CAPÍTULO 11
Al llegar al hogar de los Bonnet, la villa me descoloca.
Tiene una elegancia sutil en tonos crema, y el recorrido hasta la puerta principal está flanqueado por un jardín armonioso que convierte el entorno en un espacio casi irreal: rosas blancas y margaritas bordean el camino, mientras grandes setos alternan la vista y el viento agita suavemente mi cabello.
Cuando salimos con tanta prisa hace un par de horas, no había logrado percatarme de su impacto visual.
Subo a la habitación con una sola prioridad: una ducha larga que barra la tensión acumulada en cada músculo.
Me detengo en seco en el umbral. Esperaba que Marcus se despidiera o continuara de largo, pero en cambio se queda plantado allí, observándome con una fijeza incómoda.
—¿Qué pasa? —pregunta, entrecerrando los ojos.
Se acerca lo suficiente para que la penumbra de la tarde resalte la expresión sombría de su rostro.
—Ya puedes irte a tu habitación —digo, señalando con la barbilla el pasillo.
Marcus resopla. Pasa una mano por su cabello, desordenándolo con un gesto de impaciencia contenida.
—Esta es nuestra habitación.
El aire abandona mis pulmones de golpe. Las piernas me fallan y, por pura inercia, Marcus me sostiene del brazo, guiándome con firmeza hasta el sofá.
Me dejo caer allí con rigidez, como si sentarme en ese mueble, con la perspectiva de compartir espacio nocturno con él, fuera una imprudencia imperdonable.
—¿Qué…?
—Como lo oyes —contesta, imperturbable.
Lo observo con desconfianza.
¿Qué clase de castigo estoy pagando?
—¿Acaso compartir suite en el hotel no fue suficiente? —inquiero, con el veneno asomándose a mi voz—. Una villa de este tamaño tiene que desbordar habitaciones libres para los huéspedes.
Marcus no responde de inmediato. Se mueve con una quietud felina hacia el mueble bar, toma dos copas y las llena de vino.
Para cuando me tiende una, mi desconcierto compite con la irritación.
Marcus no es caballeroso. La galantería no forma parte de su repertorio; es un hombre al que las mujeres persiguen precisamente por esa inaccesibilidad, por esa mezcla de poder y riqueza que lo vuelve un blanco imposible de ignorar.
Tomo el cristal con recelo. Doy un sorbo pequeño y el sabor dulzón e intenso del Gramenon Poignée de Raisins inunda mi paladar. Por un segundo, me permito suspirar.
Cuando levanto la vista, sus ojos verdes me escrutan. Alza su copa en un brindis silencioso y, al beber, una gota carmesí se desliza con lentitud por la comisura de sus labios. Su lengua asoma apenas para atraparla.
Joder.
Es exasperante lo bien que sabe hacerlo. La esquina de su boca se curva en un amago de sonrisa; sabe perfectamente el efecto que produce. Disfruta probando los límites de mi paciencia y de mis sentidos.
Carraspeo, obligándome a recuperar la compostura. Marcus es un enigma hermético, un hombre que habita una fortaleza inexpugnable. Pero esta noche hay una fricción distinta en el aire, una ruptura de sus propias reglas que me desarma.
Se acomoda en el diván con una lentitud deliberada, cruzando las piernas mientras su mirada me recorre de arriba abajo como una caricia pesada.
Me incorporo de golpe, pero la torpeza del agotamiento me traiciona. Tropiezo y caigo de lleno en su regazo con un suspiro involuntario.
Marcus se tensa al instante. Sus ojos oscurecen su brillo, y la atmósfera entre nosotros se vuelve densa, cargada de una electricidad estática. Sus labios se curvan en una mueca depredadora.
El pánico y el impulso chocan en mi pecho.
¿Por qué no me aparta? ¿Por qué no recurre a su habitual sarcasmo?
Su respiración es honda, como si mi acercamiento hubiera provocado alguna reacción. Me pongo de pie de un salto; él avanza un paso —un movimiento mínimo en el reducido espacio—, acortando la distancia hasta rozar lo imprudente. Si me toca, estoy perdida.
El eco de sus zapatos contra el suelo resuena con demasiada fuerza, o quizás es solo el latido desbocado de mis sienes.
Cierro los ojos un segundo. Demasiado tarde.
Marcus me arrincona contra la pared. El impacto es suave, pero la trampa es absoluta. Una mano se apoya junto a mi cabeza; la otra se cierra con firmeza alrededor de mi cintura.
—No juegues conmigo, Nicole —advierte. Su voz ha perdido el tono neutro; es un rasguño grave, una contención a punto de romperse.
—No estoy jugando —miento.
Claro que estoy jugando con fuego. Y lo peor es que sé que me estoy quemando.
Sus ojos descienden un segundo hacia mis labios. Su aliento cálido quema la piel de mi cuello. Mi mente grita que lo detenga, que esto es una frontera peligrosa que no deberíamos cruzar, pero cada terminación nerviosa de mi cuerpo desacata la orden.
—Nicole —murmura. Mi nombre suena diferente en su boca; más denso, más oscuro.
Entonces su boca desciende sobre la mía y anula cualquier rastro de resistencia.
El aroma de su perfume me envuelve por completo.
Al principio, sus labios rozan los míos con una lentitud casi deliberada, como si quisiera saborear el terreno.
