Behind Desire CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Abro los ojos con una pesadez agobiante.

El techo no es el mío; el aire tampoco huele a casa.

Parpadeo lentamente, luchando contra la neblina que nubla mi juicio, pero nada en la habitación me resulta familiar.

La cama es inmensa, y al rodar sobre el colchón, noto con sorpresa que visto un pijama de satén que me queda grande.

Me incorporo de golpe, recorriendo el lugar con la mirada. Solo hay un armario y una mesa de noche con un reloj que marca las dos de la tarde. Un sonido metálico, el agua de la ducha comenzando a correr al otro lado de la pared, me pone en alerta.

No estoy sola.

Un golpe de ansiedad me atraviesa el pecho.

Me acerco a la puerta con la intención de huir, pero al abrirla, solo encuentro un pasillo vacío y silencioso.

Respiró hondo, tratando de estabilizar mis pensamientos.

Estoy en un hotel , me digo, aunque una sensación de familiaridad inquietante me recorre la espalda.

¿Cómo terminé aquí? ¿Y con quién? Por más que me esfuerzo, no logro reconstruir los fragmentos de la noche anterior; todo es un abismo.

Rebusco bajo la cama y encuentro unas pantuflas que me calzo de inmediato.

En el armario, solo hallo trajes de hombre con un corte que me resulta vagamente familiar, pero mi vestido no aparece por ninguna parte.

Sin más opciones, me visto con unos pantalones y una camiseta de caballero que encuentro en un cajón.

Bajo en el ascensor, aún aturdida. En la recepción, mi vista se detiene en el nombre del hotel: Luxury. El aire se me corta. Es una propiedad de Marcus. La cabeza me late, convirtiendo todo en una secuencia borrosa y dolorosa.

Mi teléfono vibra en el bolso. Un mensaje de Silvia: “Ayer creo que nos pasamos con las bebidas, no puedo con el dolor de cabeza” .

Le doy la razón. He cometido una locura que mi memoria se niega a revelar.

Tomo un taxi de regreso a casa, deseando olvidar.

Al llegar, el cansancio me golpea con fuerza.

Me preparo un café, dejando que el amargor me devuelva algo de claridad.

Al cambiarme de ropa, mis dedos rozan la etiqueta de la camiseta que llevo puesta. Tiene dos letras bordadas: WM .

Wreen Marcus.

La sospecha me golpea como un rayo, pero la deseco casi al instante.

Me doy una ducha caliente, buscando respuestas que el agua no puede darme. Sin evitarlo, marco el número de Lena. Responde al tercer tono, con la voz pastosa por el sueño.

—¿Estabas durmiendo? —pregunto, mordiéndome la uña.

—Sí… —responde con un bostezo.

—Necesito que me digas qué pasó anoche. No recuerdo nada.

Hubo un silencio tenso al otro lado.

—¿Nada de nada? —pregunta, sorprendida.

—Absolutamente nada, Lena.

—A las cuatro de la mañana dijiste que era mejor irte —explica ella, aunque su tono me parece extrañamente nervioso—. Te fuiste sola. Eso fue todo.

Cuelgo con más dudas que respuestas. La tarde se desvanece entre intentos fallidos por encajar las piezas, hasta que mi teléfono vuelve a vibrar. Un mensaje de Marcus: “Espero que todo esté listo. En una hora paso por ti” .

Armo mi maleta con movimientos mecánicos, intentando ignorar la punzada en mis sienes. Cuando el claxon del coche suena frente a mi edificio, bajo a encontrarme con Charlie, su conductor. Su presencia, siempre impecable, me distrae por un segundo.

—¿Cómo estás hoy, Nicole? —me saluda con una sonrisa galante mientras guarda mi maleta.

—Con un jefe como el tuyo, ¿qué esperabas? —respondo con sinceridad.

—Tu jefe, querrás decir —replica riendo—. Aunque hoy estaba más animado de lo normal. Salió de casa… ansioso.

Frunzo el ceño. —¿Ansioso?

—Te lo juro. Habría que mirar si no está enfermo.

Reí sin ganas. Sé que a Marcus no le fascina nada tanto como trabajar. Charlie me abre la puerta y, en cuanto pongo un pie dentro del vehículo, el aura de Marcus me envuelve. Sus ojos verdes, dos fuegos ardientes, están clavados en mí.

Por un momento mi corazón se agita nervioso.

¿Estuve con él?

La idea me golpea con la fuerza de un rayo al observar su perfil a mi lado.

Recuerdo el pijama de satén, las sábanas de Luxury y esa sensación de familiaridad al despertar.

La suma de los factores resulta demasiado obvia.

Pero luego, lo miro a él: su postura rígida, el desprecio con el que me mira al entrar al coche y esa mirada verde, fría y distante, que no guarda ni un átomo de calidez o complicidad.

Es absurdo. Marcus Wreen no es un hombre que oculte sus deseos, y mucho menos alguien que se tome la molestia de cuidar a su asistente tras una noche de excesos.

Si hubiera pasado algo, él no estaría lidiando con esta situación como si yo fuera una carga molesta.

Su arrogancia no le permitiría jugar a ser el salvador silencioso.

Si Marcus hubiera compartido una noche conmigo, lo sabría, porque habría sido él quien me recordara cada segundo de esa intimidad con su habitual crueldad.

Definitivamente, no fue él. Siento una punzada de alivio mezclada con una extraña y amarga decepción que me obligo a ignorar.

—Nicole… —dice Marcus, interrumpiendo mis cavilaciones con una voz cargada de sequedad—. Parece como si yo estuviera de más en este momento.

