41 París, je taime
PARIS, JE T’AIME
La prensa y la televisión española se frotaban las manos ante el ciclo informativo que acababa de abrirse; lo que al principio parecía simplemente una excentricidad más de Bécquer se acababa de convertir en una cuestión de Estado: el mismísimo presidente de la República Francesa había celebrado en sus redes sociales el hecho de haber colaborado con la justicia española para poner fin a una red de corrupción que incluía narcotráfico, asesinatos e incluso tráfico de órganos.
—Nos vamos a tener que quedar aquí unos días más —anunció Bécquer desde la terraza.
—¿Y eso? —respondió Elena mientras lo abrazaba por la espalda.
—Parece que voy a recibir la Legión de Honor, la máxima distinción de Francia, ¿has visto?
Elena abrió los ojos de par en par.
—¿En serio?
—Sí, lo acaba de decir en sus redes el mismísimo presidente… Si es que al final los franceses puede que también sean personas.
Elena rio a carcajadas.
—No me creo que los odies tanto, con lo que te gusta su repostería.
Bécquer asintió con la cabeza.
—En eso son estupendos, las cosas como son —respondió mientras subía el volumen de su iPad—. Mira esto. —En pantalla la última hora rezaba: «Detenido el embajador de España en Francia acusado de liderar durante más de tres décadas una trama de corrupción».
El periodista Vicente Vallés exponía delante de la enorme pantalla del informativo el operativo que había liderado el agente de la Interpol Leonardo Cantos, quien, con la inestimable colaboración de la célebre inspectora Izaguirre y el no menos célebre artista Bécquer, había expuesto una trama por la que ya habían sido detenidos medio centenar de policías, el ministro del Interior, el susodicho embajador, y se había generado tal crisis de Gobierno que sonaban tambores de elecciones generales.
Todo aquello a Bécquer le resultaba irrelevante tras cierta mención.
—¿Liderado por Leo? ¿En serio?, estos me van a oír.
Elena retiró el iPad de sus manos.
—No te pases de egocéntrico, han dicho que no eres menos célebre que yo, no está nada mal.
Bécquer sonrió ante la ocurrencia.
—Hoy no me quiero enfadar, que tenemos planes: ¿nos vamos?
Elena cogió la mano de Bécquer y ambos salieron de la suite rumbo al Sena.
La luna brillaba completamente llena rociando con su luz uno de los ríos más famosos del planeta; por fin la pareja de enamorados podía disfrutar de la Ciudad de la Luz. A bordo de uno de sus famosos bateau mouche , se deleitaban con una maravillosa cena.
—No hacía falta que cerrases el restaurante solo para nosotros.
—A estas alturas parece que no me conoces —protestó Bécquer—, va a ser una noche de sorpresas: mira…, ahí viene la primera. —Una música suave de violín comenzó a sonar—. Muy mal se me tiene que dar la noche para no triunfar —afirmó.
Elena se acercó a su oreja; lo que le dijo provocó que el cómico se sonrojase como nunca.
—Señora inspectora, por favor, está usted hablando con un hombre decente.
Elena ocupó de nuevo su asiento mientras se reía.
—¿En serio hay muchas sorpresas? —Bécquer le devolvió la sonrisa.
—Hay cositas, pero una en concreto es la que más ilusión me hace. Hace un par de días recibí una noticia que, dadas las circunstancias, me he guardado en el bolsillo hasta que pasase la tormenta, y creo que ahora es el momento.
El artista sacó el móvil e inició una videollamada, se levantó y colocó su silla al lado de la de Elena.
—Mi amor, hay alguien que te quiere saludar.
Elena se emocionó cuando, absolutamente sorprendida, vio a Diego en la pantalla.
—¿Diego? Pero… Diego. —Bécquer también se emocionó.
—Parad, que si lloráis, lloro yo también —dijo Ortega. Elena tomó la mano de Bécquer con fuerza.
—¿Cuándo…? Eeh… —La inspectora Izaguirre no atinaba a encontrar palabras.
—Hace unos días; ahora empiezo la recuperación, pero me han dicho los doctores que he tenido suerte. Me cuesta un poco mover el brazo y la pierna izquierdos, pero con rehabilitación el pronóstico es bueno.
Elena, poco a poco, fue controlando la emoción.
—Lo siento tanto Diego, perdóname, jamás imaginé que fuesen a ir a por ti, por eso no quería… —La disculpa de Elena fue interrumpida de inmediato.
—Elena, somos compañeros, siempre voy a estar contigo, ¿de acuerdo?
Elena asintió y respondió:
—Siempre, compañero.
La noche continuó entre miradas cómplices y muestras de cariño.
—¿Le vas a contar la verdad a tu madre? —Elena dudó antes de responder.
—Sí, al llegar le contaré lo que le hicieron a papá, merece saber la verdad.
A Bécquer le parecía lo justo.
—¿Y tú? ¿Cómo te sientes?
Elena respiró profundamente.
—Me siento bien, siempre supe que papá no nos habría mentido, ahora sabemos que descubrió lo que estaba ocurriendo y eso le costó la vida, lo único que todavía no entiendo es por qué llevaba la nota en el zapato.
Bécquer tenía la misma duda.
—Por más vueltas que le hemos dado… ¿La tienes en el teléfono?
Elena la buscó y se la pasó, el cómico comenzó a girar el teléfono.
—No sé a dónde le he dado que se pone del revés.
Elena cogió el móvil y su cara se iluminó de repente.
—¡Bécquer! —exclamó—. ¡Creo que lo tengo! —El cómico no entendía nada—. Disfrutemos de la noche parisina, mañana seré yo la que te dé una enorme sorpresa.
