CAPÍTULO 5
El despertador de las seis de la mañana evoca el mismo estridente sonido en mis oídos que cuando me marcho de la gala y él ni siquiera se inmuta.
Necesito el maratón de carrera diurno, pero el aire gélido de la mañana no logra ordenar el caos que Marcus Wreen ha sembrado en mi mente.
La gala, con su música de cuerdas y su sofisticación gélida, se siente ahora como un recuerdo nebuloso donde Marcus me arrastra al límite solo para luego dejarme caer en el vacío.
Tampoco puedo apartar de mi cabeza el rastro de sus manos en mis caderas, ni ese aroma a bergamota que se niega a abandonar mi piel.
Chasqueo la lengua, ofuscada. Empiezo a desdibujar, peligrosamente, la línea entre empleada y jefe.
Al volver a casa, la nota de mamá en el refrigerador —“Volveré el domingo. Cuídate”— me deja con un regusto amargo. Es el eterno recordatorio de nuestra desconexión; ella es un fantasma en mi vida que se niega a darme las respuestas sobre mi padre que tanto necesito.
Me meto en la ducha, dejando que el agua caliente borre la tensión muscular, pero la ansiedad se queda pegada a mí como una segunda piel.
Hoy es v56iernes. Se supone que será un día ligero, sin Marcus en la oficina.
Me visto con esmero: pantalones anchos de talle alto y una blusa de gasa verde olivo.
Necesito esconder mi fragilidad bajo capas de seda.
Al llegar, Silvia está al teléfono, con el rostro contraído por una irritación que conozco demasiado bien.
—La señorita Morgan quiere el itinerario —dice, colgando con un chasquido seco.
Ignoro la mención de su nombre, aunque siento una envidia punzante. ¿Qué se sentirá ser alguien que no tiene miedo de exigir el tiempo de Marcus?
Dejo mi bolso y tomo la carpeta del proyecto Tarsen Group.
Al entrar en el despacho de Marcus, mis manos tiemblan imperceptiblemente.
La puerta cede más rápido de lo esperado y la escena me obliga a detener la respiración: Marcus está de espaldas, abotonándose una camisa blanca que se tensa sobre sus hombros, trazando el mapa de unos músculos que vibran con una fuerza contenida. Un escalofrío me atraviesa sin aviso.
—¿Se te ha perdido algo, Nicole? —pregunta sin voltearse. Su voz es un trueno sordo que me recorre la columna—. O tal vez... —hace una pausa, y escucho el cuero de sus zapatos crujir al girarse lentamente—. Te gusta lo que estás mirando.
Cuando lo tengo frente a frente, la camisa abierta revela un pecho firme y una arrogancia que me hace temblar.
Sus ojos verdes no están llenos de furia, sino de una diversión oscura, casi cruel, al notar mi torpeza.
Se acerca un paso, invadiendo mi espacio personal, y me obliga a retroceder hasta que mis hombros chocan contra el marco de la puerta.
—¿Acaso te comieron la lengua los ratones? —susurra, inclinándose levemente—. ¿O es que necesitas una invitación formal para dejar de mirar?
El aire me falta. Me obligué a desviar la vista, aunque cada fibra de mi cuerpo quiere quedarse allí, atrapada en su juego.
Él suelta una carcajada baja —un sonido que me recorre la piel como una descarga eléctrica— y se aleja con esa elegancia felina que tanto detesto y, a la vez, tanto me fascina.
Necesito un café frío , pienso, sintiendo que el incendio en mi interior empieza a descontrolarse.
Silvia me lo trae poco después con una sonrisa pícara, ayudándome en silencio con la evaluación de riesgos del proyecto.
A pesar de su ayuda, no puedo apartar de mi mente la rigidez de sus músculos.
Todo en él parece calculado. Incluso el efecto que causa en mí.
—Debías estar deseando que fuera viernes —murmura ella, mirándome con complicidad.
—Quiero probar de nuevo a ese bombón —respondo, aunque la idea no me resulta tan divertida como debería.
Al llegar la hora del almuerzo, el nombre de Lena parpadea en mi pantalla. Quedamos en encontrarnos en Downtown, en un pequeño restaurante de terraza donde solíamos refugiarnos. Durante la comida, el agotamiento de Lena es evidente.
—Tengo un caso complicado —murmura, suspirando—. Me enviarán a Brooklyn en seis meses.