Charlie conduce en silencio mientras intento concentrarme en la agenda de Marcus, pero mi mente es un caos.

El trayecto al aeropuerto transcurre en un silencio tenso. Al bajar, Marcus me tiende un fajo de carpetas.

—Estúdialas lo antes posible.

Antes de que pueda responder, una voz chillona y familiar atraviesa el lugar. Morgan  Sinclair corre hacia nosotros como si le fuera la vida en ello. Se pega a Marcus, buscando una intimidad que él se esfuerza en rechazar, mientras yo me siento como un mueble más en el aeropuerto.

—Si tu madre no me avisa que te ibas de viaje, no podría haber venido a despedirme —gimotea ella, fingiendo una vulnerabilidad que no le creo.

—Quizás por eso no lo mencioné, Sinclair —responde él con frialdad.

—Marcus, soy tu prometida, no tienes derecho a humillarme así —asegura ella, subiendo el tono hasta que se vuelve insoportable.

—Sinclair , ya lo he dejado claro. Entre tú y yo no hay nada —dice Marcus con voz plana, carente de cualquier rastro de emoción.

Morgan , furiosa, se marcha dando un pisotón, pero al pasar a mi lado, me lanza un empujón deliberado. Pierdo el equilibrio, y cuando creo que caeré de espaldas contra el suelo, unos brazos fuertes me sostienen. El contacto de sus pectorales bajo mi mano me deja sin aliento.

—Para la próxima, ten más cuidado —indica él, ayudándome a enderezarme.

Me alejo apresuradamente, avergonzada por el calor que aún siento en las palmas de mis manos.

El vuelo es rápido, y en poco tiempo estamos aterrizando en París.

El aire templado de la ciudad nos recibe al bajar del avión.

Subimos al ascensor del hotel en silencio; estar en la ciudad del amor me produce una aflicción inesperada.

No es un viaje romántico, ni siquiera estoy cerca de encontrar lo que busco.

Lo único que me queda es el recuerdo fantasma de un beso que me ha dejado una marca indeleble.

Al llegar a la recepción, Marcus se acerca al mostrador.

—Tenemos una reservación a nombre de Wreen.

La mujer teclea en su ordenador y su expresión cambia. —Permítame un momento.

El gerente se acerca con aire de disculpa. —Buenas noches. Se hizo la reservación por dos suites, pero hace un par de días una fue cancelada.

—¿Cómo que cancelada? —pregunto con la voz temblando de pánico.

—Si desean, la otra estará disponible dentro de tres días.

—¿Y entonces? —interroga Marcus con voz teñida de una ira contenida.

—Solo hay una suite ejecutiva disponible.

Marcus gruñe furioso, y yo cierro los ojos, deseando que la tierra me trague.

—¿Quién hizo la cancelación? —pregunto al borde del colapso.

—Una señorita llamada Sinclair .

Cierro los ojos con una maldición en la punta de la lengua. Esa bruja lo ha vuelto a hacer. Es su venganza por haberme cruzado en su camino; una declaración abierta de guerra.

—Veré dónde quedarme esta noche —repuse, frunciendo los labios.

—Estoy muy cansado como para discutir —sentencia Marcus, frotándose el puente de la nariz—. Que lleven nuestro equipaje a la suite.

Sigo a Marcus por el pasillo, sintiendo que cada paso hacia esa habitación es una sentencia. Vamos a compartir el mismo espacio, y yo solo quiero desaparecer.

El botones deja las maletas cerca de la entrada y se retira. La suite es un espacio de opulencia desmedida con ventanales que ofrecen una vista panorámica de París, pero yo solo puedo ver la gran cama central como si fuera una celda.

Marcus se deshace de la chaqueta y se desabotona los puños de la camisa con una parsimonia que me pone los nervios de punta. Yo me quedo allí, plantada, sintiendo el peso de la incertidumbre.

—No te quedes ahí como una estatua, Nicole —dice mientras camina hacia el minibar—. Si esperas una disculpa por el inconveniente de la habitación, te aseguro que no la obtendrás.

—No esperaba una disculpa —respondo, dándole la espalda para fingir que mi maleta es lo más importante del mundo—. Solo esperaba un poco de espacio personal.

—El espacio es un lujo que no podemos permitirnos en este viaje —replica, sirviéndose un trago—. Si te sientes incómoda, puedes dormir en el sofá. Es lo suficientemente amplio para tu... modestia.

Su tono cortante, casi cruel, confirma lo que mi lógica dicta en el coche.

Me giro, cruzándome de brazos. Él ya se ha instalado frente a su portátil, ignorándome con esa eficiencia que tanto me irrita.

Su capacidad para compartimentar su vida —y mi presencia— es quirúrgica.

Sin decir palabra, me rindo ante la evidencia: no hay otra cama.

Dormir en la misma habitación que él es un error táctico, pero a estas alturas, el agotamiento es mi única ley.

Me encierro en el baño, aprovechando el silencio para soltar el aire que he estado conteniendo. Mientras me desvisto, me observo en el espejo. Mis ojos lucen cansados y la duda sigue bailando en mi reflejo.

No fue él , me repito mientras el agua caliente golpea mis hombros. Es imposible que sea él .

Pero mientras me pongo la ropa de dormir, mis dedos rozan de nuevo la seda de mi pijama, y una voz en mi interior, una que lleva escondida desde la gala, se atreve a susurrar: ¿Y si eso es exactamente lo que él quiere que pienses?