CAPÍTULO 3
Pasado el mediodía, la calma tensa de la oficina se hace añicos con el eco de unos tacones resonando en el pasillo.
Todos conocemos ese sonido; cada golpe contra el mármol es una advertencia difícil de ignorar.
Un grito estridente me hace saltar de la silla y, al salir al pasillo, me encuentro de frente con Morgan Sinclair , aferrada a su eterna pose de reina destronada.
Es la comidilla del edificio, casi una leyenda urbana. Una de esas personas cuya sola presencia basta para arruinarle el día a cualquiera; camina con una prepotencia que deja muy claro que, para ella, el mundo entero está en deuda con su apellido.
—El señor Wreen está muy ocupado —dice Silvia, con una amabilidad tan forzada que casi puedo oír cómo le chirrían los dientes.
—¿Y eso qué me importa? —escupe Sinclair , barriéndola con una mirada de puro asco.
Antes de que nadie pueda reaccionar, el contenido de un vaso de agua le estalla en la cara a mi amiga.
—Hazme pasar con él o me aseguraré de que te pongan de patitas en la calle —la voz de Sinclair corta el aire como un látigo.
Por un segundo, la frialdad de su amenaza me paraliza. Pero luego, la rabia gana terreno; recuerdo que esta mujer vive bajo la ilusión de que su linaje es un salvoconducto divino para tratar a los demás como si fueran basura.
—No eres nadie para dar órdenes aquí —replico, colocándome junto a Silvia y entregándole un pañuelo con manos firmes—. Y mucho menos para tocar a alguien.
El caos se desata de inmediato, pero el escándalo logra que la puerta de Marcus se abra de par en par.
Hay cosas que cambian con el tiempo, pero su nula capacidad para soportar a Morgan Sinclair es una constante inamovible.
Sin decir una sola palabra, la toma del brazo y la arrastra hacia los ascensores.
Ella protesta, forcejea y lanza una sarta de amenazas que terminan ahogándose tras el cierre metálico de las puertas.
—La detesto —murmuro, con el corazón aún acelerado por la adrenalina.
—No más que yo —responde Silvia, intentando recuperar la compostura mientras se aparta un mechón empapado de la frente.
El resto de la tarde se convierte en un borrón de planos y fotografías de la obra de los Calvert.
Cuando regreso a la oficina central, el sol ya está cayendo y Silvia se ha marchado para arreglarse; nuestras salidas del viernes son una tradición intocable.
Cojo mi abrigo y el bolso, pero justo cuando estoy a punto de irme, unas voces en el despacho de Stan me obligan a frenar el paso.
La puerta está entreabierta y reconozco de inmediato el tono de Marcus.
—No quiero ir a ese evento —dice. No suena irritado, sino derrotado, vacío—. Estoy cansado de fingir.
Me quedo inmóvil, pegada a la pared. Nunca lo he oído hablar así; siempre parece tener el control absoluto de cada molécula a su alrededor, pero por primera vez, su voz suena agotada, como si el peso de su propia vida lo estuviera aplastando.
—Es tu culpa por permitir que Isabelle se involucre tanto en tu vida privada —insiste Stan con dureza.
—Sigue siendo nuestra madre —responde Marcus—. Intento dejar el pasado atrás.
—¿Y te ha servido de algo? —la carcajada de Stan es amarga, como un cristal roto—. ¿Hasta cuándo vas a seguir sacrificando tu felicidad para complacerla?
—Eso es lo de menos —responde Marcus, recuperando de golpe su frialdad gélida—. Los compromisos se rompen.
Un golpe seco resuena contra la madera, un sonido de frustración contenida que hace que todo mi cuerpo se tense. Antes de que la discusión escale, llamo a la puerta y entro, consciente de que me estoy metiendo en terreno minado.
—Stan, volviste.
La transformación es instantánea. Marcus vuelve a ser la estatua de hielo de siempre, cerrando su vulnerabilidad bajo siete llaves, y Stan me dedica una sonrisa que me sabe a salvavidas.
—¿Me extrañaste, hermosa? ¿Quieres que te invite a cenar por tu cumpleaños? —dice, extendiendo una pequeña caja rectangular hacia mí.