—¿Qué? ¿Por qué? —pregunto, sorprendida.
—Se supone que es una recompensa por mi historial impecable —dice, riendo sin humor.
Intento concentrarme en sus palabras, pero los músculos de la espalda de Marcus se cruzan en mi mente como una obsesión. Brindamos por su "ascenso" con una mezcla de alegría y tristeza antes de volver a la oficina.
Estoy terminando un proyecto cuando siento un escalofrío; los vellos de mis brazos se crispan, una advertencia instintiva de peligro. Entonces, Marcus aparece, de pie frente a mi puerta, ocupando todo el espacio. Se desajusta la corbata y su mirada me atrapa con un brillo enigmático.
—Prepara las maletas —ordena, con voz grave y decidida—. Tenemos un viaje a Francia.
El corazón se me detiene. Francia. Este viaje significa estar atrapada con Marcus. Quizás hace seis meses esto no me hubiera preocupado, pero con los últimos acontecimientos no sé si podré soportarlo.
Llegué a casa sin asimilar sus palabras y llamé a mi madre. Su tono fue una estocada de reproche al enterarse de mi partida.
—Te pareces a tu padre —murmura con amargura—. Nunca te veo lo suficiente.
—¿Te recuerdo a mi padre? —suelto, perdiendo el control—. Entonces, dime quién es.
Escucho un improperio ahogado al otro lado de la línea. Como si intentara controlarse.
—Es de lo último que quisiera acordarme —responde ella.
—Pues creo que va siendo hora de que eso cambie.
—No estás preparada —s sentencia veloz.
—¡Por Dios, mamá! —grito, con el nudo de siempre apretando mi garganta.
—En tal caso, yo no lo estoy —concluye antes de colgar.
La conversación muere, como siempre. Como si el pasado fuera un candado sin llave. Me propongo que, tras este viaje, las cosas sean distintas.
Más tarde, frente al espejo, me preparo para la despedida.
Elijo un vestido color uva con lentejuelas, atrevido, con cuello halter y la espalda descubierta.
Delineo mis labios con lápiz marrón y un toque de gloss, mientras las sombras claras en mis párpados hacen resaltar mi mirada.
Por primera vez en días, siento que puedo respirar.
El club es un caos de luces y música ensordecedora.
Tras varias canciones y demasiados tragos, termino con la voz ronca y los pies adoloridos.
Me dejo caer en el sofá de la sala privada, suspirando; esta noche parece que la suerte no está de mi lado.
Mi "desconocido" no hace acto de presencia, y la verdad, hubiera sido el momento perfecto para quitarme los malos pensamientos que mi jefe me provoca.
—¿No crees que ya bebimos suficiente? —pregunto entre risas a Lena.
—¡Ni hablar! Esta es nuestra última noche, tenemos que aprovecharla —responde ella con entusiasmo.
Ruedo los ojos, incapaz de evitar la sonrisa. No puedo dejar de pensar en él, en que en pocos días estaré en la ciudad del amor con un tigre sin corazón.
—¡Nicole! —Lena chasquea los dedos frente a mi cara—. No me digas que estás pensando en él.
Me enderezo de golpe, sintiéndome descubierta.
—¿En quién?
—No te hagas la tonta —sentencia Silvia, riendo a carcajadas.
Un mesero entra con una bandeja de cócteles. Lena toma dos vasos y me pasa uno.
—Por las despedidas —dice, alzando la copa.
—Por las despedidas —repito con un suspiro.
El alcohol se desliza por mi garganta, cálido y dulce, pero mi mente sigue revuelta.
—Ese hombre es como el whisky caro: fuerte y peligroso —dice Silvia, consolándome.
—Y tú me estás obligando a beberlo —respondo con una risa sin ganas.
Cuando finalmente salimos, la ciudad brilla con luces neón y el aire fresco golpea mi piel. Lena nos abraza con fuerza antes de subir al taxi.
—Te quiero, Nini. No te olvides de nuestras locuras.
—Ni que fuera tan fácil —respondo, despidiéndolas con la mano.
Me quedo sola en la acera, mirando las luces de la ciudad. El mareo de los tragos comienza a cobrar factura. Todo empieza a girar con una lentitud nauseabunda. Siento ganas de vomitar.
Y entonces… todo se oscurece.