CAPÍTULO 8
Entre dormida y despierta, mi mano busca un ancla y encuentra un músculo bien definido.
Recorro con la yema de los dedos una piel tersa, febril y firme.
Durante unos segundos, me permito recrearme en la textura de su cuerpo, en la calidez prohibida que emana, hasta que la consciencia regresa de golpe.
Retiro la mano como si me quemara su contacto y mis ojos se abren, encontrándose con los suyos; el cabello revuelto sobre la almohada y esa mirada depredadora le confieren un aire peligrosamente seductor.
¿Cuándo no resulta Marcus encantador?
La sábana apenas cubre sus partes nobles y su mirada atrevida mancilla el poco honor que me queda.
—Sueñas con cosas perversas, Nicole —murmura, con una sonrisa ladina curvando sus labios.
El estómago se me revuelve. No sé si es por la resaca que late en mis sienes o por la crudeza de su comentario. Intento apartarme, crear un abismo de distancia, pero él me corta el paso.
—Eras una gatita —añade, bajando la voz a un registro casi íntimo—. Una que no quería dejarme dormir.
El mundo se detiene. Mi cerebro, aún nublado, intenta procesar la información. ¿He hecho eso? ¿He perdido el control hasta ese punto? Marcus se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio personal con la precisión de un cazador.
—¿No lo recuerdas? —susurra, con el aliento rozando mi mejilla.
—Mientes —logro decir, aunque mi voz me traiciona con un hilo de debilidad.
Él se aleja sin más, dejándome a solas con el eco de sus palabras.
Corro al baño, encerrándome tras el pestillo, intentando que el agua fría acalle el rastro de su cuerpo que aún creo sentir bajo mis dedos.
Estoy perdiendo el control, y ese juego de poder que él maneja con tanta soltura empieza a enredarse peligrosamente bajo mi piel.
Al salir, el ambiente en la suite ha cambiado. Me detengo a mirar a mi alrededor, disfrutando de la brisa parisina que entra por la ventana. El fuego de la chimenea equilibra el fresco del día.
Marcus, ya vestido con ropa deportiva, desayuna chaussons aux pommes con mucha provocación. El aroma de los pasteles, tan parecido a los que mi madre hacía en mi infancia, me golpea con una nostalgia inesperada.
Marcus levanta la mirada, recorriendo mi vestido rosa con una intensidad que me hace sentir observada.
—¿Piensas salir? —pregunta, rompiendo mi ensimismamiento.
—Sí, ¿y usted? —replico, conteniendo la respiración.
Su negativa es inmediata, un reflejo condicionado del hombre de negocios que prioriza el trabajo ante cualquier cosa.
—Claro, el señor Wreen no puede —murmuro, rodando los ojos.
Él sonríe de lado al ver mi reacción. Se levanta con lentitud, acortando la distancia hasta que sus manos se deslizan por mi cintura, donde el vestido deja la piel al descubierto. Su tacto es demasiado cálido, demasiado seguro.
—¿Qué es lo que no puedo? —reta, con la voz vibrando a milímetros de mis labios.
Es un simple roce, suficiente para despertar cada célula de mi cuerpo. Me reta con la mirada, esperando una respuesta que me muero por darle, pero me quedo inmóvil, congelada por lo que no puedo permitirme sentir. Luego, simplemente me suelta.
—Vete al infierno —murmuro entre dientes.
—Ya estoy en él —responde él, dándose la vuelta sin mirar atrás.
El trayecto hacia Notre Dame es un campo minado de silencios.
Marcus, al volante del Renault Mégane, proyecta una seguridad insultante, como si fuera el dueño no solo del coche, sino de las calles de París.
Dentro de la catedral, un fotógrafo quiere tomarnos una foto para el recuerdo y, de forma desprevenida, siento las yemas de sus dedos en mi piel de nuevo y la fuerza con la que él me atrae hacia sí, sujetándome de la cintura con una naturalidad que duele.
—No lo tomes personal, Keller —murmura con voz ronca.
Después de un par de horas, el recorrido se vuelve un suplicio.
Marcus mira el reloj cada diez minutos y no deja de contestar llamadas.
Finalmente salgo de la catedral enfadada, porque ha arruinado mi salida.
Sin decir una palabra, subo al coche, marcando el fin de una visita que se ha convertido en un tormento de frialdad.
Marcus sube al coche en silencio y se limita a teclear una dirección en el GPS.
—No me gustan las sorpresas —murmuro.
Un carraspeo bajo es su única respuesta.
Media hora después, nos detenemos frente a una de las boutiques más exclusivas de la ciudad. Sin explicaciones, me arrastra al interior.
—Traiga los vestidos más exclusivos —ordena.
La siguiente hora es un desfile surrealista. Marcus descarta cada opción con un gesto seco, hasta que da con uno que parece encajar en la imagen que tiene de mí. Me siento un maniquí en su pasarela privada, una extensión de su voluntad.
—Ese está perfecto —sentencia.
Me mira con una intensidad que casi me desarma. Cedo, no por sumisión, sino porque el juego de voluntades empieza a agotarme. Salgo de allí con bolsas de lujo y una copa de champán que me sabe a victoria amarga, sabiendo que el tigre siempre termina ganando la partida.
La noche cierra en Le Cinq. El restaurante es un santuario de poder donde cada detalle está diseñado para intimidar. Marcus pide por ambos, un gesto de control que, por primera vez, acepto en silencio. Mientras el vino nos envuelve, sus ojos no se apartan de mi escote.
—Supongo que se siente cómodo con todas las miradas clavadas en usted —digo, tratando de recuperar mi escudo de indiferencia.
—No creo que eso sea relevante —responde él, bebiendo lentamente mientras su mirada me desafía a contradecirlo—. A ellos no les intereso yo en lo absoluto; les interesa mi poder.
Sus palabras flotan en el aire, cargadas de una mentira que ambos conocemos. ¿Cuál es la diferencia? Él es un hombre y tiene poder; ambas cosas van de la mano.
Tras la cena, salimos a la terraza. París, a nuestros pies, titila como una promesa rota. Él se apoya en la baranda, el viento despeinando su cabello con una suavidad que nunca le había visto.
—Ya dije que no me gustan las sorpresas...
—Entonces te perderías la diversión —responde con una sonrisa ladina—. ¿Acaso no te divertiste hoy? —pregunta.
—Algo —admito sin poder contener mi sonrisa.
Nos quedamos en silencio, contemplando el Sena.
Por primera vez, no siento la necesidad de llenar el vacío con defensas o ataques.
Somos dos piezas de un rompecabezas que no encajan, y sin embargo, ahí estamos: bajo la misma luz, en el mismo instante, sosteniendo una tregua que ambos sabemos que no durará hasta el amanecer.