CAPÍTULO 4
El miércoles me devuelve a la realidad con una brusquedad que me deja sin aliento.
El dolor en el tobillo apenas es un recuerdo sordo, una sombra del trauma que Marcus ha borrado con su ungüento y su cuidado, esa anomalía que aún no sé cómo clasificar.
Salgo a correr antes del amanecer, buscando en el esfuerzo físico una tregua contra la inquietud que me consume.
Mientras mis zapatillas golpean el asfalto, una pregunta me taladra las sienes: ¿por qué me he permitido fantasear con su cercanía?
¿Por qué, tras haber visto su frialdad, mi cuerpo sigue reaccionando a su aroma a bergamota como si fuera un refugio?
Esa mañana me siento incapaz de cruzar el umbral de su despacho.
La humillación del día anterior y la confusión por el beso del viernes me tienen en un estado de parálisis emocional.
Finalmente, cuando el peso del deber puede más que mi orgullo, bajo del taxi frente al edificio de la notaría.
El aire está cargado, presagiando una jornada gris.
Al entrar, me detuve en seco. Tras el escritorio, Liam me observa con una expresión que oscila entre el arrepentimiento y la incomodidad.
—¿Qué haces aquí? —suelto, sorprendida.
—Llevo un tiempo trabajando aquí —responde él, rozándose la frente con esa torpeza que, a la luz de mi reciente experiencia con Marcus, se me antoja casi patética.
—No lo sabía.
La conversación es una danza de silencios pesados y miradas huidizas.
La burocracia se convierte en un refugio; el sonido rítmico del sello contra el papel es lo único que mantiene el orden en un día que se desmorona.
Liam, en un intento inútil de redención, intenta disculparse, pero sus palabras se pierden en la aridez de los documentos.
Nada de lo que dice posee la fuerza gravitatoria de Marcus.
Cuando finalmente salimos de la notaría, el aire en el coche se siente viciado. Liam me regresa a Wreen parece alguien que guarda una sentencia en la punta de la lengua.
Su presencia es un golpe seco, una interrupción en el flujo del tiempo.
Sus ojos verdes, afilados y cargados de un magnetismo peligroso, se clavan en mí con una ferocidad que roza lo posesivo.
Cuando sus pupilas se dilatan hacia ese tono dorado que indica un arranque de cólera, siento un escalofrío.
—Será mejor que te vayas —gruñe, y su voz vibra con una autoridad que no admite réplica. Sus puños, apretados a los costados, denotan un esfuerzo sobrehumano por no desatar la tormenta que lleva dentro.
—Gracias, Liam —digo, cortando la tensión. Lanzo una mirada de despedida al joven y me refugio en la entrada del edificio, sintiendo los ojos de Marcus siguiéndome como si fuera su presa.
El ascensor es un confesionario de silencio. Él no dice nada, pero su cercanía es asfixiante. Sus hombros, anchos y tensos, bloquean mi espacio personal. Al abrirse las puertas, su orden es un latigazo:
—A mi oficina.
Espero en la recepción, bebiendo un vaso de agua que Silvia me ofrece con una mirada de lástima. Entro al despacho preparada para el fuego. Marcus camina de un lado a otro como un animal enjaulado; el aire mismo a su alrededor se siente ionizado.
—¿Qué carajos hacía ese tipo aquí? —Su voz es un gruñido bajo, puramente gutural.
—Me ayudó con los documentos —respondo, intentando mantener la compostura, aunque las manos me tiemblan.
Él se detiene en seco y me lanza una mirada que me disecciona, buscando mentiras o debilidades. Luego, con un movimiento brusco, me despide con la mano.
El resto de la tarde es un ejercicio de contención.
Mientras intento gestionar su agenda, la bandeja de entrada, atiborrada de solicitudes de mujeres que pertenecen a un estrato social inaccesible para mí, me recuerda la brecha insalvable que existe entre ambos.
¿Descansa alguna vez este hombre, o su vida es una guerra perpetua?
A las siete, cuando el edificio empieza a vaciarse, una mujer se cruza en mi camino.
Isabelle Lord. Su elegancia es una cuchilla, su traje blanco un lienzo de frialdad calculada.
Sus ojos, idénticos a los de Marcus, me recorren con una indiferencia que duele más que un insulto.
Observarla entrar en el despacho de su hijo es como ver a una pieza clave ocupar su casilla en un tablero de ajedrez implacable.
