Behind Desire CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

El zumbido del teléfono irrumpe en mi sueño, un sonido mecánico que quiebra la atmósfera de la suite. Abrí un ojo, con el ceño fruncido, y descolgué más por instinto que por voluntad.

Resoplé, enterrándome más entre las sábanas.

Alguien está a punto de conocer mi peor mal humor.

Se supone que al compartir la suite íbamos a poder disfrutar de cierto espacio, pero Marcus sigue imponiendo su control sobre cada rincón.

Cuando por fin estoy lista, elijo un vestido blanco con bordados en el pecho y un escote pronunciado; unos tacones rojos borgoña completan el conjunto.

Bajo en el ascensor con la maleta ya preparada. Me detengo en el salón al ver a Marcus sentado en el Lobby Bar y, en cuanto me ve, una brisa fría —o quizás sea solo la intensidad de su mirada al recorrerme— me golpea el rostro. La tensión se siente en el ambiente.

Me acerqué con el reclamo en la punta de la lengua. Pero a medida que avanzo, no puedo evitar fijarme en cómo la ropa se pega a su figura, resaltando los músculos de su cuerpo.

Este hombre es un peligro… vestido de deseo.

En cuanto llego a su lado, Marcus se levanta lentamente, dejando clara la diferencia de altura.

Su metro noventa me hace sentir diminuta.

Doy un paso atrás, queriendo recuperar mi espacio, pero él parece disfrutar de mi incomodidad.

Se acerca lo suficiente para tomar mi maleta y, de forma pausada y sensual, saca un paquete de cigarrillos de su gabardina, se lleva uno a los labios y lo enciende con una calma estudiada.

La llama ilumina su rostro; su expresión se suaviza, y el placer que dibuja al inhalar me hace apretar los labios. Se ve jodidamente atractivo.

Cuando exhala el humo en mi cara, ya se me ha olvidado lo que había estudiado para decirle; sus ojos me atrapan. Su sonrisa es una invitación peligrosa.

—Vámonos —dice con su tono grave y autoritario.

Me quedo aturdida unos segundos, digiriendo su arrogancia.

Por supuesto, ha notado mi mutismo ante su apariencia.

Lo sigo en silencio, conteniendo la pregunta que llevo haciéndome desde el principio, pero cuando abro la puerta del coche y el aroma a cuero y a su colonia amaderada me envuelve, ya no me aguanto más.

—¿De verdad es tan importante este negocio?

No responde. Me cruzo de brazos mientras la ciudad se pierde y quedan horizontes abiertos. Me hundo en el asiento, observando las calles francesas desfilar ante mis ojos, sintiendo que hay algo entre nosotros que no se ha dicho… y que pesa más que todo el equipaje en el maletero.

La residencia de Bonnet queda a las afueras; el camino será largo, así que enciendo la radio.

Las notas de Graveyard de Halsey llenan el coche, como si alguien estuviera diciendo en voz alta lo que no me atrevo a admitir.

Entiendo por qué sigo ahí, aunque tocar a Marcus a veces se sienta como una herida abierta.

De repente, el coche se detiene. Marcus frunce el ceño y golpea el volante con la mirada llena de furia.

—Maldita sea —susurra—, se nos acabó la gasolina.

—¿Has estado conduciendo todo este tiempo y no te diste cuenta de que el tanque estaba vacío? —inquiero, confusa.

Hace una mueca como si mi pregunta le enfadara más. Observamos el GPS: la gasolinera más cercana está a kilómetros.

La frustración y el frío comienzan a calarme los huesos; caminamos durante un tramo eterno bajo una niebla que parece devorarlo todo.

Mis piernas, castigadas por el terreno irregular y el frío que se filtra por cada fibra de mi ropa, empiezan a flaquear.

Cerca de un camino boscoso, diviso un tronco caído que parece la única salvación posible.

—Necesito parar —anuncio, sin esperar su consentimiento.

Me siento sobre la madera vieja y húmeda, respirando con dificultad.

Mientras intento recuperar el aliento, siento un pinchazo agudo, casi eléctrico, en el muslo.

