Bécquer en París 40 Vogue #3
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40 Vogue #3

En ese momento, Elena sintió que una mano la agarraba por el cuello y otra, sin ninguna dificultad, le arrebataba el arma. Una vez desarmada, las dos manos pasaron a rodear su garganta y la levantaron más de un palmo del suelo. Acebedo se acercó y delante de ella comenzó a confesar.

—Estoy harto de ti, ya deberías de estar muerta.

¿Notas cómo te empieza a faltar el aire?

Serrano tiene mucha fuerza, no eres más que un pelele en sus manos, te va a partir el cuello en cuanto se lo ordene, así te reúnes con tu padre.

Porque sí, Elena, matamos a tu padre; de hecho, tuve que hacer memoria para saber de quién cojones se trataba, han sido muchos años como para acordarme de un mierda como Antonio Izaguirre.

—Ella trataba de mantenerse consciente—.

Me vuelvo adentro, me encargaré de que Bécquer no salga de aquí después del numerito que acaba de montar; todo el mundo ha visto que está loco, me preocupa que se suicide esta noche en la cárcel… Sería terrible, ¿verdad?

El embajador abrió la puerta por la que Elena y él habían entrado dejándola en manos de su asesino.

—Te voy a matar despacio —le susurró Serrano—. Primero tu padre y ahora tú: a lo mejor le hago una visita a tu madre para que estéis los tres juntitos.

La fanfarronada de Serrano, lejos de aplacarla, le infundió tal rabia que empezó a luchar por su vida.

—No patalees —le dijo de nuevo al oído.

Elena recordó entonces el momento en que Serrano confesó ser el asesino de su padre unas horas antes.

«La navaja», pensó. Con dificultad, logró meter la mano en el bolsillo de la chaqueta del Gigante, y, lo mismo que Antonio en el callejón maldito, Serrano no se dio cuenta de que lo habían apuñalado hasta que fue demasiado tarde.

El gigantesco cuerpo sin vida de aquel animal yacía rodeado de obras de arte. Elena, arrodillada a su lado, recuperaba poco a poco la respiración.

—¡Elena! —gritó Leo Cantos en cuanto entró en la sala—, ¿qué ha pasado?

Ella se puso en pie con dificultad.

—No contamos con Serrano, ese ha sido nuestro error. Ya da igual, los tenemos. ¿Bécquer?

—Ha montado un numerito impresionante, lo tienen retenido; ven conmigo.

Elena recogió la peluca del suelo y se la volvió a poner.

—¿Y el embajador? —le preguntó.

—Tranquila, no soy Bécquer, pero también tengo mis recursos.

Leo Cantos llevaba un rato de trayecto en el taxi con cara de pocos amigos. «Su guardaespaldas, es de traca el tipo este». En lo que seguía protestando su teléfono había sonado por fin.

—Buenas noches, ¿está todo preparado?… Escuchad con atención: quiero a todos los hombres en posición…

Eso es… Cuando Bécquer comience la maniobra de distracción, vuestro objetivo será protegerlo, lo detenéis y os lo lleváis…

No sé cuándo será, pero conociéndolo como lo conozco os daréis cuenta sin problema…

¿La seguridad del presidente está prevenida?

… Perfecto, Elena y yo nos encargaremos del embajador, necesito que dejéis paso libre a la Rotonde Daru, no quiero ahí a nadie, ¿entendido? … Perfecto. Nos vemos pronto.

Cantos había colgado la llamada satisfecho: «Quizá el siguiente paso en mi carrera sea dirigir la Interpol».

Bécquer estaba esposado a una silla y por primera vez algo preocupado.

—Siento mucho el numerito —dijo sin obtener respuesta por parte de su interlocutor, el gendarme que lo custodiaba—. ¿Cree que podrían avisar a sir Elton? Me gustaría disculparme.

De nuevo obtuvo silencio por respuesta. Al poco, dos caras conocidas entraron en la sala.

—En menudo lío te has metido —le dijo Elena.

—¿No te ha gustado?

Leo Cantos dio orden de que le quitasen las esposas.

—Parece que te vas a librar. —Bécquer asintió satisfecho.

—Ya te dije que mis planes no fallan, soy irreductible. Deberías agradecérmelo.

Elena tomó la palabra.

—Y tú a él.

Bécquer miró a su chica contrariado.

—¿Yo? ¿Por qué?

«Necesito hablar contigo sobre el plan de Bécquer». Elena había recibido el wasap de Leo y se había encerrado en el baño de la suite . Marcó su número.

—¿No te gusta el plan? —le había preguntado.

—No soy tan fan como tú, pero reconozco que puede funcionar, aunque no será suficiente con nosotros tres: no le digas nada a Bécquer, voy a involucrar a la Interpol; vamos a hacerlos caer a todos y para eso necesitamos ayuda.

Cuando le retiraron las esposas, Bécquer se acarició las muñecas de la manera más exagerada posible. Se acercó a Elena y vio las marcas de su cuello. Acariciándoselo con ternura, preguntó.

—¿Ha sido el embajador? —Elena negó con la cabeza.

—Serrano.

Bécquer no se contuvo.

—¡Vamos a buscarlo!

Elena lo sujetó del brazo.

—Tranquilo, se ha acabado para siempre.

Bécquer respiró aliviado.

—¿Y el embajador?

—A eso te voy a responder yo… —Leo Cantos se regodeó en su respuesta—: está bajo custodia, lleva bastante rato hablando de inmunidad diplomática, pero esta vez no le va a servir: mira y disfruta.

Leo le tendió su teléfono: en la pantalla, un primer plano del embajador amenazando a Elena y confesando sus crímenes.

—Te dije que esa rosa quedaba increíble en tu nuevo vestido… Elena, ¡lo hemos conseguido!