Behind Desire CAPÍTULO 12
21%

CAPÍTULO 12

Elijo del armario una falda midi blanca con grandes vuelos, una blusa ajustada de manga larga con botones dorados y, para combatir el frío matutino, una chaqueta corta de cachemir.

Al final, los tacones de aguja en tono azul klein me tientan y termino cediendo.

Cuando bajo las escaleras, me arrepiento un poco de haberme demorado tanto frente al espejo.

Salgo de la villa con el tiempo justo, pero un golpe seco en la gravilla me detiene.

Alzo la vista y me encuentro de lleno con Daniel.

Su sonrisa pícara se dibuja con lentitud en la comisura de los labios mientras me hace una seña hacia su Pagani Huayra Codalunga, un despliegue de fibra de carbono en rojo eléctrico que parece fuera de lugar en la campiña.

—Sube —indica, divertido.

Asiento, acelerada por la prisa. Antes de verme con Marcus, tengo una cita imperativa con el pasado que he decidido desenterrar.

El trayecto junto a Daniel transcurre en un silencio denso.

No puedo apartar la vista del paisaje a través de la ventanilla, una distracción necesaria para mantener a raya el torbellino de mis pensamientos.

Cuando el superdeportivo se detiene frente al imponente rascacielos en París, el vértigo me golpea con la certeza de lo inevitable. El tiempo ha corrido demasiado rápido.

Antes de abrir la puerta, exhalo un suspiro trémulo.

—¿Segura que estás bien? —inquiere Daniel, escudriñando mi rostro con genuina preocupación.

Confirmo con un movimiento seco de cabeza. Es hora de armarse de valor y adentrarse en la siguiente fase.

El investigador privado, Lucien Dumas, me ha citado en el piso siete. Su asistente me recibe con una amabilidad protocolaria y me guía sin demora hasta el despacho principal.

Giro el pomo, empujo la puerta y siento que toda la armadura que he construido durante años se desploma bajo mis pies.

Marcus Wreen está sentado sobre el borde del escritorio de caoba. Su postura es de una seguridad insultante, una presencia avasalladora que me corta la respiración.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, con la voz ahogada por el estupor.

Marcus me sostiene la mirada con una calma imperturbable, cruzando los brazos despacio.

—Tenía un asunto que cerrar en este edificio —contesta con voz pausada, casi displicente—. El despacho de Dumas parecía un buen lugar para esperar.

Lo fulmino con la mirada, sintiendo la bilis subirme a la garganta.

—No es tu maldito problema, Marcus.

Él inclina la cabeza, curioso, mientras yo aprieto los dientes al constatar, una vez más, que su sombra lo abarca todo.

En ese instante, la puerta lateral se abre. Un hombre de cabello oscuro y traje impecable entra al despacho. Estrecha la mano de Marcus con una familiaridad inquietante antes de tomar asiento tras el escritorio.

—Bien, señor Wreen. Como le iba diciendo, necesitaré los datos que tenga para el caso de la señorita Keller —comienza Lucien, abriendo una libreta.

Me quedo petrificada. Mis ojos viajan de inmediato hacia Marcus, sintiendo el suelo temblar bajo mis pies.

—¿De qué habla? —exijo, con la voz temblando de rabia.

La boca se me seca por completo. Tengo la horrible sensación de que él camina dos pasos por delante de mis propios pensamientos, como si hubiera leído los rincones más oscuros de mi mente.

Marcus ni se inmuta. Se cruza de brazos, mirándome con una superioridad insufrible.

—Dumas investiga para mí desde hace años —suelta con total naturalidad, como si hablara del clima—. Le mencioné al pasar que estabas dando vueltas en círculos con una tontería. Le pedí que se encargara del asunto. Fin de la historia.

Aprieto los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en la palma de las manos.

—No necesitaba tu condescendencia, Marcus. Puedo encargarme sola.

—Pues claro que no puedes —replica con una suficiencia exasperante, volviendo a ignorarme para mirar al investigador—. Adelante, Dumas.

Lucien aclara la garganta, visiblemente incómodo ante nuestro intercambio, y despliega unos formularios sobre la madera pulida.

—Necesitaré los datos que tenga, señorita Keller... fechas, nombres, cualquier rastro que pueda aportar.

Me hundo en la silla con el orgullo destrozado y el pecho ardiendo de humillación. Marcus sigue ahí, de pie, fingiendo un desinterés absoluto, mirando hacia la ventana como si mi presencia fuera una simple piedra en su zapato.