Salgo a la calle buscando un taxi, pero mi huida queda interceptada. La motocicleta de Marcus bloquea mi paso. Él está ahí, apoyado con una despreocupación muy estudiada; su sonrisa ladeada borra por completo al jefe arrogante de unas horas antes.
—¿Necesitas algo más, señor Wreen? —pregunto, sintiendo cómo mis barreras se tambalean.
Él no se apresura. Me mira como si estuviera decidiendo si dejarme marchar o capturarme.
—¿Tienes planes para esta noche, Nicole?
El aire se detiene. Mi corazón, ese traidor, ya está trazando una respuesta que mi razón se niega a formular.
Su mirada verde, aguda y divertida, me estudia con un descaro que me corta la respiración, como si ya conociera mi respuesta antes de que yo sea capaz de articularla.
¿Realmente está Marcus Wreen invitándome a una gala de su propio mundo?
Mi instinto, ese que lleva días desgastándose, grita que debo negarme.
Su invitación no es un gesto de cortesía, sino una provocación, un juego de poder diseñado para ver cuánto tiempo tardo en perder la compostura.
—En la mansión. A las siete —sentencia.
El brillo en sus ojos se intensifica, una chispa de triunfo que me deja paralizada. Sin esperar mi respuesta, da media vuelta y se aleja. El humo de la moto se desvanece, dejando solo el rastro de su perfume y la certeza de que acabo de aceptar un desafío del que no saldré indemne.
La mansión no es solo una casa; es el epicentro de su imperio, un terreno reservado para la élite. Y yo no tengo absolutamente nada que ponerme. Sin embargo, la idea de no asistir ni siquiera cruza mi mente. Es un acto de rebelión contra mi propia timidez.
En La Chic, entre sedas y luces frías, me siento una intrusa hasta que lo veo.
Escondido en una esquina, cubierto por una funda protectora, aguarda aquel vestido.
Al probármelo, el satén color durazno parece fundirse con mi piel, revelando una abertura insinuante que equilibra la elegancia con una sensualidad que nunca antes me había permitido.
La dependienta lo guarda con una sonrisa cómplice, como si supiera que esa prenda no está destinada a una fiesta cualquiera, sino a una conquista.
A las siete, el cielo sobre la ciudad es un presagio de tormenta.
El viento azota el exterior mientras yo, enfundada en el satén, me siento como una diosa recién bajada de un pedestal.
Cuando el coche se detiene frente a la mansión, el despliegue de opulencia me corta el aliento: la fachada blanca resplandecía bajo los focos como un templo, y la música de cuerdas que llega desde el interior me confirma que he cruzado la línea divisoria hacia un universo que no me pertenece.
Al entrar, apenas tengo tiempo de buscar un rostro familiar. Una mano firme se cierra sobre mi muñeca y, antes de que pueda protestar, me arrastran hacia una zona apartada. La palma de su mano cubre mi boca, silenciando cualquier atisbo de reacción, hasta que me obliga a encararlo.
Marcus me escudriña de pies a cabeza con la misma severidad con la que analiza un contrato millonario. Su mirada es una descarga eléctrica.
—Te ves… bien —dice finalmente. Su voz es un ronroneo grave, cargado de una intención que me obliga a desviar la vista para ocultar el sonrojo.
La interrupción es un golpe de realidad llamado Morgan Sinclair .
Su vestido azul de terciopelo es el reflejo exacto de su actitud: posesiva, calculada y voraz.
Se acerca a Marcus con la naturalidad de quien reclama una propiedad.
Él me suelta, dejándome a la intemperie, mientras se gira para atenderla.
—Voy por algo de beber —anuncia él, dándome la espalda.
Me quedo sola con Sinclair . Sus ojos son dos ascuas que me escanean buscando fallas.
—Siempre estás donde no debes, Nicole —sisea, acercándose lo suficiente para que su perfume empalagoso me resulte nauseabundo—. Piérdete de mi vista.
Ruedo los ojos, más por defensa propia que por desdén, y me refugio en la primera copa de champagne que encuentro.
Sin embargo, la mano de Marcus intercepta mi segunda copa antes de que pueda tocar mis labios.
No hay palabras; solo una orden silenciosa mientras me obliga a subir las escaleras, lejos del bullicio.
Nos encierra en una habitación privada; el aire está viciado por la tensión acumulada y huele a papel viejo y a la fragancia amaderada que emana de su piel.
Estamos tan cerca que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo, un calor que desafía la frialdad de su comportamiento.
