Bécquer en París 40 Vogue #2
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40 Vogue #2

El museo se había engalanado como en pocas ocasiones.

Sobre la Pirámide se proyectaban imágenes de la historia de la alta costura capaces de embobar a cualquier espectador.

Una larga cola de personas esperaba su tumo para acceder al museo en la plaza de Napoleón y las conversaciones se vieron interrumpidas por el rugido del Lamborghini justo antes de detenerse.

—Ahí viene Leo —anunció Elena.

La pareja bajó del coche y una nube de flashes les dio la bienvenida.

—Me encanta esta sensación —musitó Bécquer y notó que Elena apretaba su mano—. Ahora espérame con Leo en la puerta, no quiero que te reconozcan.

Elena, escoltada por Cantos, siguió las órdenes del cómico y esperaron a que este terminase de recibir elogios y de atender a la prensa.

—¿Cómo lo hace? Entra en todas partes, la ropa, los coches… —preguntó Leo.

Elena se acercó a él y le reveló un secreto.

—Es rico, famoso y tiene amigos influyentes; si a eso le añades que le cae bien a todo el mundo…, pues ahí tienes el secreto.

—¿Y eso es lo que te ha gustado de él? Qué fácil cuando se es una estrellita.

—¿Eso crees? —Elena se ofendió—. Te voy a dejar una cosa bien clarita: Bécquer no es una «estrellita», es una estrella porque tiene un talento artístico descomunal, y yo estoy enamorada de él porque detrás de la estrella hay un hombre dulce, leal y cariñoso.

—Yo también lo soy —farfulló Leo entre dientes.

Elena pasó al ataque.

—La gran diferencia entre Bécquer y tú es que él siempre ha respetado lo que soy y lo que quiero.

Las palabras de Elena lo disgustaron, aunque sabía que tenía razón.

—Te fuiste, Elena, solo porque no creía que obsesionarte con tu padre te trajese nada bueno. Lo único que quería era protegerte y me dejaste, y no volví a verte ni a hablarte. ¡No me merecía eso!

Ella sabía que no debía dejarse nada dentro; desde que se fue de casa de Leo no había querido volver a hablar con él.

—Tú no me querías, solo te importaban tu carrera y convertirme en algo que no soy; Bécquer, en cambio, me ha ayudado desde el primer momento, poniéndose en peligro sin dudarlo. Cuando te pedí ayuda, me dijiste que estaba loca y que lo dejara estar.

Leo Cantos bajó la cabeza.

—Yo te quería, Elena, y todavía te quiero.

Ella le tomó la mano.

—Y yo te quise mucho también, pero necesitaba saber la verdad sobre mi padre. Ahora ya está, perdóname por haberme ido así y no haberte dado la oportunidad de que lo hablásemos.

Leo miró a Elena como cuando estaban enamorados.

—¿De verdad estás tan enamorada de Bécquer?

Elena notó que se ruborizaba.

—Como una adolescente.

—Quien lo iba a decir —dijo Leo sonriendo— de la militar mejor preparada y más aguerrida del Ejército español.

El ambiente dentro del museo era de noche gigantesca, la Galerie Daru abrazaba a los invitados con pasión, Bécquer brindaba con champán rodeado de celebridades de las que provocan desmayos: la lista de invitados era escandalosa, desde el presidente de la república hasta jugadores de la NBA ; nadie quería perdérselo.

«Esto va a ser divertido», pensó el cómico cuando una voz por megafonía pidió a los asistentes que ocupasen sus asientos; a lo lejos distinguió la espigada figura del embajador Acebedo.

«Lo han puesto en la segunda fila, perfecto».

Bécquer ocupó su asiento; delante de él, la directora de Vogue Ana Wintour con sus eternas gafas de sol estaba escoltada por una de las Kardashian, a la que Bécquer no lograba poner nombre, y la siempre bellísima Catherine Deneuve.

«No falta nadie —pensó Bécquer—, y estando el presidente…

como me pase de listo, me pegan un tiro…

, y jamás podría perdonarme morir a manos de un francés».

El primero de los desfiles duró apenas quince minutos.

Bécquer cogió el móvil y le escribió a Elena.

«En el siguiente la voy a montar: ¿has localizado al embajador?

». Ella tardó unos segundos en responder: «Lo tengo delante, no me ha reconocido.

Lleva dos escoltas». El cómico levantó entonces la vista y la divisó detrás del embajador.

«Estás guapísima», escribió. Elena le devolvió un emoji de un corazón.

El siguiente mensaje que entró en el grupo era de Leo: «¿Nos centramos?

». Bécquer contestó con un escueto «ok», y añadió: «Tienes que hacerle a Elena la cobertura, los dos escoltas del embajador son cosa tuya.

Preparaos, que se viene una noche de las que contaréis a vuestros nietos».

Las luces se atenuaron para el siguiente desfile, bajo la imponente Victoria de Samotracia .

