estemos haciendo esto —digo de repente, dejando que la tensión se disipe y relajándome contra el respaldo, como si el torbellino del día anterior perdiera peso.
—A mí también. Ojalá hubiera tenido una hija que me acompañara más a menudo —responde ella con una sinceridad que me desarma.
—Cuando quieras —le aseguro con una sonrisa melancólica, sintiendo de golpe la punzada familiar de la ausencia de mi madre, siempre errante y esquiva.
Me despierto sobresaltada por unos toques suaves en el hombro. Es Helen.
—Creo que ya ha sido suficiente sol por hoy. Entremos antes de que refresque.
Me guía con afecto hacia la sala, donde me tiende un vaso de limonada fría y señala un tazón de fruta fresca sobre la mesa auxiliar.
—¿Qué hora es? —pregunto, con la voz pastosa y rasposa por el sueño.
—Las cinco.
—¿Marcus aún no ha regresado?
Ella niega con la cabeza, un gesto sutil que vuelve a encender la chispa de mi inquietud.
Las horas se arrastran y la noche cae sobre la campiña sin rastro de su llegada.
Acostada en la cama, arremolinada entre unas sábanas que parecen guardar el fantasma de su perfume, doy vueltas en la oscuridad sin lograr descifrar qué es exactamente lo que me altera tanto.
Cuando miro el despertador y veo que marcan las tres y cuarenta y cinco de la mañana, con el eco lejano de la televisión de fondo, me pregunto qué demonios le molestó de aquel encuentro en la oficina del investigador.
¿Por qué no he podido conciliar el sueño?
Cansada de dar vueltas, bajo a oscuras por una taza de té, sintiéndome extrañamente sola en la inmensa quietud de la villa.
Marcus sigue sin aparecer por ninguna parte.
Frunzo el ceño, desconcertada. ¿No ha vuelto en toda la noche? Una punzada punzante se agita en mi interior; no sabría decir si es confusión, irritación o un vacío absurdo. Él, que se había empeñado en acortar cada distancia, en rozar los límites de mi espacio, desaparece de la nada.
En la cocina, me encuentro de frente con Claude.
—Buenos días —saluda con voz ronca, todavía marcado por el sueño—. ¿Insomnio?
Abro la boca para responder, pero me quedo completamente petrificada cuando Marcus cruza la puerta principal.
Lleva ropa deportiva. El sudor perla sus antebrazos, tensando cada fibra de sus músculos con una precisión insultante.
Mi mirada se desliza, sin que pueda evitarlo, por la línea de su cuello, su mandíbula marcada y la forma en que la camiseta húmeda se adhiere a su torso, esculpiendo un cuerpo que desborda una masculinidad arrebatadora.
Trago saliva con esfuerzo, conteniendo el aliento.
Por un segundo, mi mente se apaga por completo, rehén de esa visión.
Marcus ni siquiera se digna a mirarme; su indiferencia me golpea con la fuerza de un bofetón.
Sube las escaleras con paso firme, llevándose consigo una energía invisible que me deja vacía.
Nadie debería tener el derecho de verse tan insolentemente bien a las cuatro de la madrugada después de entrenar.
Trato de recomponerme al instante, pero Claude interpreta mi turbación de otra manera.
—Sé lo que es sentirse un poco desubicada en una casa ajena —dice con una sonrisa comprensiva, volviendo a desplegar su periódico.
Le devuelvo la sonrisa, sintiéndome estúpida por mi reacción, aunque me guardo muy mucho de corregir su suposición.
—Tranquila —continúa con aire despreocupado—. Cuando yo era solo el jardinero de una familia adinerada, me pasaba exactamente lo mismo.
Alzo las cejas, genuinamente sorprendida.
—¿Trabajaste como jardinero?
—Así es —responde sin rastro de falsa modestia—. Nada de esto me fue regalado. Tuve que picar piedra y trabajar el doble para hacerme un lugar aquí.
Lo observo con una mezcla de sorpresa y respeto. Claude destila una elegancia innata, una autoridad silenciosa; jamás habría imaginado unos comienzos tan modestos.
—Jamás lo habría adivinado —admito, sirviendo el agua caliente en mi taza.
—En este mundillo aprendes a proteger tu vida personal a capa y espada —responde con una sonrisa ambigua que parece encerrar secretos mucho más oscuros de los que admite.
Doy un sorbo al té, sintiendo el calor recorrer mi garganta, aunque el regusto amargo por la desaparición nocturna de Marcus sigue intacto. Decido volver a la habitación, caminando de puntillas por el pasillo y fingiendo ante mí misma que acabo de tener un pensamiento puramente profesional.