Doy un salto, soltando una maldición, pero atribuyo el dolor a alguna astilla o a una ortiga rebelde.

Marcus, impaciente, ni siquiera se detiene.

—No tenemos tiempo para esto, Keller.

Continuamos la marcha, pero el dolor no desaparece; muta.

Se convierte en una oleada pulsante, un veneno sutil que parece correr por mi torrente sanguíneo con más rapidez que el cansancio.

Para cuando alcanzamos la luz de neón de la gasolinera, mi visión empieza a oscilar.

La picadura de una Steatoda nobilis —esas arañas que se esconden en las hendiduras de los troncos buscando el calor que la noche les niega— está empezando a nublar mis sentidos con una náusea química y una fiebre repentina.

Para disipar el mareo y el dolor agudo que sube desde mi pierna, acepto con manos temblorosas la botella de vino que Marcus compra, tratando de anestesiar la sensación de que mi cuerpo me está traicionando.

—Te ayudará a calmar el dolor de los músculos y a entrar en calor.

El primer trago me quema la garganta, pero el alcohol, lejos de ayudarme, incrementa mi malestar.

Lo último que recuerdo antes de perder el hilo de mis pensamientos es la mirada de Marcus: un brillo de irritación mezclado con una extraña confusión al notar que mi palidez no es solo por la caminata.

Abro los ojos despacio; la cabeza me quiere explotar. Esta vez no es solo resaca. Siento el cuerpo pesado, como si una neblina tóxica aún se aferrara a mis sienes.

Me yergo en la cama, detectando un olor familiar. Mi boca está seca, mi estómago da vueltas y mi mente es un agujero negro. Alcano a distinguir entre mis párpados cansados su figura en el sillón, con la cabeza ladeada reposando en su mano, sus ojos fijos en mí.

—Estamos en la villa de Bonnet —contesta él con voz cortante.

—¿Qué haces aquí? —pregunto con dificultad.

—Me aseguro de que no te ahogues en tu propio vómito —dice, acercándose—.

Cuando finalmente me di cuenta de que no estabas borracha, sino que tenías una reacción alérgica grave por una picadura que ni siquiera te dignaste a mencionar, ya era demasiado tarde.

He tenido que pasar la noche limpiándote la fiebre.

Su confesión, cargada de una culpa mal disimulada, me deja helada. Bajo la mirada a mi pierna, donde el vendaje que él ha colocado oculta la marca de la araña.

—No era necesario que te quedaras —musito, aunque el alivio de no haber estado sola me golpea más fuerte que el veneno.

—Sí, lo era —responde con una calma que me irrita—. Verte destruida por un descuido no ayuda en absoluto al negocio. Vístete. Te espero abajo.

Se va, dejándome con un millón de preguntas. Aunque mis pensamientos siguen bloqueados, me decanto por vestir algo ameno, como unos pantalones blancos de algodón y una blusa carmesí. Me enfoco en llamar a Stan, quien, como siempre, me deja con más dudas que respuestas.

—¿Qué travesura estás tramando ahora, Stan?

—Nada, nada malo, cariño —contesta antes de colgar.

Me calzo las pantuflas antes de salir de la habitación.

Aprecio con fascinación la estancia con cada paso que logro dar dentro de la villa; mis piernas aún se sienten entumecidas, pero me recreo en el techo que tiene un estilo zigzagueado y los ventanales grandes que permiten mirar con facilidad el jardín, dándole luz a la estancia.

La sala está repleta de cuadros; el arte puede verse en cualquier lugar en el que el ojo se detenga.

Allí, una mujer de piel blanca como la nieve y cabello caoba se mueve con una sensualidad calculada. La observo a través del marco de la puerta: ella le sirve un whisky, sus dedos rozando la tela del traje de Marcus con un atrevimiento que me parece insultante.

Marcus no la detiene. Se permite disfrutar de la atención, convirtiendo la escena en un espectáculo de poder.

Pobrecita… aún te falta mucho por aprender , pienso mientras contengo una sonrisa venenosa.