Rotando sobre sí mismo, y entre una niebla de color rosa, emergió un piano de cola rojo de unos ocho metros.

Bécquer se puso nervioso. «¿En serio? ¿Es el Million Dollar Piano?

… No me digas que va a cantar…». Se quedó en shock cuando sonaron los primeros acordes de Your Song .

«Chicos, Elton John, ¡es Elton John!», escribió en el grupo.

Elena no prestó atención a su emoción y escribió: «Pues mejor: si revientas ahora el desfile, será el caos».

Bécquer habría preferido esperar, pero la ocasión merecía un buen numerito.

El cómico se levantó de su asiento y comenzó a caminar hacia el piano.

«No me puedo creer lo que voy a hacer». Los miembros de seguridad del evento comenzaron a comunicarse entre ellos: a pesar de no haberse metido aún en la pasarela, aquel hombre caminando junto a ella llamaba la atención.

Cuando llegó al escenario, Bécquer se subió y vio a la izquierda un pie con un micrófono.

«Perfecto», pensó. Lo cogió y se arrancó a cantar ni más ni menos que con el mito más grande de la historia del rock and roll .

No llegó a terminar ni dos versos: tal y como comenzó a cantar, sir Elton John dejó de tocar. El silencio fue tan grande que Bécquer soltó su frase.

—Es necesaria una moda sostenible: ¡No a los abrigos de pieles!

En la pâtisserie , a Leo había una parte del plan que no terminaba de encajarle.

—Vamos a ver: no voy a poder separar a la escolta del embajador de su lado, eso es imposible.

Bécquer había sonreído con una soberbia escandalosa.

—No te preocupes, joven padawan , tengo un movimiento perfecto. Cuando comience el desfile central, me voy a subir a la pasarela.

Leo le había devuelto la risa sarcástica.

—No vas a durar ni cinco segundos.

—Esa es la idea, solo necesito cinco segundos: en ese tiempo haré una reivindicación tan fantástica que toda la seguridad vendrá a por mí. Esa será tu excusa.

—¿Y en qué vas a hablar para que te entiendan si no sabes francés? —había dicho Elena, a punto de echarse las manos a la cabeza.

Bécquer le había dado un mordisco a uno de los deliciosos pasteles y con la boca llena les había aclarado:

—Voy a hablar en perroflautés, que es más impactante.

La reivindicación de Bécquer levantó una tremenda escandalera; ya en formación, un montón de hombres trajeados caminaban hacia el cómico.

—Y a usted, señor presidente, debería caérsele la cara de vergüenza al permitir la matanza de los visones.

Mientras Bécquer hacía tiempo antes de que lo detuviesen, Leo sacó de la formación a los dos escoltas del embajador.

—Chicos, algo pasa con la seguridad —dijo Leo blandiendo su placa—: nos han dado orden de ir al escenario.

Aquellos dos idiotas aceptaron de buen grado lo que dijo: «Al final tiene razón Bécquer: si vas seguro, se lo tragan todo».

Leo cruzó la mirada con Elena: era su momento.

Sacó de debajo del vestido la pequeña pistola pegada a su pierna y con gran satisfacción encañonó al embajador en los riñones.

Mientras tanto, Bécquer corría por la pasarela escapando de los miembros de seguridad que trataban de detenerlo; a su espalda escuchaba los gritos de sir Elton llamándole de todo.

«Espero que algún día me perdone», pensó el cómico mientras llegaba la traca final.

«Que no me disparen por Dios, que no me disparen».

Sacó del bolsillo una jeringuilla llena de pintura roja y se la arrojó a la Kardashian sobre su flamante abrigo de pieles blancas.

—Los osos polares no son para hacer abrigos.

Fue entonces cuando recibió un placaje tan fuerte que para él la noche pareció terminar.

Elena y el embajador abandonaron la sala aprovechando el caos provocado por Bécquer.

—No sabes lo que estás haciendo —protestó Acebedo, amenazante—. Soy el embajador, no vas a salir de aquí.

Ella lo empujó contra la puerta de la Rotonde Daru, la sala contigua a la galería principal.

—¿No sabes quién soy? —Se quitó entonces la peluca y el embajador enmudeció—. Parece que hubieras visto un fantasma.

—Señorita Izaguirre, tiene usted que dejar de molestarme: primero se cuela y roba en mi despacho y ahora esto; va a pasar mucho tiempo en la cárcel.

Debería dejar de acosar a un hombre inocente, no sé qué demonios tiene en la cabeza ni que historias se imagina; hágame caso, baje el arma. Quizá podamos ayudarla.

A Elena las estupideces de Acebedo le hervían la sangre.

—Vas a pagar por lo que le hicisteis a mi padre.

El embajador continuó con el teatro.

—No sé de qué me habla.

Elena comenzaba a sentir la frustración enorme de ver cómo aquel hombre se sentía por encima del bien y del mal.

—¡Vais a pagar por todo!

Acebedo dio un paso adelante.

—No, no vamos a pagar por nada.