Justo cuando voy a abrir la puerta de mi cuarto, una figura emerge de la penumbra. Por una milésima de segundo, mi corazón da un vuelco absurdo creyendo que es Marcus, pero me encuentro con los ojos avispados de Daniel y esa sonrisa de zorro que parece anticipar un desastre.
—¿Dormiste bien, mademoiselle ? —pregunta con falsa inocencia.
—¡¿Pero qué diablos haces rondando mi puerta a estas horas?! —espeto, conteniendo la rabia.
Daniel se recuesta contra el marco con una naturalidad insolente, como si el pasillo entero le perteneciera.
Hoy lleva un traje gris marengo de corte impecable que oculta sus tatuajes, otorgándole por fin la fachada de un hombre respetable, aunque la chispa burlona de sus ojos desmiente por completo el disfraz.
Su cabello rubio cae desordenado sobre la frente.
—Aquí vivo, pequeña mademoiselle —murmura con socarronería.
—Jódete —gruño, girándome hacia el pomo del armario.
Él suelta una risa baja, regodeándose con mi exasperación.
Tomo uno de los vestidos que Marcus compró sin consultarme: una pieza en tono rosa limonada, con falda de tul vaporoso y delicadas aplicaciones de lentejuelas en cascada, dotado de un sofisticado escote corazón y mangas francesas abullonadas.
—Buen día para ti también —se burla, guiñándome un ojo.
Sé de sobra que disfruta provocándome, empujando los límites de mi paciencia solo por deporte, pero no pienso darle el gusto de verme perder los papeles.
—¿Tienes algún plan para hoy? —pregunta de improviso, ladeando la cabeza con una sonrisa ambigua.
Para cualquier espectador desprevenido, parecería que está coqueteando de forma abierta. Pero conozco demasiado bien los hilos de su mente maquiavélica; Daniel nunca da puntada sin hilo.
—Si pensabas invitarme a salir, te ahorraré la fatiga: no me interesa —respondo sin dignarme a mirarlo.
—¿Y por qué no? ¿Acaso temes no estar a la altura? —inquiere, arqueando una ceja y disfrutando del pulso dialéctico.
—No lo sé —murmuro, dándole la espalda de nuevo.
Su silencio repentino me obliga a mirar por encima del hombro. Daniel se ha apoyado el mentón en los nudillos, observándome con un descaro absoluto.
—Dime una cosa, Nicole… ¿qué puede haber más emocionante que presenciar mi elocuencia en un juicio real?
Me cruzo de brazos, fingiendo una indiferencia que mis adentros contradicen.
—No se me ocurre nada.
—Mi habilidad para doblegar la verdad a mi favor —susurra con una confianza peligrosa, impregnada de una arrogancia magnética.
Ruedo los ojos, conteniendo una sonrisa inevitable.
—¿Tienes un caso hoy?
—Uno interesante. Una mujer apareció muerta durante su luna de miel. El fiscal decidió archivar el expediente de forma provisional por falta de pruebas concluyentes: barajan la hipótesis del suicidio o del homicidio encubierto.
Mis labios se fruncen con un atisbo de repulsión. La noticia me deja un regusto metálico en la lengua.
—Espérame abajo —digo de repente, precipitándome hacia el baño para cambiarme—. Voy contigo.
El trayecto hasta el Palacio de Justicia de París transcurre entre los apuntes de Daniel y la sombra de mis propios pensamientos.
El edificio es una mole imponente de cristal y piedra rodeada de árboles centenarios.
Al cruzar el vestíbulo monumental, la atmósfera cambia de inmediato; se respira un silencio denso, solemne y gélido, cargado de un peso institucional que te corta la respiración.
La sala de audiencias es un espacio monumental. Las filas de bancos de madera noble flanquean pasillos impolutos, y al fondo, elevado sobre nosotros, se alza el estrado del juez y los asientos del jurado.
Daniel toma asiento en el ala de la defensa. Yo me acomodo en la primera fila de espectadores, con una perspectiva perfecta de su perfil afilado.
La tensión en el ambiente es casi palpable, una electricidad estática que vibra en los cristales.
Antes de que el juez dé inicio formal al interrogatorio, Daniel se levanta con una parsimonia estudiada y camina hacia el centro del estrado, dirigiendo la vista al jurado.
Su voz, grave y perfectamente modulada, llena cada rincón de la sala.
—¿No tenemos en nosotros una perpetua inclinación, pese a la excelencia de nuestro juicio, a violar lo que es la Ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley? —recita con absoluta serenidad.
El silencio se vuelve absoluto. Nadie osa toser.
—Cito a Edgar Allan Poe —continúa, recorriendo a los miembros del jurado con la mirada— porque es mi deber recordarles que la justicia busca la rectitud. Pero también existen hombres que aprenden a torcer los hilos del sistema en su propio beneficio.