Behind Desire CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Bajo el agua caliente, mis mejillas siguen ardiendo; no sé si por el vapor o por la proximidad de aquel hombre.

Solo es una noche , me repito, aunque mientras mis dedos recorren mi propia piel, no puedo evitar imaginar las suyas sobre mí.

El cambio de horario pesa en mi cuerpo como una losa, pero es mi mente la que realmente no encuentra reposo.

La suite de aquel hotel, con su minimalismo austero y su iluminación tenue, me resulta una jaula de cristal.

Cuando salgo, lo encuentro en la cama. Se ha despojado de la chaqueta y está reclinado contra la cabecera, una pierna flexionada, la otra estirada bajo la colcha.

Luce una naturalidad que me resulta intimidante.

Yo, por mi parte, siento que cada centímetro de mis shorts y mi camiseta pegada al cuerpo gritan una vulnerabilidad que él no tardará en notar.

—Bonito pijama —musita, con una chispa de diversión eléctrica en los ojos.

Obvio el comentario, sintiendo que el aire se vuelve denso. Camino hacia el sofá, dudando.

—¿Piensas de verdad dormir ahí? —pregunta, con esa arrogancia que me obliga a mantenerme a la defensiva.

—No quiero, pero si usted desea hacerlo, no seré yo quien se oponga —respondo con una sonrisa gélida.

Marcus suelta una risa baja, un sonido que me irrita profundamente.

—¿Acaso tienes miedo, Nicole? ¿Temes no ser capaz de contenerte y lanzarte sobre mí en mitad de la noche?

—Yo no lo tocaría ni con un palo —espeto, hirviendo de rabia.

Tomo la almohada y me refugio en la cama, dándole la espalda inmediatamente. El colchón se hunde bajo su peso cuando él se acomoda. El silencio de la suite se vuelve asfixiante, cargado de una electricidad que no viene de la red eléctrica.

—Que descanses, Nicole —dice, con un tono más bajo de lo habitual, casi íntimo.

Cierro los ojos, ignorándolo, pero mi cuerpo permanece en alerta máxima.

Cuando su respiración se acompasa con la mía, caigo en una duermevela turbulenta hasta que me despierto, horas más tarde, atrapada en un calor ajeno.

Él me está abrazando. Su rostro está hundido en la curva de mi cuello, y su aliento, cálido y constante, acaricia mi piel.

Sus brazos me rodean con una firmeza protectora que contrasta radicalmente con el hombre que me desafía durante el día.

Es vulnerable. Humano. Aquella armadura de frialdad parece haberse disuelto bajo el peso del sueño.

Mi corazón se agita, dividido entre el deseo de apartarme y la extraña necesidad de quedarme ahí.

No es justo , pienso. No debería sentirse tan bien .

La mañana trae consigo la realidad. Cuando la alarma rompe el encanto, me levanto como un resorte, buscando refugio en la distancia. Marcus se pasa una mano por el cabello, parpadeando con esa parsimonia que lo hace ver peligrosamente relajado.

—Buenos días —dice con voz ronca.

Lo fulmino.

—¿Dormiste bien? —pregunto, cargando la voz de toda la ironía que puedo reunir.

—Perfectamente.

Se quita la camisa frente a mí, ejecutando una coreografía ensayada para desquiciarme. La luz de la mañana recorre la geografía de su torso con una claridad que me deja sin aliento. Es un demonio envuelto en piel que sabe exactamente el efecto que causa en mí.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta, bajando el tono hacia una sintonía peligrosa.

Se acerca a mí, acortando el espacio hasta que el aroma a su piel —cedro y autoridad— nubla mis sentidos. Deseo que su boca reclame la mía, que esa fachada se rompa. Sin embargo, justo cuando el límite es insostenible, Marcus se aleja con una sonrisa sinuosa y desaparece en el baño.

De repente, un golpe seco seguido de una exclamación proveniente del baño me obliga a salir de mi escondite.

Al abrir la puerta, la escena que encuentro me deja paralizada: Marcus está desplegado en el suelo, con cara de pocos amigos.

Mi risa amenaza con estallar, pero su mirada feroz me hace correr a socorrerlo.

Al ayudarlo a levantarse, el misterio se aclara: el agua está hirviendo.

¡Ha dejado la llave abierta! Sonrío, tratando de aligerar su evidente enfado, pero él me saca del baño a empujones, cerrándome la puerta en la cara con un gesto que lo hace parecer el mismísimo demonio.

A las once, mientras él aún se recupera, organizo la prioridad de los correos: la empresa Pax solicita una reunión urgente y Tarsen Group reporta una pérdida de material. Marco el número de Stan y lo encuentro en su oficina.

—Bueno, bueno… mira quién se acuerda de mí —dice Stan con ese tono sensual que suele usar.

—Mira quién apenas llega a la oficina —replico, sonriendo a pesar de la tensión.

—Un hombre necesita dormir.

—Si tú lo único que haces es pensar con quién dormir —ataco, provocando su carcajada.