Pero en cuanto percibe que no lo aparto, la urgencia se apodera de él.
Me sujeta de los brazos contra la pared, inmovilizándome en un territorio donde el deseo y la rabia se funden.
Su beso se vuelve profundo, avasallador. Me desarma de la misma manera extraña y turbadora en que lo hizo aquel desconocido en la discoteca semanas atrás. Es una rendición ciega.
Cuando finalmente se aparta, me deja sin aliento, con los labios ardientes y el pecho agitado.
—Duerme, Nicole —dice.
Su tono ha cambiado de nuevo, recuperando la fría máscara con la que afronta el mundo exterior. Se quita la chaqueta y se aleja hacia la puerta con una naturalidad insultante, como si en ese beso no hubiéramos dinamitado los límites de nuestra tregua.
Lo odio por esa facilidad con la que recupera el control.
Horas más tarde, la mente sigue en bucle, negándose a apagar el eco de sus manos en mi piel. Escucho la puerta abrirse y finjo estar dormida. Siento el hundimiento del colchón a mi lado, el calor de su cuerpo acoplándose a la distancia prudente que insiste en mantener.
Caigo en un sueño denso, habitado por sombras y un vacío asfixiante. Grito en silencio, atrapada en un abismo del que nadie me rescata.
Despierto de golpe.
El pecho me sube y baja con violencia, y el sudor frío recorre mi espalda. La pesadilla se disipa lentamente. Miro hacia el lado de la cama: vacío, aunque su rastro perfumado sigue impregnado en las sábanas.
El reloj marca las cinco de la mañana.
¿Dónde demonios se ha metido a estas horas?
Con la curiosidad ganándole pulso al cansancio, me pongo unos pantalones deportivos y unas zapatillas. Bajo las plantas en silencio y descubro que las luces de la cocina están encendidas.
Miro mi reflejo en el vidrio de la puerta: sigo con la camiseta de dormir y el pelo revuelto. Dudo, pero la necesidad de cafeína pesa más que la decencia.
Entro y me detengo. Sentado en la encimera, con ropa deportiva que deja al descubierto la densa red de tatuajes en sus brazos, está el hijo menor de los Bonnet. Lee el periódico con total calma mientras sostiene una taza humeante.
—Buenos días —murmuro, dirigiéndome directamente a la cafetera.
— Mademoiselle Nicole —responde con una sonrisa canalla—. ¿Qué tal ha pasado la noche?
—Muy bien, gracias —contesto con corrección.
—Puedes llamarme Daniel —añade, recorriéndome con una mirada divertida—. ¿También vas a correr?
Asiento en silencio, aliviada por la ligereza de su trato, un contraste tan necesario frente al hermetismo constante de Marcus.
Correr con Daniel resulta extrañamente reconfortante. Al regresar, me despido de él en el porche y cruzo la entrada principal, donde me cruzo de frente con el patriarca de la familia.
—Hola, querida —saluda Claude Bonnet, cargando con varias carpetas bajo el brazo.
—Buenos días, señor Bonnet.
—Lamento que no hayamos podido coincidir para comer estos días —dice, con sincero pesar.
—No se preocupe, su villa es magnífica.
—He quedado con Marcus para enseñarle las instalaciones de la empresa. Deberías venir con nosotros —sugiere con una amabilidad impecable.
—Claro, estaré encantada si puedo ser de ayuda.
Suspiro por dentro. La idea de tener que sostenerle la mirada a Marcus después de lo ocurrido anoche me revuelve el estómago, pero huir no es una opción en mi diccionario.
Subo a la segunda planta en piloto automático. Lo único que quiero es el agua caliente de la ducha. Giro el pomo del baño y…
Oh, Dios.
Parpadeo una, dos, tres, cuatro, cinco veces.
No puede ser.
Gotas de agua cristalina resbalan con total parsimonia sobre unos abdominales perfectamente esculpidos.
Estoy estática en el marco de la puerta, con la mano aferrada al pomo, incapaz de apartar los ojos porque Marcus está completamente desnudo.
Apenas un bóxer oscuro cubre lo indispensable, dejándome sin un ápice de aire en los pulmones.
Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no bajar la mirada hacia su ingle.
Él parece ajeno a mi inspección descarada; se pasa una toalla por el rostro, con el cabello castaño claro empapado cayendo sobre su frente de una forma que desborda una masculinidad insultante.
Entonces, como si hubiera percibido el calor de mi asombro, levanta la barbilla y me clava esos ojos verdes, conscientes, oscuros y cargados de una diversión silenciosa. Sabe perfectamente que me ha atrapado.
—¿Qué haces ahí parada? —pregunta. Su voz es un eco ronco, bajo, con esa textura que me quema por dentro.
Mis piernas se han quedado clavadas al suelo. El calor asciende desbocado por mi cuello. Pero no voy a permitirme el lujo de retroceder.
Acabo de descubrir, muy a mi pesar, que el baño también es territorio compartido.
—Nos vemos abajo —digo con una frialdad fingida, pasando junto a él con la barbilla en alto.
Cierro la puerta tras de mí y me dejo deslizar contra la madera, con las mejillas ardiendo de vergüenza.
Y por primera vez en semanas, me siento sinceramente aliviada de perderlo de vista.