Conociéndolo, dentro habrá alguna joya absurdamente cara. Acepto la caja con una sonrisa sincera; a veces olvido que son hermanos, porque mientras Stan es cálido y atento, Marcus... bueno, Marcus es simplemente Marcus.
—¿Nicole? —la voz de mi jefe corta el aire, afilada como un cuchillo—. ¿Piensa quedarse admirando a mi hermano toda la tarde?
La pulla me golpea de lleno. Aprieto los dedos alrededor de la caja, sintiendo el aguijón de su desprecio. Aprieto los dientes; no pienso darle la satisfacción de verme perder la compostura.
—No —respondo con firmeza, sosteniéndole la mirada—. Ya tengo planes.
Salgo de allí con la cabeza bien alta. El trayecto a casa no sirve para despejarme la mente; las palabras de Marcus rebotan en mi cabeza como ecos en una caverna vacía.
Al llegar, el cansancio se desvanece tras una ducha rápida.
Frente al tocador, me visto con una intención clara: una falda de cuero, un crop top ajustado y un labial rojo intenso.
Esta noche quiero rebelarme contra Marcus, contra mi propia estupidez o contra ambos.
Mientras me ajusto la ropa, mi mirada se desvía hacia la bolsa de Hermès que él me regaló; es un objeto frío, el recordatorio del capricho de otra mujer.
En su lugar, me abrocho la gargantilla de trébol blanco de Stan, sintiendo que al menos algo en mi vida es genuino.
El rugido de un motor en la calle me devuelve a la realidad. Bajo corriendo y encuentro a Sam apoyado en su moto, ofreciéndome un ramo de tulipanes con esa sonrisa ladeada que le surca las comisuras de la boca.
—Feliz cumpleaños —dice, con esa serenidad que siempre me desarma.
Subo a la moto y me aferro a su cintura, dejando que la velocidad y su calor borren las palabras hirientes de Marcus.
Al llegar al club, la música y el humo nos engullen de inmediato.
Entre la multitud distingo a Lena, que brilla como una bola de discoteca con su vestido de lentejuelas.
En cuanto reconoce a Sam, su rostro se ilumina, pero algo en la mirada de él frena su entusiasmo de golpe.
La ignora por completo. La humillación momentánea obliga a Lena a girarse hacia su propia cita, besándolo de forma exagerada, con una desesperación que no nos pasa desapercibida a ninguno.
Cuando cree haber cobrado suficiente venganza, salta a mis brazos.
—¡Nini! —exclama, enredando su brazo en el mío.
Todos parecen felices de celebrar mi cumpleaños, pero yo tengo una razón oculta para estar aquí: el hombre con el que compartí la pista la semana pasada como si fuéramos dos dioses.
Muy en el fondo, sé que quiero más de él.
Primero fue su cuerpo, una curiosidad física que me quema las entrañas, pero si me vuelvo lo suficientemente ambiciosa, empiezo a preguntarme qué habrá detrás de ese velo de misterio; qué esconderá en su cabeza.
Me saca de mis cavilaciones el coche que se detiene frente al club. De él baja Silvia, luciendo un vestido rojo ajustado que resalta sus curvas con una confianza felina. Tras el saludo, las tres nos abrimos paso hacia el interior del local, escoltadas por la presencia imponente de Sam.
El ambiente es denso, cargado de sudor y la vibración atronadora de un bajo que retumba en el pecho como un segundo pulso. Nos acomodamos en una mesa mientras Sam y Arnold se pierden entre el gentío en busca de nuestras bebidas.
—Está muy guapo, ¿verdad? —pregunta Lena, mirando de reojo hacia donde Sam ha desaparecido.
—Ay, Lena —murmura Silvia, frunciendo los labios—. Que no te escuche Arnold, o tendremos un número aquí mismo.
—Silvia, ¿a qué viene ese mal humor? —inquiere Lena con una sonrisa burlona.
—He tenido que lidiar de nuevo con la petarda de Morgan Sinclair —suelta la pelirroja, rodando los ojos—. Me ha tirado un puto vaso de agua.