Él sigue apoyado contra la puerta, bloqueando cualquier vía de escape, mientras afuera la voz de Morgan Sinclair resuena en el pasillo como un recordatorio de la realidad que me niego a aceptar.
—Marcus... —la llamada de Sinclair suena distante, apenas un murmullo que se estrella contra nuestra burbuja.
Marcus no se mueve. Sus ojos, oscuros y tempestuosos, no abandonan mi rostro, analizando cada cambio en mi respiración.
Cuando sus manos se posan con una lentitud deliberada sobre mis caderas, siento que las rodillas me fallan.
El agarre no es violento; es profundamente posesivo.
Me está anclando a su mundo en el preciso instante en que mi razón me grita que huya.
—No te muevas —susurra, su voz apenas un roce contra mi lóbulo.
El contacto de sus dedos a través de la fina tela de satén de mi vestido me incendia por dentro.
El mundo se reduce a la fricción de nuestros cuerpos y al compás de nuestros latidos, que parecen fundirse en uno solo.
Mis manos, con vida propia, buscan apoyo en sus hombros, sintiendo la dureza de su musculatura tensa.
En ese momento, la confusión es absoluta.
¿Es esto un juego? ¿Un capricho? ¿O acaso él también siente esa necesidad magnética de acortar la distancia?
Sus dedos se deslizan hacia arriba, trazando líneas invisibles por mi cintura.
Cierro los ojos, entregándome a la sensación, deseando que el tiempo se detenga ahí, atrapados entre el terror de ser descubiertos y la embriaguez de su cercanía.
Por un segundo, diviso una sombra de vulnerabilidad en sus ojos, una fisura en la coraza impenetrable que siempre muestra al mundo.
Pero, en cuanto la voz de Sinclair vuelve a sonar, más cerca, más impaciente, Marcus se tensa.
Sus manos aflojan el agarre con una brusquedad que me duele más que si me hubiera empujado.
Da un paso atrás, creando un abismo infranqueable entre nosotros. La falta de su contacto es un choque térmico; me siento de repente expuesta, vulnerable y desesperadamente sola.
—¿Qué estamos haciendo, Marcus? —mi voz suena quebrada, un ruego que delata mi absoluta falta de control.
Él no me mira. Se deja caer en un sillón con una indiferencia que me resulta insultante, como si yo fuera solo un mueble más que puede ignorar a su antojo. Se pasa una mano por el cabello, deshaciendo el peinado con un gesto de furia contenida.
—Solo necesitaba un respiro —responde sin mirarme—. El aire ahí fuera es irrespirable.
Me quedo allí, de pie en el centro de la sala, sintiéndome una intrusa en mi propia vida.
Él cierra los ojos, alejándose de mí en el mismo espacio reducido.
Intento examinar los libros de la estantería para disimular mi desasosiego, buscando algo, cualquier cosa, que me explique quién es el hombre que se esconde tras el jefe, pero en cuanto mis dedos rozan el lomo de Alfil Negro , su reacción es inmediata.
Me lo arranca de las manos con una ferocidad que me hace retroceder.
Sus ojos chocan con los míos en un duelo de miradas cargado de secretos y advertencias.
El libro es un símbolo: una frontera que no debo cruzar.
No dice nada, pero la tensión acumulada en sus hombros y la forma en que sus dedos se aferran a la portada me dicen todo lo que necesito saber.
Hay profundidades en Marcus Wreen que nunca saldrán a la luz, abismos que me están prohibidos.
Y mientras él se queda allí, encerrado en su silencio, comprendo que mi dolor no es solo por la humillación de la noche, sino por la terrible certeza de que, aunque él me haya dejado entrar en esta habitación, su corazón sigue siendo una fortaleza a la que yo jamás tendré la llave.
Un tono de llamada interrumpió el duelo silencioso.
Tras una breve conversación, me saca de la habitación con la misma brusquedad con la que me había traído.
Al bajar las escaleras, se transforma de nuevo: el hombre que ha estado conmigo, tocándome en la penumbra, desaparece por completo.
Ahora es el gigante intocable al que todos los empresarios rinden pleitesía, con Sinclair nuevamente colgada de su brazo.
Lo observo desde la distancia, viendo cómo su sonrisa regresa con una naturalidad insultante. Me siento pequeña, un extra en una película donde no conozco el guion. El peso de la evidencia vuelve a golpearme: no tengo espacio en su mundo, ni siquiera en las sombras.