—No seas mala.

—Tarsen Group necesita supervisión en la obra de Cincinnati —añado, volviendo a lo profesional.

—Este hombre se hará cargo.

Cuelgo antes de que empiece con sus travesuras.

Después, Marcus sale del baño con las gotas escurriendo por su torso.

Para desligarme de mis sentimientos, me pongo ropa deportiva y salgo a correr.

Al volver, encuentro la suite vacía. Mientras me baño, descubro una radio con una memoria USB; la música melancólica que empieza a sonar me golpea con una familiaridad inquietante.

¿Marcus alguna vez siente que lo dejan atrás?

La idea se cuela entre mis costillas, perturbadora.

Al salir, lo veo apoyado contra el marco de la puerta. Su traje negro no deja nada a la imaginación. Me mira con una lentitud tortuosa, curvando sus labios en una sonrisa ladina tras cerrar una llamada de negocios.

—Estás hermosa.

—Gracias. Usted es la personificación de la perfección —respondo con una media sonrisa—. La empresa Pax espera.

En el Blue Diamonds, la reunión con Bonnet y Renard es una partida de ajedrez frustrante. Bonnet, con su carisma de canalla, y Renard, intentando desdibujar mis límites con vino y un exceso de confianza, convierten la negociación en un circo de egos.

—Nos gustaría conocerlo más a usted y a su señora antes de hablar de condiciones —dice Renard, con una sonrisa ladeada.

Mi estómago se retuerce. Intento intervenir para corregir la percepción de Renard sobre mi rol, pero me interrumpe con arrogancia:

—Señorita, deje que los caballeros se encarguen.

Antes de que pueda protestar, me toma del brazo y me arrastra hacia la pista de baile, obligándome a moverme con él casi a la fuerza mientras intento, inútilmente, escuchar la conversación que Marcus mantiene en la mesa.

Me siento ultrajada, pero lo que más me quema, al regresar, es ver cómo Marcus —ese hombre que siempre tiene un plan maestro— se deja embaucar por la urgencia de Bonnet y no ha movido un dedo para defenderme.

Siento una decepción profunda; alguien tan astuto, tan calculador, dejando que el ego nuble su juicio comercial y permitiendo esa falta de respeto solo para demostrar superioridad.

—Es un trato —sentencia Marcus al final.

Mi corazón se detiene. Estos hombres han tomado una decisión que me afecta directamente, excluyéndome de la lógica comercial que tanto admiro en él. De regreso, al anunciar que iremos a la villa de los socios, siento que Marcus ha perdido el norte.

Cuando por fin llegamos al hotel, Marcus se queda en el lobby cerrando asuntos pendientes.

Yo, en cambio, entro en la suite sintiendo que mi mundo se desmorona, no por lo que hizo, sino por quién lo hizo.

Me siento una idiota por haber admirado su agudeza mental; verlo caer en el juego de Bonnet me resulta humillante.

Me acerco al mueble bar. No busco la botella por necesidad, sino por decisión; quiero apagar mi mente.

Sirvo un dedo de brandy, me siento en el sillón negro y lo contempló, permitiendo que el ardor del alcohol me distrae del nudo en el pecho.

¿En serio, Marcus? , me pregunto, vaciando la copa con lentitud.

Me sirvo la segunda. La bebo mirando la ciudad a través del ventanal, analizando cada error estratégico que comete en la reunión.

La tercera copa ya no es sobre la empresa, sino sobre el hombre: el Marcus humano de esta mañana, al final, es el mismo arrogante que se permite perder la oportunidad de cerrar este acuerdo.

Para cuando escucho la puerta abrirse, ya no estoy ebria, sino anestesiada. La frialdad con la que me mira me causa una náusea que el alcohol intenta calmar.

—No te metas en mis asuntos —ordena, con esa voz de mando que ahora me suena vacía.

Me río. Es un sonido seco, desprovisto de cualquier atisbo de sumisión. Me levanto tambaleándome apenas, lo suficiente para que él note mi desdén, y sostengo su mirada con la insolencia de quien no tiene nada que perder porque ya lo ha perdido todo.

—Usted no es el centro del mundo, Marcus —digo, deletreando cada palabra con una lentitud cargada de veneno—. Y desde luego, no es tan astuto como cree. Permitió que una negociación básica se le escapara de las manos por un simple ataque de ego. Qué decepcionante, ¿no?

Él tensa la mandíbula, acercándose con una lentitud depredadora, pero yo ya no tengo miedo.

Sirvo una cuarta copa de vino blanco, ignorando por completo su presencia, dejando que el alcohol termine el trabajo de borrar su importancia de mi cabeza.

Todo empieza a volverse borroso, pero mi mente, en un último acto de rebeldía, se niega a dejar de analizarlo.

La última imagen que retengo es su mano, firme y dominante, enroscada en mi cintura; con la otra atrapa la copa justo antes de que se haga añicos contra el suelo.

La noche termina en sombras, y la película de mi vida sigue editada por él, aunque yo ya no esté presente para verla.