—¿Tan malo fue? —pregunta Lena, ahora sí, preocupada.
—Mejor no arruinar la noche —intervengo, apretándole la mano a mi amiga—. Prometimos dejar la oficina fuera de estas paredes.
Pero Silvia no cede; hace un gesto con la mano, simulando que estrangula a alguien, y comprendo que el acoso de esa mujer está empezando a cruzar todos los límites.
—¡Te juro que te vengaré! —exclamo justo cuando Sam regresa con la ronda de chupitos.
Las tres brindamos, intentando ahogar el estrés en alcohol.
El ambiente se tensa un poco cuando Sam, con su actitud de caballero impenetrable, da un paso atrás para esquivar un beso demasiado explícito de Lena.
Arnold, para aliviar la incomodidad, agarra a Lena por la cintura y se la lleva a la pista, dejándonos a solas.
—Ni te imaginas quién está mirando hacia acá —susurra Silvia poco después, con la voz teñida de una excitación nerviosa.
Un escalofrío me recorre la espina dorsal.
Miro de reojo, disimulando, y ahí está. Al fondo, apartado en un rincón sombrío del reservado.
Sus ojos verdes brillan como balizas en la penumbra, fijados exclusivamente en mí.
De pronto, la sed se vuelve insaciable. Me llevo el daiquiri de fresa a los labios; el frío inicial es un alivio, pero cuando el ron me raspa la garganta, deja un rastro picante que me enciende la sangre. Necesito moverme.
—¡Es mi canción! —grito, tirando de Silvia hacia la pista de baile.
La música se convierte en mi único lenguaje.
Me muevo sin pensar, con esa fluidez que solo nace cuando la mente se apaga y el cuerpo toma el control absoluto.
Sin embargo, el vacío de su presencia empieza a pesarme demasiado.
Regreso a la barra buscando una margarita cuando Sam me intercepta, sujetándome por la muñeca con una firmeza que me hace parpadear.
—Tómatelo con calma, Nicole. Ven, vamos a bailar.
—Ahora no, Sam —replico, soltándome el brazo con brusquedad.
Pongo distancia entre los dos y me refugio de nuevo en la mesa, al borde de la pista. Y entonces, ocurre.
Unas manos grandes se posan sobre mis hombros, seguidas por el roce húmedo de unos labios contra mi lóbulo. Su aliento, caliente y deliberado, me arranca un estremecimiento de la nuca a los pies.
—Te he estado observando —murmura.
No tengo que verlo para saber quién es. El mundo a mi alrededor parece desdibujarse en una neblina de luces de neón parpadeantes.
Su tacto es firme, sinuoso, una familiaridad inquietante que me deja sin una gota de aire en los pulmones.
Empieza a moverme al ritmo de la música desde atrás, encajando su cuerpo con el mío como una llave en una cerradura.
Cuando las luces del local se apagan por completo para el puente de la canción, me siento invencible.
Enrosco mis brazos en su cuello, me giro a ciegas y busco su boca.
El choque es una explosión. Fuego puro. Vértigo. El suelo deja de existir y solo queda el sabor a desconocido y la urgencia de un beso que parece pedir perdón y permiso al mismo tiempo. Es intenso, brutal, desesperado.
Y de repente, se separa.
La ausencia de su cuerpo es un golpe de agua helada. Mientras las luces se encienden de golpe, solo alcanzo a ver su espalda, una silueta ancha y oscura alejándose hacia la salida, perdiéndose en el mar de gente. Doy un paso para correr tras él, pero un agarre de acero me clava al suelo.
—¿Qué demonios estabas haciendo? —gruñe una voz conocida, con una furia que rara vez le veo.
—Suéltame, Liam —exijo, forcejeando contra él.
—Estás borracha, no sabes ni lo que haces.
—¡Y a ti qué te importa! —exclamo, logrando zafarme por fin.
Me alejo tambaleándome, con los labios todavía ardiendo, la respiración agitada y el alma fracturada. Lo he tenido al alcance de la mano, lo he sentido, lo he probado... y en un puto parpadeo, lo he vuelto a perder.