Después de cenar, admiraron París apoyados en la barandilla de la cubierta.
Tras tanta lucha y tanto dolor, por fin aquella niña que perdió a su padre encontraba la paz.
Iluminados por una mágica lima, la pareja volvió a besarse.
Cuando sus labios se separaron, Bécquer miró a Elena con la profundidad de un hombre completamente enamorado.
—Elena, yo solo sé… que te amaré mientras respire.
Regresaron a Madrid a la mañana siguiente sabiendo que tendrían que volver para que Bécquer recibiese su condecoración. Esquivaron a la prensa saliendo escoltados desde la pista de aterrizaje.
—Vamos a la comisaría —dijo Elena, convencida de que por fin había resuelto el misterio—, directamente al archivo.
Al entrar Amaia se puso de pie como quien suelta un muelle.
—Señor Bécquer —dijo, tratando a Elena como si no existiese.
—Querida mía, la mujer más importante de la comisaría; sin ti, Amaia de mi corazón, no sé qué sería de nosotros.
—Elena sonrío consciente de quizá Bécquer se había pasado un poco de frenada—.
Verás, queríamos preguntarte un par de cosillas, a ver si puedes ayudamos: ¿cuántos años llevas en el archivo?
Amaia dio como respuesta un suspiro: en realidad era de las más veteranas. El cómico le lanzó un piropo dejando claro que por aquella mujer no pasaban los años y a continuación le hizo, esperanzado, la pregunta definitiva.
—¿ 560LLM podría ser la referencia de algún archivo?
Por el camino, Elena le había explicado su teoría:
—Nuestro error fue dar por hecho que en la nota pone W7709S , y todo el rato hemos girado sobre lo mismo. ¿Y si le damos la vuelta? Entonces lo que pone es 560LLM , ¿será este el código correcto?
Amaia necesitó unos segundos para articular una respuesta.
—Podría ser, pero muy antiguo, porque ese tipo de combinación de números y letras dejamos de utilizarlo hace algo más de veinte años, cuando adoptamos los códigos de barras…
—¿Podría ser que aún hubiese algo en el registro antiguo? —Elena no era capaz de disimular el brillo de sus ojos—. ¿Lo puedes comprobar?
—Claro, dame un segundo.
La funcionaría se levantó y se metió en el almacén no sin antes guiñar un ojo a Bécquer y despedirse diciendo:
—Será un momentito.
Elena miró al cómico.
—La tienes loca.
Bécquer esbozó media sonrisa de satisfacción.
—Así soy, ya lo sabes.
Al cabo de unos pocos minutos, Amaia regresó con un enorme archivador.
—Veamos si hay suerte. —Comenzó entonces a pasar un montón de hojas hasta llegar al 560LLM —. Sí, aquí está, la última persona que lo pidió fue un tal «A. I.».
Elena lo tenía claro: su padre.
—¿Y dónde está? —preguntó nerviosa.
—Pasillo 6, estantería 2, sección B.
Bécquer se despidió plantándole a Amaia un besazo en los morros que la tuvo aturdida un buen rato, y ambos apretaron el paso hasta llegar al lugar indicado.
—¡Aquí es! —exclamó Elena.
Bécquer acercó una pequeña escalera que había al fondo del pasillo, se subió y, con gran dificultad, extrajo una caja de cartón.
—Esta es, mira.
La dejaron sobre una mesa contigua a la estantería y la abrieron: dentro había un montón de carpetas y objetos.
—Son archivos de diferentes investigaciones, no tienen nada que ver con mi padre. —El amago de decepción desapareció pronto.
—Elena, mira esto.
Bécquer dio la vuelta a la tapa de la caja y descubrió un sobre amarillento pegado con cinta de embalar, lo cogió con cuidado y lo abrió: de dentro extrajo un taco de fotocopias dobladas en cuartillas.
—Son las anotaciones de Puente y Serrano, las mismas que nos entregó Baltierra; mi padre descubrió en qué andaban metidos y por eso las copió, para tener pruebas.
Elena cogió de nuevo el sobre para guardar los documentos cuando una pieza de papel cayó al suelo; al recogerla una extraña sensación la invadió.
—¿Es una fotografía? —le preguntó Bécquer. Elena sonrió.
—Sí, soy yo con diez años.
La inspectora miró la fotografía emocionada. Al darle la vuelta vio que había algo escrito: enseguida reconoció la letra de su padre:
Por ti, mi amor. Para que estés orgullosa de tu padre.
Elena no logró terminar de leer antes de apretarse contra el pecho de Bécquer.
—¿Lo ves? Mi amor, tu padre hizo lo correcto y lo hizo por ti. Por eso jamás se vendió, por eso no os dijo a dónde iba. Tu padre era un hombre maravilloso.
Elena se separó de Bécquer y volvió a leer la nota.
—Sí, lo era. —Recordó entonces lo que Serrano le había dicho en París—. Mi padre creyó que podía convencer a Puente para que denunciara lo que estaba ocurriendo, por eso fotocopió su cuaderno. Confió en el hombre equivocado y lo pagó con la vida.
Bécquer contenía como buenamente podía la emoción.
—Al final has sido tú quién ha hecho que pagasen lo que le hicieron a tu padre y a tantos otros.
El artista cogió entonces el rostro de Elena entre sus manos.
—Te aseguro que tu padre, ahora mismo, está orgullosísimo de ti. Eres la hija que cualquiera podría soñar.
Ambos abandonaron el archivo con la satisfacción de, por fin, haberle hecho justicia a un hombre excepcional.