Bécquer en París Epílogo
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Epílogo

EPÍLOGO

El tiempo transcurre rápido, aunque tratemos de evitarlo. Más de seis meses después de todo lo ocurrido en París, Bécquer no dejaba de presumir de ser uno de españoles distinguidos con la Legión de Honor.

—La verdad es que los franceses no están tan mal, ahora me siento muy cercano a ellos.

Elena sonría mientras le hacía el nudo de la corbata.

—Esto de que dejes que te acompañe antes de actuar es inaudito —le dijo al acabar el nudo.

—Bueno, será que me estoy afrancesando.

Ambos rieron. Por la megafonía del teatro sonó el tercer timbrazo.

—Tengo que salir a escena: ¿entonces, te marchas? —Bécquer puso ojitos de cordero degollado.

—No, he cambiado el turno, pero eso ya te lo imaginabas; me voy a mi butaca.

Elena besó los labios del artista y le deseó toda la suerte del mundo.

Era ya la cuarta noche de Bécquer en el teatro Gran Vía, le gustaba subirse a ese escenario, sobre todo, porque más de veinte años atrás, Enrique Salaberría había sido el primer empresario teatral en confiar en él.

Cada vez que visitaba ese espacio, el cómico recordaba las palabras que le había dedicado la primera vez que se reunieron: «La gente no sabe que esto de los cómicos viene para quedarse, me da igual que no hagan teatros, yo estoy seguro de que va a funcionar, ¿sabes por qué?

Porque tú eres el Humphrey Bogart de la comedia, menudo tipo elegante».

Don Enrique ya no estaba entre nosotros, pero su recuerdo seguía presente.

Bécquer había articulado un nuevo show en torno a todo lo vivido entre México y París; en un alarde lo había titulado Bécquer, detective , y las ofertas para ocupar teatros en España e Hispanoamérica no dejaban de llegar.

Desde el escenario el cómico disfrutaba de cada broma, cada remate, cada gesto; transmitía una felicidad radiante.

En la cuarta fila, su hija Lucía lo miraba y reía mientras sujetaba la mano de su nuevo novio, un pelirrojo al que Bécquer había tomado la matrícula.

Su exmujer, Celia, los acompañaba para insistir en lo fantástico que era el muchacho si con eso lograba que el cómico rabiase un poco más.

La doctora Castillo había aceptado amablemente la invitación después de que Bécquer le contara el terrible desenlace de su padre y cómo había logrado redimirse en vida.

Leo Cantos reía a su pesar desde su butaca, y a su lado completaban la fila Elena, doña Carmen y un recuperado Diego Ortega, que lucía un bastón floreado a juego con la corbata.

Transcurridas casi dos horas, el espectáculo llegó a su final, y Bécquer se despidió agradeciendo una vez más tanto amor.

—Gracias por estar siempre a mi lado; esta noche he podido contaros mis aventuras, pero os aseguro que no serán las últimas. Gracias, Madrid.

El público le dedicó a Bécquer una ovación impresionante; mientras aplaudían en pie, el artista saludaba a uno y otro lado del escenario.

Cuando su mirada coincidió con la de Elena, puso la mano derecha sobre su corazón y con una pequeña reverencia le dedicó a la mujer de su vida un sentido «te quiero».