CAPÍTULO 10
Avanzo un paso dentro del estudio. No digo nada; el sonido de mis pasos sobre la madera pulida es suficiente para anunciar mi presencia.
La mujer se tensa, aunque intenta disimularlo. Sus dedos aún rozan la solapa del traje de Marcus cuando finalmente repara en mí. Sus ojos recorren mi cuerpo con una rapidez analítica que me resulta familiar: está intentando ubicarme, calculando qué lugar ocupo en la órbita de este hombre.
Error de principiante.
Inclino ligeramente la cabeza, observándola con la misma calma con la que ella, hace apenas unos segundos, lo observaba a él.
—¿Interrumpo? —pregunto. Mi voz es ligera, una nota fuera de lugar en la atmósfera cargada de la estancia.
Ella retira la mano con un espasmo, como si la tela la hubiera quemado.
—No, señorita… yo solo…
Titubea. Sonrío, aunque el gesto no llega a mis ojos. Dejo que el silencio se estire, pesado, hasta que me obligo a avanzar. Cojeo apenas, un detalle sutil pero suficiente para marcar mi territorio y recordarle que, a pesar de todo, sigo aquí.
—Gracias —digo, tomando el vaso de whisky de su mano antes de que llegue a su destino—. Yo me encargo.
Nuestros dedos se rozan sobre el cristal.
El contacto es frío y breve, pero me tomo la libertad de sostener su mirada un segundo extra, lo suficiente para que la advertencia se vuelva clara.
Ella traga saliva y retrocede un paso. Marcus no interviene; su silencio es una firma de aprobación en este juego de poder.
Me giro hacia él como si nada hubiera ocurrido.
—Tu whisky —murmuro. Mi tono ha cambiado; ya no hay ligereza, solo una peligrosidad contenida.
Sus ojos viajan de mis labios al vaso y regresan a mí. Hay un destello en su expresión, un reconocimiento instintivo. Él disfruta de esto tanto como yo.
—Puedes retirarte —añado, sin dignarme a mirar a la otra mujer.
El aire en la habitación se vuelve eléctrico hasta que sus pasos se pierden en el pasillo. Solo entonces le dedico mi atención total a Marcus.
—Veo que te adaptas rápido al entorno —comento con fingida casualidad, aunque mis dedos, al entregarle el vaso, se aferran al cristal con una firmeza que traiciona mi temple.
Él lo nota. Siempre lo nota.
La interrupción llega en forma de una mujer menuda de rizos oscuros. Helen Bonnet se planta en el umbral con una sonrisa que parece iluminar el estudio.
—Hola, soy Helen Bonnet —anuncia, invadiendo nuestro espacio.
—Es un placer —respondo, estirando la mano, pero ella me sorprende envolviéndome en un abrazo contenido.
—Debes ser Nicole. Qué hermosa eres.
Frunzo el ceño, extrañada por su familiaridad.
—¿Qué tal si me acompañas a almorzar?
Antes de que pueda procesar la invitación, la voz de Marcus corta el hilo de la conversación como una guillotina.
—Tenemos la reunión con los alemanes. Disculpará nuestra ausencia, Helen.
El coche avanza hacia el restaurante en un silencio absoluto. Miro a Wreen, esperando una explicación por el cambio de actitud, pero él parece estar a kilómetros de distancia. Es ese silencio suyo, una armadura de hierro que me irrita y me atrae con la misma fuerza.
En cuanto nos adentramos en el restaurante, las miradas se clavan en él como si fuera el protagonista de una obra que todos vinieron a presenciar.
Marcus Wreen, el hombre que siempre domina la sala con su sola presencia.
Algunas miradas son de respeto y otras, de interés.
Pero él no se inmuta, como si el mundo entero fuera su tablero de ajedrez y él el único jugador real.
—Señor Wreen, bienvenida, señorita Keller —saluda Müller, uno de los inversionistas, estrechando nuestras manos con una reverencia mecánica.
—Es un placer verlo —responde Marcus con su tono más diplomático—. Señor Müller.
Tomamos asiento. La mesa brilla bajo la luz tenue de las velas, un escenario pulido que parece esperar un veredicto. Siento a Marcus demasiado cerca; su presencia es una constante que altera la presión del aire.
El mozo sirve el vino. Marcus toma su copa con la seguridad de siempre.
—Antes de hablar de negocios, propongo un brindis —dice, con voz grave y desprovista de calidez—. Por los nuevos comienzos.
Alzo mi copa. Su mirada se clava en la mía.
No hay un coqueteo abierto; hay un desafío sutil y crudo.
Durante la negociación, él me deja el mando.
Permanece en silencio, observando a los alemanes, y solo interviene con una frase corta cuando detecta que vacilo.
Me utiliza como el escudo de su inversión, dándome espacio para operar.
Esa confianza instrumental es lo que me estremece.
Cuando los socios se marchan por un par de minutos para deliberar a solas, Marcus inclina ligeramente la cabeza hacia mí.
—Has estado a la altura —dice. No es un cumplido; es un reconocimiento de utilidad.
—¿Te sorprende? —pregunto, sintiendo el desafío bullir en mi voz.
Marcus me observa largo rato. Sus ojos recorren mi rostro con una intensidad glacial.
—Me sorprende que creas que puedes jugar a mi nivel —responde en un susurro bajo—. Siempre voy dos pasos delante de ti.
Esa advertencia, fría y precisa, me golpea con más fuerza que cualquier insinuación. Cuando los alemanes regresan, concluimos la sesión y aceptan firmar el acuerdo.
Al salir del restaurante, la brisa nocturna me golpea la piel, y suspiro sintiendo cómo todo mi cuerpo se refresca. Marcus camina junto a mí, sus pasos sincronizados sin esfuerzo con los míos.
—Hiciste un buen trabajo esta noche —dice, con su tono usualmente neutral.
—Gracias. ¿Ves? No siempre necesitas controlarlo todo —replico, con una sonrisa burlona.
Marcus se detiene. Yo también. Y cuando me giro para mirarlo, sus ojos brillan con intensidad.
—¿Eso crees? —pregunta, con un tono bajo y peligroso.
Mi respiración se vuelve inestable. Algo en su mirada me advierte, pero no me aparto.
—Sí —susurro.
Marcus da un paso hacia mí. Mi espalda choca contra el auto. Su rostro está demasiado cerca.
—¿Sabes qué es lo curioso, Nicole? —su voz es baja, casi indulgente, rozando mis labios—. Que mientras juras que no puedo controlarte… termines cayendo exactamente donde quiero.
Odio que incluso así consiga hacerme dudar. Quiero empujarlo, gritarle, alejarme. Pero me quedo quieta, cautiva en la red de su mirada, sabiendo que algo en mí ya se ha rendido a este pulso.
Antes de que pueda actuar, Marcus retrocede y sube al auto como si nada hubiera pasado.
—Vamos —dice con calma—, es tarde.
Yo me quedo allí un segundo, con el corazón en llamas. Maldito Marcus Wreen. El motor ruge en la silenciosa carretera parisina, y mientras las luces de la ciudad titilan a lo lejos, sé que este juego apenas ha comenzado.