Pero lo conozco demasiado bien. Veo la línea tensa de su mandíbula, el ritmo milimétrico con el que golpea sus dedos contra el abrigo. Intenta disfrazar cada movimiento con esa coraza de indiferencia tosca, pero sé perfectamente que hay algo más que se empeña en ocultar.

Cuando salimos a la calle, el viento helado de París me golpea la cara. Camino a zancadas por la acera, temblando de rabia, sintiendo a Marcus pisarme los talones en silencio.

—¿Era tan difícil simplemente ignorarme? —le suelto, girándome en seco.

Marcus se detiene a centímetros de mí, con las manos enterradas en los bolsillos de su abrigo y el rostro convertido en una máscara impenetrable.

—Te hice un favor. Haz tu parte con el investigador, obtén tus respuestas y cierra ese capítulo de una vez por todas.

—¿Quién demonios te crees que eres? —le espeto, ignorando por completo el bullicio de la calle.

—El hombre que te acaba de ahorrar meses de callejones sin salida —responde con total naturalidad.

—Vete al infierno, Marcus —mascullo, girándome para escapar.

Él suelta una risa baja, pegado a mi espalda.

—Ya estoy en él, muñeca… y tú pareces estar nadando en el mismo fuego.

Marcus suelta un suspiro imperceptible, un sonido áspero que apenas se arrastra con la brisa antes de que abra la puerta del coche para mí con rigidez protocolaria.

—Sube, Nicole. No tenemos tiempo que perder.

Para mi sorpresa, al ocupar el asiento descubro que al volante está Charlie.

Miro a Marcus con los ojos abiertos de par en par, y él me devuelve una mirada evasiva y seca.

—No pensaba repetir el numerito de la última vez —se limita a justificar con desdén.

—¡Charlie, qué alegría verte! —exclamo, asomándome hacia el respaldo con genuina emoción—. ¿Cuándo has aterrizado?

—Anoche, señorita —responde a través del retrovisor, dedicándome una sonrisa cómplice.

No puedo evitar soltar una risa ahogada. Conociendo a Marcus, es evidente que no le dio opción y lo hizo cruzar medio continente en mitad de la madrugada.

—¿A dónde, señor? —pregunta Charlie antes de que Marcus pulse un botón y el cristal polarizado descienda, sellando la cabina en un aislamiento absoluto.

—Al distrito VII.

El silencio en el interior del auto se vuelve gélido. Ni siquiera el sol radiante de París logra templar la atmósfera.

Minutos después, el coche se detiene frente a un edificio de arquitectura vanguardista, un templo de cristal y acero que contrasta con la tensión acumulada. En la recepción, los trámites son rápidos y un asistente nos conduce directamente al ala administrativa.

El recibimiento de Claude Bonnet es tenso, casi precario. Parece temer cada palabra. Marcus y él se estrechan las manos con frialdad antes de adentrarnos en la sala de conferencias.

—Voy a serle totalmente sincero, Wreen: sigo muy renuente a cerrar esta inversión —arranca Claude, con un tic nervioso en la mandíbula.

Marcus asiente con lentitud.

—Lo entiendo perfectamente.

—Lo he meditado a fondo y tengo una condición inquebrantable —continúa el empresario—. Tras el desfalco, mi imagen pública quedó destruida y perdí el contrato más importante de la firma.

Marcus tamborilea los nudillos sobre el cristal frío de la mesa, impaciente.

—Al grano.

—Solo si logran recuperar ese contrato aceptaré ceder el veinte por ciento de mis acciones.

Las facciones de Marcus se endurecen. Frunce los labios de golpe, como si acabara de morder un limón verde.

—La empresa no vale nada en este momento, Claude —advierte, con un peligroso tono bajo—. Y estás exigiendo demasiado.

—Sé en qué estado estamos —insiste Bonnet con desesperación—. Pero confío en que su capital le devolverá el pulso a todo esto. ¿Conoce la compañía Assureurs?

En ese preciso instante, Marcus detiene el golpeteo de sus dedos. Sus puños se cierran sobre la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le vuelven blancos. No es simple molestia; hay algo oscuro, visceral y profundamente personal estallando tras su fachada.

—Nos vamos —dicta, con una voz que no admite réplica.

Antes de que pueda procesar la orden, me toma de la muñeca con brusquedad y me arrastra fuera de la sala. Su mandíbula está tensa, y una necesidad imperiosa de huir de ese lugar parece consumirlo por dentro.

En cuanto pisamos la acera, su mano me suelta de golpe, como si mi piel le quemara, antes de empujarme hacia el interior del auto.

Me deja allí plantada un segundo, con una desagradable sensación amarga y metálica en la boca, preguntándome qué demonios acaba de despertar el nombre de Assureurs en la mente de Marcus Wreen.